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lunes, 10 de julio de 2017

Foster Wallace, La Broma Infinita, y todos esos libros… ¿imposibles de leer?





  *Esta entrada apareció publicada en el sitio achtungmag.com:
    http://www.achtungmag.com/foster-wallace-la-broma-infinita-todos-libros-imposibles-leer/

El verano es un tiempo que parece especialmente indicado para dedicarlo a la lectura. Y así lo comprenden numerosos suplementos culturales que se apresuran a lanzar sus listas de libros recomendados para sobrellevar el tiempo de playas y chiringuitos. En esas enumeraciones de novelas siempre suele aparecer lo mismo: género negro, mucho best seller, novela de aeropuerto, novela de piscina y textos facilones con los que hacer la digestión del gazpacho y el melón. Estas listas suelen ser un compendio de ignorancia literaria, pero ninguna me ha soliviantado más que una sobre aquellas novelas que nadie ha leído y que, durante el veranito, un osado lector con el tiempo del ocio escurriéndosele de entre las manos, podría atreverse a leer.

La perversidad de plantear una lista de novelas que nadie ha leído, encierra, al menos, tres errores: el primero, dar por hecho que ningún lector haya sido capaz de enfrascarse en una lectura satisfactoria de Crimen y castigo, El Quijote, Anna Karenina, Guerra y Paz o el Ulises. Evidentemente, eso no es así, y la ignorancia del recopilador, o al menos su incapacidad literaria que hace extensible a los demás lectores, en ningún caso puede ser pandémica. El segundo fallo radica en presuponer que estas obras, por difíciles, solo pueden acometerse en el páramo del aburrimiento estival, cuando cualquier novela, por intrincada que sea, puede leerse en un viaje de metro, a la hora de comer un menú del día o, incluso, como una forma de encontrar algo placentero que hacer más allá de la televisión y la champions, al regreso de una agotadora jornada laboral. El perpetrador de la lista concibe la literatura como castigo y sacrificio, no como diversión.

En tercer lugar, y este es el peor error de todos, es la convicción de que los textos enumerados son libros imposibles de leer. Como si el escritor fuera un sádico maniaco que buscara torturar al lector, cuando es, precisamente, lo contrario. Me explico: hace ya un tiempo que tuve la suerte de defender mi tesis doctoral de casi mil páginas. Uno de los miembros del tribunal se planteó la cuestión de si un trabajo tan extenso era adecuado, dado que la moda estaba llevando a elaborar tesis de menos de 300 páginas, para concluir que por supuesto era más que pertinente, y que no existían textos difíciles, sino lectores poco preparados. Esta afirmación es el pilar fundamental que desarma la génesis de la lista de novelas que nadie ha leído porque son imposibles, dada su complejidad.

El problema no radica en Proust, en Joyce, ni en su En busca del tiempo perdido o en el Ulises, el problema se encuentra en la incapacidad del lector moderno: nos han acostumbrado a libros breves, de escritura insulsa y predecible. A basura. Cualquier novela que pretenda exigir un ejercicio intelectual por parte del lector es, automáticamente, un ladrillo; una pesadez, un libro imposible de leer.

Lo que más me enfada de esa lista de libros que nadie lee, es toparme en ella con La broma infinita de David Foster Wallace. Creo, sinceramente, que Foster Wallace es el Cervantes de nuestra época, y su libro, aunque se publicó en 1996, es el Quijote del siglo XXI. Sus protagonistas son una especie de Alonsos Quijanos, que, en lugar de luchar contra molinos de viento y odres de vino, lo hacen enfrentándose a las drogas, la violencia, la competitiva sociedad de consumo, la incomunicación y la soledad.

En efecto, La broma infinita es un tratado aterrador sobre la incomunicación. Sobre cómo el mundo moderno en donde pretenden que nos sintamos tan cómodos es en realidad el lugar más cruel. El libro, de 1216 páginas y repleto de extensísimas notas a pie de página, puede desesperar a quienes se acerquen a este universo desolado que es la escritura de Wallace con la idea de encontrarse ante una novela convencional. En las primeras 400 páginas se abren y abren historias, que aparentemente no parecen tener mucha conexión unas con otras, en una sublimación de la fragmentación. Pero bien mirado, no es nada que no ocurra, por ejemplo, en la nueva entrega de Twin Peaks, que narrativamente hablando debe mucho a La broma infinita y al universo que pone en pie.

