martes, 4 de junio de 2019

La metamorfosis de un genio llamado Roddy Frame



*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2019/5/17/el-disco-del-mes-knife-de-aztec-camera/

Intérprete: Aztec Camera
Título: Knife
Discográfica: Sire Records/Warner
Género: Rock
Duración: 39m; 27seg.
Número de canciones: 8
Fecha de publicación: septiembre de 1984

La metamorfosis de un genio llamado Roddy Frame
Nos encontramos ante uno de los mejores ejemplos de la evolución discográfica y musical de un grupo. En este caso os hablamos de Aztec Camera, que había debutado en 1983 con el disco High Land, Hard Rainy había cosechado un éxito moderado como banda de la New Waveochentera. Dos canciones de su primer trabajo, Oblivius, y la inolvidable Walk Out to Winter, avalaron el brillante debut.
Pero el grupo, de la mano de un ilustre productor, el guitarrista y líder de Dire Straits, Mark Knopfler, apenas un año después, derivará con su segundo trabajo hacia lo que se conoce como Art Rock, Pop Sofisticado o Soft-Pop. El resultado será Knife, que hoy recomendamos como disco del mes en Mi Nueva Edad.
Knife es, indudablemente, la obra maestra del grupo. Aunque tal vez aquí debería dejar de hablar de Aztec Camera como un grupo, ya que se había convertido, y ya será así siempre, en el instrumento para vehiculizar el ingente talento de Roddy Frame, su líder, cantante, guitarra y compositor, también cantautor en el sentido británico del término de un cantante que escribe e interpreta sus propias canciones, en la tradición de Paul Weller, por ejemplo.
Aztec Camera son y serán un grupo de músicos de estudio, y un grupo de músicos de gira en directo, que irán cambiando y alternando en derredor de la magia creativa de Roddy Frame, principio y fin de la marca. Por eso, en Knife, asistimos a la completa explosión compositiva de uno de los mejores músicos del pop-rock británico y escocés.
Roddy Frame decide abandonar gran parte del patrón de Nueva Ola que alimentaba el primer disco de Aztec Camera para componer un trabajo barroco, de letras profundas y poéticas, bañadas en un halo de gran melancolía. El resultado es un disco inolvidable, uno de los más inolvidables de la década de los 80, con su ambiente depresivo, la tonalidad de las canciones y todas esas joyas que alberga en su interior.
Desde el inicio, con Still On Fire y Just Like The USA, con esos aires a loDylan que tanto han gustado siempre a Roddy Frame, pasando por dos canciones impresionantes como Head Is Happy (Heart´s Insane) y The Back Door To Heaven —si atendemos con cuidado podemos encontrar el rastro de las guitarras del propio Mark Knopfler—, hasta alcanzar algunas de las mayores obras maestras de Roddy Frame: All I Need Is Everything —con esa larga salida del tema apoyada en una brillantísima parte instrumental— y Backwards And Forwards —una balada que pone los pelos, literalmente, de punta—, y el tremebundo final con la canción que da título al álbum: Knife.
Tal vez sea esta canción, Knife, la que mejor defina el espíritu del disco. Nueve minutos que repiten un ritmo monótono y machacón que se muestra capaz de crear una atmósfera desesperanzada, agotada y amargada, que transmite una introspección demoledora adornada con una melodía preciosa y delicada.
Sin duda, este es el disco que debes escuchar de Aztec Camera si no los conoces (o si no conoces a Roddy Frame, mejor dicho), para luego, si quieres, retroceder a los fuegos artificiales nuevaoleros de su debut con High Land, Hard Rain.
Knife es un disco alejadísimo en lo conceptual y en lo instrumental de aquella primera entrega, en donde solo existe una continuidad en el lirismo de sus letras y en su ánimo de tarde de lluvia otoñal. ¿Acaso las mejores canciones no son aquellas que nos rescatan en una tarde de lluvia otoñal?
Pues de eso trata Knife, de estados de ánimo como una forma de crear música, arte, belleza. Con la firma de Roddy Frame; eso significa calidad, delicadeza, intensidad, es decir, los ingredientes de una obra maestra musical que consiguen que un disco nos toque en lo más profundo y nos emocionen.

miércoles, 8 de mayo de 2019

El disco en directo que lo cambió todo

*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:
Intérprete: Dire Straits
Título: Alchemy: Dire Straits Live
Discográfica: Vertigo/Warner Bros
Género: Rock
Duración: 1h; 33min; 59 seg
Número de canciones: 11 (2 CD)
Fecha de publicación: 1 de marzo de 1984

