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martes, 13 de diciembre de 2011

El camino hacia Dios de Tycho Brahe


En Praga: Café Bohemia, abril de 1914.

Ni una mesa libre en el café Bohemia. La humareda de pipas en combustión, el ruido de vasos de licor y jarras de cerveza entrechocadas, junto al cloqueo de las conversaciones, acerrojaron un incómodo cepo en forma de dolor de cabeza sobre el visitante que, detenido frente a la puerta, contemplaba desanimado la imposibilidad de quedarse allí por un rato y reponer sus escasas fuerzas, malgastadas de forma absurda con la precipitada visita a Praga.

Al leer el letrero con el nombre del local no pudo evitar decirse: Bohemia, otro pueblo oprimido por la bota austrohúngara de los Habsburgo. Fue por el nombre, seguro que por eso, motivo por el cual eligió ese lugar para concederse un respiro. En veinticuatro horas de estancia en Praga ni tan siquiera logró dormir y necesitaba un café y un licor, al menos, para borrar el amargo sabor de su visita a la que se consideraba la tercera ciudad del, para él, tan odiado Imperio.

Entonces, entre la multitud, avistó una silla vacía junto a una mesita ocupada tan solo por una figura delgada, con el rostro afilado y ceniciento, que contemplaba una taza de té con la vista ahondada en las espesuras del líquido color caramelo. No le agradaba la idea de compartir mesa, en particular por las embarazosas preguntas que podrían surgir en una conversación forzada, pero el aspecto taciturno del hombre lo animó a ello con la esperanza de que esa persona no le resultara muy habladora.

-¿Me permite? –se acercó con tanto sigilo que Kafka no reparó en su presencia hasta que lo tuvo encima. Con brusco asombro salió de sus pensamientos. Dudó un instante, al principio no fue capaz de entender lo que demandaba el forastero, tardó en caer en la cuenta de que deseaba compartir la mesa.

-Eh… Sí, claro, por supuesto, acomódese a su gusto, faltaría más, caballero –por culpa de los buenos modales de Kafka, el hombre se vio obligado a formular una frase de cortesía para no parecer un grosero y levantar mayores recelos:

-Hoy el café está lleno -musitó al tomar asiento.

-¡Desde luego! –exclamó Franz satisfecho- ¡Hoy lee mi amigo Max!

-¿Max? –el gesto de extrañeza demostraba que el individuo no se acercó al Bohemia para presenciar la lectura.

-Mi amigo Max Brod. Hoy nos presenta unas páginas de su futura obra Tycho Brahe y su Camino hacia Dios.

-¿Tycho…? –el invitado no comprendió bien el intrincado título, a pesar de que se expresaba en un alemán bastante correcto.

-Tycho Brahe, ya sabe, el astrónomo –ambos se sumieron en un silencio reflexivo. El extranjero parecía buscar en su cabeza una referencia, y la encontró:

-¡Ese tipo de la nariz de plata! –Kafka asintió con gusto. Su contertulio sabía a quién se refería. En efecto, Tycho perdió la nariz en un duelo y lució una prótesis de aleación casi más célebre que sus observaciones celestes-. Tengo entendido que era un sumiso, vendido al poder real –prosiguió el invitado.

-¡No, hombre, no! –repuso Kafka-. Está usted, si me lo permite, en un error. Tal vez, si escucha la lectura de Max, salga de dudas.

-Ese hombre murió por no ir a mear en presencia de un príncipe, o de un Gran Señor, ¿no es así? –Franz movió la cabeza con lastima de verse abocado a admitir, de nuevo, el estereotipo. Así era, durante un banquete en la corte de los Rosenberg, el astrónomo aguantó más de lo debido la micción para no desairar con su ausencia al Ilustre. El resultado fue una infección de orina, que lo precipitó a la muerte-. ¡Dejarse reventar la vejiga por no molestar a un poderoso! ¡Un imbécil! Ahí lo tiene: ¿Qué mayor ejemplo de servilismo y estupidez? –Kafka iba argumentar un reproche, pero el camarero intervino en ese instante. El extraño pidió un café y un licor para, a continuación, retomar la soflama de inmediato-: Igual que ahora, todos ustedes, en Praga, en Bohemia, dan similar ejemplo de estupidez, aguantan sus ganas de mear, sometidos a los Habsburgo.

-¿Qué tiene usted contra ellos? –le inquirió Kafka, interesado por el inesperado sesgo que tomaba la conversación.

