domingo, 12 de febrero de 2012

Un enfermo de Pasewalk


En el atascado frente de trincheras de Ypres, en Bélgica, las nubes de gas mostaza eran de tal densidad que no le permitían ver nada al soldado de enlace Adolf Hitler, que no cejaba en su empeño de transportar ordenes y claves entre el Alto Mando y el frente avanzado, entre el frente avanzado y la retaguardia... Órdenes destinadas a desencadenar operaciones que deberían de alcanzar un punto determinado del mapa, órdenes para tomar una zona, órdenes para emplazar en un nuevo lugar un nido de ametralladoras estratégico; órdenes, siempre órdenes.

El soldado mensajero Hitler las transportaba, eficiente, de un lugar a otro, en bicicleta, a pie, corriendo e, incluso, en más de una ocasión, arrastrándose por el fango, serpenteando en el lodo.

Al regreso de la entrega de uno de estos mensajes Hitler retomó su posición en el interior de una de las trincheras del regimiento List. Sintió hambre, abrió una de las latas de comida preparada del ejército y con un gran cucharón que apenas sí penetraba por la embocadura del recipiente empezó a comer con ansia. Masticaba con la boca desmesuradamente abierta, junto a otros tres soldados que dormitaban, relajados, sobre el talud de la trinchera, ganándole un inesperado provecho a la inquietante pausa del combate.

En efecto, era uno de esos extraños momentos de relativa paz y el mensajero Adolf, repleto, emitió un brutal eructo de satisfacción al termino de su comida. El silencio se apoderó del instante y una voz en el interior de su cabeza le dijo:

¡Levántate y márchate de aquí, abandona la trinchera!

Al principio, no le prestó mayor importancia, pero transcurrido un rato, la vocecilla insistió en su aviso. Hitler, asustado, miró hacia a ambos lados y contempló a sus compañeros que reposaban exhaustos y confiados. La voz repitió la advertencia y, entonces, decidió obedecerla: se levantó y abandonó la zanja. Cuando se parapetaba en otro lugar, el silbido de un mortero rasgó el aire; el impacto, justo en el centro del sitio que ocupaba antes, aniquiló a sus tres camaradas.

Esa fue la primera vez en que el futuro Führer escuchó esa vocecita interior providencial, tal y como él mismo la calificaría desde entonces. No cabía duda, pudo oírla con claridad en el interior de su cabeza, la obedeció y salvó la vida por ello. Acató la orden ante lo insistente de la advertencia, de manera automática, como si se tratase de la mismísima ordenanza militar dictada por un superior. Ante la vocecita no cabía la posibilidad de rechistar.

En ese instante, al abandonar la trinchera, se inició la relación entre Hitler y la voz interior que tan a menudo le hablaría. Desde entonces, siempre iba a saber cómo actuar al escucharla; la consideraba una inspiración divina, la Voz de la Providencia, tal ves lo que una vez leyó en algún lado: ese aliento pitagórico de Dios. Esa voz acababa de salvarle la vida en la guerra y se juró que, junto a ella, conduciría al pueblo alemán hasta la victoria. Esa voz era una demostración de la predestinación del caudillo, de su relación verdadera con la Providencia.

Y esto era algo indudable para él.

Más adelante, en pleno auge del Tercer Reich, Hitler achacaría a la voz el mérito de salir indemne de varios atentados, porque demostró una anticipación a los sucesos más propia de un demonio que de un ser humano. Sí, era la voz, que le avisaba del peligro como aquella vez, en las trincheras... Sin embargo, un tiempo después, lo que la voz no le advirtió, o tal vez no quiso hacerlo para, así, alejar a Hitler definitivamente de los peligros del frente, fue de la amenaza que representaba una densa nube de cloro gaseoso lanzada desde las posiciones británicas. Los alemanes contestaron con un contraataque de gas mostaza sobre las posiciones francesas que, producto del caprichoso viento, se les volvió en contra, quedando atrapados entre dos humaredas tóxicas.

El molesto e irritante humo golpeó en la cara del recién ascendido a cabo Adolf Hitler. Primero sintió un súbito escozor para, después, apoderarse de él la ceguera. Presa de los nervios desatados ante el pánico que le causaba la certeza de quedarse ciego, con la cara despellejada que le ardía, comenzó a proferir aullidos de pavor y a corretear, sin sentido ni dirección, de un lugar a otro del frente. Se caía a menudo por entre las trincheras, se enfangaba, provocaba el caos y la confusión entre los soldados, aunque también desataba la carcajada en unos pocos, que se reían y se burlaban de verlo así, con tan infinita torpeza. Tropiezo tras tropiezo, rodaba por los taludes embarrados, como un tonto.