El disco en directo que lo cambió todo
Estamos ante un disco que marcó una época, el momento más dulce del grupo, con cuatro obras maestras a sus espaldas y pletóricos en sus actuaciones en directo. Me estoy refiriendo al inmortal Alchemy: Dire Straits Live, que significará un antes y un después en la historia de la banda y, por qué no decirlo, en la vida musical de muchos de nosotros. Por eso lo traemos hoy a Mi Nueva Edad como el disco recomendado para el mes de marzo.
La grabación en directo fue tomada de dos conciertos realizados en el londinense Hammersmith Odeon, llevados a cabo en las noches del 22 y 23 de julio de 1983. El grupo andaba metido en la gira de su último disco en estudio por entonces, el extraordinario Love Over Gold, que presentaba una mayor complejidad compositiva en sus canciones que, a diferencia de los álbumes anteriores, aparecían teñidas de una atmósfera peculiar, en donde mandaban los largos pasajes instrumentales.
Esta idea conceptual fue llevada a la práctica en el concierto que conforma el disco Alchemy. Así, se interpreta de forma exacta y emocionante, en sus casi 14 minutos, Telegraph Road, una suite del disco Love Over Gold que quizás sea la mayor proeza compositiva en la historia del grupo. Sin embargo, otros temas y grandes éxitos anteriores resultaban más cortos en sus versiones originales, por lo que se decidió ampliarlos para la ejecución en directo. De esa forma, los 5 minutos de Once Upon A Time On The West del álbum Communiqué, se convierten en una obertura del concierto extraordinaria que alcanza los 13 minutos.
Casi todos los temas del Alchemy siguen esta evolución; de esa forma cristalizan una interpretación mucho más que mágica o legendaria del tema Sultans Of Swing, que para siempre perseguirá a la banda en directo. La versión original, de 5 minutos, se convierte durante casi 11 minutos en un prodigio de virtuosismo de Mark Knopfler a la guitarra, incluido el punteo, uno de los más célebres de la historia del rock.
Todas las canciones son magníficas, como marcadas por una inspirada vitalidad eléctrica que convierten al disco en una experiencia inigualable. Tunnel Of Love, Private Investigations o Romeo And Juliet se metamorfosean en grandiosas composiciones. La banda, con un Mark Knopfler desatado como nunca, se complementa con el eterno John Illsley al bajo, Hal Lindes a la guitarra, Mel Collins al saxofón (toda una leyenda), Alan Clark a los teclados y el batería Terry Williams en un extraordinario ejercicio de percusión repleto de potencia y ritmo.
Los músicos encargados de poner en escena el nuevo concepto musical de la banda son más que sobresalientes, lo que se traduce en la solidez de una toma de sonido directo demoledor y, a la par, delicado. Esto es producto de los largos solos de guitarra, de los valles melódicos, y de los cambios de ritmos que presentan los arreglos de estas canciones en directo, elevando así los temas más clásicos del grupo a la categoría de leyendas.
Alchemy, junto con el siguiente álbum de estudio, el superventas Brothers In Arms, fueron los catalizadores para que el grupo experimentara un éxito masivo, también en los Estados Unidos. Aún eran capaces de hacer y firmar buenas canciones, pero después empezaron a languidecer. Por eso, Alchemy marca el momento decisivo en la historia de la banda, el instante brillante, repleto de energía e inspiración, que llevó a los de Mark Knopfler a ocupar un puesto en el olimpo musical y a nosotros nos hizo comprender que otro tipo de música, de gran calidad, podía ser vendida masivamente sin que por ello pudiera resentirse. Con Alchemy lograron ese milagro.

martes, 12 de marzo de 2019

El triple dèjá vu en el concierto de Deacon Blue en La Riviera de Madrid



*Esta crónica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/el-triple-deja-vu-en-el-concierto-de-deacon-blue-en-la-riviera-de-madrid/

Pues sí, los misterios de la mente son los culpables de que experimentemos esa extraña sensación de que estamos viviendo algo que ya nos ha ocurrido. Ese fenómeno se denomina con el elegante término francés dèjá vu. El pasado lunes 4 de marzo viví ese fenómeno glorioso durante el concierto de Deacon Blue, traídos de la mano de la promotora Houston Party. Al concierto de ese día añadí sensaciones del concierto del 2 de febrero de 2018 en el Teatro Barceló, y de uno todavía mucho más lejano: el que dieron en la sala Aqualung un 2 de mayo de 1993. Deacon Blue, en La Riviera, unieron de forma cuántica y temporal un arco musical que comprende más de 25 años de canciones y recuerdos. No en vano, esta gira se llama 30 Years and Counting: toda una declaración de intenciones.

