viernes, 23 de agosto de 2013

Carne Vs. Hierro (tres)


Asunto: Una Catedral contiene todas las iglesias del mundo.

Muy mal biógrafo de Kafka debes ser, amigo, cuando no entiendes que en efecto, la vi: vi esa pila de agua bendita, la del enano que, según tú, fascinó a Kafka. En efecto, allí está, no tienes más que dirigirte a la Catedral de Cefalú y buscarla en una esquina, junto a una columna. Y con un poco de suerte la encontrarás. Porque las naves son un juego de cajas chinas arquitectónicas, porque una Catedral es un gran  receptáculo que contiene, en su interior, todas las iglesias del mundo. Si, en efecto, estudias a Kafka, eso ya deberías saberlo. Y aunque ganas me dan de terminar aquí mi relación contigo, no sé, quizás por lástima, acabaré de relatarte mi viaje; pero que sepas cómo me acabas de decepcionar.


Tras callejear brevemente, encontramos el lugar que conocía Tiresias. Detrás de un rústico lavadero se abría una bóveda de entrada a la trattoria, bautizada con el curioso nombre de Il Comodoro al Pomodoro. 


Pasta y pescado, mariscos frescos, especias, aceite, vinagre, salsa de tomate (por supuesto) y mucha verdura. Una dieta italiana aderezada con las bonanzas de los productos marítimos de la zona. Il Comodoro salía en todas las fotos colocadas por las paredes. Se trataba de uno de esos curiosos personajes que a veces produce el mundo de la gastronomía. Aparecía risueño, con el pelo blanco y ensortijado, vestido de almirante, con un lacito estrafalario que le adornaba el cuello de la almidonada camisa. Allí, estaba retratado con Anthony Quinn frente a una mesa repleta de marisco fresco (los bogavantes aún con las pinzas atadas por unas gomas), acá, posaba con Burt Lancaster y un monumental plato de pasta, allá, envarado con Gina Lollobrígida, más allá aún, henchido de gozo con Michael Douglas, un poco más cerca, presumido en mitad del celebérrimo triunvirato que formaban Sharon Stone, Kevin Costner y Tom Hanks... y el salón del restaurante era presidido por una fotografía enorme de Il Comodoro junto a Sofía Loren, dedicada por ella con cálidas y admirativas palabras. A lo largo de las paredes, además, se extendían retratos y dedicatorias de todo tipo de personajes, desgreñados ídolos del rock, de los que tan sólo pude reconocer a Paul McCartney, abúlicos futbolistas y deportistas apersonales, además de alguna que otra estrella televisiva. Y me llamó la atención una dedicatoria que ocupaba un lugar marginal, en una esquina con poca luz, algo deslustrada, del escritor Umberto Eco. Reflexioné acerca del sitio a donde los famosos del cine y del deporte desplazaron al intelectual. Sí, ciertamente, siempre fue así, me ratifiqué... esas paredes eran como la vida misma, establecían toda una estructura de castas en función de la fama, de las actividades de cada uno. La camiseta de Zinedine Zidane, de la época en la que jugaba en la Juventus de Turín, autografiada por el fenómeno, se extendía como un pulpo blanquinegro aplastado sobre un muro. Pedro Almodovar y Penélope Cruz proyectaban sus sonrisas de comensales agradecidos desde unos retratos que acusaban un cierto mal gusto. Sus caras estaban como deformadas, tal vez fueron fotografiados desde demasiado cerca. O eso, o acababan de sufrir un accidente que los convertía en grotescos monstruos, en esperpentos... quizá una súbita alergia al marisco. Y el sin par Comodoro ocupaba su lugar en la tumba, así que debía contentarse con proyectar su sonrisa amarilla desde las reliquias desvaídas en las que se abrazaba a Clint Eastwood y a Sean Connery, en un ambiente de franca camaradería. El restaurante cayó en manos de los herederos, que bien pronto iban a venderlo al capital extranjero, para dejarse así de complicaciones de una vez por todas. Para mí fueron unos fettuccinis a la salsa Alfredo y un extraordinario carpaccio de carne de buey espolvoreado con queso parmesano y espinacas en un marinado especial comodoro. Tiresias, primero sacudió un buen chorro de aceite de oliva en su plato y, a modo de antipasti, untó terrosos pedazos de un pan esponjoso y crujiente, después, trasegó un plato de espaguetis con almejas y gambas y un strogonoff, todo ello regado con un buen vino, un Rosso del Conte de 2005, y sendos tiramisús de postre, coronados con las consabidas copas de grappa Castellare (la del pajarito en la etiqueta) y los pastosos expresso.


Así, terminaba aquel extraño correo gastronómico-cinematográfico. No quise responder a sus insultos ni a tan curiosas reflexiones. Casi sin haber terminado de leerlo, me llegó el último mensaje.     


Carne Vs. Hierro (dos)



A las pocas horas, un segundo email llegaba a mi bandeja de entrada. Asunto: Tumor de piedra (debo añadir que yo había sido, recientemente, operado de un tumor en la columna vertebral, por lo que ese encabezado recorrió mi espinazo como una descarga).

