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lunes, 26 de marzo de 2012

El Reich de fuego (y 2)


El Reich de fuego

-Berlín, diez de marzo de 1933-

Una lluvia de pavesas, de cenizas, inundaba los alrededores de la Opernplatz de Berlín, se depositaba sobre los tejados de las casas, encima de las repisas de las ventanas, se acumulaba en montoncillos de polvillo blanco: era el producto de la combustión de millares de libros que ardían en la inmensa hoguera de la plaza, dispersado por el viento mucho más allá de la pira de fuego donde se quemaban las obras de autores enemigos del Reich, escritores depravados o, simplemente, judíos, mentes enfermas que necesitaban de la acción purificadora del fuego según ordenes de Goebbels.

La lluvia de cenizas y pavesas se depositaba mansamente sobre los adoquines de la Opernplatz, hasta donde llegaban sin cesar camionetas que transportaban bibliotecas enteras requisadas a los judíos y carromatos tirados por caballos con lo expurgado en los archivos municipales. Se formaban largas colas de personas que traían bajo el brazo dos o tres libritos que durante toda la vida mantuvieron en casa sin prestarles la menor atención, ignorando que estaban demonizados.

La mayoría de las obras que ardían llevaban estampadas las rúbricas de esos exiliados que, impotentes, ya nada podían oponer a la destrucción de sus trabajos.

Los caballos de los carros detenidos en la Opernplatz, como otrora Los Pequeños Caballos Azules, se mostraban bastante nerviosos por las llamaradas que iluminaban la plaza con sus guiños anaranjados. A las bestias, atadas a los carromatos que lucían unas inscripciones en tiza que indicaban las bibliotecas de procedencia, no les agradaba nada la hoguera. Una especie de terror instintivo, que se elevaba por encima de los siglos, les mordisqueaba los belfos, les golpeaba en las narices, igual que a los grupos de gente, que no daban crédito ante lo que presenciaban, personas ocultas en sus guetos y que rezaban para que el futuro que se avecinaba no llegase jamás...

-¡Dejen paso, dejen paso!- chillaba Thomas Buch, un miserable medico del tres al cuarto, afincado en los arrabales de Potsdam, que esa tarde lo dejó todo en suspenso nada más enterarse del llamamiento –Buch tenía que haberle sajado el absceso a una anciana señora- para encaminarse hasta la Opernplatz con un solo libro bajo el brazo. Su único libro estigmatizado, maldito.

A codazos, Buch logró abrirse paso y ganó la pira escoltada por un grupo de camisas pardas que recibían los libros de la gente y los arrojaban al fuego. En los instantes en que el vulgo no les proporcionaba los libros, los agentes se aplicaban con empeño a la desaparición de bibliotecas enteras que aguardaban su turno en carretillas y carromatos, periódicamente descargadas de los transportes para ser devoradas por las llamas.

-¡No, no! -le gritó furibundo al miembro de las SA que pretendía arrebatarle el libro para arrojarlo al fuego- ¡Quiero tirarlo yo mismo, yo mismo! -se empeñó Thomas Buch. El hombre de las SA se apartó a un lado y agachó la cabeza con un gesto displicente que parecía decir un adelante, hágalo, si ese es su gusto. Thomas Buch tomó una leve carrerilla y con un amplio movimiento del brazo lanzó el volumen lo más cerca posible del centro de la inmensa columna de fuego. Alrededor del círculo que crepitaba agradecido y ahíto tan sólo restaban algunas hojas retorcidas y amarillas por los lametones de las llamas, algo de ceniza en suspensión y los torturados lomos de cuero de las encuadernaciones más resistentes como, por ejemplo, los libros Talmúdicos, los tratados religiosos hebreos y las obras completas de Freud. Las tapas de los gruesos tomos de la Torá eran las que con mayor encono se defendían del efecto depurador del fuego.