Sobre el escenario de La Riviera apareció una banda que no es la misma que en 1993. Ha sufrido para mal y para bien el paso de los años. Para mal: entre los músicos ya no está Graeme Kelling. Realmente no está desde el 2000, puesto que fue el guitarrista original del grupo desde 1985, lo abandonó cuando Deacon Blue entraron en hiato en 1994, regresó en 1999 cuando se reagruparon, pero hubo de retirarse al ser diagnosticado de cáncer. Aun así, y hasta que falleció de un cáncer de páncreas en 2004, con 47 años, siguió contribuyendo como guitarrista en los discos Walking Back Home y Homesick.
Primer dèjá vu: como en el concierto del año pasado en el Barceló, alguien muestra una pancarta recordando al guitarrista. El cantante Ricky Ross la ve y se la pide. La sube al escenario y dedica unas emocionadas palabras a recordar al compañero. Hemos saldado una deuda con el tiempo.
Antes de eso, han sonado algunas canciones inesperadas. Quizás tenían en la cabeza el anterior setlist en Madrid, apenas un año antes, y quisieron variar para ofrecer temas menos escuchados en directo, o nunca oídos, por el público de la capital. Se cayó una canción que parecía fija, Raintown, y otra clásica como I´ll Never Fall In Love Again, para ceder su sitio a The Very Thing y Town To Be Blamed, dos temas menores de su disco debut, además de la canción solo incluida en uno de sus Greatest Hits, I Was Right And You Were Wrong, que abrió el concierto. También apareció The Rest, del más que interesante disco The Hipsters, y desaparecieron algunos clásicos como Circus Lights o Love And Regret.
Puedes comparar esta crítica con la que publicamos en Achtung! del concierto en el Teatro Barceló:
Antes dije que el tiempo había pasado para mal en algunos aspectos, pero en muchos otros ha sido para bien: Deacon Blue son ahora un grupo potente, solvente y directo. Esta vez eligieron un puñado de canciones que les permitió mostrarse algo más rockeros, incluso apareció una magnífica y guitarrera Queen Of The New Year, e imprimieron a su actuación un nervio contagioso que cuajó fácilmente entre el público totalmente entregado.
La banda escocesa sabe muy bien qué tipo de concesiones hacer a la audiencia: las canciones más exitosas de Raintown y del disco When The Worlds Knows Your Name. Es decir, los hits Wages Day —la primera en aparecer—, la primorosa Loaded, When Will You (Make My Telephone Ring) —magníficamente empastada a una versión de The Chi-Lites, Have You Seen Her?, en uno de esos momentos inolvidables que hacen muy grande a un concierto—, Chocolate Girl —mezclada con una excelente versión de You´ve  Got A Friend de Carole King— Dignity —¿cómo podría faltar este himno?— y las celebradísimas Real Gone Kid y Fergus Sings The Blues —ya casi para terminar en un éxtasis multitudinario—.

Estas canciones demuestran que el concierto se balanceó entre dos extremos: algunos temas menos protagonistas de la discografía del grupo, junto a los monumentales triunfos cantados a coro hasta enronquecer las gargantas. En ambos extremos, la banda obtiene nota de sobresaliente, y en algunos momentos una excelsa matrícula de honor.
Deacon Blue se han especializado en enardecer a su público con una batería de canciones que podrían denominarse como de soft pop. Otra banda, quizás, será incapaz de sostenerse en este equilibrio, pero lo consiguen gracias a la combinación de voces y personalidades arrebatadoras repletas de carisma de sus dos cantantes (en efecto, porque son dos), Ricky Ross y Lorraine McIntosh.
El juego de las voces de ambos cantantes se ha ido perfeccionando hasta conjugarse como las dos piezas de un tetris, y Lorraine McIntosh ha ido ganando protagonismo, por supuesto no en detrimento del líder de la banda, simplemente colocándose a su altura: ambos, con su presencia, ya llenan el escenario. Una simbiosis muy complicada de conseguir y sin duda una de las razones del éxito de la banda, especialmente desde su retorno tras el hiato del 1994 al 1999.
Se han reinventado, pero reinventarse de forma honesta, si hablamos de una banda de rock, no es algo sencillo. Ellos han sabido hacerlo publicando algunos discos desiguales, pero varios excelentes: ya he comentado de pasada la brillantez de The Hipsters, al que añado también Believers. Que algunas canciones de estos dos discos accedan al setlist de un concierto en el que comparten espacio con los grandes temas de Deacon Blue, y no solo no desentonan, sino que marcan momentos álgidos del show, es el motivo de peso que hace que el regreso del grupo sea un éxito y no un fracaso.
Eso, y la entrega de Ricky Ross sobre el escenario. Algo que esta fuera de toda duda y que resulta rejuvenecedor —el cantante ha cumplido 61 enérgicos años— para todos los que pasamos de la cincuentena. Y claro, al lucir esos dígitos, su concepto de la música viene cargado de influencias que resultan benéficas para cualquier grupo que interprete música cálida, delicada y aterciopelada, con ciertos impactos de rock.