Al final se dieron cuenta de que no era presa de un ataque de histeria provocado por el miedo al combate y que, de verdad, el cabo Hitler se encontraba cegado. Como se arriesgaba a que un tommy inglés le pegase un tiro, que con tanto ir y venir era un blanco perfecto en mitad del revuelo, unos sanitarios se lo llevaron cogido de ambos brazos. Allí se despedía Adolf Hitler del frente de la Gran Guerra. La próxima vez que Alemania, su Alemania, entrase en una contienda, sería él quien dirigiría a mariscales y lugartenientes, no como sucedió hasta entonces, que ese atajo de inútiles lo mandaron a él, un mísero cabo.

Pero eso ya sería otra historia: una historia que se empezó a rumiar en el sanatorio pomerano de Pasewalk, cercano a la localidad de Stettin.

Pomerania, noviembre de 1918:

El enfermo de Pasewalk llevaba internado casi un mes. El enfermo de Pasewalk hacía relativamente poco que se levantaba y comenzaba a dar algunos tranquilos paseos por los jardines del hospital. Se recostaba sobre las paredes de los pasillos para reposar su agotado cuerpo y comenzaba a ver algo más que la borrosa nube aguada que, desde la lesión, aparecía ante sus irritados ojos. Porque cuando los médicos le quitaron las vendas creyó desesperarse: tras varios días en la más absoluta de las oscuridades, días en los que soportó la administración de las pomadas oftálmicas para aliviar la quemazón de los párpados, sólo lograba atisbar delante de él una masa informe, decolorada, borrosa y caldosa, indefinible. El facultativo le recomendó paciencia y tranquilidad, que poco a poco recuperaría la vista. Era una suerte, no perdería visión y, además, para cuando viera por completo, la guerra estaría terminada, definitivamente perdida para Alemania, con lo que no se vería en la obligación de reincorporarse a filas. Las noticias que llegaban del frente eran preocupantes. Informaban de deserciones en masa, de batallones enteros pasados a las filas enemigas, de soldados que tiraban sus fusiles al suelo y salían despavoridos, de masacres, de divisiones aniquiladas por completo, de errores en el Alto Mando Estratégico, de una absoluta pérdida de la moral de combate, del extravío de la fe en la victoria.

¿Suerte? ¿Eso era tener suerte? ¡Él no era ningún cobarde! Deseaba recuperarse lo antes posible para volver a incorporarse a su regimiento List, para regresar al frente a batallar y a entregar, si eso era necesario y por el bien de la victoria, su vida por Alemania. No, él no era ningún cobarde, desde luego, de esos que buscan herirse por cualquier medio, autolesionarse, o que se fingen enfermos, empeñados en denodados esfuerzos por contraer alguna enfermedad contagiosa o infecciosa que los libre de acudir a las trincheras.

Escuchó multitud de historias diferentes al respecto. Un recluta de Praga se inyectó petróleo en las rodillas y en los tobillos para simular reuma edematoso, un soldado austriaco se dejó atropellar por un carromato en las calles de Viena para así quebrarse un miembro, unos amigos de Budapest se bañaron durante varios días de copiosas nevadas en el Danubio y pescaron unas tremendas pulmonías... Incluso, ya en el mismo frente, muchos se disparaban adrede, se clavaban astillas, púas y alambres.

Los desdichados que, ingeniosamente según ellos, se disparaban, bien pronto era descubiertos... Los restos de pólvora alrededor de la herida –en el pie o en una pierna- delataban a los médicos la existencia de una detonación a quemarropa imposible de ser efectuada por el enemigo atrincherado en lontananza. Se los condenaba a muerte y, en el caso de que tuvieran que amputar la zona afectada, aguardaban a que el paciente se hubiera recuperado por completo para ejecutarlo. Se suponía que, durante la convalecencia, el reo tendría tiempo de reflexionar sobre su cobardía; así servía de ejemplo a los demás soldados, siempre tentados de elegir las autolesiones como una manera de abandonar el frente por la vía rápida.

