Mostrando entradas con la etiqueta lejía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lejía. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de noviembre de 2012

ni de lejos



ni de lejos
te imaginas
lo que podría hacer por ti
hasta ser globo de helio
gasolina diesel
cóctel molotov
incineradora de cartones
muertito en su ataúd

ni de lejos
te imaginas
lo mucho que sería tijeras y cuchillas
lejías y veneno
abismos y barrancos
lápidas y fosas
barro y gusanitos

ni de lejos
te imaginas
la desesperación de no estar contigo
por no ser pegote de sangre
orina entre dos coches
carmín en los dientes
encías enfermas
naricillas de cocaína
suave lluvia de whisky
en el alba

ni de lejos
puedes
estar conmigo
cuando te disfrazas de mujer
con esa máscara de ternura
y la preocupación de sms
prendida en tu galería fotográfica
de facebook
o acuartelada
en la mediocre entradilla
del macilento blog

así lejos
puedo continuar
creyendo que te amo
creyendo en ritos purificadores
creyendo en ascos
y gomosos pedazos de amor
en el fondo del retrete

creyendo que te amo
aunque te disfraces de una mujer
que me odia

martes, 3 de abril de 2012

Súbito cambio de gusto


Entró El Fracasado en el café en donde hacía tiempo que se servía exclusivamente descafeinado: arrastraba los pies, de la incipiente joroba rezumaban situaciones de novela por reventar, dejaba un reguerillo de personajes bien caracterizados que se iban desprendiendo de las suelas de sus zapatos y que un encargado de bigotes, entorchados y aires austrohúngaros, barría con eficacia, recogía en una paleta y arrojaba a las papeleras con un montón de ideas aburridas que, desparramadas por el suelo como el pelo de una barbería, se extendían desde la mesa en donde peroraban Literaror y la protuberante Escritora Tropical. Hoy, con ellos, entre los ojos de palometa y los pechos sedientos de letras, se encontraba El Posmoderno: con sus patillas posmodernas, sus chancletas posmodernas, sus gafas de pasta y culos de vaso posmodernas, sus ideas sobre el arte posmodernas y toda esa cantidad de dinero en el banco que le permitía ser eso, posmoderno, y no un fracasado… bueno eso y, además, los enchufes, el colegueo y el compadreo, eso también le permitía ser posmoderno. Y por ese orificio que en vez de boca era panal de disparates brotaban insensateces con marchamo de clase posmoderna, aceptadas con visajes y bizqueos de enorme satisfacción por parte de Literator y su rostro de pescadilla y con bamboleos pectorales de la Escritora Tropical (y sí: esa noche se acostaría con El Posmoderno, arrebatada por el verbo insensato y en gran parte por el olor a sudor posmoderno, por eso también).

El Fracasado, que los vio, eligió sentarse en una mesa bien alejada. Se acomodó, depositó las notas de rechazo editorial recibidas ese día y comenzó a ordenarlas, esta vez por tamaños. En ello estaba cuando el camarero, que ya se conocía los gustos de tan insigne cliente, le acercó su vasito de vinagre cotidiano. El Fracasado miró al fondo, al grupo que integraban Literator, la Escritora Tropical y el Posmoderno, y al oficial que no cejaba en barrer las ideas gastadas que arrojaban al suelo… Decidió, entonces, un súbito cambio de gustos:

-No –le dijo secamente al camarero.

-¿No? –y el camarero compuso un cierto gesto doloroso al ver rechazado su vasito de vinagre.

-No… -y tras pensar un instante, El Fracasado elevó un dedo, señaló la estantería y dijo-: Quiero un traguito de eso.

El camarero, solícito, se acercó hasta la botella.

En ella ponía: lejía.