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martes, 24 de abril de 2012

Muertes ejemplares



Julián del Casal, dicen que de risa...
Silva, de un disparo en la diana pintada de su corazón. Sexton bebió el tubo de escape de su automóvil, junto a unos cuantos Daiquiris. Plath, con el gas de la cocina y la cabeza dentro del horno... Quiroga brindó con cianuro. Pavese ingirió tranquilizantes: y una bolsa de plástico en la cabeza. Hemingway  y su escopeta... Ganivet y su empeño por las aguas heladas del Duina... Potocki: horas en moldear y pulir su balita de plata...
Larra y el pistoletazo en la sien. Lugones brindó por Quiroga y brindó con cianuro. Storni se metió en el mar y Woolf lo hizo en el río Ouse, con los bolsillos repletos: de piedras, para no flotar.
Kafka, Franz: hemoptisis. Y Gutiérrez Nájera, hemofílico. Heine: esclerotizado. Y Cela rabioso y Delibes aburrido, derrotado tras una vida de escritor.
Chatterton sinónimo de arsénico y Sá-Carneiro de la estricnina y Trakl de la cocaína y Nerval colgado de una farola de París.
El disparo de Maiakovski, el veronal de Sucre, los barbitúricos de Pizarnik...
Y yo: que lo haré por ti y de ti: será, será, será: siempre: seguro: será por ti.
Tú: cuando la muerte sea inminente y grite: ¡Chatterton, Chatterton, Chatterton!, entonces, debes meter mis novelas junto a mí en el ataúd: será la única forma de que se me devuelva todo lo que es mío y lo único que de verdad fue mío. Y abandonaras por un instante la vista fija en el Ipod y te darás cuenta de que no incineran a un poeta: se incinera a un desgraciado.
Tú: mi disparo pintado en sangre, mi veronal y mis barbitúricos, las piedras en mis bolsillos.
Y mi primera y final hemoptisis.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Segunda hemoptisis


En Praga: Domicilio de la familia Kafka, noche del 13 al 14 de agosto 1917.

Abrió muy lentamente los ojos y el techo tomó, poco a poco, forma; el aspecto nebuloso, blando, se transmutó en materia dura, tal vez cemento… En cualquier caso, se trataba de algo muy pesado. Con gran esfuerzo elevó la cabeza de la almohada. Los bordes de los objetos, las esquinas de la habitación, se malearon aceitosas como si un vidriero soplara para moldear la casa a su antojo.

Su sorpresa resultó mayúscula: se encontraba tendido en la cama, pero se vio allí al lado, de espaldas, volcado en su escritorio, afanado en la tarea de rellenar azules cuadernos en octavo. Por un instante, detenía la tarea, alargaba la mano y aproximaba a los labios una botella de cerveza. Podía escucharse beber con gran avidez, el gollete de vidrio entrechocaba levemente contra los dientes y tras el trago, largo, depositaba la botella a un lado para sumergirse de nuevo en la escritura y, cada vez que eso ocurría, en lugar de vaciarse, el recipiente aparecía más lleno, mostraba al trasluz su contenido. Pero no podía tratarse de él mismo porque, era bien consciente, él se encontraba en la cama… ¿Quién era ese tipo, exacto a Franz Kafka, dedicado a hurtarle horas al sueño y a la noche con la escritura desmigada en su mismo lugar de trabajo?

Se abalanzaría sobre el intruso, incluso sería capaz de golpearlo. Entonces, el techo crujió y descendió, pero sólo encima de su cabeza, porque el otro Franz Kafka continuaba con su escritura, si bien ahora refrenaba su tarea desarrollada con un empeño hercúleo para beber de nuevo de la botella, convertida en una frasca de vino rojo, espeso.

Quedó perplejo, tumbado, con el enfoscado a unos centímetros de su cara.

Quiso decir algo, pedir auxilio, pero no pudo.

El silencio era tan viscoso que el roce de la pluma del falso Kafka al corretear por las hojas sonaba con estruendo en sus oídos y el gogloteo al tragar el líquido, al despeñarse el alcohol por el gaznate de su doppelgänger, incluso ensordecía los enfebrecidos latidos de su propio corazón.

De nuevo intentó moverse. De nuevo se desplomó el techo, para apretarle la cara, oprimirle el pecho, provocarle una hemorragia, quebrantó los diques de la nariz. Se ahogaba, apenas podía soportar el enorme dolor que le recorría la garganta. Su otro “yo” escribía, ajeno a la tortura que sucedía a las espaldas.