-¿Contra los Habsburgo? Son los opresores, la maldición de Europa. ¡Pero bien pronto nos veremos liberados de ellos!

-No se exalte –le reconvino, ya que varios clientes empezaron a mirarlos de soslayo, con cierto recelo por las altisonantes declaraciones del hombre-. Esas ideas no son muy bien recibidas por aquí: la mayoría somos judíos y, ya sabe, de orígenes y cultura alemana; quiero decir, que estamos del lado de los Habsburgo.

-¡Pues son todos unos animales! –lo interrumpió el hombre que, a continuación, disminuyó el tono de voz como si fuera a pronunciar una confidencia-: Todo va a cambiar -y susurró, con un esfuerzo que apenas contenía la emoción-: ¡Ya lo creo que cambiará!

En ese instante, el camarero retornó a la mesa. El extranjero sacó de sus bolsillos una faldriquera raída y rebuscó en su interior unas monedas con las que pagar. Kafka presenció la escena en tensión, con la duda de si le tocaría abonar la cuenta porque ese hombre no llevara suficiente dinero.

-¿Está bien así? –señaló las monedas y se lo preguntó al camarero, que le contestó con un golpe afirmativo de cabeza y una suerte de reverencia.

Kafka intentó un nuevo argumento a favor de los Habsburgo ahogado por un aplauso que rellenó las esquinas del salón. Max Brod apareció en el centro del café dispuesto a leer unos pasajes de su drama.

De un trago, el hombre apuró su copita de licor y dio rápida cuenta del café. A continuación experimentó un súbito y violento ataque de tos, reacción provocada por la aspereza del alcohol, la cataplasma caliente del bebedizo en su maltrecha garganta y el cargado ambiente del lugar que en nada beneficiaba a sus pulmones heridos de muerte.

Crispado, agitado por la tosileta, se sujetó del antebrazo de Kafka y lo miró a los ojos. Los agudos dedos de sus manos parecían atravesar la chaqueta, la camisa, para encarnase en su piel. Entonces, fue entonces: el animal que roía el pecho de ese hombre traspasó a Kafka de lado a lado. Desde el fondo de los ojos febriles y por encima de las ojeras del visitante, la enfermedad, la calentura, el mal de pulmón, brincó de una anatomía a otra y poseyó a Franz, condenándolo.

El extranjero sentenció, a la vez que aflojaba su presión en la manga del escritor:

-¡Todos ustedes ya están muertos! -con un movimiento brusco se puso en pie, se tambaleó y dejó el lugar en el instante en que Max Brod iniciaba su lectura.

Desde la mesa ubicada frente al ventanal, Kafka vio alejarse a ese hombre tan raro; a la par, un malestar de una intensidad nunca antes experimentada se apoderó de su respiración. Una garra le oprimía la garganta.

A lo lejos, el extraño torció la esquina con paso atolondrado por causa de una subida de la fiebre, pero en un instante logró reconducirse con firmeza, con la seguridad que le proporcionaba la certeza de que pronto, con un disparo suyo sobre un pecho almidonado de entorchados, sumiría a Europa en la desgracia.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Sol Negro (y dos)


En Praga: Café Arco, 29 de julio de 1914.

En esta hora grave soy totalmente consciente de todas las consecuencias de mi decisión ante Dios Todopoderoso. Lo he considerado y examinado todo. Con mi conciencia tranquila me dirijo hacia el camino que mi deber me obliga y confío que Dios Todopoderoso ayudará a mis armas a conseguir la victoria -el pesado silencio en el salón del café se combó para quebrarse y restallar con los comentarios enfrentados de quienes apoyaban la decisión de ir a la guerra, tomada por el Emperador Francisco José a causa de las repetidas muestras de hostilidad, odio e ingratitud del Reino de Serbia contra su persona y su corona, y de los que tan sólo veían un desastre de proporciones bíblicas en el conflicto.

¡A Mis Pueblos!, se titulaba el manifiesto: la temblorosa voz del escritor Egon Erwin Kisch acababa de leer, emborrachado de solemnidad, la declaración aparecida en el tabloide praguense de lengua alemana, Bohemia. La proclama era una copia de la publicada originalmente en las primeras páginas de la prensa austriaca. El edicto, elaborado en otros once idiomas más, alcanzaba el último recoveco, el último recodo de la última plaza ubicada en el más miserable de los ayuntamientos del poblacho más perdido del Imperio.