De hecho, en la caja de reclutamiento de Viena eran tropel los que se presentaban para alegar enfermedades, taras, lesiones congénitas y otro puñado de mentiras. Allí, el sistema para que los mentirosos reconocieran su culpa era bien sencillo: varios días a pan y agua, a dieta o en ayunas, continuas purgas, administración de vomitivos y lavados de estómago, mucha quinina amarga y, como último remedio, horas envueltos en sábanas y mantas empapadas en agua helada. Después del tratamiento ninguno se atrevía a mantener su enfermedad ficticia y todos deseaban acudir al frente aunque, a veces y durante la estancia, hubieran contraído verdaderos males que ahora sí que los incapacitaban de verdad; pero ya no querían ni oír hablar de escaparse.

Hitler reflexionaba sobre estos asuntos y se mordía los puños por la desesperación que le producían los últimos partes de guerra y el no poder acudir en ayuda de tantos y tantos compañeros que lo necesitaban en su regimiento. Todas las mañanas, a las doce, el cura del sanatorio leía copia de un informe que se colgaba en la puerta de ayuntamientos y parroquias. El doctor Wegmüller acompañaba al párroco y los enfermos capaces de trasladarse hasta el pabellón de ocio se les arremolinaban en derredor para escuchar las novedades. Otra vez, como en los últimos días, incluso se diría que en las últimas semanas, las noticias no eran buenas, aunque la Komandatur intentaba disimular un poco y no expresar los desastres y las retiradas con palabras y frases claras, pero Hitler, como casi todos a esas alturas, sabía leer entre líneas. Si decían rectificaron sus líneas hasta posiciones defensivas hablaban de una humillante retirada, del vergonzoso sálvese quien pueda.

La ineludible cita con el parte de las doce se repitió durante unos días llenos de incertidumbre. Una aciaga mañana, el párroco y el doctor Wegmüller se mostraban más apesadumbrados de lo que en ambos ya era habitual: informaron de la rendición de los Imperios Centrales. Con Alemania derrotada, tan solo quedaba por firmar el armisticio. Era el final de la monarquía por la que tanto lucharon, ahora se avecinaban turbulentos tiempos de república, a expensas de los caprichos de los vencedores. Alemania en manos de judíos, rusos, comunistas, republicanos... ¡Demasiado para el joven Hitler!

Hitler, recostado sobre la pared, desolado, se dejó escurrir de espaldas y quedó sentado en cuclillas. Las lágrimas brotaron a sus ojos, la rabia y la indignación se apoderaron de él. Un espeso y dramático silencio flotaba sobre el pabellón de ocio del sanatorio de Pasewalk, inusualmente abarrotado de médicos y enfermeras e, incluso, de los enfermos que apenas si podían tenerse en pie.

-Bueno, pues ya ocurrió... -murmuró alguien.

-Esto se ha terminado, era cuestión de tiempo -y la voz sonaba amarga, resignada. Poco a poco, todos retomaron sus ocupaciones y volvieron a sus habitaciones; todos, menos Hitler, que rumiaba su venganza, convencido de que a Alemania le acababan de asestar una puñalada por la espalda, la Dolchstob, una traición perpetrada por los políticos que la mandaban, por la casta endiosada de barones y condes, de la nobleza de monóculo que aglutinaba los altos mandos y, como máximos culpables, los soldados cobardes, judíos en su mayoría, así opinaba, que dejaron al país en la estacada con su vergonzosa huida del campo de batalla.

¡Qué diferentes eran sus lágrimas de ahora comparadas con las pretéritas lágrimas de alegría que vertió entre la multitud de la manifestación patriótica de Munich, en la Odeonsplatz! Cuando la muchedumbre, y él entre ella, inflamada por la proclama mediante la cual Alemania declaraba la guerra, comenzó a entonar el Deutschland über Alles y el Die Watch am Rhein. Entonces, se dejó llevar por un llanto de alegría, henchido de un espíritu popular de patriotismo y fe en la victoria. Parecían esos tiempos unos tiempos tan lejanos...

Sí, que diferentes eran ahora esas lágrimas.

Con gran dolor comenzó a llorar, a llorar como sólo lloró una vez antes, frente a la tumba de su madre.

Ocho días después de la firma del armisticio, el once de noviembre de 1918, Adolf Hitler, el enfermo de Pasewalk, recibió el alta médica. Ahora podría vengarse de quienes apuñalaron a Alemania por la espalda, de todo ese grupo de rufianes que se aprovechaban de la guerra para apoderarse del país, de los perpetradores de la mayor villanía del siglo.

