jueves, 6 de septiembre de 2018

Revista Madera Berlín: literatura a domicilio, sostenible y del siglo XXI



*Esta crónica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/revista-madera-berlin-literatura-a-domicilio-sostenible-y-del-siglo-xxi/

Desde no hace mucho se está publicando en Berlín una revista literaria que merece la pena. Se llama Madera Berlín y una de sus peculiaridades, tal vez la mayor, junto con su apuesta por la calidad y el ecologismo traducido en la edición sostenible, es que se publica en español. Porque Madera Berlín nace como un vehículo solvente y sin trabas para los autores hispanos en Berlín, en Alemania, en Europa y, por supuesto, en el mundo entero. Así es esta revista, curiosa e innovadora, que debe gran parte de su éxito a Oliver Besnier. De él, de la revista, de todo ello, y de la editorial Cuadernos Heimat que se acaba de poner en marcha con una novela más que atractiva, Amenaza, quiero hablaros hoy en esta columna de El Odradek.

De manera que comenzaré por el principio: el creador de todo, Oliver Besnier. No lo conozco mucho, la verdad, he intercambiado unos cuantos correos electrónicos, algunos mensajes de Instagram y una conversación telefónica, pero he percibido al otro extremo de todos esos soportes a una persona hiperactiva, con la cabeza bulléndole como una olla a presión, repleta de ideas y de proyectos.
Oliver Besnier (foto por cortesía de él mismo).


Oliver puso en marcha el proyecto de Madera Berlín en 2017. La idea nació bajo unas premisas muy claras, tal y como declaraba su creador al medio digital ecuatoriano El telégrafo:
“Madera no solo se posiciona como editorial, sino que todo el proceso se concibe desde un punto de vista autónomo. Somos un espacio de investigación continua de esa primera materia que aporta la base para los autores. Ser independientes nos permite, ante todo, controlar el proceso editorial, desde la impresión hasta la encuadernación y, así mismo, no depender de nadie para llevar a cabo nuestras ideas”.
Por ese motivo, cada número de Madera es distinto, completa y complejamente diferente. Y Oliver Besnier se pega una paliza encolando ejemplares, pero a la siguiente ocasión nos presenta un cuadernillo encuadernado a la japonesa, de forma completamente artesanal. Para el número 3 utilizó las fotos encontradas en una caja que alguien había tirado en las calles de Berlín, pegándolas en las revistas para que ninguna fuera igual, y añadió las ilustraciones de Mara Mahía, otro de los elementos fundamentales para que el proyecto salga a la luz.
Detalle de los dibujos de Mara Mahia que ilustran uno de los relatos de la revista.

Besnier entiende su actividad desde el compromiso total: compromiso con la literatura, compromiso con los lectores y compromiso con lo que define “literatura consciente”:
“El mundo está muy mal como para no ser lo mínimamente consciente de la huella que dejamos. Madera, además de ser una editorial, es también una filosofía. Investigamos y trabajamos cada detalle; y al controlar todo el proceso, sabemos qué clase de papel o qué pegamento utilizamos. Debería ser obligatorio en cada uno de nosotros dejar el menor impacto posible en el ambiente”.
Puedes ver el artículo completo que recoge estas y otras declaraciones en:
Madera 4 y dos momentos de la encuadernación a la japonesa:


El compromiso de los que trabajan en este proyecto lo hace completamente fiable. Madera llega con puntualidad a las casas de los suscriptores en cualquier punto (porque aunque se hace en Berlín es una revista que se distribuye y se vende también en el extranjero) y al abrirla los relatos publicados en ella son de calidad. Sin duda, estamos ante una gran revista lite
raria que se va consolidando gracias al prestigio de sus contenidos.
La revista ha buscado la especialización con números temáticos. Así, la tercera entrega se dedicó a los Paraísos artificiales, y el número cuatro, 100 héroes íntimos, reunió a 100 autores que firmaron un relato breve. La próxima entrega será sobre la confusión, y después, para el número seis, el motivo unificador será la literatura de viajes. Además, están preparando un especial de poesía.
Listado de los 100 autores del número titulado “100 héroes íntimos”.
Madera Berlín ha presentado algunos de sus números en la berlinesa librería Bartleby and Co., un sitio que merecería un comentario aparte, que incluso ofrece una pequeña biblioteca para lectores de español. Os dejo el enlace de la página de la librería:
También lo han hecho en otro lugar especial, La escalera escondida. Os dejo el enlace:
Hablando de librerías. Madera se puede encontrar, además de en las librerías berlinesas de Bartleby and Co., La escalera escondida y Andenbuch, en varios puntos en España: En las barcelonesas Librería On The Road y Librería Calders; en Madrid está en Nakama Lib; en Sevilla se vende en la Librería Botica de Lectores; en Galicia hay varias localidades; en Numax (Santiago de Compostela),Beribiriana (A Coruña) y Versus (Vigo); y por último en San Sebastián, en Tobacco Days.