En una de las mesitas, acompañado de Max Brod y Franz Werfel, Kafka escuchó la lectura abismado en una introspección profiláctica. Profilaxis, sí, de eso se trataba ahora, de prevenirse ante la plétora de noticias furiosas y dolorosas, noticias terribles que muy pronto reseñarían partes de bajas, necrológicas de allegados y conocidos edulcoradas con la estúpida épica del Frente. No, él no podría soportar eso. Necesitaba erigir una barrera de protección entre su existencia y la guerra, era imperativo para su supervivencia que la convulsa situación a la que se aproximaban, el abismo ante el cual la humanidad asomaba sus narices, le dañara lo mínimo posible. La mejor manera sería aparentar que todo le daba igual, que no le importaba un ápice tan estúpida conflagración, que continuaba inmerso en su lucha personal, comprometido con la literatura por encima de cualquier otra distracción, incluso si esa distracción era la muerte, la destrucción y el sufrimiento acarreados por una guerra sin sentido.

Los insultos contra Serbia se mezclaban con las críticas y las dudas que suscitaba la actitud del Emperador, para muchos un viejo que chocheaba y que, si no era capaz de sacar adelante las más sencillas tareas inherentes a su cargo, ¿cómo podía embarcarse en una guerra de semejantes dimensiones?

-Todo empezó con este tipo, la culpa es de él –manifestó Brod que ya extendía el periódico para mostrar una foto de Gavrilo Princip, tomada en el mismo instante de su detención.

Kafka desvió su mirada desganada en dirección al retrato y le dio un vuelco el corazón: ese hombre, ese hombre incendiaba Europa.

Se sintió mal, preso de nauseas y palpitaciones. Decidió actuar conforme a su profilaxis recientemente adoptada. Aún tembloroso, se levantó. Se caló el sombrero y añadió, a modo de despedida:

-Me marcho, esta tarde tengo escuela de natación.

Con pasos vacilantes alcanzó la calle y escuchó la algarabía de quienes celebraban el estallido del conflicto. Supo que, por mucho que lo intentara, jamás podría serle indiferente…, salvo que se ahogara esa misma tarde en el Moldava.

Entonces, creyó sentir sobre su cabeza las primeras cenizas de una lluvia de azufre, una lluvia hirviente que ampollaba su piel…, y mañana amanecería un enorme Sol Negro, hermosísimo en toda la maldad de su oscuridad.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Sol Negro


En Praga, junio 1914.

Kafka regresaba de su agradable paseo y se encaminó a casa con la mente puesta en la sesión de trabajo nocturno: escritura que esperaba fértil y que le aguardaba tras la cena familiar.

La agonía de la tarde se reencarnaba en las primeras luces nocturnas de la ciudad. Desde la embocadura de la Plaza del Ayuntamiento atisbó sorprendido unos extraños crespones negros. Los llorones claveteados en las banderolas que pendían a media asta en las balconadas de los edificios oficiales parecían unos repelentes murciélagos que moraban en las enseñas.

¿Qué personaje tan importante acababa de fallecer? ¿Un venerable Chambelán de Palacio? ¿El Consejero Áulico? ¿Un ilustre miembro del Consistorio? ¿Tal vez el propio Alcalde de Praga? Un ambiente extraño se respiraba en las vaharadas de la ciudad; era escasa la gente que deambulaba por las calles y los pocos con quien acertaba a cruzarse aceleraban el paso, arrojaban un semblante temeroso, preocupado, y sujetaban bajo el brazo un ejemplar de última hora del Praguer Tagblatt. Sin duda, fuera lo que fuera, se trataba de una enorme desgracia.

Al doblar una esquina se tropezó con un apresurado viandante y el periódico cayó al suelo. Contempló a Kafka con ojos de pavor y, sin disculparse por el encontronazo, se agachó para recoger su ejemplar.

-¿Sería tan amable, caballero, de decirme lo que ocurre?

El hombre sujetó con fuerza el periódico, lo desplegó y le recriminó un: ¿pero hombre de Dios, no se ha enterado todavía?, ¿en qué mundo vive usted? Le enseñó el titular impreso en gran tipografía. A Kafka le dio la sensación de que esa tinta tan negra, de tan mala calidad, tan oscura como el brillo de un Sol Negro, era la sangre que sudaba el periódico:

El heredero al trono y su esposa, embarazada, asesinados en Sarajevo.

“En efecto”, se dijo, “he acertado”.