Sí, pensaba vengarse.

Y vaya que se vengó.

Erdosain

Espigado de Los siete locos:

"Esta atmósfera de sueño y de inquietud que lo hacía circular a través de los días como un sonámbulo, la denominaba Erdosain la zona de angustia".

Lanzallamas

Roberto Arlt, en Los lanzallamas:
"Cierro los ojos y dejo caer mi alma desde cualquier lado".

jueves, 9 de febrero de 2012

Delito

"Sólo nacer es un delito que te convierte en reo".

De las memorias del profesor Václav Cerny.

Qué tristeza, qué inmensa tristeza

"Escribir es igual de triste que enterrar muertos".

Pavel Kohut: autor checo, escritor de La hora estelar de los asesinos.

En el enjambre (semillero)


Ya tengo en el torrent la película de El sur, la de Saura sobre el cuento de Borges, sí, ese cuento que trata de un tipo que es operado de gravedad, y con un afán recuperado por la vida, decide irse al sur de Argentina como un homenaje a su renacida existencia y, allí, en guiño cruel del destino, se mete en una reyerta con un gaucho y ya tengo en el torrent la película de El sur, la de Saura sobre el cuento de Borges, pero hay pocas semillas para compartirla, somos muy pocas abejitas en el enjambre, estamos en un panal extraordinariamente pequeño, de celdillas microscópicas, y es una pena, porque si me pudiera descargar la película antes de que se me comiera el fin de semana se la podría dar a la persona que me la ha encargado, una bella muchacha alemana que conocí en el departamento de filología, es un poco brusca, pero ella necesitaba la película para su tesis doctoral, y cómo pedía las cosas, con esa dureza, esa rigidez teutona, en seguida me imaginé cómo sería hacer el amor con ella, su cuerpo tieso y envarado emitiendo órdenes que debería aceptar sumiso, y sí, estaría bien, ahora hazme esto y hazme lo otro, y ahora ponte aquí y tócame allí, y sí ya tengo en el torrent la película de El sur, la de Saura sobre el cuento de Borges, la del tipo que sale de una operación para meterse en una riña con un gaucho, una riña a navajazos y, un momento, seguro que hacer el amor con la alemana sería como un Deutsches Requiem, o una nueva Emma Zunz, y me haría daño, y hasta sangre, es sangre lo que aflora a mi vientre, mi vientre es un Aleph, pero no concentra en ese punto todo el universo sino que concentra todo el dolor del universo ensangrentado porque abro los ojos al cielo polvoriento del Sur y abandono el semillero del torrent y descubro que soy Dahlmann, el del Sur, el del cuento de Borges, momentos después de que el gaucho me haya atravesado con su daga, daga que acaso yo no supe manejar, y el tiempo desleído, se alcanza el final de la página del cuento, y tendido sobre el camino reseco de soles de zopilotes, entre borbotones de sangre que manan de la boca como insectos, como abejitas zumbonas, como un pequeñito enjambre que me brotara de los labios, pronuncio los nombres de varias lectoras, reiteradas lectoras de Borges, a quién ellas vuelven una y otra vez, para que detengan al gaucho y a su daga, aunque ahora nada puedan hacer ya por salvar a este Dahlmann desventrado y arrojado del semillero

sábado, 21 de enero de 2012

De gigantes o de hombres


El gigante Fillipot llora amargamente sobre un plato de sopa: la sopa se convertirá en un agüilla incolora y salada a causa de sus lágrimas que, poco a poco, caen sobre el recipiente y lo colman: lo anegan de tristeza: lo inundan de tristeza.

El gigante Fillipot permanece sentado sobre su silla construida con huesos y calaveras de niños pequeños: con tibias y fémures: con gritos de dolor y llantos: con suplicios y ruegos: con cuerpos despellejados y apaleados: con rescoldos de corazones quemados y restos de existencias torturadas. Erigida con el sentimiento de la dureza: con el corazón de piedra. Sí, el gigante Fillipot llora por tener un corazón de piedra -y descubrirlo ahora-.

