Mostrando entradas con la etiqueta Londres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Londres. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de junio de 2017

London by Night



En la noche de sangre y cuchillo
te enfrentaste a la oscura bestia.

No sabías que su vientre negro
se alimentaba de cuscurros de odio,
de vainas de mentiras,
de cáscaras de violencia.

En la noche de vísceras y pánico,
en esa noche,
trataste de componer un haiku de heroismo,
un poema de generosidad.

Pero no sabías, ay,
que el animal furibundo
desconoce la anatomía del valiente,
que vomita sus heces sobre el cadáver
que alfombra su paso.

Y escupió su inmundicia sobre ti.
Y nos regó con su mierda,
a todos nosotros,
tan cobardes,
parapetados en el televisor,
indignados tras un plato de lechuga,
asustados de tertulia y telediarios
a la hora de la cena...

Tu valor,
manantío de cielos,
limpia toda la vergüenza del mundo.

Y así,
podemos tragarnos,
incluso digerir,
la ensalada moteada con el gorgojo
del asco...

Mientras,
tu cuerpo se afirma
sobre las aceras del Puente de Londres.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Y yo no te conocía

En Sofía, cuando yo aún no te conocía. Sentado en un banco, frente al monumento del Ejército Rojo, pensaba que ella aparecería por una de las avenidas, entre los tristes árboles del comunismo. Los tranvías y sus cosechadoras metálicas por en medio de las calles cirílicas y las placas con los nombres purgados en dictaduras campesinas. Esperaba que fuera corpórea en el museo de Ciencias Naturales, entre las vitrinas de pedruscos, de meteoritos caídos y recolectados en Astrakán, en Siberia, como el misterio del bólido de Tunguska. Aguardaba, la aguardaba, y entonces, yo no te conocía.

En Varsovia, cuando yo no te conocía, en mi imbecilidad seguía ansioso, creyendo que ella o tal vez la otra ella, o ella, aparecerían tras el monumento a Solidaridad, sorprendiéndome bajo la columna de Segismundo. Y buscaba el bar del video clip de Paul Weller, y me subía y me bajaba de los troles angustiados de Jaruzelski, el adoquinado gélido en la calle de Gagarin y una cerveza y una botella de vodka estatal y aún, aún no, yo no te conocía.

En Londres, bajo la llovizna del desengaño, cuando ni ella, ni otra ella, ni ella tampoco, se aparecieron en Bond Street, ni frente a la tienda de Davidoff, cuando ya fui consciente de que mi corazón había sido devorado por ellas, arrojado entre los ojos inexpresivos y los rostros relucientes de muerte de las figuritas de Madame Tussaud, un corazón oscuro de cuervo isabelino.

Y, por entonces, yo aún no te conocía.

Y no, yo aún no te conocía.

miércoles, 8 de agosto de 2012

pollo con chutney de mango

pollo con chutney de mango en los platos y en la boca ese sabor extrañamente agridulce que me recuerda a otro restaurante hindú de la calle belén que se llamaba taj mahal y al que fui con A para degustar nuestros fracasos y aunque en esa ocasión comimos cordero al curry en salsa de coco era el mismo regusto raro que ahora me indica lo amargo y lo seco que resulta tragarme ese bocado sazonado que es mi vida amarillenta y desgastada mientras fumas frente a las raciones de chutney y en la televisión casillas detiene un penalti mientras la gente se vuelve loca de gritar y yo sí que me estoy volviendo loco al recordar a S que ahora está en londres y seguramente comerá mejor chutney de mango en algún restaurante indio de bayswater y casillas que detiene otro penalti y el pollo reseco perfora mi garganta y los portugueses han sido eliminados y el júbilo idiota estalla a nuestro alrededor entabacado y yo soy todo el equipo fracasado de portugal y en algún lugar he escrito sobre nuestra relación definida como mi particular guerra de las naranjas pero es que ni eso ha sido y yo desde luego no soy el príncipe de la paz y el chutney picante hace que las lágrimas se disimulen en mis ojos y así un día más no tenga que darte explicaciones de por qué me duele tanto y además no sé si lo entenderías mientras fumas y el humo asciende al cielo en donde los fuegos artificiales celebran la clasificación de españa y la derrota de portugal y yo soy portugal porque yo soy la derrota y puedo ser un plato de pollo al chutney de mango o un cenicero o cualquier cosa que tú manosees e incluso las teclas de un cajero automático que una vez pulsaste pero lo que de verdad soy es un platillo frío de derrota recubierto de salsa agridulce de chutney de mango y con dos o tres colillas apagadas sobre él y la ceniza recubriéndolo todo como con un manto desgraciado

y el castillo de fuegos arriba alrededor sobre nuestras cabezas y en nuestras cabezas y en mi boca la amargura toda la amargura siempre la amargura

martes, 6 de diciembre de 2011

El desafío



Afuera: la pestilencia de las calles embarradas de Londres: En el interior del cuarto, helado, bajo las mantas, los piojos y las chinches: su propia pestilencia.