Foster Wallace nos regala una enorme galería de personajes, de historias fascinantes, retratadas con una lentitud que permite recrearse en los detalles y saborearlos, porque nunca la máxima fue más cierta como con esta novela: lo importante no es terminarla, alcanzar su página mil y pico, no, lo verdaderamente importante es el viaje literario, el recorrido. Ese inexplicable placer que produce el permanecer durante semanas inmersos en la Academia de Tenis Enfield, en la casa de desintoxicación, compartir las horas con unos personajes que dejan una huella indeleble en el lector: Michael Pemulis, Hal Incandenza, Ken Erdedy, Emil Minty, y mi favorito, Emil Gately, todos ellos son personajes cervantinos. Por tanto, personajes inolvidables al identificarse con cada parte de nosotros que siente miedo, alegría, tristeza o indefensión.

La novela, a la que quizás deba dedicar una futura entrada comentando algunos de sus innumerables recursos y aciertos, analizando los motivos que la convierten en un texto tan fundamental, no es en absoluto un libro ilegible ni imposible de abordar. No se puede ser más injusto a la hora de ubicarla en una lista tan infame. Háganme caso, si así lo consideran oportuno, y tómense un tiempo para leerla: entre la esterilla y la crema solar, entre los torneos de fútbol veraniegos, encuentren un merecido hueco y descubran los motivos que hacen de la literatura un arte tan extraordinario y singular, capaz de colmarnos de una alegría incomparable a la que pueda proporcionarnos cualquier otro entretenimiento. Superior, incluso, a un gol de Cristiano Ronaldo.

Créanme: el principal objetivo de una novela es entretener. Que el lector sienta el tiempo detenido alrededor y, cuando retorne del viaje, sea un poco más feliz. Y si alguien concibe la lectura como un suplicio, entonces, o no ha entendido nada o debe volver a empezar por la primera cartilla, para deleitarse con la súbita inmediatez del placentero mensaje que se encierra en mi mama me mima. Si también eso les resulta complejo, o pesado, siempre pueden ponerse a ver la película.


miércoles, 19 de febrero de 2014

La reserva literaria de Leopold Writing




Tratamos de preservar la literatura, me aseguró muy orgulloso Leopold Writing, emboscado tras aquellas gafas con narices y barbas que le daban un aspecto a lo profesor chiflado, de bromista ataviado con prótesis jocosas. Y con una mano me animaba a recorrer las instalaciones.

Mucho me habían hablado y mucho había escuchado yo de aquello que calificaban, quizás de una manera algo rimbombante, como “reserva literaria”, el último lugar donde podría sobrevivir la literatura ante la pujanza del mundo digital, de lo audiovisual, del ímpetu de nuestros tiempos modernos que eliminaban el soporte de la lectura, de la cultura, que aniquilaban los vehículos del saber de una forma medieval, arrollado todo lo no inmediato por la ducha cibernética y youtubesca.

¿De modo que es aquí, se trata de esto?, no pude evitar comentar sorprendido, cuando accedí al recinto de la “reserva”: ante mí, un pabellón techado por una cúpula opaca cuyos límites, es decir el cierre de sus paredes al extremo, era imposible atisbar. Perfectamente alineados, uno junto a otro, los cubículos que albergaban los “dioramas vivos”, por millones. Entre las filas, las hileras, las manzanas de los dioramas, los técnicos iban y venían con ajetreo, montando en sus patinetes eléctricos. Comprobaban que todo se desarrollase a la perfección, que las escenas de los libros se repitieran, una y otra vez, sin errores.

Leopold Writing me animó a contemplar las vitrinas desde cerca: miniaturas con detalles de realidad asombrosa que cobraban vida tras los cristalitos: aquí, la Regenta marchaba en procesión por las calles de Vetusta, y descalza, como transfigurada en una virgen por el dolor religioso; allá, Don Quijote caía derrotado en las playas de Barcelona con la flema del fracaso y la cordura pintada en la cara; delante, Pascual Duarte descerebraba un perrillo de un escopetazo con el gesto frío y el corazón espeso… En otro diorama, Oskarcito Matzerath confundía a la tropa de un desfile nazi con los redobles de su tamborcillo, repiqueteado con golpecillos sañudos y de pequeñitas manitas, o el artero Ulises lustraba con la sangre de los pretendientes la aurora de rosados dedos…