Oliver Besnier ha ido un paso adelante, aunque ya al iniciar la andadura de Madera Berlín la idea era que, una vez consolidada la revista, se pudiera crear una editorial. Nace así Cuadernos Heimat. El espíritu de este proyecto se define de esta manera en la contraportada de la primera publicación, la novela breve Amenaza:
“Heimat es una palabra alemana que tiene varios significados. Hay gente que dice que no tiene traducción posible al español, otros dicen que sí, que tal vez signifique patria, hogar, o corazón; pero desde luego se refiere a algún punto intermedio, o tal vez a todos ellos. Cuadernos Heimat nace de la necesidad de tener un lugar donde encontrarnos. Nuestra meta es compartir historias de verdad, que nos pertenecen. Cada escritor y cada lector tiene su propio Heimat, pero creemos que todos compartimos un pedazo de ese “hogar” mal traducido, de esa armonía, de esa melodía, de esas memorias borrosas que nos mantienen vivos. Cuadernos Heimat apuesta por la narrativa libre, por la aventura, la exploración. Se trata de encontrar y ofrecer literatura fresca, rarezas inesperadas y extraordinarias. Apostamos por la brevedad, porque creemos que los mejores perfumes como los mejores venenos, como los mechones robados, viajan en recipientes pequeños. Cuadernos Heimat promete historias humildes, sinceras, escritas con el corazón en la mesa, en la manga o en la yema de los dedos”.
Podéis buscar la página de la editorial en Facebook como @cuadernosheimat.
Besnier sabe muy bien cómo crear expectación, como vender las cosas de forma original y diferente, y dio un sorprendente golpe de efecto con esta primera publicación. Originalmente, Amenaza venía firmado por un enigmático M. B. Lunas. Una vez creado el conveniente misterio se desveló que la novela estaba escrita a dos manos. Por el propio Besnier y Mara Mahía, de quién ya os he hablado antes.
Portada de Amenaza, primero firmada por M. B. Lunas y después por sus autores reales:
Nunca he creído mucho en las novelas escritas a cuatro manos, o incluso por colectivos. Sin embargo, un ejemplo de gran brillantez es Q, de Luther Blisset, pseudónimo tras el que se encuentra un grupo de cuatro escritores italianos. Ellos hicieron una buena novela, ¿por qué no podría serlo Amenaza?

Y vaya que sí que lo es. Amenaza, seamos exactos, de Mahía/Besnier, es un breve trayecto literario de 97 páginas, repleto de talento y buenas intuiciones narrativas. El libro nos cuenta una destructiva historia familiar de dos hermanas repletas de enconos que no dejan de mirar al pasado trágico; las relaciones tóxicas con los padres, las cargas de culpa, la mala conciencia, los abandonos, la dejadez sentimental, el odio y el resentimiento.
Amenaza es un amargo compendio de las más habituales conductas humanas en una narración desde dos planos que se alternan: la historia de Jana y la historia de Alis. Esta bifocalidad le proporciona una agilidad especial al libro, que salta de un punto de vista a otro, pero siempre dándonos la impresión de que se nos oculta algo.
La tensión en Amenaza va creciendo a medida que las historias se solapan, cuando los odios impregnan no solo las relaciones, también los propios recuerdos. El lastre del pasado, de lo que se hizo en ese pasado, pero también de lo que no se llegó a hacer, es como un cáncer que todo lo corrompe, extendido hasta el tuétano en la familia de las dos hermanas.
Este texto ágil, rápido y voraz, saca a flote el análisis psicológico de los personajes, algo que tal vez ya no esté muy de moda; lo recupera y lo muestra como una forma de hacer buena literatura. Literatura de sentimientos, pero no de sentimientos ñoños, ni blandos, sino literatura de sentimientos caníbales, escritos desde el corazón y los pulmones, desde el hígado y los riñones, poniendo el alma y la anatomía en ello, para un ejercicio muy sólido de honestidad narrativa.