En el corazón: un dolor, una angustia, un puño de metal demoledor que lo apretaba y lo apretaba.

En la garganta: la náusea del ahogo, el enigma de la existencia, la ausencia de amor, la crueldad como los charcos repletos de inmundicia del agua va, de orines, de niños enfermos y descalzos.

Su corazón, sí, su corazón: era Londres, era toda la ciudad, carcomida hasta los cimientos en la podredumbre de sus torres, con el curso infecto de las curvas del río, con el sudor apestando en las axilas de las damas encopetadas y en las piernas ulceradas de los mendigos. Era un diente herido hasta la raíz, un pecho con estertores y flemas, era las ratas que se alimentaban de las naricillas de los fetos arrojados a los canales del Támesis.

Era un desafío: era un gran desafío el ser hombre y aceptar todo aquello. ¿Cómo podría hacerlo?

Atontado por el frío de la habitación y el dolor de sus huesos, la duermevela lo llevó por un paisaje árido con rastro de faraones, sarcófagos, ungüentos y cremas embalsamadoras. Una piedra proyectaba una sombra monolítica y oscura, gigantesca, que se recortaba en el horizonte como una angustia. Esa sombra parecía un dios cruel, de gesto hosco y mano vengativa, que pudiera aplastarlo por su ignominia. Esa figura apretaba un puño airado y pensó que sería aniquilado.

Un aire caliente y arenoso azotaba su cara, se le introdujo por la nariz, le cortaba los labios. La figura pétrea, labrada en pánico, abrió lentamente su puño y con un dedo señaló al horizonte. Al lejano horizonte marrón que sangraba excrementos. Y señaló con su índice de gloria al infinito y de su cavernosa voz retumbó, estruendo, alarido sobre los siglos de la historia del desastre, una palabra: ALLÍ.

Johann despertó sobresaltado. La presa de la mano en la garganta lo aprisionaba, las sienes retumbaban de ahogo, el corazón se había detenido ya: ahíto de tanto dolor, exhausto, también, de tanto dolor.

Sudaba, sudaba en medio del frío. No sentía las picaduras de las chinches, excitadas con su sangre envenenada. Entonces, miro allí, donde le había indicado el espectro: un cajón en la mesita. Lo abrió, nervioso, y encontró una Biblia. Se la acercó a los ojos como si hubiera encontrado el tesoro del último faraón sobre el mundo y la abrió por la primera página.

Leyó: era hermoso. Leyó: comprendió. Leyó: se hizo humano.

Sobre el barro de sus calles londinenses crecían las amapolas y en los pies enfermos de los niños, al fin, brotaba la carne nueva.

(En uno de mis momentos histórico-literarios favoritos, Johann Georg Hamann sufrió una epifanía en una pensión londinense de mala muerte en algún momento de 1758. Llevaba meses encerrado, aterrado, sin poder salir, agonizando en una crisis humanista. Una Biblia lo recuperó para la vida, pero para la literatura también, eso es lo que nos importa, y desde entonces, por la luminosidad de sus escritos, fue llamado “El Mago del Norte”: ese momento crucial, ese momento en el que me enamoré perdidamente de él porque se hizo humano y superó la infamia, es lo que he querido recuperar).

miércoles, 5 de octubre de 2011

Todas las ciudades


Todas las ciudades me recuerdan a ti. Londres, las rejas verdes de Wimbledon y tus besos bajo la llovizna. Y la estación de Paddintong, la tienda de discos Plastic Passion, Nothing Hill Gate, Bayswater, Marble Arch y tu sonrisa mientras esperábamos el metro en Edgware Road. Y Blur y los Pet Shop Boys. Y Rent.

Todas las ciudades me recuerdan. Berlín y el eco de tu risa mientras subíamos a la torre de televisión de la Alexanderplatz y el olor de tu pelo mojado por el chubasco frente al memorial de Treptower Park.

Todas las ciudades me. Sofía y ese merengue de arquitectura que es la catedral de San Alexander Nevsky, iluminada por tu sonrisa y mis manos en tu cintura sentados, muy juntos, en el teleférico que nos subía al monte Vitosha.