¿Pero… cómo… es… posible?, acerté a preguntar entre balbuceos de incredulidad. La respuesta era sencilla, me dijo con una sonrisa que desbrozaba las barbas de Leopold Writing, la clave de esos dioramas vivientes que preservarían las escenas literarias eternamente se encontraba en una máquina: la Rastra Proteica. Y me la mostró: por un extremo de una caja que se asemejaba a un buzón de correos, se introducía un ejemplar del libro. Acto seguido, la Rastra del interior rasgaba, desgajaba y reducía a pulpa el volumen, dejando escapar un humo blancuzco que inundaba la vitrina adyacente. Cuando el humo se disipaba, tomaba vida la escena del diorama.

Sin embargo, dos eran los problemas con los que semejante maravilla amargaba a los técnicos: la Rastra Proteica elegía las escenas de la novela, al parecer, sin criterio ni control alguno, y además el libro quedaba completamente destruido, lo que era un gran inconveniente en una época en donde estaban desapareciendo los textos. El proceso dejaba la gran paradoja: para preservar la literatura y plasmar una de sus inmortales escenas en un diorama milagroso era necesario desintegrar uno de los escasísimos y ya valiosos libros. Un departamento de investigadores seguía peinando el planeta a la búsqueda de librerías que conservaran volúmenes de clásicos, y que no fueran esas dependencias virtuales de e-books o dispensadores de gadgets literarios que florecían en los grandes almacenes y supermercados o junto a los andenes del metro. El best-seller de turno se podía añadir al carrito de la compra en un cartucho del tamaño de un usb, junto a los yogures desnatados o la lejía. Ante semejante crisis, se peinaban almacenes, tiendas, colecciones privadas, en busca de novelas que someter a la Rastra Proteica, antes de su completa desaparición.

A un lado de una sección de los maravillosos dioramas se encontraba una dependencia de seguridad. Cuando pregunté sobre ella, Leopold Writing se lo pensó un instante, con un gesto que torció su boca y su barba, pero se decidió a dejarme entrar. Al abrir la portezuela una fetidez insoportable me sacudió la cara. Son los libros fallidos, me explicó, la Rastra inunda con un humo negro y denso, pestilente, las vitrinas, pero no conseguimos nada más… El humo permanece estancado expandiendo este mal olor durante meses… Un olor que se nos agarra a la ropa, se nos pegotea a la garganta y nos destila desde las narices.

¿Qué libros eran aquellos que provocaban esa excrecencia turbia y densa? ¿Con qué tipos de narraciones la Rastra se había atascado, atragantado?  Leopold sonrió maliciosamente, para luego prorrumpir en algunas sinceras carcajadas a la vez que mencionaba algunos de los títulos y sus autores: Mémez Verte, Sanchís Dragonte, Saray Auriga, Mudaina Grandeza, Daniel Marrón y su exitosa El cartapacio de Boticelli… todo un compendio de famas fugaces, egos indigestos, tramas insinceras y personalidades repulsivas; todo un puñado de premios traicioneros, loas falsarias, mercadeos editoriales y mentiras literarias.

Cuando me despedía, cometí el error. El gran error que echó a perder la “reserva literaria” y aniquiló para siempre a millones de dioramas vivos que reproducían a Dickens, a Kafka, a Proust, a Tolstoi, que daban vida a Gregorio Samsa despertando convertido en insecto, tras aquél sueño agitado, y a Josef K. degollado en el descampado con la última visión en su retina de la silueta de un vecino de un edificio cercano; a la Maga y a Holden Caulfield, a Sancho Panza y a Lanzarote del Lago… Pedí una prueba, un intento, el que sometieran a un ejemplar de mi única novelita, que me había auto editado hacía ya como unos diez años, al implacable juicio de la Rastra, mientras ya la estaba sacando de mi maletín…

Como mucho, aseguró Leopold Writing, llenaremos de humo negro otra vitrina, eso en el peor de los casos, y me guiñó un ojo, con la seguridad de que mi calidad literaria alumbraría un diorama vívido y podría maravillarme con la visión de mis personajes en miniatura evolucionando detrás de los cristalitos. Ya me imaginaba representada la escena principal del libro, cuando el protagonista desenmascara a un criminal de guerra que se hace pasar por el patrón de un barco de recreo en las playas de Venezuela…

Haga usted los honores, me ordenó con tono apacible y seguro Leopold Writing, y dejé que un volumen de Damero de Satanás, que así se titulaba mi novelita, se deslizara buzón abajo, ansioso por presenciar una fumata negra de pestilencia persistente y nublar así para siempre mis aspiraciones literarias, o una blanca nube de talento que al disiparse dotaría de vida a mi obra, de la vida que todo autor ansía alentar en sus novelas.