Cuadernos Heimat no podría debutar mejor. Esta primera entrega —creo que puede encontrarse en la biblioteca del metro de Barcelona—, es una promesa de muchas cosas atractivas e interesantes que pueden venir de la mano creativa de Oliver Besnier. Porque la buena literatura no conoce de lugares excluyentes, tal y como al final de Amenaza, con mucha perspicacia, se advierte: el libro se terminó de imprimir “en algún lugar de Polonia”.
Alfred Jarry, cuando estrenó su inmortal obra Ubú, Rey (un 10 de diciembre de 1896 en el Noveau Theatre de París), dio un pequeño discurso introductorio en el que afirmó que:
“En cuanto a la acción que va a comenzar, se sitúa en Polonia, o sea, en ninguna parte”.
Por eso Amenaza, la propia editorial de Cuadernos Heimat —por otro lado con mucha fidelidad a lo que definen como Heimat—, se ubican en algún lugar de la ubuesca Polonia, es decir, en ninguna parte y en todas, porque la literatura pertenece al lugar al que llega y desembarca o aterriza, al lugar de nuestro interior en donde la albergamos para que nos acompañe siempre. Y en este caso, además, se ubica en los buzones, cuando el cartero nos trae, en una mañana gozosa, un nuevo ejemplar de Madera Berlín.
La revista acepta pedidos on line en su página, que os dejo a continuación:
Y si os interesa saber algo más de las revistas literarias, pero de las que se publican en España, os comparto enlace de un artículo que hicimos en Achtung!:

sábado, 1 de septiembre de 2018

Be water, my friend

      
 *Esta reseña apareció en Mi nueva edad:
        Interprete: Nikolaus Harnoncourt y The Concentus Musicus Wien
        Título: Georg Friedrich Händel, Water Music
        Discográfica: Rhino Warner Classics
        Género: Clásica
        Duración: 1h; 11m; 47 s.
        Número canciones: 28
        Fecha de publicación: 21 de octubre de 2016.

Be water, my friend

Todo el mundo ha escuchado alguna vez a Händel, incluso sin saberlo. Encontramos composiciones de este músico alemán, pero nacionalizado inglés, casi en cualquier parte: desde anuncios de jabones, pasando por bandas sonoras de películas y hasta en el himno de la Champions League, una serie de arreglos de Tony Britten sobre la pieza de Händel titulada Zadok el sacerdote y que se encuentra dentro de los cuatro Himnos de la coronación que el genio del barroco escribió para la investidura de Jorge II de Gran Bretaña en 1727.
Pero lo que aquí nos ocupa, fundamentalmente, es la llamada Música acuática, plena de optimismo, grandeza, con un sonido limpio, que verdaderamente ensancha el corazón y lo llena de alegría. Porque esta función, la de elevar, junto con la de acongojar, creo que son las dos características principales que debe poseer una obra maestra de la música clásica.
Si hay compositores que nos destrozan por dentro con piezas de amarga belleza (Mahler, por ejemplo), otros son inyecciones de vitalidad; tal es el caso de Bach, Mozart o el caso que nos ocupa: Händel. Para ello nos basta con escuchar la pieza Alla Hornpipe de la Suite#1 de la Música acuática, también el preludio, los minuetos o alguno de los allegros. Son descargas de un barroco reconcentrado que consiguen que nos iluminemos por completo, porque el calor de esta música nos corre por las venas.
No en vano, la Música acuática está pensada para momentos de ocio y recreo, Händel compuso estas piezas para los paseos en barcaza por el Támesis de la familia real. Ha quedado registrado en las crónicas de la época que Jorge I así lo hizo un 17 de julio de 1717, cubriendo el trayecto desde Whitehall hasta Chelsea mientras 50 músicos atacaban las composiciones de Händel.
Otra de las características de este conjunto de piezas memorables radica en su hibridismo cultural, inherente al carácter y la educación cosmopolita de su autor. Händel incorpora a su condición germana las formas del estilo italiano y del francés, que había estudiado bien. Esto aparece en las danzas que incorpora en la Música acuática, así como los movimientos italianos de andantes y allegros a los que suma toques de cuerno inglés. Una mezcla que resultó todo un éxito en su época, y que lo convirtió en uno de los músicos más grandes y apreciados de su siglo.
El disco que recomendamos hoy en Mi Nueva Edad, además, incluye el Concierto de órgano en Re menor y el Concierto de órgano en Fa mayor, también conocido con el sugerente título de El cuco y el ruiseñor.
En cualquier caso, y tomando como un regalo complementario los Conciertos de órgano y la magnífica dirección del berlinés Nikolaus Harnoncourt, la intención con la recomendación de hoy es llenarnos de espíritu festivo con las piezas que componen la Música acuática y que, junto a otra de las creaciones inolvidables del autor, como es la Música para los reales fuegos de artificio, son melodías para disfrutar del verano.
Es difícil escuchar estas piezas sin imaginar los arabescos de los chorros de las fuentes de los jardines, imposible no evocar un paseo en barca, al estilo de los entretenimientos de los reyes en La Granja, en Aranjuez, en Versalles, en el Támesis o bogando por el Tajo en una barcaza mientras quedan atrás los puentes de Toledo.