Esas letras, el titular: escritos con sangre.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El chacal ahíto de carroña




En Sarajevo: Esquina de la calle Franz Joseph, 28 de junio de 1914.

No sólo le he fallado a Serbia y al coronel Apis, también les he fallado a mis hermanos, a mis seis hermanos que murieron de hambre mientras mi padre, un campesino que se mataba a trabajar, pagaba los inmisericordes impuestos a los austrohúngaros, a esos corrompidos representantes de los Habsburgo. Sí, muchos creerán que lo hago por la población bosniaca que se considera serbia, ¡ qué va!, todo ha sido por mis hermanos, exclusivamente por ellos…, y ahora les he fallado, les he fallado a todos -apoyado en la puerta de la charcutería Schiller, Gavrilo Princip acababa su bocadillo y reflexionaba de esa manera. A sus oídos alcanzaban los ecos de las calles, ecos alimentados por el revuelo formado apenas media hora antes, cuando erraron tan estrepitosamente, tan indignos.

Esa jornada de muerte en Sarajevo los siete componentes de la banda de la Mano Negra se reunieron en un piso franco ubicado en una pastelería. Era el colofón a un entramado de intrigas, odios raciales, mentiras, verdades pronunciadas a medias que, de resultar con éxito, terminaría con el archiduque Francisco Fernando, aspirante al trono de la dinastía de los Habsburgo, cosido a balazos. El propio Dragutin Drimitievev, más conocido como el coronel Apis, una especie de padrecito para muchos mercenarios y revolucionarios centroeuropeos que no pasaba de ser un descerebrado sin entrañas, brindaba su total apoyo al crimen.
Esa jornada de muerte en Sarajevo el archiduque, empecinado en serenar los ánimos de los bosnios con una demostración de lo magnánimo que el Imperio regido por su tío era con ciertos nacionalismos, pretendía enseñar la cara más amable de la corona. Para ello, decidió exponerse a la hora de transitar por el seno de una ciudad que sabía hostil a su linaje: los periódicos publicaron con toda exactitud el recorrido de la comitiva que alcanzaría el ayuntamiento e, incrustada en ella, viajaría el representante real en un coche descubierto, la gran oportunidad para un ataque terrorista suicida por más que ciento veinte policías tomaran la localidad.

Esa jornada de muerte en Sarajevo los siete hombres se apostaron a lo largo de la línea letal que conformaba el paseo Apell, que discurría paralelo al río Miljacka. Cualquiera de ellos podría acabar, sin mayores problemas, con el archiduque, que ofrecería un blanco diáfano a su paso, pero sucedió lo imprevisto: los cinco vehículos del cortejo ganaron el lugar en donde se ubicaba el primer asesino y el hombre no reaccionó. Helado en su pavor se limitó a contemplar el desfile, ante su vista pasó el objetivo, figurín encastillado en la soberbia real. Tuvo que ser su compañero, Gavrinovic, quién despertara del letargo que el espanto sumía a sus camaradas. En su interior se desperezó el oscuro ángel asesino, desplegó sus alas y arrojó con decisión una bomba, con tal decisión y premura que olvidó el necesario retardo de diez segundos para que el artefacto detonara. En esos eternos diez segundos Gavrinovic ingirió un pomo de cianuro que Gavrilo Princip les suministró y se arrojó al río al grito de ¡soy un héroe serbio!

Instantes después, entre el revuelo provocado por la explosión ocurrida varios vehículos más atrás del coche del archiduque, el terrorista era detenido con espasmos y vómitos. El cianuro, manido, no valía para nada. Ya lo intuyó así Princip tras su fallida visita a Praga, donde quienes debían suministrarle las armas prometidas y el veneno acordado dieron un cobarde paso atrás. Un farmacéutico afín a la causa preparó los pomos al estilo de los alquimistas antiguos de la ciudad, con más fe que sapiencia, y el armamento, bastante deficiente, tuvo que viajar en el interior de una maleta que el camarada Danilo Ilic transportó desde las propias manos del coronel Apis a la pastelería de Sarajevo. El río apenas corría con un palmo de agua, colofón a la desgracia de Gavrinovic, por lo que la policía no tuvo complicaciones para detener al héroe serbio, aturdido, convulso y dolorido por la caída.