Todo ocurrió muy deprisa, no pudimos reaccionar: la Rastra empezó a emitir unos ruidos extraños y aterradores, unos crujidos estremecedores, y una humareda asfixiante; entre la bruma, llorando por los gases, pudimos ganar las salidas de emergencia, no sin antes contemplar como los personajes de mi novelita, los positivos y los negativos, es decir los buenos y los malos, codo con codo el criminal de guerra, el protagonista, la chica, la femme fatal, el secundario chocarrero y el que moría a poco de aparecer en la narración, el que hacía de escritorucho y el que hacía de periodistilla, la vidente y la poeta suicida, todos ellos, juntos y a una, devastaron a golpes, patadas, puñadas y mordiscos las vitrinas, las urnas, los dioramas.

No entiendo cómo pueden comportarse de una forma tan violenta… grité junto a Leopold Writing, mientras corríamos en nuestra huida… Será cosa de que estos personajes tuvieron una infancia atormentada o tal vez un padre autoritario que ha generado esas acciones violentas, traté de justificarme. Leopold se detuvo y me agarró por las solapas, acercó su rostro y sus barbas hasta casi rozarme la piel con ellas y me gritó: ¡Imbécil, esos personajes son de ficción, no han tenido ni padres ni madre ni psicología, sólo han vivido los minutos que han pasado enlatados en la cabeza de su autor, en la cabeza de usted! ¡De donde ni debieron salir jamás! ¡Diletante!

Esos, mis personajes sin pasado ni bagaje freudiano, las obras maestras y barrocas de mi diletancia literaria, incendiaron la nave: un brutal estallido suspendió en la atmósfera los pedazos del recinto de la “reserva literaría” que, durante meses, estuvo goteando su lluvia ácida y corrosiva sobre la arquitectura de la ciudad y, unas veces un pedacito del brazo de Lázaro de Tormes, un piececito de Tristana, las manos de Werther o ciertas vísceras de Madame Bovary, caían sobre los parabrisas de los coches, los campos de fútbol o las mesitas de los cafés, con evidente fastidio de los conciudadanos que, con un gesto de asco, los apartaban de un manotazo, para siempre, de sus vidas.

Y luego, se limpiaban las salpicaduras, metódicamente, de la grasilla que se había abrazado a los cristalitos de sus gafas y pedían otro latte macchiato, un vermut Yzaguirre o una ración de pajaritos fritos.

lunes, 26 de agosto de 2013

Bigotería de los mal avenidos



-¡Cuán importantes han sido, caballeretes, los ornamentos pilosos en la cuadra literaria!
-¡Toma, y en la filosofía!
-¡Chitón, galopín! Dice eso porque se acuerda usted de ese necio que terminó con el cerebro licuado por la sífilis como un polo de limón: ¡Ese tipejo no tiene cabida entre las cuatro paredes de mi aula!
-Pero…
-¡A callar, gazmoño! Estaba hablando… ¡ejem!, de la importancia del ornato piloso en la cuadra literaria… Los espesos apósitos de Mallarmé, esos bigotines remilgados y repletos de pomada de Proust, los cepillos galdosianos, el afeminamiento de Shakespeare… ¡Cuánto debe el divino arte de la escritura a los adornos sublaviales!
-¡Pues yo pienso dejarme barbas!
-¡Fuera de mi clase! ¡Expulsado! ¿Dejarse barbas? ¡Descastado literario! ¡Asqueroso, descastado! ¡Barbas como un Hemingway cualquiera! ¡Innoble! ¡Inmoral! Y lo peor... ¡barburiento como un filoooooooosofoooooooo!