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo (Parte 3)



*Esta columna apreció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/algunos-libros-imprescindibles-defendernos-verano-veraneo-parte-3/

Esta semana hemos pasado el Rubicón del verano, ese punto de no retorno que significa el 15 de agosto. Porque el 15 de agosto aúna todos los males vacacionales juntos: el espanto del periodo agostímarida con las fiestas de los pueblos y el resultado es repugnante. El 15 de agosto, y los dos o tres días que le siguen, son el mal absoluto, ese Satanás anclado en el mismo centro del Infierno en la Comediade Dante, salvo que en este caso, además, el demonio hace gala de una malsana fijación: rifar perritos-piloto y poner la música más atronadora y chabacana posible en la pista de los autos de choque. Esta es la tercera entrega (y última) de El Odradek y esos libros veraniegos que pueden salvarnos de situaciones límite como son las ferias que se deslizan con nocturnidad y alevosía en nuestras vidas, para no dejarnos dormir hasta las tantas de la madrugada.

Pero antes de entrar en el espectral mundo de las fiestas de los pueblos, y en concreto en las fiestas de Torrelodones, me ha quedado pendiente relataros una última aventura, o más bien desventura vacacional, de esos tiempos en los que me marchaba bien lejos, en una huida que buscaba escaparme de mí mismo y, después, de todo lo que me rodeaba.
Nuevamente Fuerteventura como escenario de mi desgracia. En concreto, un lugar, un hotel en Costa Calma, cerca de la Playa de Sotavento, lo suficientemente remoto como para que no hubiera un médico en muchos kilómetros alrededor, una circunstancia que a un veraneante del malditismo como yo no suele preocuparle… Hasta que se desencadena el cólico nefrítico.
Así fue: al segundo día de tomar posesión del bungaló tipo iglú más alejado de todos (porque era un hotel conformado de bungalós) mis riñones entendieron que me encontraba en una situación muy interesante para sufrir un cólico. Bienvenidos al capítulo de enfermedades veraniegas, de consultorios fantasmas, de médicos extraños. De veraneantes ingleses, holandeses, belgas, esquilmando a nuestra universal y bienintencionada Seguridad Social. De salas de espera con descalabrados, intoxicados, quemados por el sol, meduseados, erizados, cortodigestivados, en fin, todos ellos mirando al techo, sin saber muy bien cómo acababan de arruinar lo que prometía ser un lapso vacacional maravilloso.
Tengo que decir en mi defensa que a la vista de esta perspectiva, y de la lejanía del médico más próximo, opté por aguantar con los dolores en el hotel y consumir los días que tenía allí contratados. Entonces, descubrí lo complejo que es sentirse horriblemente mal en el corazón de una infraestructura que está diseñada para agobiarte, azuzarte, hostigarte con la excusa del agasajo y que no entiende de solitarios ni reservados ni, por supuesto, de enfermos.
Aunque por un momento he pensado que todos estos complejos, si algo buscan detrás de esa presunta felicidad del cliente, es precisamente eso: hacerlo enfermar. De ahí los pantagruélicos bufés libres del desayuno, las opíparas cenas, los bares de cocteles en mitad de las piscinas con el objetivo de que bebas mientras estás en remojo y, además de con una borrachera, también llegues a la habitación con una buena cistitis.
Si en algún momento no nos ponemos malos de beber, de comer o de bañarnos, o agarramos algo en el Spa o en la sauna, o en el baño en agua helada, o bajo los chorros o las duchas con aceites esenciales, es como si la diversión no hubiera existido. El veraneante de pro, el que se recuece al borde de la piscina un 15 de agosto, ese, si no se pone malo no obtiene el mayor beneficio de las vacaciones. Suena raro, lo sé, pero muchas veces es lo que parece. En vacaciones la gente vomita mucho. Y motivos para hacerlo hay de sobra, desde luego.


Vayamos con la literatura: Para esos momentos de cólico en mitad de la nada tenía, afortunadamente, un buen puñado de libros. Recuerdo que entre pinchazo y pinchazo, cuando los picos de fiebre me devolvían a momentos de tranquilidad, tomaba de la mesilla mi ración de lectura medicinal. Concretamente, ese Wittgenstein manchado de sangre que es Una investigación filosófica(Anagrama), del recientemente fallecido Philip Kerr. Una novela negra distinta, absorbente y dinámica, ubicada en una especie de Londres distópico (pero no muy alejado en el tiempo, al contrario, en la novela, escrita en el año 1992, se habla del Londres de 2013), que tuvo efectos calmantes para mi cólico.

n este enlace podéis leer una crítica que hice del libro:
Se trata de algo distinto, quizás sea la mejor novela de Kerr, y como la leí en Fuerteventura le otorgo en mi baremo heladero de excelencia dos Sandy Pop, que son producto del esfuerzo empresarial de aquellas tierras.

