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lunes, 26 de agosto de 2013

Bigotería de los mal avenidos



-¡Cuán importantes han sido, caballeretes, los ornamentos pilosos en la cuadra literaria!
-¡Toma, y en la filosofía!
-¡Chitón, galopín! Dice eso porque se acuerda usted de ese necio que terminó con el cerebro licuado por la sífilis como un polo de limón: ¡Ese tipejo no tiene cabida entre las cuatro paredes de mi aula!
-Pero…
-¡A callar, gazmoño! Estaba hablando… ¡ejem!, de la importancia del ornato piloso en la cuadra literaria… Los espesos apósitos de Mallarmé, esos bigotines remilgados y repletos de pomada de Proust, los cepillos galdosianos, el afeminamiento de Shakespeare… ¡Cuánto debe el divino arte de la escritura a los adornos sublaviales!
-¡Pues yo pienso dejarme barbas!
-¡Fuera de mi clase! ¡Expulsado! ¿Dejarse barbas? ¡Descastado literario! ¡Asqueroso, descastado! ¡Barbas como un Hemingway cualquiera! ¡Innoble! ¡Inmoral! Y lo peor... ¡barburiento como un filoooooooosofoooooooo!

martes, 21 de agosto de 2012

El defecto de Bukowski

Bukowski tenía un enorme defecto: consideraba como uno de sus maestros, admiraba profundamente, a Ernest Hemingway… bueno, siempre está bien tener un contrapunto narrativo, un espejo en el cual mirarse con el objeto de no caer en la mediocridad más perruna y literaria.

Creo que Franzen, Auster y otros trabajadores del vómito no poseen espejos que les devuelvan su reflejo jibarizado… o si los tenían, los rompieron hace mucho tiempo porque, y no hay que engañarse con esto, es el camino más fácil para llegar a ser un mierda.