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domingo, 11 de noviembre de 2012

dos filólogos/dos besugos



(lugar: puerta del edificio d de la facultad de filología de la ucm. ellos: son pareja y hoy cumplen un mes juntos y para celebrarlo se hacen regalos. se mueven: bajo la ligera lluvia como dos pececillos aturdidos: realmente como dos besugos de agallas sangrientas que propinaran grandes bocanadas fuera del agua):

él –con tono arropiero-: toma, mi amor, el libro de carpentier, el reino de este mundo.
ella –con deje sorpresivo-: ¿y éste magnífico libro?
él –con soniquete sabihondo-: porque en el prólogo del libro se habla de ti, mi cielo…
ella –interrumpe excitadísima-: ¿de mí?, ¿en dónde?, ¿qué dice?
él –con enorme satisfacción por lo bien que le está saliendo el asunto-: … cuando carpentier habla de lo real maravilloso, que eres tú…
(se besan, etc.)

ella –con malicia amorosa-: pues este libro es para ti, mi vida (y le extiende rayuela, de cortázar).
él –falsamente sorprendido-: ¿rayuela?:
ella -con inocencia perversa-: es que hay un capitulo que es como tú…
él –sonriendo con malicia-: ¡como yo!, ¿cuál?
ella –satisfecha, repleta por lo bien que le está saliendo el asunto-: …el capítulo número 68, el del glíglico, es fascinante y cautivador, misterioso e intenso, como tú…

(¡¡¡¡¡¡¡MEEEEEEEEEEEEEC!!!!!!: ¡¡¡¡¡ERROR!!!!!)

él –con enfado tenue-: pero también es un capítulo incomprensible, enrevesado y hasta ligeramente ridículo…
ella –asustada-: bueno, sí, en cierto modo, a veces, eres también así…
él –rápido-: ¿ridículo?
ella –azorada-: ¡no, bobo! eres… algo complejo, si incomprensible, como ese capítulo…
él -ya cabreado-: ¡pues tú eres como los pilares de la tierra!-
ella –incrédula y molesta aunque todavía sin saber muy bien el motivo-: ¿cómo los pilares?...
él –interrumpiendo y con una sonrisilla de malicia-: descerebrada, gorda y estúpida
ella –rompiendo a llorar-: ¡pues tú eres el código davinci!
él –indignadísimo-: ¡ah no, eso sí que no!
ella –vengativa-: sí, eres como las novelas de dan brown, mentirosas, insensatas, asquerosas, pesadas, repulsivas…

(se miran fijamente y en silencio bajo la lluvia. boquean costosamente, como dos besugos, y bizquean, con grandes ojos inexpresivos, por el esfuerzo de la discusión; se arrojan los libros a la cabeza, los esquivan, se marchan cada uno en una dirección y allí se quedan los volúmenes, como dos platijas doradas por los reflejos de la luna de ceniza que se asoma –muy de vez en cuando- entre las nubes de tormenta).

final alternativo:

se arrojan los libros y, entonces, aparece un platillo volante que aterriza en el campus. de la nave desciende un viejo provecto embutido en una túnica que recuerda al vejestorio de la caverna de esa novelita de novalis, enrique de ofterdingen –sí, hombre, la de la coña de la flor azul y todo eso-; el viejo se acerca de forma reverencial a los libros, los recoge de los charcos, los rescata de la lluvia, menea la cabeza en señal de desagrado, fulmina con una mirada de reprobación a la pareja de besugos filólogos y se vuelve a su nave, que se eleva ante los dos muchachos atónitos; el platillo remonta el vuelo sobre el edificio de filología, alcanza los cielos de rayos y truenos, y se pierde en la inmensidad del espacio. los besugos amagan con hablarse, tal vez para pedirse perdón, pero entonces, va, y se acaba el mundo.


sábado, 26 de mayo de 2012

Ecuaciones literarias


Nos es dada la ecuación literaria Dacal-Picazo, llamada así en honor de su inventor, un oscuro creador de sextinas y de poesía meta-matemática. La ecuación que inventó, para pasar de un poeta mexicano a un escritor centroeuropeo (en principio) es:
            José Emilio Pacheco/checo=Kafka
Partiendo de ese principio, podemos pasar de un poeta a otro anterior en el tiempo:
            José Ángel Valente/lentes=Quevedo 
Y la utilidad es enorme, véase el transporte de un poeta a un escritor de Best-Seller (trasposición asaz delicada):
            Antonio Gamoneda/monedas=Dan Brown 
Y así: ad infinitum…
           

miércoles, 17 de agosto de 2011

Eso no es poesía


Nos encontramos en una esquina, hacía tiempo que no nos veíamos. Él llevaba un volumen de Ángeles y demonios debajo del brazo, diríase que hasta lo paseaba con orgullo.
Tío, que mala pinta tienes, me dijo, que ojeras gastas. Estuve toda la noche leyendo poesía, le contesté. ¿Poesía?, se extrañó, él me conocía bien, sabía de mi aversión por la poesía. Sí, me reafirmé, poesía, un libro de poemas de Bukowski. Entonces, se rió a carcajadas y me espetó: ¡Capullo! (lo recuerdo bien, sí, me llamó, exactamente: capullo). ¡Pero si eso no es poesía!
Lo miré a los ojos. El silencio de la esquina del barrio, tan pesado sobre nosotros. Señalé su mamotreto de Dan Brown y repliqué: No es poesía, no… es cierto, tan cierto como que eso que llevas bajo el brazo nunca será literatura.
Antes de darse la vuelta, malhumorado, me arrojó su incontestable conclusión:
¡No será literatura, pero esto lo leemos las personas normales!
Eso dijo: las personas normales. También me acuerdo muy bien.
Y ya lo sabía: esa noche me tocaría, otra noche más, una más, solitario y en vela, con el viejo hígadoensalmuera de Buk.