El volumen arrojado por Thomas Buch sobrevoló el inicio de la pira y cayó a uno de sus lados para, inmediatamente, prender en él un haz. Los ojos de su lanzador brillaban de fiebre y pasión nacionalsocialista entre las sombras ondulantes de la plaza. Thomas Buch no reparó en que, durante el vuelo del libro, se desprendieron varias cartas de su esposa, de los tiempos en que eran dos jóvenes enamorados, además de un retrato de ella de la época en que se conocieron, cariñosamente dedicado. Todo ello ardía ahora, también, en el fondo de esos infiernos

-¡Quémate, maldito judío! -le gritó al libro que ya se consumía en la hoguera. Era el Libro del asma, un tratado de Maimónides. Tan sólo un libro sobre el asma, tan peligroso como eso.

domingo, 25 de marzo de 2012

El Reich de fuego (1)


La noche de las antorchas

-Berlín, treinta de enero de 1933-

El monumental desfile de antorchas que atravesaba Berlín dividía la ciudad de parte a parte con un muro refulgente, como varias decenas de años después lo haría otro muro más real e infranqueable…

En esa noche, empezaba el nuevo orden en Alemania y, por ende, en Europa, difunta ya la vituperada República de Weimar, sistema que cobijó a una pléyade de intelectuales, poetas, escritores, pintores, arquitectos, filósofos, pensadores, los próceres de la patria, un grupo que nada pudo ante el ascenso del NSDAP de Adolf Hitler y cuyos integrantes reaccionaron con el abandono de la nación como forma de protesta, atemorizados, atenazados por el pánico.

Esa noche, la noche del desfile de las antorchas por Berlín, los entusiasmados seguidores de Hitler y de su política se lanzaron a las calles para festejar lo que acababa de ocurrir y que apenas podían creerse. Como dijo Goebbels: Hitler es canciller del Reich. Es como un cuento de hadas; alentado por el éxito, bien pronto se apresuró el hombrecillo a improvisar el desfile: desde las siete de la tarde –terminaría bien entrada la medianoche- la procesión de luminarias arrancaba en el Tiergarten, llegaba a la Potsdamer Platz, seguía por Leipzigstrasse, giraba a la izquierda para enfilar la Wilhelmstrasse y pasaba ante los edificios de la presidencia del Reich y de la Cancillería, para terminar en la Puerta de Brandenburgo. La marea humana, compuesta por miembros de las SA y de sociedades de ultraderecha como los Stahlelm, celebraba de esa manera que el cuento de hadas se hacía realidad.

Todo el proceso se sublimaba con el juramento del cargo de Canciller: pasado el mediodía de ese treinta de enero, la comitiva, con Hitler a la cabeza, se personó en el despacho de Hindenburg, el anciano y enfermizo presidente del Reich. El lugar no era muy grande, los integrantes del gabinete de Hitler abarrotaron la estancia. Debo de arreglar esto cuanto antes, se propuso, obsesionado por la arquitectura: ya se imaginaba en su cabeza una nueva Cancillería de pasillos amplios, con enormes salas de conferencias y un monumental despacho rematado en mármoles y azulejos. Para eso, aún faltaba un poco de tiempo, pero ese tiempo, el tiempo de los asesinos, también llegaría.

Hindenburg, visiblemente molesto por la espera -era un hombre metódico y de costumbres fijas-, pronunció un discurso de bienvenida, perorata en la que se congratuló de que la derecha nacionalista fuese capaz, al final, de alcanzar un acuerdo de gobierno con el que solventar la crisis institucional del Estado. Von Papen ofició de introductor oficial y presentó a Hitler para el cargo, que juró sin dilación:

-Juro solemnemente cumplir con las obligaciones inherentes al cargo de canciller del Reich sin tener en cuenta intereses propios ni de partido, pienso siempre cumplir con mi obligación para el bien de toda la nación –Hitler se pasó la lengua por sus labios algo resecos a causa de los nervios que lo atenazaban. Miró de reojo a Hindenburg, que asintió y dio su aprobación con un leve cabeceo, con un movimiento paternal que le otorgaba vía libre-.

-Y estoy dispuesto -los arengó Hitler en un breve discurso improvisado, pero por ello no menos celebrado- a defender y a cumplir la Constitución, a respetar los derechos del presidente del Reich –Hindenburg, aquí, por la parte que le tocaba como presidente que era del Reich, esbozó una amplia sonrisa de satisfacción, aprobatoria; incluso diríase que su mal humor se disipó en esos instantes-, y no escatimaré esfuerzos en imponer un régimen parlamentario normal –terminó el canciller entrante de pronunciar esa ristra de mentiras que brotaron como pus de su boca.