El gigante Fillipot es el mayor gigante que existe. Se podría decir que es el rey de los Gigantes. Y el rey de los solitarios: de los tristes: de los descastados: de los desencantados: de los afligidos. El gigante Fillipot tiene, por tanto, más de dos millones de motivos por los que llorar: más de dos millones de cosas por las que gimotear. Pero sólo se lamenta (realmente) de una: de su soledad. Permanece solo a causa de sus crudos actos. Actos insensibles: crueles: insoportables... actos repudiables e incapaces de enamorar a una dama. Actos salvajes que lo han conducido a la situación actual: Fillipot, rey de Gigantes, no tiene a quien amar. Y tampoco tiene quién lo ame. Llora con magníficas lágrimas de gigante: con goterones dignos del rey de los Gigantes. Del rey de los solos: de los abandonados.

Fillipot, en un tiempo, fue el efímero ídolo de la juventud. Su mala vida y sus pésimas costumbres lo convirtieron en un ser admirado por otros adolescentes. Lo expulsaron del colegio, se escapó de casa, más tarde terminó encarcelado, y, finalmente, de tanta fama como cosechó, logró presentar un programa de televisión. Aprovechó para grabar un disco y alcanzó el estrellato del rock. Al poco tiempo, sus caprichosos fans lo repudiaron. Cayó en el descrédito y su programa perdió audiencia, su disco no vendió más copias y fracasó. Contemplado por la sociedad como un desecho y un perdedor, un derrotado y un vándalo, fue desterrado. Se recluyó en el Reino de los Gigantes, donde gracias a su brutalidad y a su salvajismo -siempre imperantes-, obtuvo la corona. Rechazó a sus padres (a los que desheredó y desterró) para aislarse definitivamente en el castillo de la Cota del Abandonado, donde han transcurrido los últimos catorce siglos de vida del gigante. Esta es la historia de Fillipot, ¿quieres que te la cuente otra vez?

Ahora llora. Ni con el suave olorcillo del segundo plato (relleno de niño con peras en almíbar) cesa su llanto. Nadie osa arrimarse a él ni a su gran castillo. Lo temen. Un ataque de ira, una borrachera, una palabra mal entendida, mal escuchada, podría dar con el presunto amigo en la olla o en el horno... o ser devorado crudo. Todos lo saben. Incluso Fillipot lo sabe. No, nadie llama a la puerta del castillo de la cota del Abandonado.

En su desesperación, Fillipot decidió sumergirse en la cocina, entre fogones y cuchillos carniceros -tan afines, estos, a su carácter-. La elaboración de deliciosos platillos de alta complicación culinaria era la única manera de abstraerse al duro paso del tiempo, tan estridente si transcurre en mitad de la soledad. Incluso llegó a pensar en publicar un libro con parte de sus mejores y más perfeccionadas recetas. El recuerdo de sus fracasos televisivos y discográficos alejó la idea de su descomunal cabeza. Una pena, pues creía dignas de ser conocidas por el público sus cocochas de neonato en salsa de pimienta, las deliciosas morcillas de sangre dulce y las no menos suculentas patatas ahumadas en guarnición de lenguas y dermis. Aunque la verdad, la palma de su cocina se la llevaban los jamoncitos de nonato al buen gigante, en cuyo demi glacé mezclaba criadillas y dientecillos de leche...

Llevaba Fillipot veintitrés años de lloros continuos y de incansable cocina como terapia nerviosa, cuando resonaron los picaportes de Palacio.

-¿Quién osa interrumpirme mientras lloro y cocino?

Rápidamente: se levantó: dispuesto a triturar al intruso que no respetaba su dolor: que irrumpía en su soledad: que demostraba no temer al gigante. Abrió los portones y su sorpresa fue mayúscula -como de otra manera no podría ser, tratándose de un gigante-. Allí, abajo, muy abajo, casi invisible, diminuto como una pulga, se encontraba su hermano Fillipou. Era el rey de los Enanos, chiquitísimo, microscópico. De un ágil brinco se subió a su pulgar y le dijo con una vocecilla chillona:

-¡Hola hermano Fillipot! Vengo para ayudarte a encontrar esposa y así mantener la estirpe.

La alegría de Fillipot fue enorme: por fin alguien se acercaba a él y se preocupaba por sus problemas: le demostraban, por una vez, afecto. Era su hermano: ¿quién sino podría comportarse así con él? Lloró de alegría: tanto: que casi se ahoga Fillipou entre los gotillones: fue sólo un susto provocado por el agradecimiento desproporcionado, tan peligroso y dañino como la más reconcomida ignorancia: tan doloroso y asfixiante como el más espinoso de los desprecios.