Después, cuando empecé a mejorar, muy lentamente, me dejé caer por el salón de la televisión del hotel con el ánimo de probarme y ver mis fuerzas. Entre turistas que se ponían chuzos a gin-tonics y combinados de ron Arehucas yo me sentaba pálido y demacrado con una tacita de poleo o manzanilla entre las manos. Lo sé, doy pena.
Al salón llevaba un libro, como no, aunque no era sencillo naufragar en la lectura cuando la televisión atronaba con Juan Carlos Navarro anotando canastas como un poseso (por cierto, hoy acaba de retirarse, qué viejos somos ya…). Era un partido del Eurobasket de Lituania, en donde España se hizo de nuevo con el oro —venía de ganarlo también en la edición anterior, jugada en Polonia—.

Así que mientras bebía a sorbitos la infusión, trataba de leer algunas páginas de El asesino de la carretera (Ediciones B), novela de James Ellroy, pero Navarro, que finalmente sería elegido MVP del torneo, interfería con el incansable bombardeo del aro de la selección que se le pusiera por delante. La novela de Ellroy es una de las mejores obras que he leído del norteamericano, un auténtico MVP de la novela negra, con ese estilo telegráfico propio tan atractivo como contundente.

Alguien se me acercó farfullando en español unos elogios al baloncestista que, al parecer, acababa de masacrar a Macedonia con la friolera de 35 puntos, 19 de ellos en un solo cuarto, record absoluto de un Eurobasket. Confieso que miré con indiferencia a esa persona que intentaba entablar una conversación conmigo, también con mi poleo y con mis profundas ojeras: en mis manos tenía a un verdadero crack, a Ellroy ni más ni menos, y donde estuviera esa fascinante narración de los crímenes de un asesino en serie operando por las carreteras de Estados Unidos, ninguna actuación gesta deportiva podía hacerle sombra.

Para El asesino de la carretera, en mi clasificación de excelencia, le doy dos polos de gelatina, el Gelyde fresa.

Estoy escribiendo esta columna con cierto dolor de cabeza producto de varias noches durmiendo muy mal. Y con esto regreso a Torrelodones y a este mismo verano, al día de hoy, 17 de agosto. Si, voy a hablar de las fiestas del pueblo, culpables de que no pueda dormir, ni descansar.
Aquí, en Torrelodones, todos somos muy democráticos y entendemos, o al menos el Consistorio así lo comprende, que todos los vecinos tienen el mismo derecho a participar de la fiesta. La fiesta, un compendio de actividades que rezuman buen gusto y saber hacer, que se mete en tu casa y en tu cama como la cabeza de caballo de El Padrino.
Literalmente en tu cama, porque los feriantes colocan las atracciones a poco más de 20 metros de tu salón, para que así puedas vivir hasta la madrugada el jolgorio de las canciones de los autos de choque: un año fue la Camisa Negra repetida a volumen brutal, otro año le toco a Justin Bieber… Los cristales retumban, y te ves obligado a tomar una elección: o cierras a cal y canto y te asfixias, o dejas las ventanas abiertas e inicias con resignación la semana del Lexatín.
Esta admirable querencia en llevarte la juerga hasta la puerta de casa (ahora mismo está repicando la bocina del látigo o del pulpo, completada con una sirena de ataque nuclear, que se repite cada par de minutos), y de que los borrachos orinen en tu portal, de que las peleas y las broncas se desparramen por las calles cortadas por las cuales no puedes llegar a donde vives, es un ejemplo de espíritu solidario, no cabe duda.
Por eso, cuando yo tenga algo que celebrar, quizás me plante delante de la casa de algún concejal, o de la alcaldesa, a las tantas de la noche, para hacerlos partícipes de mi alegría. Seguro que les gustaría. Y también apreciarían mucho el que me orinase o vomitara, dejando un montón de porquerías en la puerta. Esto suena un poco a escrache festivo, pero, al fin y al cabo, ¿no somos todos tan modernos, comprensivos y tolerantes?
La vida, durante los días que cercan como un ejército maligno al 15 de agosto, es imposible en Torrelodones. La solidaridad festiva impide descansar, impide pasear, circular, aparcar, respirar. Los barracones con salchipapas a precios abusivos (cada día más papas con menos salchis, nunca pensé que las salchis acabarían siendo un artículo de lujo), las tómbolas y el tiro con carabina de aire comprimido, todos con sus propias bandas sonoras, timbres, bocinas y sonidos desagradables, contribuyen a crear un estado de nervios permanente en las personas que no tenemos muchas ganas de divertirnos por decreto.
Efectivamente, estas son unas fiestas solidarias, porque a fuerza de ser insolidarios con todo el mundo se acaba molestando por igual. Lástima que en lo cultural, y hablo de ello porque es el campo que me interesa, no se lo tomen con tanto entusiasmo. Algunas propuestas realizadas por mí al Ayuntamiento, que pensaba realizar de forma desinteresada, es decir, gratuita, encontraron una contundente negación por respuesta, cuatro meses después de haberlas formulado. Y con la diplomática delicadeza de comunicármelo en un escueto mensaje enviado por correo electrónico.