Así, Deacon Blue impregnan a su música de un entusiasmo generacional fuertemente afirmado en las fuentes del blues, de la música romántica, de la balada pop, de los medios tiempos a lo Bacharach And David, de la canción-himno, de la llamada Sing-Along, incluso del rockabilly o la música industrial de Edimburgo (tímidamente, en Your Town).
En todas estas modalidades la voz de Ross se comporta extraordinariamente, es un todo terreno al mejor estilo de esas voces repletas de clase a las que nos tienen acostumbrados algunos cantantes británicos: Paul Weller o el también escocés Roddy Frame de Aztec Camera, por ejemplo.
Cuando tuvimos ocasión de verlos el año pasado, nos sorprendieron con su último bis: una versión de Bob Dylan interpretada a coro entre todos los miembros del grupo, Forever Young, que muchos asociarían a la versión de Chrissie Hynde. En esa ocasión, ese último bis iba dedicado a ellos mismos, como una forma de manifestar sus sentimientos en el regreso a los escenarios. Sin embargo, ahora, el bis final nos dejó boquiabiertos y conmovidos.
No se puede terminar de mejor forma un concierto. Una versión coral, pasando por el micro desde el batería y el bajista hasta el propio teclista, de Always On My Mind, la canción defendida por Brenda Lee, pero enormemente popularizada por Elvis Presley.
Deacon Blue son muy listos: con esta canción se puede identificar mucho mejor el público, y corearla hasta el éxtasis, algo que con Forever Young no ocurría en la gira anterior. Aunque el público se componga en su gran mayoría de gente entre cuarenta y cincuenta años, hay que reconocer que no todo el mundo ha conectado con Dylan, mientras que Always On My Mind, ya sea por Elvis o ya sea por los Pet Shop Boys que la versionaron con un éxito descomunal, es un tema eterno que se comparte con el público hasta el arrobo.

He visto muchos bises y finales de conciertos memorables, pero como este de Deacon Blue ninguno. Desbordante, emotivo, original, sencillo, acertado y repleto de savoir faire. Si Forever Young era una reivindicación propia, esta vez Always On My Mind era un obvio homenaje al apoyo incansable de los fans. El público supo agradecerlo con entusiasmo. Todo el mundo se marchó a su casa encantado…
Un momento, no podía terminar sin narrar la comunión colectiva, y segundo dèjá vu, experimentada durante la interpretación de Dignity. Porque ese, y no otro, a pesar de los buenos instantes que ofreció el grupo, era el esperado por todos. Dignity es una canción que ha trascendido al propio grupo a pesar de que nunca gozó de privilegios en las listas de éxitos ni escaló a posiciones altas entre los hits británicos. Sin embargo, es difícil encontrarse con grupos que puedan elevar, como una bandera, un tema tan querido por su público de forma unánime, y que se reconozca como un clásico moderno.
El derroche de energía y efervescencia que se intercambió entre la banda y el público durante la interpretación de Dignity fue la demostración de lo que significa ser y pertenecer a una buena banda de rock, de lo que le ocurre a una persona que acude al concierto de su grupo favorito y de lo que sucede cuando la banda se entrega con sinceridad y sin cicatería.
Entonces, cuando se interpreta el Gran Éxito, la sala hierve, el suelo se desgaja, el escenario se eleva y se produce, solo en raras ocasiones como esta, el momento que justifica el haber seguido de forma incansable, durante toda una vida, a un grupo de rock que hace canciones. Tan simple, o tan complejamente imposible, como eso.
Y entonces, ganas la calle con una sensación de que lo que has visto es irrepetible. Ese es el tercer dèjá vu.

domingo, 3 de marzo de 2019

Un disco de museo para la exhibición de un super grupo



*Esta crítica apareció en Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2019/2/18/el-disco-del-mes-moving-pictures-de-rush/