jueves, 27 de junio de 2013

bloombesca uno

“Preguntar qué convierte al autor y las obras en canónicos. La respuesta, en casi todos los casos, ha resultado ser la extrañeza, una forma de originalidad que o bien no puede ser asimilada o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla (…) Cuando se lee una obra canónica por primera vez se experimenta un extraño y misterioso asombro, y casi nunca es lo que esperamos (…) Un signo de originalidad capaz de otorgar el estatus canónico a una obra literaria es esa extrañeza que nunca acabamos de asimilar, o que se convierte en algo tan asumido que permanecemos ciegos a sus características (…) La extrañeza canónica puede existir sin la conmoción de tal audacia, pero el aroma de la originalidad debe flotar sobre cualquier obra que de modo inapelable gane el agón con la tradición y entre a formar parte del canon (…) A los escritores contemporáneos no les gusta que les digan que deben competir con Shakespeare y Dante, y aún así esa lucha fue lo que llevó a Joyce hasta la grandeza, hasta una eminencia compartida sólo por Beckett, Proust y Kafka entre los autores occidentales”

Harold Bloom
El canon occidental
Anagrama, Barcelona 2009
Traducción de Damián Alou.
5ª Edición, pp. 14-18.

viernes, 12 de abril de 2013

antecessor narrativo

si la linealidad cronológica narrativa es una aspiración imposible del novelista proust era un mero caso de evolución natural literaria o un homo antecesor novelesco

jueves, 5 de enero de 2012

Michel Julebé, dueño del pulpo de las apuestas, y octópodo alfabético y folletinero, Houellebecq


Michel Julebé cuidaba al popular pulpo de las apuestas en el acuario de Bastille-sur-Mer pueblecito que, como no tenía mar, pues decidió construirse uno particular y propio, como de andar por casa. Sin embargo, era un lugar poco visitado: una tortuga astrosa y con cara de loro, harta de años y percebes en su concha, una morena con aspecto de loro desdentado, y una raya macilenta, no eran un reclamo demasiado apetitoso para un pueblecito metido en lluvias nueve meses al año. Hasta que llegó Michel Julebé y cambió las cosas con su pulpo de las apuestas.

Porque el pulpo de las apuestas era capaz de elegir entre dos mejillones con diferentes banderitas: la del PSG o la del Auxerre, la del Nantes o la del Olympique, y aquel equipo por el que devoraba el molusco resultaba después el ganador del partido. La prensa local se lo tomó a chufla, al principio, pero después, el octópodo, con un rostro más bien serio y ojos saltones, empezó a pronosticar partidos de Champion League, sin error, y después de la Eurocopa, y rizó el rizo de ocho patas con el Mundial. Y de allí a la gloria.

El pulpo de Michel Julebé empezó a adivinar, pronosticar y acertar otros asuntos para los que la gente empezaba a acudir en masa a Bastille-sur-Mer, bueno, mejor dicho, a su acuario. El dinero que el pulpo dejaba en las arcas permitió una ampliación de las instalaciones, con pececillos de colores de los que se devoraban unos a otros en un santiamén y, en un tanque, las dos estrellas que rivalizaban en fama con el pulpo, aunque jamás lograron desbancarlo: un enorme tiburón y una caballa que se miraban fijamente durante horas, a los ojos, y la gente se preguntaba el motivo de su inmovilidad y la causa de que el tiburón no abriera sus fauces y de un bocado fiero terminara con el duelo de miradas desafiantes.

La fama del pulpo de Michel Julebé fue tan enorme que su dueño lo bautizó como el pulpo Houellebecq, ya que era un fanático de este novelista y opinaba que, su poder de prospección en sus novelas, de anticipar el futuro pos-holocausto y deshumanizado, era sólo comparable con los aciertos sobre el futuro que formulaba el pulpo. El pulpo Houellebecq, el octópodo houellebecquiano, recibía cientos de peticiones, una lista de espera de visitas, y eligiendo el mejillón adecuado decidía sobre los más peregrinos motivos: una venta de fincas, la compra de inmuebles, el saldillo de obras de arte, la redacción de una herencia, la desmantelación de una empresa o la conveniencia de una boda: y la gente obedecía llevada de una fe ciega y atroz en esas ventosas y en esos ojos saltones y en ese estómago que sacaba a pasear para deglutir el molusco elegido.