El techo le aplastó. La sangre escaló de sus pulmones a la garganta y de allí a la boca, se desparramó por la almohada, sus ojos se cerraron en el dolor y el Kafka inmutable en su tarea de escritor mecánico y bebedor compulsivo desapareció tras un vaharada colorada.

Abrió los ojos a su segunda hemoptisis y una sonrisa de sangre, toda ella maligna, saludó desde las sábanas.

viernes, 14 de octubre de 2011

Primera hemoptisis


En Praga: Domicilio de la familia Kafka, noche del 12 al 13 de agosto de 1917.

Bebía vino, abundante vino, luego cerveza y de nuevo vino, en la orilla del río, con su padre.

A menudo solían sentarse en un bar cercano y con ojos de impotencia y desagrado Franz contemplaba a su progenitor ingerir una jarra de espumosa cerveza tipo Pilsen, siempre horrorizado con esas visitas a los baños del Moldava, aunque su malestar arrancaba ya en la misma cabina del ropero al ponerse el bañador y constatar, una y otra vez, las diferencias anatómicas: él, escuchimizado, de pecho hundido y rasgos demacrados, con las paletillas salidas, el costillar puntiagudo; enfrente, Hermann, rudo, de anchas espaldas, pecho fuerte, complexión sólida, grandes manazas; y la vergüenza proseguía en el exterior, al compararse Franz con quienes lo rodeaban, tan satisfechos de sus cuerpos, avergonzado incluso al medirse anatómicamente con otros hijos de otros padres que disfrutaban del sol y del baño, sin que a ellos, además, les resultara una experiencia tan traumática como a él; entonces, llegaba el peor momento, no por esperado menos terrible, el momento de la visita al bar, la hora de ingerir esa enorme salchicha y trasegar un litro de cerveza solicitado por el padre ahíto de gula mientras animaba a Franz, al hijo, a que lo imitara, e ignoraba con desprecio que a él le repugnaba la carne rojiza, reventada, del embutido, en nada le atraía el alcohol y, así, enfrentado al progenitor, no podría dejar nunca de pensar en lo poco hombre que resultaba para la familia, en la enorme carga, en la tremenda vergüenza que soportaba un padre que se exhibía con un hijo así…

En esta nueva ocasión todo resultaba bien extraño, distinto:

Bebía vino, abundante vino, luego cerveza y de nuevo vino, en la orilla del río, con su padre; bebía el vino a grandes sorbos sin que el líquido, sangre espesa y caliente, le provocara el menor asco y enfrente, Hermann, sonreía con agrado, por una vez el hijo le daba una alegría al padre y ¡Dios, que simple resultaba agradar a ese hombre que se regocijaba con algo tan nimio, con que su Franz bebiese un trago de vino!, ¡que vil era el hijo, incapaz de proporcionarle más a menudo ese mísero placer con tan pequeño sacrificio!

En el instante en que llevó una nueva copa a los labios, colmada, sintió una arcada y se atragantó. Intentó hablar, pero se notó la boca repleta de líquido y Hermann comenzó a reprenderlo con el cansancio de la costumbre:

-¡Eres un desastre! ¡Incapaz de tomar un poco de vino, de ser una persona normal! ¡La deshonra de la familia! ¡El castigo de tus padres!

En ese momento, el más intenso de la reprimenda, la figura de Hermann Kafka se diluyó frente a los ojos de Franz, que acababa de abrirlos. Ahora contemplaba el techo de la habitación y comprendía que soñaba, que todo se trató de una pesadilla pese a que notaba la boca repleta de un jugo tibio y denso.

A tientas, con premura, escupió en el interior del orinal.

Encendió una lamparilla para ver la hora: las cuatro de la mañana.

Pensó que ya no podría dormirse de nuevo y notó un sabor acre en la garganta.

Miró en el fondo del orinal y no comprendió qué sustancia era la masilla rojiza que teñía la porcelana.

En eso, una enorme arcada terminó en vómito de sangre.

Acababa de sufrir su primera hemoptisis. Siempre supo que llegaría ese momento en su vida, más tarde o más temprano.

Se sintió mejor cuando terminó de expulsar la sangre.

Se levantó y abrió la ventana para superar el leve aturdimiento de su cabeza.

Respiró hondo un par de veces y fue consciente, con certeza, de la crueldad:

Era tuberculosis.

Asumió la tragedia casi con alegría, o al menos con calma, tanta que, aliviado, se volvió a la cama y el resto de esa noche durmió, tal vez, con un reposo y una paz mayores que nunca.