El silencio tomo asiento en los butacones del despacho presidencial. El tiempo pareció estirarse ante la expectativa de cómo Hindenburg terminaría con el proceso de jura y sancionaría al nuevo gobierno. Esbozó una sonrisa beatífica, pintó en su cansado rostro una expresión de gratitud y con plena satisfacción zanjó el acto:

-Bueno, caballeros, ahora adelante con la ayuda de Dios.

Las antorchas se lanzaron a las calles y un periódico católico calificó la ascensión de Hitler como un salto a la oscuridad, pese a que toda la luz de las llamas flameaba en las avenidas. Las luces de las antorchas parecían dotar aún de mayor luminosidad a la persona de Adolf Hitler, el ahora canciller del Reich.

***

Luces y sombras en la Wilhelmstrasse

-en la misma ciudad y el mismo treinta de enero de 1933-

Habéis entregado nuestra sagrada Patria Alemana a uno de los mayores demagogos de todos los tiempos. Yo profetizo solemnemente que este hombre maldito arrojará nuestro Reich al abismo y llevará a nuestra nación a una miseria inconcebible. Las generaciones futuras os maldecirán en vuestra tumba por lo que habéis hecho...

Hindenburg no atendió mucho a la nota que acababa de recibir de Ludendorff, su viejo amigo y camarada, compañero de armas y batallas, que de manera tan alarmista contemplaba la llegada de Adolf Hitler a la Cancillería. Son las reflexiones de un asustadizo, de un resentido, se dijo, acomodado en el balconcillo de su residencia en la Wilhelmstrasse, presto para disfrutar con las incidencias del desfile de antorchas que discurriría justo por debajo de la ventana. Nada le gustaba más, a ese hombre chapado tan a la antigua, que un buen desfile.

La multitud que se incorporaba espontáneamente a la marcha aclamaba a su nuevo Canciller, insultaba a los comunistas, profería descalificaciones contra la República de Weimar y en el ambiente se mascaba un extraño e inquietante sentimiento de temor, una atmósfera cargada de terror y violencia como se preña de pesadez el ambiente previo al estallido de la tormenta, cuando el aire apesta a ozono.

La sierpe formada por hombres y antorchas cruzaba el Tiergarten y también cruzaba, al fin, bajo de la Puerta de Brandenburgo: esto agradaba mucho a Hitler, un bonapartista convencido que, incluso, al estilo del Emperador francés, ya se planteaba la reforma del calendario alemán para conmemorar el treinta de enero de 1933 como el día del levantamiento nacional o el inicio del Nuevo Orden.

En el transcurso de la manifestación, Hermann Göring, una pieza importante del NSDAP, henchido de orgullo, anonadado de éxito, se apoderó de los micrófonos de la radio estatal de Berlín para pronunciar un discurso ampuloso, cargado de lugares comunes y adjetivos rimbombantes, de nauseabundas exaltaciones patrióticas y de loores al Partido. Al terminar le cedió la palabra a Goebbels, que se erigió en un improvisado comentarista de lo que sucedía ante sus ojos.

Lo que sucedía ante los excitados ojillos de Goebbels no era sino el inmenso desfile, el acto de clamor y comunión popular en que cerca de un millón de hombres tomaban Berlín para decirle al mundo que Alemania debía volver a ser Alemania y que, de la mano del nuevo Canciller, Adolf Hitler, serían capaces de conseguirlo. Los manifestantes que alcanzaban la Wilhelmstrasse a la altura del balconcillo de Hindenburg, donde se encontraba cómodamente sentado el antañón presidente del Reich, proferían algunas palabras de cariño y admiración, si bien una gran parte del populacho integrada por el tropel de miembros de las SA que lo aborrecía optaba por callarse y conducirse con un respetuoso desdén. Su figura era demasiado venerada como para insultarla.