El plan de Fillipou consistía en organizar una grandiosa recepción para elegir así a las candidatas para la boda de ambos hermanos, ya que el enano también deseaba perpetuar la especie de los hombres microscópicos.

El castillo de la Cota del Abandonado se llenó de bellas mujeres, de risas, de alegría y cánticos, comida y adornos, todas estas eran expresiones nunca hasta la fecha conocidas por aquellos lares. Por una vez, Fillipot se sacrificó y no comió niños envueltos en coliflores para no espantar a tan altas damas. Fillipou también se sacrificó sin comer jilgueros, que tal era su costumbre.

Fillipot y Fillipou presidían un descomunal salón donde, tras la fiesta y el baile, se procedió a la elección de las novias. Poco a poco pasaron las candidatas en solemne desfile ante los ojos de los hermanos. Fillipou encontró, rápidamente, esposa. Era una princesa del Reino de lo Elíptico que lo encandiló con su mirada vaporosa y fatua. Fillipot, decepcionado, tras un siglo de examen de doncellas destinadas al tálamo real, abandonó. Su hermano, tan feliz, bebió y celebró su boda. Se emborrachó. Fillipot estaba muy furioso. Discutieron. Con el exceso de alcohol (el Diminuto se bebió una gotita de absenta en un dedal) llegó el exceso de las palabras. Fillipou dijo a su ingrato y envidioso hermano que siempre permanecería solo por ser terrible, grotesco y enorme... por devorar niños... por ser deforme, con granos en la cara y con los dientes podridos. Fillipou reconoció, entonces y en arrebato de microscópica crueldad, que acudió hasta allí para aprovecharse de que su hermano era el rey de los Gigantes y obtener así una esposa. Esto era demasiado duro de admitir para la decepcionada mole de carne de Fillipot.

Fillipot, en un ataque de ira, pisó y aplastó a su hermano y a la desposada. Bajo las suelas del gigante flotaron unas plumillas de jilguero como todo recuerdo del enano. Parece ser que, a escondidas, Fillipou transportaba en sus bolsillos un pajarillo que devoraba con deleite cuando nadie lo miraba. Eso indignó aún más a Fillipot, que se contuvo de engullir niños durante los siglos que duró la elección de las novias y en el transcurso de la boda del hermano. Se sacrificó por él, por su Fillipou, y así se lo pagó... con insultos y vejaciones. Incluso comiendo jilgueros a escondidas. Esta es la historia de la búsqueda de novia del gigante Fillipot… ¿quieres que te la cuente otra vez?

Fillipou fracasó en su intento de asegurar la especie de los Micro-Enanos. Él era el último ejemplar y falleció bajo las grasientas y húmedas suelas de Fillipot, que en su cólera, además, arrasó pueblos y valles. Este fue un tremendo ataque de ira: en consonancia con sus dimensiones mastodónticas: miles y miles de personas fallecieron: miles y miles de personas fueron enterradas en fosas comunes, para vergüenza de la historia. Lugares de tan increíble belleza, como el Coloso de Rodas, los jardines colgantes de Babilonia, el complejo de los mercados de Mileto, el zigurat de Babel, los palacios de Nabucodonosor, las murallas de Persépolis, las columnatas de Hércules, el templo de Atlas, la biblioteca de Alejandría, el portón de Ishtar y el palacio de Ratisbona, desaparecieron bajo la ira del gigante. Lugares demolidos para siempre. Las ruinas de una humanidad en crisis, en retroceso. El horror y el espanto se apoderaron de los hombres: por siglos y siglos.

Fillipot perfeccionó un nuevo plato que consistía en calcinar a los cadáveres en su propio ataúd donde deberían yacer, al menos, por espacio de un mes. El sabor de la madera mohosa se unía a la putrefacción, complementándose maravillosamente bien. Después, enterraba las cenizas en montones de arena. El gigante bautizó el plato como pequeñas fosas comunes de cadáveres quemados en su propio jugo. Excelente: exquisito: un clásico.

Ahora, mientras se hurga una caries pestilente con la tibia de un niño que acaba de devorar, Fillipot ya no llora. Asume, resignado, su soledad y su falta de amor: todo su horror. La ingente dimensión de su tragedia.

Esta es la historia del gigante Fillipot... ¿quieres que te la cuente otra vez? Aunque no quieras: siempre te la contaré otra vez.