Allí debió terminar esa jornada de muerte en Sarajevo, pero no fue así. El resto de los integrantes de la Mano Negra se dispersaron de inmediato para reunirse, minutos después, en un parque. Eran un desastre, incapaces de acabar con el miserable fantoche real. El hambre, una reacción a la congoja, se desató en Princip. Un hambre salvaje, insoportable. La voracidad del chacal que lleva cuatro noches sin gustarse con la carroña. Esa mañana, tan nervioso, apenas desayunó: la imagen del archiduque desmembrado, repleto de metralla, era un embudo que cerraba su garganta y ahora, liberada la tensión, su estómago exigía alimento. Sorprendido por tamaña reacción física, también acuciado por la necesidad de reflexionar a solas su maldito fracaso, se alejó de los compañeros y se encaminó a la charcutería Schiller para tomar un bocado. En su cabeza no dejaba de maldecirse, temeroso de que Gavrinovic los delatara a todos tras ser interrogado en la comisaría.

Pese al fallido atentado, el archiduque mostró valor y decidió seguir adelante con su agenda para rendir la consuetudinaria visita al Ayuntamiento. La recepción resultó un acto forzado y ridículo, a causa de que ambos, alcalde y noble, mantuvieron sus respectivos discursos oficiales sin cambiar una sola letra: de espaldas a los sangrientos acontecimientos, se deshicieron en mutuos elogios y agradecieron la hermandad de la ciudadanía de Sarajevo con los Habsburgo y la calurosa acogida que prodigaban al representante del trono. En cuanto el archiduque fue informado de que la bomba hirió levemente a varios integrantes de su séquito ordenó al chofer, fuera ya de todo protocolo, que lo condujera camino del hospital para rendirles visita.

El vehículo debía volver por el paseo Apell, pero el conductor se equivocó. Tomó un giro errado y apareció en la esquina de la calle Franz Joseph; se detuvo para dar marcha atrás y corregir su ruta justo delante de Gavrilo Princip que, una vez terminado su bocadillo, encendía un cigarrillo harto perjudicial para su tuberculosis, un mal en estado tan avanzado que ya bien poco le importaba cuidarse. Sus ojos, abiertos a la incredulidad, contemplaron la pechera condecorada de la Historia, la pechera que le condecía, en una diana refulgente, la tan esquiva segunda oportunidad para convertir, ahora sí, la jornada de Sarajevo en una jornada de muerte.

El volante se atascó. El conductor maldijo en voz baja. Azorado por su error lamentó la mecánica del auto y pensó en moler a palos al muchacho encargado del mantenimiento. Necesitó un golpe de fuerza para desbloquear la dirección, pero ya era tarde para Europa. Gavrilo empuñó su Browning del calibre 22 y elevó el brazo con la firmeza de un autómata. Le aumentó la fiebre y su frente se cuajó de gotitas de sudor. No apuntó, no miró, sus pupilas en absoluto necesitaban asomarse al abismo de las ojeras para acertar.

Dos disparos.

Dos pelotazos de felpa que sacuden al muñeco de feria.

La princesa Sofía, junto al archiduque, realizaba su primer viaje oficial. Dado su origen plebeyo, el protocolo traía de cabeza a la familia real y los chambelanes no permitían que la mujer abandonara el Palacio. El archiduque impuso su capricho para el viaje a Sarajevo. Sofía contempló el balazo que penetró por el cuello de su marido. El dolor transformó su rostro de figurín a fantoche, de fantoche a pelele, de pelele a hombre.

-¡Por el amor de Dios! ¿Qué te pasa? -le preguntó la mujer angustiada para, a continuación, desplomarse a un lado, herida de muerte en el abdomen.

-¡Sofía, Sofía, no te mueras, vive para nuestros hijos! -gritó el archiduque antes de, también él, desvanecerse y tornarse en figura maldita de la Historia.

Gavrilo, petrificado en el caos, contempló la escena con el arma, humeante, empuñada en dirección a su hazaña indeleble por siglos. Con un movimiento mecánico extrajo su pomo de cianuro, pero temió que no surtiera el efecto deseado. Con pulso firme se aproximó el cañón de la pistola a la sien. Tibio, entre las dos orillas de la duda –veneno, disparo-, dilapidó su tiempo. Manos como garfios y brazos como correas se le aferraron brutalmente. Estaba perdido.

A las once y media falleció el archiduque. La princesa Sofía, embarazada de tres meses, lo hizo un poco antes. El asesinato a sangre fría de una mujer indefensa y en estado de gestación era el acto más vil que un hombre podía cometer. Así lo creía Gavrilo, pero no por ello dejaba de sentirse orgulloso.

El chacal, por fin, ahíto de carroña.