Hindenburg contemplaba admirado el desfile, embutido en su uniforme de gala y pertrechado de un montón de brillantes condecoraciones que palpitaban a la luz del fuego de las antorchas. Le sorprendía tanta devoción por Hitler, a la par que el acto ya le empezaba a parecer interminable. Acariciaba la medianoche y él acostumbraba a recogerse sobre las siete de la tarde... Se sentía cansado, ¡pero le gustaban tanto los desfiles!

La muchedumbre llegó a la ventana en la que se asomaba un Hitler algo abrumado, como empequeñecido y contrahecho ante la magnitud del peso de su propio poder, o al menos eso era lo que aparentaba, como si de verdad fuera un hombre modesto desbordado por las circunstancias, vestido tal y como juró el cargo, con levita negra y elegante sombrero de copa. Entonces, bajo el mirador, la caterva estallaba, las hordas prorrumpían en cánticos, ovaciones, halagos, gritos frenéticos que Hitler ya experimentó esa misma tarde; justo después de que Hindenburg lo nombrase canciller regresó al Kaiserhof acompañado por las multitudes que vitoreaban entusiasmadas.

Sin embargo, no todos aclamaban al nuevo Canciller a la luz de las antorchas. En algunas terracillas, desde otras balconadas, entre la anónima multitud que se agolpaba en las aceras, muchos ciudadanos que también pertenecían al Nuevo Reich temblaban, sentían como se estrechaban sus gargantas apresadas y atenazadas por el pánico, al punto de que no eran capaces de tragar una gota de saliva ni podían articular una palabra. Tan sólo sentían el pálpito de sus alterados corazones, acelerados y asustados, latidos que articulaban un repiqueteo ensordecedor sobre las sienes.

Esa noche, multitud de judíos, comunistas, simpatizantes con la izquierda, homosexuales, artistas comprometidos, vanguardistas, enfermos crónicos, etnias y minorías, desplazados, inadaptados, asociales, retrasados mentales... temblaron, pavorosos e indefensos en los rincones más ocultos de sus casas; se sabían desamparados.

sábado, 24 de marzo de 2012

Lágrimas en Dessau


Lágrimas en Dessau

-en el año 1932-

Vasili Kandinsky permanecía sentado en una silla frente a la rústica mesa de su escritorio. Un flexo iluminaba el papel del cual no podía apartar la vista. El atardecer en Dessau se le abalanzó encima y la luminosidad que penetraba por los amplios ventanales era, morosamente, sustituida por la luz amarilla que proyectaba la lámpara. En un par de ocasiones, levantó los ojos para mirar en dirección a la calle, pero no se percató ni tan siquiera de que anochecía, para regresar a sus tribulaciones con la mirada concentrada en el texto.

Cuando llegué a Múnich ya sabía lo que era sufrir, desde luego –pensaba, absorto, con la mirada fija y, a la par, extraviada. En el instante en que recordaba algunas andanzas de sus días de estudiante universitario, llamaron con los nudillos a la puerta del despacho. El sonido pareció sacarlo de su ensimismamiento, pero tan sólo se redujo al gesto automático de articular la palabra adelante para zambullirse, de nuevo, en las reflexiones…

Decidió trasladarse a Múnich para estudiar arte, su gran error. Ahora se decía que jamás debió acercarse a la maldita Alemania. Aunque reconocía que por esa época la ciudad de Múnich se consideraba como un centro artístico abierto al mundo en el que pintores tan famosos como Franz von Lenbach o Franz von Stuck dictaban la trayectoria a seguir y las personalidades más destacadas de la vida artística se daban cita en Múnich: Lovis Corinth, Max Liebermann... El no podía ser menos allí, pero tan solo obtuvo la censura y el silencio hostil del mundillo artístico. Por eso, nunca debió acercarse a Múnich y, por ende, a Alemania; por ese motivo y por otros muchos motivos, por supuesto, que lo alcanzaban ahora.

-¿Qué quieres, Vasili?- le preguntó la mujer que acababa de entrar en el despacho; sin dejar de mirar fijamente el rostro de preocupación de Kandinsky tomó asiento en una silla que se encontraba al otro extremo de la mesa destartalada. Sus ojos perforaban la hoja, un comunicado oficial firmado por el ayuntamiento de Dessau.

