
Josef Winkler: El cementerio de las naranjas amargas:
“Para sellar mi cuerpo, deja que las gotas de cera de una vela bendecida se derramen sobre mi ombligo”.
Reflexiones de una mente enferma sobre el mal de la escritura

Josef Winkler: El cementerio de las naranjas amargas:
“Para sellar mi cuerpo, deja que las gotas de cera de una vela bendecida se derramen sobre mi ombligo”.

En Budapest: una noche fría de enero: en un restaurante lujoso: me sirvieron una sopa de paprika con pedazos de lucioperca del lago Balatón: estaba deliciosa, la sopa, pero de repente recordé que la lucioperca del Balatón tenía un papel simbólico fundamental en Tala, de Bernhard: representaba lo impostado: lo que era mentira: la falsedad: representaba al ser humano.
Acabé mi cena: la sopa de lucioperca era exquisita, pero ahora, ni con las copas de palinka, conseguía quitarme los retrogustos: a limo y a barro, al cieno de la mentira, al lodo de la literatura, que acudían una y otra vez, una y otra vez, una y otra, y otra, hasta que tuve que vomitar en una esquina: nada más salir del restaurante.
Tomé el metro en Vörösmarty: y mientras me dirigía al hotel: seguía degustando ese fondo limoso, como si las anguilas de Winkler y de Grass serpentearan por mi garganta.
Esa noche no pude dormir: a cada rato en el baño: sin parar de vomitar.
Y a Bernhard, esta historia de la lucioperca del lago Balatón, le habría parecido hermosa porque: en Trastorno, afirma: “es hermoso porque es verdad”.
Pues bien: esto era hermoso, entonces, porque era: verdad.

Soy un despojo en un barrizal.
Despojo: los restos del pescado que reposan sobre el mostrador, coagulados de sangre y coagulados de moscas, coagulados de rojo y coagulados de negro; las raspas ensangrentadas de una merluza con su estúpida cabeza de ojos muy abiertos no comprendiendo lo que sucede; una anguila putrefacta se escurre desde el cesto al suelo plagado de cucarachas y golpetea con un chapoteo enlodado; el lomo áspero de las rayas que presentan su repulsivo envés blanquecino de quirófano, glande cuarteado y reseco al sol; la cabeza de res sonrosada que gotea fluidos apestosos colgada de un gancho; un perrillo que corretea por entre los puestos del mercado con los ojos enfermos y pegados de pus, legañoso y comido de piojos; un cuchillo que corta y sierra tuétanos y rasga pieles y despende pelarzas que son arrojadas sobre el barrizal.
Barrizal: un charco fangoso sobre cuya superficie aceitosa flotan los mosquitos que se alimentan de pequeñas gotitas de sangre, de pequeñas partículas de muerte, de pequeñas lágrimas de orina, de salivazos y escupitajos; una regacha de agua estancada y pestilente sobre la que zumban los avispones que se frotan las patitas al sorber la porquería del fondo arenoso; restos de cerveza pisoteada, meados, mocos, sangre, esputos, serrín, pelarzas y un despojo que aterriza, con un chasquido repulsivo, sobre el agua ennegrecida que se agita en vaharadas.
Soy un despojo en un barrizal.