Intérprete: Rush
Título: Moving Pictures
Discográfica: Mercury Records
Género: Rock Progresivo, Hard Rock
Duración: 39 min; 44 seg.
Número de canciones: 7
Fecha de publicación: 12 de febrero de 1981

Un disco de museo para la exhibición de un super grupo

El pasado 12 de febrero se han cumplido 38 años, casi nada, de la publicación de uno de los discos más influyentes e importantes de la banda canadiense Rush. Me refiero a Moving Pictures. Debo decir que el trío de Toronto ha sido uno de los grupos que mas me ha emocionado y encandilado de la historia de la música y que no me explico el motivo por el cual no había aparecido aun alguna de sus grabaciones como disco del mes en Mi Nueva Edad (que las tienen, para dar y tomar, hasta 19 álbumes de estudio, 11 directos y 10 recopilatorios, para un total global de unos 40 millones de discos vendidos tras 41 años de carrera).
Ahora los motivos son dos, claro, uno gozoso, el 38 aniversario de esta obra sublime que es Moving Pictures; el otro no tanto. Rush se retiran de los escenarios, incluso puede que de las nuevas grabaciones, el grupo ha alcanzado eso tan habitual de algunas bandas que no significa su fin, pero que marca una espera demasiado insoportable para sus fans. Después de tanto tiempo han entrado en hiato (una forma suave de decirnos adiós). Al menos nos queda un surtido de discos extraordinario en el que es difícil señalar a tan solo uno como el mejor, aunque nos ocupemos aquí de Moving Pictures, sin duda, uno de los más importantes de su trayectoria.
Rush siempre han sido, a pesar de su arrollador éxito en Canadá, Estados Unidos y el continente sudamericano (inolvidable su disco Live in Rio), un grupo minoritario, demasiado minoritario en Europa, pero seguido con una vehemencia y efervescencia incontenible por sus seguidores. Esto se debe, en parte, al tipo de música que el trio puede desarrollar gracias a su magnético virtuosismo, y que experimenta en Moving Pictures una de sus mayores explosiones.
Porque Rush son un trio de magos, un power trio, que también reciben esa denominación, que se pasean por el Rock progresivo y le dan un toque muy personal. De hecho, la incorporación de sintetizadores a las canciones en Moving Pictures, y la complejidad de sus estructuras, significará un avance decisivo en la siguiente línea de éxitos del grupo.
¿Qué tipo de canciones son estas que aparecen en Moving Pictures? Se tratan de siete clásicos de la banda, que firma, así, un disco perfecto. Sin fallo. No le sobra nada. No le falta nada. Todo aparece en su sitio exacto, interpretado con precisión y buen gusto. Es un baúl de éxitos para gente exigente, pegadizos pero arriesgados, complicados pero sencillos de oír. Música para disfrutar.
El inicio de esta grabación encadena cuatro de los mejores y mayores temas creados por los canadienses: Tom Sayer, Red Barchetta, YYZ y Limelight. Con el interés añadido, y ya sabéis que en Mi Nueva Edadsomos muy literarios, de que varias de estas composiciones poseen una evidente inspiración en la literatura. Poco hay que añadir de Tom Sayer, claro, pero Red Barchetta está inspirada en una narración distópica del escritor Richard Foster, al estilo orwelliano.
YYZ es uno de los mejores instrumentales progresivos que se hayan grabado, una composición arrolladora, teniendo como base el código morse de identificación del aeropuerto de Toronto. Y Limelight, simplemente, tal vez sea una de las más inspiradas canciones que haya compuesto el grupo.
The Camera Eye, la suite de más de diez minutos con la que comienza la segunda sección del disco, bebe directamente de las novelas de John Dos Passos, con esa mirada fragmentaria de la ciudad de Nueva York que el escritor americano utilizó para componer su Trilogía U.S.A.
El disco se cierra con el excepcional trabajo de bajo y percusión, Witch Hunt, y con el tema alegre y colorista, de un reggae sorprendente, Vital Signs. Una demostración extraordinaria de lo que han sido capaces de hacer tres tipos con un talento descomunal: un guitarrista, un batería y un bajista que consiguieron elevar la sencillez con la que compusieron su música hasta la dimensión de lo increíblemente complejo, dejándonos en ese proceso un regalo sonoro impagable.

sábado, 2 de febrero de 2019

Las múltiples voces de Robert Palmer



*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2019/1/21/el-disco-del-mes-addictions-volume-i-de-robert-palmer/

Intérprete: Robert Palmer
Título: Addictions volume I
Discográfica: Island
Género: Rock
Duración: 51m; 30 seg.
Número de canciones: 13
Fecha de publicación: octubre de 1989