-Vasili, ¿qué ocurre?- la mujer se vio obligada a repetir su pregunta, ante el pertinaz aislamiento del pintor. Entonces, Kandinsky elevó la vista, la miró con ternura y dolor y, sin mediar palabra, le extendió el papel causante de su amargura.

Se trataba de un aviso emitido por el ayuntamiento de Dessau en el que se le instaba a cerrar la Bauhaus. A él se lo consideraba desde entonces una persona non grata. Consecuencia de la explosión popular del NSDAP era que la dieta del ayuntamiento de Dessau fuera de mayoría hitleriana y que se dieran tanta prisa en boicotear a la pervertida y pervertedora escuela de la Bauhaus: Kandinsky era ruso y Rusia, los comunistas, los extranjeros en general, empezaban a ser mal vistos por allí, como tampoco a sus cuadros, calificados de aberrantes, igual que los de Marc, Macke, Munch, Kokoschka, Klee y tantos otros. Ante la insostenible situación, no quedaba más solución que irse de Alemania… antes de que todo eso...

La mujer acabó de leer el comunicado. ¡No puedo creerlo!, exclamó, pero al contemplar la patética expresión de Kandinsky entendió que el asunto no era una broma o un error. Era real.

De nuevo, un cambio de lugar se cernía en el negro horizonte, algo le decía a Kandinsky que la situación sería peor que antes, con la Gran Guerra. Al adquirir consciencia de esa realidad, con todas sus consecuencias, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. La mujer se levantó inmediatamente para consolarlo, pero él, con un gesto adusto, la obligó a que le dejara solo. Ella, que bien conocía el genio del artista, dio media vuelta sin decir palabra y abandonó el despacho. Comenzó a pensar en preparar las maletas y en organizarse para la urgente huida.

La orden de cierre iba muy en serio: el día anterior, tres siniestros sicarios del NSDAP, impecablemente vestidos con los uniformes pardos del partido, dijeron que venían en representación del ayuntamiento de Dessau; primero lo insultaron, lo increparon, lo amenazaron, después le entregaron el comunicado. Tan sólo le daban cuarenta y ocho horas para abandonar el lugar. Kandinsky era afortunado, no debía quejarse, mucho peor sería lo que les aguardaba a todos los que se quedaran.

Vasili se levantó y caminó por el amplio despacho: se preocupaba por los amigos, algunos no eran nada queridos en Alemania, seguro que también se verían obligados a irse. Pensaba con cariño en algunas de sus amistades y Vasili cayó en la cuenta de lo grosero de su comportamiento con Gabrielle, apenas unos instantes. Gabrielle era una antigua alumna con la que vivía tras la separación de su mujer, sabía entenderlo y acompañarlo en los tragos duros y decisivos como los de ahora. Y París era la ciudad, una especie de capitalidad del arte, que Kandinsky prefería para refugiarse.

Pensaba en esto y daba vueltas por el despacho. Todos los muebles, las sillas, el flexo, eran arte puro, diseños de la Bauhaus... y ahora querían echarlos de allí, poner freno a una ingente labor creativa... ¡Bueno, todos los muebles no! Porque la tosca mesa de madera del despacho era rusa; se trataba de la misma mesa sobre la que trabajó en su primer exilio propiciado por la Gran Guerra, allá en Moscú. Le tomó cariño, pese a lo burdo de su acabado era muy cómoda y funcional, así que en su regreso a Alemania ordenó que se la enviaran desde Rusia. Pues ahora, incluso la mesa, se quedaría allí.

No quería saber ya nada de Alemania… y cuando sintió el dolor, el desagradecimiento, la injusticia, rompió a llorar de nuevo, ahora con mayor intensidad y menor recato que ante la mujer. Tanto, que sintió vergüenza y se apresuró a apagar la luz del flexo para que la oscuridad de la noche de Dessau inundara el despacho y ahogara la angustia. Se sumió en la oscuridad para que lo dejaran llorar tranquilo. Llorar tranquilo, ese era el único consuelo que le quedaba.

Dos días después llegaron los hombres del NSDAP y se comportaron como vándalos en el interior de las instalaciones de la escuela. Vasili Kandinsky ya no se encontraba allí, pero muchos de quienes lo presenciaron no podrían contarlo.

Morirían pronto.