Pasemos a la defensa. No voy a comentar nada de las lecturas con las que estoy intentado insonorizarme este año, porque muchas de ellas aparecerán en reseñas aquí en Achtung! Pero en otras ocasiones, en otros agostos de agonía de churros en aceite, de charangas estridentes y de malignos perritos-piloto, me he anestesiado con las novelas del albanés Ismaíl Kadaré o con Chuck Palahniuk, en concreto con Snuff (Debolsillo) una delirante narración sobre el mundo del porno.
Ya sé que ambos autores no son comparables, pero a Kadaré le otorgo la máxima y más preciada de las valoraciones: un Maxibon. Mientras que a Palahniuk, por lo entretenido, le doy un Magnum Black.

Así que aquí andamos los vecinos de Torrelodones, que no deben ser confundidos con los vecinos por Torrelodones. Los vecinos de Torrelodones estamos soportando nuestra ordalía particular de cada verano, y si sobrevivo a este mes de agosto (espero que los libros me ayuden), pienso proponer para las fiestas del año que viene un acto cultural de auténtico relumbrón: la quema pública de mis novelas en una pira en pena calle Real, rociada y azuzada con el aceite de las fritangas de los puestos, para alegría de todos.
Siempre fiel al espíritu democrático, eso sí, que me ampara y me protege para poder mearme en la puerta de las casas de la gente, vomitar por las calles, montar broncas de madrugada o introducir mi espíritu festivo en los dormitorios de los demás, os deseo que el final del verano os sea leve.
Y si las dos semanas que nos restan se nos hacen insoportables, siempre podemos acudir a una libreríapara buscar remedio. Al fin y al cabo, agosto solo ocurre una vez al año. Menos mal.

viernes, 17 de agosto de 2018

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo (Parte 2)


*Este artículo apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/algunos-libros-imprescindibles-para-defendernos-del-verano-y-del-veraneo-parte-2/

Poco a poco, como una gota malaya, la tortura del veraneo continúa percutiendo sobre todos aquellos que no creemos en la regeneración celular a orillas del mar, en las siestas empapuzados a gazpacho y sandía, comidos por las moscas, o en el incomparable placer canicular que suponen esas noches a cuarenta grados mientras por la ventana insoportablemente abierta acceden los gorgoritos de alguna orquestina de hotel que todavía no se ha enterado que “Devórame otra vez” fue la canción del verano de hace tres décadas, por lo menos. Por ello, es necesario construir un pequeño fuerte en donde cobijarse ante semejantes agresiones, como ya comenté, en una primera parte, en esta columna de El Odradek de la semana pasada, aquí en Achtung! Prometí una segunda parte sobre esos libros que podemos utilizar como un chaleco blindado: vamos con ella.

Recuerdo un tranquilo hotel en Tenerife. Generalmente he visitado las Canarias acompañado de mi madre en varias ocasiones y, también, con mi hermana. Sin embargo, aquella ocasión fue una de esas que tanto frecuentaba en mi pasado reciente: viajes solitarios que solían cubrirse de un tinte de desesperación.
Los alrededores del lugar no permitían mucha facilidad de desplazamiento para alguien antediluviano como yo, que no sabe conducir, y plantearse caminar un rato por el enorme secarral bajo un sol de justicia era como colocarse una pistola en la cabeza. Así que tocaba quedarse en el recinto del hotel, entre chapoteos espasmódicos de cuellicortos maleducados, enormes platos desbordantes de bufé librey tipos tocando el piano con abulia durante la sesión nocturna del bar de cócteles.
En cierto modo, mi devenir puede recordar, en algunos aspectos, siempre los aspectos más deprimentes, a algunas novelas de Houellebecq, especialmente en aquellas en donde se dedica en profundidad a analizar los paquetes de vacaciones, los complejos hoteleros y el comportamiento de los viajeros, y no son pocas las obras en donde se dedica a tan sangrante radiografía.
Al borde de aquella piscina tiñerfeña elegí defenderme de los daiquiris aguados y de las variantes de cualquier-cosa-servida-o-mezclada-con-plátano escondiéndome detrás de algunos libros de John Fante. Fante, se escoja el libro que se escoja, se comporta muy fiablemente durante las vacaciones.
En primer lugar, porque sus narraciones nos sumergen en un mundo absorbente capaz de hacernos olvidar la miseria que nos rodea, y en segundo, porque los desgraciados que aparecen en sus novelas mitigan la mueca de estupidez que componemos mientras guardamos cola frente el mostrador de ensaladas del bufé o cuando vemos bailar a tres generaciones de alemanes Los pajaritos en la discoteca del hotel (abuela, padres y niños, rubitos y todos ellos enrojecidos, como si acabaran de brotar de un experimento de Industrias Stark para dar con la Über-familia).
John Fante nunca fue un escritor con éxito. Hay que reivindicarlo, es necesario. Tal y como nos informa su hijo Dan Fante, en la brillante biografía Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia(Sajalín editores), de título esclarecedor, donde nos habla de los polos opuestos en los que se iba a mover su padre.