Una helada mañana de enero, mientras el tiburón y la caballa del tanque de al lado mantenían su habitual duelo de miradas insípidas, salobres e inexpresivas, el pulpo Houellebecq apareció flotando boca arriba en su hábitat. Tanto mejillón, durante años, una dieta tan rica en potasio, le había provocado un colapso. El duelo fue nacional, y se erigió una estatua del octópodo presidiendo el hall de entrada del acuario. Nunca, ningún otro pulpo, pudo emularlo ni de lejos, ni en un solo acierto en algún pronóstico. Y el duelo entre el tiburón y la caballa, por aburrido, condenó al cierre del acuario. La estatua del pulpo houellebecquiano y prospectivo fue colocada en el centro de la ciudad…

-¡Un momento, un momento, caballerete!

-¿Usted dirá, sire?

-Si es tan importante ese pulpo de los demonios, ¿cómo es que esa estatua ya no se encuentra en su lugar, ni en el pueblo, vamos: que no hay ni rastro de ella?

-En efecto, sire, en efecto: está usted en lo cierto: la estatua ya no existe porque fue destruida hace tiempo. Unos años después, el dueño del pulpo prospectivo, Michel Julebé, víctima de los barbitúricos, el alcohol y los antidepresivos, antes de darse a dos metros de cuerda de esparto, decidió dar a conocer la verdad en una carta en donde se sinceraba: el pulpo Houellebecq era un montaje. Una enorme farsa. No elegía un mejillón en función del equipo de fútbol que pensaba que podría vencer el partido, al principio, ni porque pensara afirmativamente que una boda con el zapatero de Angiers era mejor que con el enterrador de Pelagés, después, durante su fulgurante fama. Qué va: el pulpo de Julebé era un fanático del folletín Los Misterios de París, de Eugene Sue, y odiaba, medularmente, la Recherche de Proust. Su dueño, Julebé, se limitaba a colocarle los libros, en unas bolsitas impermeables, debajo de los moluscos. Y el pulpillo se abalanzaba, siempre, ávido de amores tempestuosos, huerfanitas y crónica sórdida de los suburbios, sobre el libraco de Sue, rechazando de pleno a Proust, su engolamiento, su amagdalenamiento y sus tostones operísticos y de salón. Esa era la verdad. Al principio, acertó con los equipos de fútbol, cierto, pero las decisiones sobre bodas, bautizos, o noviazgos, simplemente, las tomaba eligiendo el mamotreto de Sue. Cuando la gente supo eso, indignados no ya por haberse casado según el criterio de un pulpo bobo y estúpido, sino por el criterio de un pulpo de tan mal gusto que leía a Sue y sus Misterios, que si hubiera sido La Recherche resultaría aceptable, pues destruyeron a porrazos la estatua del octópodo y sobre el cayó una losa de ignominia y olvido.

-No me extraña nada, perillán, porque una cosa es decir: estoy casada con este pajarraco porque así lo decidió Marcel Proust. Y otra muy diferente: me cayó en gracia semejante mameluco porque un pulpo descerebrado leía esos pésimos folletines…

-Y eso no es todo: hay más, sire…

-¿No me diga?

-En efecto: el misterio del tiburón y la caballa se aclaró, sire: el tiburón era febril y ultra seguidor del deconstructivismo de Derridá, mientras la caballa, tal vez por su cerebro caballíl, lo era más de otras teorías: como los regímenes de Duránd o el campo literario de Bordieux, o…

-¡Pare ya, por dios, de decir esas estupideces! ¡Me da dolor de cabeza!

-Disculpe sire: los dos peces se miraban porque en su lenguaje de peces sostenían durante horas una dialéctica sobre esos, ¡ejem!, autores… ese era el misterio de sus miradas fijas y desafiantes: debatían en retorica pezecil. Allí todos los bichejos tenían sus preferencias: la tortuga milenaria era fanática de Champollión y la morena avinagrada una defensora acérrima de Harold Bloom… y la raya aplanada se rendía al Oulipo sumatorio y multiplicativo…

-Me deja usted tan perplejo que si me pinchan no me sale una gota de sangre… ¿No se habrá usted inventado todo esto para que yo le dé bebida gratis, bribonzuelo?

-Le juro que no sire: todo aparece consignado en los archivos municipales...

-Ummm…. No sé, no sé yo… En fin, ¡garzón! ¡Otros dos Pernod!

Y con estas: y otras sandeces: pues fue pasando el día.