Todas las ciudades. Praga, la casa de Mozart en Bertramka y la música de tus caderas, las estatuas del Puente Carlos y el bronce de tu cuerpo.

Todas las. Varsovia, los dorados de tu pelo en las hojas del otoño del parque Lazienki, con el monumento de Chopin al fondo: y su corazón: y tu corazón. Al latir.

Todas. Brujas, en la bruma en la que te extravié, en el canal en el que me ahogué, las callejas y el cerco de la cerveza rubia en tus labios. Y el cerco de la cerveza amarga en mis labios.

Madrid: el insomnio de tu ausencia a tan escasas líneas de metro, a unas cuantas casas y paradas de autobús, en la lejanía de las placas con nombres de las calles que no reproducen el tuyo.

Ante el azul del televisor de una madrugada de insomnio descubro que, en efecto, todas las ciudades me recuerdan a ti porque en todas esas ciudades estuve sin ti y me dediqué, obstinado, empeñado, a recordarte: perdí el tiempo entre parques y jardines en recordarte, en imaginarte, en existirte. En respirarte en la ausencia.

lunes, 3 de octubre de 2011

The Ramones


Toda la noche he estado oyendo a los Ramones. Hey, ho, let´s go! Y de verdad, lo han conseguido, lo han conseguido de nuevo: ponerme la piel de gallina. Y hacerme recordar a cuando ella y yo íbamos a sus conciertos (¿cuántas veces tocaron en Madrid, cinco, seis?) puestos hasta arriba, empapados en alcohol también, y empezaban a demarrar esa masa informe de sonido desde el escenario del Palacio de los deportes del Real Madrid. Muchas veces no sabías que canción tocaban hasta que no alcanzaban el estribillo: entonces, KKK, o Sheena, o Blitzkrieg, ya sabes, entre saltos y empujones y el subidón de la droga: Hey, ho, Let´s go! y 40 canciones en una hora y one, two, three y vuelta a empezar, a licuarnos el cerebro y nuestros corazones estallando al unísono. El paraíso tiene que ser como aquello. Rockaway beach.

Esta noche me pusieron la carne de gallina, sí, y me hicieron recordar: Bonzo goes to Bitburg. Y después, aquella actuación lamentable como teloneros de U2 en el Calderón: minúsculos entre los graderíos y la masa de volumen informe, de su sonido, acomplejada, enferma, disminuida. Pinhead.

¿Recuerdas aquellas Navidades en Londres, cuando yo no podía dejar de cantar su Merry Christmas (I don´t want to fight tonight)? Y tus besos frente a al verja verde de Wimbledon. Y los whiskys en el Nueva Visión.

En cierto modo eso pasó: han ido muriendo los músicos de los Ramones y es el reflejo de como hemos ido muriendo nosotros. Pet Sematary. No, no quiero vivir mi vida de nuevo.

Fueron demasiado buenos. Todo aquello fue demasiado bueno para ser cierto. Tomorrow she goes away.

Estuve absolutamente loco por ellos, como estuve absolutamente loco por ella y ahora estoy absolutamente enloquecido por ti… pero hay una salvedad: quién no vivió aquello, ni de lejos puede imaginarse lo que fue: lo que fue todo, incluso contemplar a ese larguirucho de Joey berreando sobre el escenario. No, hay que haberlo vivido. No tenéis ni idea, ni la más remota idea…

Yo siempre los vi con ella. Y tú no le llegas, todavía, ni a la altura de sus Doctor Martens. Hoy tu amor, mañana el mundo

Gabba, gabba, hey!

sábado, 16 de octubre de 2010

Mientras montas en bicicleta


Mientras tu montas en bicicleta, las calles mojadas y los adoquines en donde chirría la goma de las ruedas son ajenas a mis sentimientos. No, nunca tendré esa casa en Amsterdam con sus cristaleras que dan a la calle, tras la cortina de agua comparto la calidez del salón con ella, descalza y en mallas. No, nunca tendré ese apartamento sin persianas en Copenhague, al fondo de la nevada se nos ve juntos, mientras en el televisor retransmiten el concierto de Año Nuevo. No, nunca se me verá compartir la casa baja, con su escalinata a la entrada, en Londres, cuando ella me envuelve en aromas. No, nunca. Nunca en una coqueta casita en Gdansk, ni en Cracovia, con un cuadro de Matejko al fondo mientras me sujetas la mano... nunca.
¿Para qué irme tan lejos? Nunca, en Madrid, me verás en un piso, juntos, mientras blindamos con la felicidad la aridez de nuestras vidas.