John Fante creó al personaje de Arturo Bandini, absolutamente delirante, y escribió un puñado de grandes novelas. Sin embargo, eligió hacerse guionista de Hollywood, dejando de lado su vocación novelística en beneficio del jugoso cheque del cine y los fines de semana jugando al golf; algo que le amargó la vida y la maceró en alcohol.

Así que Fante obtuvo mucho reconocimiento después de muerto. Antes, vio como lo troceaban a cachitos a causa de una diabetes que lo fue gangrenando poco a poco. Su novela Pregúntale al polvo(versión cinematográfica con Salma Hayek de protagonista) y la continua admiración de Bukowski, han logrado que esas obras que nadie quiso en su momento sean ahora monumentos literarios. Yo, al borde de la piscina tinerfeña, leía un volumen con tres obras breves de Fante, Al oeste de Roma, seguido de Mi perro idiota y La orgía, tres novelas muy divertidas que destilan el espíritu fantiano de mala leche y vitriolo.



En ese momento, ya había leído todo lo publicado de Fante en España, tarea que debemos agradecer a Anagrama, y por eso me deleitaba con unas obras menores. A estas alturas de agosto, todavía estáis a tiempo de parapetaros detrás de algunas de las grandes obras de este escritor: Camino de Los Ángeles, Sueños de Bunker Hill o la simpar Espera a la primavera, Bandini. Cualquiera de estas obras se merecer un par de helados Negrito.

Siguiendo con las Canarias, en otras ocasiones, movido por un aborrecimiento crónico de todo lo que me rodeaba (aborrecimiento de todo lo que diera signos de vida) busqué refugio vacacional en lo que me parecía uno de los lugares más alejados posibles: la zona del Gran Tarajal en Fuerteventura. Así que, después de una travesía maratoniana recorriendo la isla casi de punta a punta en un autobús de línea, llegué a un apartado hotel junto al mar.
Eso es otro asunto interesante del mundo vacacional: el trayecto en bus. Bueno, realmente lo que se alberga en el interior del vehículo. Nunca he conseguido entender que tomar un bus en vacaciones sea sinónimo de una gran juerga. El calor que azota por los ventanales, las carreteras reviradas, las paradas en sórdidas áreas de servicio con olor a orines y comida prefabricada, esos butacones de felpa, el sudor que te corre por la espalda o el aire acondicionado desmesurado que te deja afónico…
Sin embargo, toda esta panoplia de maravillas representa, para esos que hablan a voces, se ríen a carcajadas, les suena el teléfono móvil con insistencia o les rezuma el chunda-chunda por los auriculares, el preludio a la inmersión en un mundo maravilloso y se ven obligados a demostrar su alegría: sentándose a tu lado o lo más cerca posible, y dando rienda suelta a todo su repertorio perfectamente ideado para amargarle el viaje a cualquiera.
Solventado, superado o sufrido el trayecto en autobús, y arrojado como un viejo dinosaurio a las orillas de la isla, ese hotel de Fuerteventura presentaba los mismos problemas fundacionales del turismo agostí. Lo diferencial que había conseguido alejándome tanto era eliminar de la ecuación al compatriota zafio, pero por el contrario me veía rodeado de alemanes y belgas. Y sus costumbres vacacionales puede que, incluso, sean más horripilantes que las nuestras.
Siempre me han inquietado esos desayunos presididos por una bonita botella de champán como un faro en mitad del salón, desafiando a los comensales con un “¿quién tiene narices de desayunar con champán?”. Los turistas pasan junto a la botella como los tiburones junto a su presa. Primero la rodean, después, más cerca, al final casi la rozan… Y le piden al camarero que la descorche.