Las múltiples voces de Robert Palmer

El 19 de enero de este 2019 se han cumplido 70 años del nacimiento de uno de los cantantes con más estilo y presencia sobre un escenario en la historia de la música. Me estoy refiriendo a Robert Palmer, que lamentablemente nos dejó, a causa de un ataque al corazón en un hotel de París, en septiembre de 2003, con tan solo 54 años.
Desde Mi Nueva Edad vamos a conmemorar su cumpleaños recomendando uno de los discos recopilatorios del artista, sin duda el más completo, el primero que apareció y que viene a demostrar el tremendo potencial de este cantante, a veces crooner, muchas veces chico malo del rock, en otras ocasiones glamuroso solista y, siempre, dueño de una colección de canciones excepcionales, pegadizas y conocidas por todo el mundo.
La increíble fama de los temas interpretados por Robert Palmer se demuestra con el contenido de este Addictions volumen I, en donde prácticamente todos los cortes han sido un éxito mundial. En este recopilatorio imprescindible encontramos un trocito de cada una de las preferencias musicales del cantante, de cada una de sus encarnaciones.
Tenemos canciones arregladas con esa línea de bajo y batería poderosa y potente, de hard-rock, coronada con punteos de guitarra eléctricos, como en la demoledora Addicted To Love (de su disco Riptide de 1986), convertida ya en todo un himno y versionada por numerosos artistas, inevitable durante años en los conciertos de Tina Turner, por ejemplo.
Qué decir de Some Like It Hot (1985) y esa introducción telúrica de la batería del ya desaparecido Tony Thompson del grupo Chic, acompañado de los hermanos Taylor de Duran Duran, para aquella super-formación llamada The Power Station en la que Robert Palmer brilló casi a la mayor altura de su carrera.
Y por supuesto, en esta línea de hard, el temazo Simply Irresistible (1988, del disco Heavy Nova, tal vez su obra maestra), una canción de moda perenne y uno de sus hits más universales.
Pero Palmer puede ofrecer otras caras: el de baladista melódico, sensible y delicado, como se demuestra en la optimista Every Kinda People (del disco Double Fun de 1978) y en Sweet Lies (de la banda sonora de la película del mismo título estrenada en 1988).
En la garganta de Robert Palmer siempre se han albergado tonos reggae y caribeños, incluso de bossa nova, como demuestra en Pride (1983, del disco del mismo nombre), en Woke Up Laughing (de Clues, 1980), o en sus posteriores colaboraciones con UB40.
Este recopilatorio verdaderamente energético se completa, por ejemplo, con algunos de los mayores clásicos del Palmer, como Looking For Clues, un deslumbrante trabajo de sintetizadores para el disco Clues, o la sensible y verdadera marca personal del sonido Palmer, la descomunal Johnny & Mary (también de Clues).
He dejado para el final Some Guys Have All The Luck, del trabajo Maybe I´ts Live (1982), versionada con esmero y entrega por Rod Stewart hasta casi convertirla en un éxito propio. Es en esta canción en donde Robert Palmer da una muestra de todo su talento desencadenado.
Visto el material compilado en este Addictions volumen I poco queda por decir. Es el disco perfecto para recordar a este músico que, además, innovó visualmente con sus video-clips, aquellos en los que aparecían esas mujeres clónicas, dejando un fuerte impacto, no sólo musical, en la industria.
Pero la música recogida en este disco tiene una característica que todavía eleva más el valor de Robert Palmer. Se tratan de canciones vitalistas, pegadizas, con vigor y pulso. Por ello, y para celebrar este magnífico 70 cumpleaños de la mejor manera, solo nos queda subir el volumen a tope y desgañitarnos coreando alguna de estas obras maestras de nuestra cultura rock.

El mundo empresarial moderno, la literatura y el Camino del Héroe



*Esta columna se publicó en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/el-mundo-empresarial-moderno-la-literatura-y-el-camino-del-heroe/

Ayer por la tarde tuve la suerte de poder asistir a la presentación de la empresa Wave8 que tuvo lugar en Madrid. Wave8 es una empresa especializada en programas de Liderazgo y de Crecimiento Personal. En principio, esto parece que pueda tener poco que ver con la literatura, asunto exclusivo que me ocupa en esta columna de los viernes de El Odradek de Achtung! Sin embargo, las ideas de estos cuatro socios están bañadas por referencias literarias, tanto, que en su página web nos reciben con una frase de Proust: “Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”. Y lo que es mejor todavía, su programa de Liderazgo Personal se desarrolla bajo el lema y las etapas del muy literario Camino del Héroe.

Durante la amena presentación de Wave8 uno de sus socios, Regino Quirós, hizo varias referencias literarias: habló de Herman Hesse y de su peculiar concepción del mundo que, si no recuerdo mal, aparece en Siddhartha (Debolsillo). Además, trajo al presente un término crucial en narratología como es la anagnórisis o el reconocimiento, tomada de la gran tradición grecolatina, al igual que reflexionó sobre el papel de cada uno en su vida en función de si quería pertenecer al coro griego o al Héroe que protagonizaba las obras y su acción.

Y en función a esa idea de ser Héroe, introdujeron su programa El Camino del Héroe. Las cosas aquí respiran literatura por los cuatro costados, curioso tratándose de asuntos empresariales. En primer lugar, el empleo como inspiración de esa idea del mundo que aparece en Siddhartha: Hesse plantea en su novela una especie de alegoría sobre la búsqueda del sentido y del crecimiento personal. Esta búsqueda culmina en el conocimiento propio.
Hesse escribió Siddhartha después de la Gran Guerra, es decir, de la Primera Guerra Mundial. Una guerra brutal, donde las carnicerías y los ataques con gases fueron tristemente famosos. Una guerra que, a la espera de la Segunda, parecía haber descendido al hombre a los infiernos, era ya imposible que cayese más bajo, despojado de todo humanismo y compasión, es decir, ausente por completo de conocimiento.

Esta es una de las motivaciones en la escritura de Siddhartha, pero no la única. La búsqueda de la sabiduría en el conocimiento propio necesita, obligatoriamente, del encuentro con un maestro que, más que enseñarnos, es capaz de canalizar nuestras potencias. No extraña, por ello, que Regino Quirós, en la presentación de Wave8, se refiriera a este libro, porque en sus programas de Liderazgo y Crecimiento Personal también actúan como mentores.

Pero no os voy a engañar: a mí lo que me atrapó desde el primer momento fue esa aplicación empresarial de un motivo literario-mítico como El Camino del Héroe que yo he utilizado para analizar diferentes libros en mi Taller de Literatura Comparada, sin ir más lejos con El incidente del perro a medianoche (Salamandra) del británico Mark Haddon.
Fue el británico John Campbell, especialista en mitos y antropólogo, quien desarrolló esta idea como una forma de fijar el recorrido narratológico básico de muchos héroes de la épica. De una forma más abstracta, decidió bautizar este patrón de comportamiento literario como Monomito, tomando esta palabra de la intraducible novela de James Joyce, el Finnegan´s Wake, llamándolo así por vez primera en la publicación de 1949 titulada El héroe de las mil caras (Fondo de cultura económica).

De esta forma, el Monomito o, si nos gusta más (a nosotros nos gusta más, creo) El Camino del Héroe, está presente en las construcciones míticas de las leyendas épicas, sea cual sea su propia tradición cultural. Este Camino del Héroe pasa a formar parte así de los arquetipos jungianos tan útiles a la hora de establecer estudios desde la perspectiva de la Literatura Comparada.
El Camino del Héroe, formulado y reformulado por diferentes estudiosos, puede albergar más o menos estaciones o puntos determinantes de avance en la odisea, pero, fundamentalmente, se basa en algunos coincidentes. Basado en un esquema de Salida-Iniciación-Regreso, cada fase se compone de sub estaciones en donde el Héroe va conformando su personalidad en función de cómo resuelve las pruebas que le van saliendo al paso.

Dentro del gran apartado denominado Salida, son inevitables las fases conocidas como Llamada a la aventura, Rechazo de la aventura, el Encuentro con el Mentor y el Cruce del Primer Umbral. Sobre todo esto, y como escrito sobre un papel cebolla que lo copiase al detalle, podemos utilizar como ejemplo las historias de la Guerra de las Galaxias (de hecho, en su uso y abuso del mito convertido en chascarrillo de chancleta y pandereta y repetido hasta el empacho, parece radicar su éxito desmesurado) pero no me da la gana, así que os lo ilustraré con la novela de Mark Haddon que os cité antes y de la que, por cierto, se está exhibiendo en Madrid una adaptación teatral.

El protagonista de Haddon, es decir, su Héroe, es Christopher Boone, un muchacho que padece, aunque en la novela nunca se mencione el nombre de la enfermedad, un trastorno de autismo que le hace ser tremendamente dependiente de su padre, pero que, en un momento determinado, tendrá que iniciar la búsqueda de su madre por sí solo atravesando Londres (no creo en los spoilers literarios, lo siento, los que me conocen ya lo saben, la lectura no consiste en una colección de finales, sino en un compendio de recorridos que se interrelacionan entre sí, así que aquellos que aún vivan en la prehistórica idea de leer para alcanzar un final deberían de abandonar ahora, porque voy a destripar el libro).
En primer lugar, he dividido la novela de Haddon en tres actos. El primero, que alcanza hasta la página 157, nos presenta los cuatro puntos fundamentales de inicio del Camino. Christopher, el muchacho, vive en su mundo ordinario, conocido, repleto de rutinas que le proporcionan seguridad, en un ambiente familiar que establece la protohistoria del Héroe. Entonces, se produce la llamada a la aventura, en el momento en que descubre el cadáver del perro de la vecina atravesado con una horca. Este misterio le presenta un desafío, averiguar quién ha matado al perro.
La respuesta al reto transforma su rutina apacible. Sin embargo, una serie de problemas al respecto harán que deba rechazar esta investigación de momento… La situación se complicará cuando el chico descubra que su madre, a la que creía muerta, sigue viva: estamos ante el auténtico reto; acudir a buscarla al otro extremo de Londres.
A la par, la psicóloga y educadora Siobhan ejerce de mentora con el chico, y le va dando claves para superar los problemas y superarse él mismo. De esa forma, tras llevar a cabo una serie de aprendizajes, estará capacitado para iniciar el viaje.
El segundo acto de la novela comprende de la página 157 a la 229, y en él se desarrollan las siguientes fases del Camino del Héroe: se produce El cruce del primer umbral, cuando el protagonista realiza su salida al mundo ordinario sin tutela y afronta lo desconocido. Después, tras diferentes pruebas, retos y enfrentarse a los adversarios, en especial a la policía del ferrocarril, Christopher comienza a comprender el funcionamiento del mundo y el objeto de su aventura.
Así, entrará en la fase del Acercamiento a la cueva profunda, y luego en la llamada Prueba traumática, en donde debe sobreponerse a sus miedos y afrontar la realidad. Esta fase de odisea desencadena el tercer acto.
El acto tercero abarca desde la página 233 hasta el final: aquí el Héroe Christopher obtiene su recompensa, que es la reunión con su madre; es decir, acaba de alcanzar el más allá, el lugar por el cual inició el viaje y soportó toda la aventura.
Tras esa recompensa, el Héroe inicia su camino de vuelta, en este caso el retorno al mundo ordinario, pero con una personalidad enriquecida que ha madurado hasta alcanzar el umbral de su casa y completar el retorno final. La vida de Christopher se estabiliza en sus relaciones paternas y maternas. Ha conseguido el objetivo del Camino del Héroe: transformarse así mismo a la par que transforma su mundo ordinario. Así lo manifiesta el propio protagonista:
“Y sé que puedo hacer eso porque fui a Londres yo solo, y porque resolví el misterio de ¿Quién Mató a Wellington? y encontré a mi madre y fui valiente y escribí un libro y eso significa que puedo hacer cualquier cosa”.
Tal es este Camino del Héroe literario. He empleado el ejemplo del libro de Mark Haddon, pero podemos buscarlo en El guardián entre el centeno de Salinger o en la Odisea de Homero, nos da igual el tipo de novela o de obra. Este circuito arquetípico trabaja con el inconsciente colectivo, de ahí que el lector se identifique de inmediato con las peripecias, crisis, desafíos y triunfos del Héroe.
Os comparto una reseña crítica que hice del libro de Mark Haddon para el sitio Mi Nueva Edad:

En Wave8, regresando al asunto que me ha inspirado esta columna de hoy, han tomado como ejemplo de superación y aprendizaje este Camino. Un Camino en donde el héroe es capaz de transformar su mundo ordinario en un mundo especial, un mundo en donde experimenta lo que podríamos definir como una nueva resurrección tras desarrollar el ser interno que acabará completando el circuito de formación.

Así, se generan las historias literarias. Nosotros, los literatos, a los que nos gusta la literatura, quienes, simplemente, la amamos, celebramos con asombro que todo esto se aplique y traduzca en técnicas empresariales tan complejas y lejanas a nuestras bibliotecas y libros polvorientos. Estos programas innovadores que beben de nuestros arquetipos literarios con los que hacemos las novelas son ahora programas que caracterizan a la empresa moderna y competitiva: esa empresa que se ocupa de las personas.
Como la literatura, al fin y al cabo; porque ¿en qué otra podría consistir la literatura sino en ocuparse de las personas?