viernes, 2 de septiembre de 2011

Lo que soy


Péter Esterházy: Los verbos auxiliares del corazón:

“Soy un (texto deteriorado) hecho a medida”.

Desgracia


Bernhard, en Trastorno:

“En cada cabeza humana se encuentra la catástrofe humana que corresponde a esa cabeza. No hacía falta abrir las cabezas para saber que en ellas no había más que una catástrofe. Sin su catástrofe humana el hombre ni siquiera existe. El hombre amaba su desgracia y, si estaba un segundo sin ella, hacía lo que fuera para recuperarla. Siempre que miramos a los hombres, los vemos sumidos en su desgracia o buscando su desgracia. No hay hombre sin desgracia humana”.

Sol Negro (y dos)


En Praga: Café Arco, 29 de julio de 1914.

En esta hora grave soy totalmente consciente de todas las consecuencias de mi decisión ante Dios Todopoderoso. Lo he considerado y examinado todo. Con mi conciencia tranquila me dirijo hacia el camino que mi deber me obliga y confío que Dios Todopoderoso ayudará a mis armas a conseguir la victoria -el pesado silencio en el salón del café se combó para quebrarse y restallar con los comentarios enfrentados de quienes apoyaban la decisión de ir a la guerra, tomada por el Emperador Francisco José a causa de las repetidas muestras de hostilidad, odio e ingratitud del Reino de Serbia contra su persona y su corona, y de los que tan sólo veían un desastre de proporciones bíblicas en el conflicto.

¡A Mis Pueblos!, se titulaba el manifiesto: la temblorosa voz del escritor Egon Erwin Kisch acababa de leer, emborrachado de solemnidad, la declaración aparecida en el tabloide praguense de lengua alemana, Bohemia. La proclama era una copia de la publicada originalmente en las primeras páginas de la prensa austriaca. El edicto, elaborado en otros once idiomas más, alcanzaba el último recoveco, el último recodo de la última plaza ubicada en el más miserable de los ayuntamientos del poblacho más perdido del Imperio.

En una de las mesitas, acompañado de Max Brod y Franz Werfel, Kafka escuchó la lectura abismado en una introspección profiláctica. Profilaxis, sí, de eso se trataba ahora, de prevenirse ante la plétora de noticias furiosas y dolorosas, noticias terribles que muy pronto reseñarían partes de bajas, necrológicas de allegados y conocidos edulcoradas con la estúpida épica del Frente. No, él no podría soportar eso. Necesitaba erigir una barrera de protección entre su existencia y la guerra, era imperativo para su supervivencia que la convulsa situación a la que se aproximaban, el abismo ante el cual la humanidad asomaba sus narices, le dañara lo mínimo posible. La mejor manera sería aparentar que todo le daba igual, que no le importaba un ápice tan estúpida conflagración, que continuaba inmerso en su lucha personal, comprometido con la literatura por encima de cualquier otra distracción, incluso si esa distracción era la muerte, la destrucción y el sufrimiento acarreados por una guerra sin sentido.

Los insultos contra Serbia se mezclaban con las críticas y las dudas que suscitaba la actitud del Emperador, para muchos un viejo que chocheaba y que, si no era capaz de sacar adelante las más sencillas tareas inherentes a su cargo, ¿cómo podía embarcarse en una guerra de semejantes dimensiones?

-Todo empezó con este tipo, la culpa es de él –manifestó Brod que ya extendía el periódico para mostrar una foto de Gavrilo Princip, tomada en el mismo instante de su detención.

Kafka desvió su mirada desganada en dirección al retrato y le dio un vuelco el corazón: ese hombre, ese hombre incendiaba Europa.

Se sintió mal, preso de nauseas y palpitaciones. Decidió actuar conforme a su profilaxis recientemente adoptada. Aún tembloroso, se levantó. Se caló el sombrero y añadió, a modo de despedida:

-Me marcho, esta tarde tengo escuela de natación.

Con pasos vacilantes alcanzó la calle y escuchó la algarabía de quienes celebraban el estallido del conflicto. Supo que, por mucho que lo intentara, jamás podría serle indiferente…, salvo que se ahogara esa misma tarde en el Moldava.

Entonces, creyó sentir sobre su cabeza las primeras cenizas de una lluvia de azufre, una lluvia hirviente que ampollaba su piel…, y mañana amanecería un enorme Sol Negro, hermosísimo en toda la maldad de su oscuridad.

Aguda fiebre de grillos (parte 5 de 10)


El padre Gago –que acababa de terminar la oración y ordenaba un papelucho- a veces se ponía muy pesado explicando cómo tomó ésta o aquella diapositiva: los problemas técnicos a los que entonces se enfrentó y cómo los resolvió. Un día: estudiaban el arte egipcio y proyectó unas fotos del museo de El Cairo; en una de ellas apareció un vaso canope situado detrás de una vitrina y el fogonazo del flash que se reflejaba en la parte superior de la placa. Alejandro, entonces, se quedó con las ganas de saber qué era eso del vaso canope pero, a cambio, aprendió toda una lección de cómo podían evitarse los reflejos en fotos como aquellas. El vaso canope se intuía tenuemente tras la cristalera, pero el padre Gago no dijo ni una palabra sobre él para, a continuación, abalanzarse sobre una serie de instantáneas diáfanas que presentaban momias de cocodrilos y de gatos, sin atisbo de sombras ni de molestos brillos, de las que estaba, evidentemente, orgulloso, bien satisfecho su prurito personal de fotógrafo que se sabía algo más que un mero aficionado.

En otra ocasión, el padre Gago explicó unas diapositivas de la Virgen María y proyectó cuadros de Leonardo da Vinci y de pintores españoles, realizando un estudio donde la escuela de la Madonna italiana salía muy mal parada en contraposición con las tradicionales vírgenes retratadas por los hispanos. De repente, calló unos instantes: se imaginaba algo raro y, rápidamente, encendió las luces como a traición: sorprendió a varios alumnos enfrascados en una guerra de canutillos mientras, otros, comían a escondidas el bocadillo y alguno incluso dormitaba: desenmascaró a todos los que se amparaban en la oscuridad y aprovechaban para hacer cualquier otra cosa menos atender a sus explicativas filminas...

Pero, pese a todo, y así lo creía Alejandro, el método educativo del padre Gago era bueno, y disfrutó mucho con las diapositivas de elaboración casera que les ofrecía aquella especie de Juan de Mairena: salvando mucho las distancias con el genio creado por Machado.

No es mucho


Bukowski, de su poema No es mucho:


“supongo que igual que otros

he pasado por fuego y espada,

amor descarriado,

colisiones frontales, borracho en alta mar,

y he escuchado el sencillo sonido del agua corriente

en bañeras

y deseado ahogarme

(…)

y el whisky y el vino han entrado en nuestras venas

cuando la sangre estaba demasiado débil para continuar”.

Dedos ásperos




Péter Esterházy: Los verbos auxiliares del corazón:

“Con sus dedos ásperos, Dios nos golpea el corazón”.

Sufrimiento


Bernhard: Trastorno:

“Y desde hace tiempo pienso que en realidad vivo sólo en un sufrimiento, en un sufrimiento que es mío, que únicamente a mí me pertenece, en una naturaleza que es mi propia naturaleza, sustraída ya a la capacidad de sufrimiento humana, demasiado vieja para ella, para lo humano, demasiado vieja para todo lo posiblemente humano”.