El osado cliente acaba de desencadenar toda una fila carnavalesca de personas con platos a reventar de baked beans, trozos de queso y de pepino, tomates y salchichas que serán convenientemente regados con esa botella de champán que no contiene champán, sino cava, y del peleón. Es el sucedáneo dorado para agasajar por las mañanas al turista que se cree, así, adornado de cierta clase. Luego, pondrá a hervir su gozoso dolor de cabeza matutino bajo la sombrillita de la piscina del hotel.

En esos días de cava peleón, calor tórrido e insectos como helicópteros Apache, viví refugiado en la obra de Bukowski. Ignoro que ensalmo poseen estas islas que me empujan a leer a autores del realismo sucio. Leía Cartero, quizás la mejor novela de Bukowski, junto a su mejor libro de relatos, Hijo de Satanás (ambos en Anagrama), cuya reseña puedes leer aquí:
La suciedad de los mundos que refleja Bukowski, la miseria de los personajes que los habitan, casi hace buena la contemplación del desfile de miserias alemanas, belgas y holandesas que me veía obligado a soportar en el hotel de Fuerteventura: bañadores tipo slip que no dejaban mucho a la imaginación de lo que ocultaba la anatomía de ese jubilado de Ámsterdam que tenía la piel ennegrecida de soles, curtida de sales y con el aspecto de un plato de cecina de chivo de León.
O esos apocalípticos top-less de ellas. Ellas: el pelo teñido en colores chillones, cargadas de collares y abalorios dorados, incluso con grandes pedruscos de ámbar entre los pechos ya exhaustos de vida y agotados por cientos de madrugones de brumas y neblinas en Bruselas.
Los libros de Bukowski se merecen, como poco, en mi clasificación veraniega, un par de Frigopies.

Regresando a la península, vacacioné una vez en un lugar llamado El Paraíso, en Villajoyosa, que tenía bien poco de lo que prometía su nombre: una playa de pedruscos insoportable, con una orilla traicionera que, a los pocos metros, se precipitaba en una especie de fosa abisal, repleta de algas y porquerías, mientras los perros de la gente chapoteaban a escasos metros de donde intentaba leer.
Mi protección lectora, tan importante, o más, que mi protección solar, fue Uno y el Universo (Seix Barral), un libro del escritor argentino Ernesto Sabato, crucial para poder mirar algo más lejos y atisbar que el cerebro humano puede alcanzar a confeccionar pensamientos y reflexiones que superan la borrachera de absenta de Villajoyosa, el atracón a tazones de chocolate y fartons, o la infección intestinal producto de una generosa ración de paella pasada, apelmazada y reseca, servida en una terracita mientras las avispas componen su ballet sobre los cubos de basura a reventar tan solo unos pocos metros más allá.

Ernesto Sabato fue físico, además de un extraordinario narrador. Por eso, este Uno y el Universodespliega muchas de sus ideas y reflexiones científicas relacionadas con la existencia humana y ese lugar de donde procedemos, el espacio. Aquel ensayo relativizaba el entorno, el océano, los pedruscos, las algas y las rocas, incluso el turista inglés en tanga o el tatuado de turno.
Sabato como novelista es descomunal: El túnel (Cátedra), Sobre héroes y tumbas y Abbadon el exterminador (ambas en Seix Barral), pero como ensayista ha escrito algunas páginas estremecedoras, para leer con el corazón apretado, especialmente en Antes del fin o La resistencia (también en Seix Barral). Lo bueno de este Uno y el Universo es eso, que ayuda a paliar el insufrible compendio de infamias que nos asedia, desde el hortera del radiocasete, el macarra de la moto a escape libre o el recargo por el “servicio de terraza”.



En mi clasificación veraniega le otorgo a la literatura de Sabato un par de helados Frigurón.
Esa es la principal virtud de todos estos libros vacacionales: nos ayudan a minimizar el impacto de la herida, la brecha abierta en nuestra vergüenza ajena, esa que podría llevarnos, fácilmente, a odiar a la humanidad.
El próximo viernes atravesaremos lo peor del verano, la mitad del mes de agosto, con las fiestas de los pueblos, la música de los autos de choque y las rifas de las verbenas. Prometo volver con una tercera entrega que demuestre que, aunque los bocinazos del látigo se nos metan en la columna vertebral y el olor a fritanga recubra con una capa nuestra piel, siempre quedará un libro para hacernos sentir como en pleno mes de enero, por mucho que algunos se empeñen en repartir perritos-piloto como si pertenecieran a una ONG de peluches caninos.
De momento, aquí os dejo el enlace a la primera parte de esta serie de artículos veraniegos: