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sábado, 26 de agosto de 2017

El catador


Tras una cata demasiado intensa, el catador percibió que había extraviado su gusto por el vino. Durante años saboreó acíbares y amarguras para ser, al final de la vida, perito en nubarrones y maestro en oscuridades. Hasta que le alcanzó la noche.

lunes, 29 de octubre de 2012

que cerca estuve

i) sunset symphony

fue una tarde de un agosto estrangulado en el corazón
y en la garganta
tras un picnic en el retiro
cuando decidí que ya era
insoportable
una vida de tinta
insoportable
acarrear mi soledad como una estatuilla
de estiércol
moldeada una y otra vez
con gestos obscenos y burlones
ya bastaba

ii) rainbow

con la mochila repleta de botellas a medio beber
me asomé a un paso elevado
demasiado elevado y demasiado peso
el del alcohol en mis espaldas
arrojado por los hombros
tinto hierro colado que se había deslizado
por mi garganta
en efecto
demasiado peso y demasiado alcohol
a mis espaldas
como para estallar en un arco iris de
casillero del diablo
y jack daniel´s
demasiado pavor ante demasiado dolor
y demasiadas ausencias
las tuyas

iii) they them

horas después
en casa de thomas
ellas con ellos y ellos con ellas
y ellas que en la ausencia de ellos hablaban de ellos
y ellos adoraban el mundo binario perfecto
que los hacía tan felices
un mundo cartesiano del uno más uno igual a dos
un mundo tan perfecto para todos
y a mi alrededor un ambiente denso
que se extendía por la habitación como una bruma
de vergüenza
y ellas y ellos que bebían
y fumaban
y reían
y disfrutaban
ellas con ellos y ellos con ellas

iv) the call

al fondo
la ventana
abierta
de par en par
tan sencilla de asaltar
tan fácil despeñarse
ante el asombro atónito de borracheras
de pisco sour y canutos
la borrachera arrancada de cuajo
de los cerebros de todos
de ellas y de ellos
arrastrando cuerdas de tender
y pinzas de la ropa
y bragas y sostenes
y estampándome en el patio interior
sucio de humedades
contaminación
cagadas de paloma
y descansando al final
y ellas y ellos
sintiéndose tan repletos
y tan culpables

v) a moment in time

hubo un momento en el que
tras mucho pensarlo
me levanté
dispuesto al salto
miré por la ventana e imaginé
la escena final
dudé por unos instantes
en abalanzarme por ese
pasadizo de cloroformo a mi angustia
allí plantado
en mitad de la habitación
entre ellas y ellos
tan felices
y con el insulto prendido de sus bocas
el insulto de la risa
de la borrachera optimista
de quienes saben que poseen todo
el resto de la vida
y yo calcinado
en mis 44
años

vi) bitter end section

me marcho
anuncié
elegí desplazarme hacia el lado de la puerta
en lugar de a la ventana
un gambito de cobarde
un movimiento de perdedor
cuando me había levantado de la silla
convencido
de que iba a desportillarme por
el ventanuco
de mi vida

vii) epitaph

detuve un taxi
y mientras entraba en él
con ellas y ellos
arriba en el piso
ajenos a mi suplicio
me dije
que cerca estuve
y como lamento
no ser
de momento
capaz de ello
y clinc clinc
las botellas de vino
y whisky
aún a mis espaldas
tintineaban
como un sonajero que advirtiera
de mi desgracia
como un escoplo de cristal
que grabara sobre el mármol
de mi piel
la palabra
FRACASO

martes, 5 de junio de 2012

Dos Italos: el mismo borrachuzo

Por la ecuación Dacal-Picazo trasladamos dos escritores italianos, pero distintos, y nos da, como resultado, el mismo borrachín norteamericano:

Italo Calvino-vino=Hemingway

O bien:

Italo Svevo-vevo-bebo=Hemingway

martes, 10 de enero de 2012

(Un nuevo) Insomnio


Dieron las 4 y 20: y sin dormir. Al principio estabas tranquilo, leíste un rato a Nick Hornby y su Alta fidelidad, bien, escuchaste un poco a Mozart, bien, te fuiste de la cama al salón, bien. En la penumbra, recostado en el sofá, veías los reflejos verdes del ruter en el techo, y el ambiente sereno, silencioso y calmado, era hasta agradable. El ruter… entonces recurriste al portátil, allí, sobre la mesita, pero quién te podría haber escrito un email a esas horas… nadie, evidentemente: y pensaste en la gente a la que quieres, todos, ellos, ahora, durmientes, plácidos durmientes. Cerraste de mala gana el portátil, te echaste para atrás en el sofá y, entonces, ocurrió:

Ahí estaba la madrugada, de nuevo, decantada en la copa de tu pecho como un vino añejo. Eres un catador de insomnios, un saboreador de noches en blanco, descubres matices y sabores en la vigilia: primero sueles encontrar, en el primer buche, temores, miedos y pánico. La madrugada es un vino amargo y fuerte, a veces frío y a veces caliente, que desazona el ánimo: los problemas se acrecentan, los retrogustos del brebaje al atravesar tu garganta y alcanzar tu corazón ya son como acíbar, todo rebulle en la cabeza y asfixia el pecho con una bota malaya.

No puede ser, te dices, mientras desde el salón escuchas, desgarrando las penumbras, el tic tac del nuevo reloj de la cocina. ¿Cómo es posible que unas manecillas, un miserable segundero y un estúpido minutero, puedan producir semejante estruendo? Es un reloj nuevo, pero estás tentado de arrojarlo por la ventana o destruirlo a martillazos. ¿Estúpido? ¿Has calificado de estúpido a un minutero? ¿Puede ser un minutero estúpido? Una vez hablaste de los estúpidos raíles de las vías de ferrocarril, condenados a viajar juntos decenas de miles de kilómetros sin llegar a juntarse uno con otro nunca: jamás, ni por un segundo. Eso sí que era estúpido, pero un minutero…

Tienes frío: te pones un viejo jersey confortable con el que te sientes tan cómodo y que es de los que tu madre insistiría hasta la exasperación para que los donaras a la parroquia. No puede ser: vuelves a decirte. Enciendes el ordenador, pones a los Ramones (eso de Sheena is a punk-rocker, sí, todo eso) (necesitas una descarga violenta que te devuelva a la vida) y empiezas a escribir: (Un nuevo) Insomnio. Te duele la cabeza levemente, algo así como al Príncipe de Salina en El Gatopardo, ese malestar detrás de los ojos que le cruje antes de morir de apoplejía… sí, es algo así, ahora.

Has trasegado el vino de la madrugada, el brebaje del insomnio, y has degustado todo su asco y su dolor, pero cuando en la ducha, o por el sumidero, toda la angustia se pierde, con ella el levísimo dolor de cabeza remite, y desnudo frente al espejo bailas The healing has begun de Van Morrison, a gritos haces los coros, entiendes, que en efecto, la curación ha llegado, la curación es tan posible, y que amnistiarás el nuevo reloj de cocina, a salvo de los martillazos, estimulado por el rico aroma del café, y que la nueva jornada despeja las brumas y el terror que el insomnio, que ese mal vino del insomnio, había vertido y esclerotizado en tus venas.

Pero eso sí: cuando vas en el bus, puedes determinar exactamente cuanta gente ha pasado, junto a ti, una noche de (un nuevo) insomnio y ya retorna el levísimo dolor de cabeza: un latido detrás de los ojos acaba de avisarte con su inoportuna punzada: a los insomnes se os reconoce a todos por llevar el peso de la mañana derramado sobre los hombros como una blanca y refulgente lápida de mármol con la que cargaréis toda la maldita jornada.