El chofer de Tiresias nos dejó delante de la catedral normanda de Cefalú. Durante el trayecto desde Palermo mi guía no dejó de mostrarse como un hombre amable, excelente conversador y de una cultura exquisita: en varias ocasiones sus reflexiones giraron en derredor de la Eneida, de la Odisea, sobre Dante y Petrarca e, incluso, los poetas sicilianos que florecieron en la corte de Federico II Hohenstaufen como antecesores del dolce still novo. Yo escuchaba encantado, hablaba de Pier della Vigna, Giacomo da Lentini, Guitonne de Arezzo, y luego Guinizelli, Cavalcanti… sabía que yo era escritor y que esos asuntos podrían interesarme. Lo que ignoraba era el tipo de escritor que yo era, oscurecido, tan alejado de un “cor gentile”.

La catedral de Cefalú, incrustada, empastada entre las casas, entre los tejadillos rojizos, una excrescencia, un enorme tumor de piedra pardusca que le había salida al pueblo en su mismo hueso: esa es la impresión que me dio la construcción. Me desasosegaba.

Y una extraña estatua en la escalinata de acceso todavía acrecentaba mi malestar.


¿Quién es?…bueno, ¿era?, le pregunté a Tiresias. ¿Y qué más da?, me repuso. En cualquier caso, su tiempo ha pasado ya, ¿no cree? Tiresias advirtió mi inquietud y con un gesto tranquilizador me invitó a recorrer el interior, un interior dominado, fagocitado por el Pantocrátor del ábside, de quien todo el mundo en Cefalú estaba taaaaan orgulloso.

Un caramelo policromado, un dulce empalagoso de dorados.


Justo debajo, representados como murciélagos o tarántulas, los arcángeles…  


¡Elija la vida, rechace la muerte!, escuché el grito. ¡Silencio! ¡No hable en alto, está en un lugar de oración! La mujer, de rostro asediado por la vejez y la piel ajada de soles y por el trabajo en el campo, no dejaba de chillarle al vigilante del duomo sus ¡elija la vida, rechace la muerte! El vigilante reaccionó con brutalidad: un empujón desplazó a la mujer, que patinó por los escaques de la Catedral en un grotesco curling siciliano. Quedó frente a una imagen de Santa Ágata. A voces, se dirigió a ella: Soy María Fernanda, madre de tres hijas y te pido que tengas compasión... El vigilante la sujetó del brazo para despacharla. La gente miraba con asombro, indignación y compasión. ¡Le he dicho que se calle! La mujer, al sentir la presa metálica en su piel, se revolvió y le chilló al guardia: ¡Elija la vida, no la muerte! Pero él no tuvo necesidad de elegir. Un golpetazo en la cara sumió a María Fernanda en la espiral de la vergüenza. Y fue, tal vez, como si todo el azúcar de las cúpulas se desmoronara sobre ella. Y yo, pobre estúpido, tan sólo pude refugiarme del dolor agudo de aquella escena arrastrando mis pensamientos por las frescas losetas de la Catedral y fijando la vista en un elemento sorprendente: se trataba de la figura de un enano que cargaba a sus espaldas con la  pila de agua bendita (te adjunto foto).


Tiresias ayudó a levantarse a la mujer y, algo desagradado por la escena que acabábamos de presenciar, me comento que quizás fuera buen momento de abandonar el lugar y dirigirnos a un restaurante que el conocía en donde podríamos recuperar fuerzas…

Por cierto, me preguntas que cómo me llamo: puedes llamarme Agesilao, Agesilao Degli Incerti.
           
¡No, no, no!; le escribí como respuesta a tan descarado correo. Has cometido un error al mandarme la fotografía de la pila bautismal del enano. Has topado con un estudioso sobre Kafka, lo siento amigo Agesilao –si es que te llamas en verdad así, cosa que dudo-. Esta figurita fue lo que más le llamó la atención a Kafka cuando la vio por un Kaiserpanorama, el artefacto de fotografías en tres dimensiones que hacía furor en su época. Reseñó en uno de sus diarios que el enano de la pila bautismal le parecía enormemente vivo… la fotografía exhibida en el Kaiserpanorama era de la iglesia de Santa Anastasia en Verona (te adjunto la foto verdadera que vio Kafka, la tuya, desde luego, también es de esa misma iglesia veronesa). 

Carne Vs. Hierro (uno)



Mientras hurgaba en los anaqueles, más que polvorientos, desvencijados, de la librería de usados regentada por mi amiga Beatriz Viterbo, topé con una novelita de Lawrence Durrell titulada Cefalú. Me estremecí de inmediato. Beatriz, que solía acompañarme, colocada silenciosamente a mi lado durante mis requisas sobre las cajas que apilaban esos volúmenes maltratados por la historia literaria, notó mi malestar. Es cierto, allí, entre Madrid Costa Fleming de Palomino, La sangre de Elena Quiroga, La noria de Romero, Central Eléctrica de Pacheco, o Medico de cuerpos y almas de Taylor Caldwell, las palabras “Cefalú”, impresas en la cubierta de un libro doblemente amarillo (por el estridente color elegido para sus tapas y por efecto del maltrato del tiempo literario) me causaron una inquietud enorme...

Esto tenía una explicación: mi vinculación con ese lugar, con Cefalú, pues soy poseedor de una historia que, en la trastienda de la librería, la propia Beatriz Viterbo me obligó a rememorar, junto a varios tragos de un Henessy tan cálido como pentotálico. Cefalú… Cefalú… ese nombre despertaba en mí las terribles visiones de sangre y fuego, combates en donde la carne chocaba y se quebraba, ensangrentada, contra el hierro...
             
Hacía unos años: estaba leyendo a Lawrence Durrell, su Carrusel Siciliano que ya era de por sí una pesadilla pedante y literaria, y aún no entiendo cómo sucedió, pero en cuanto advertí en la solapa del libro que el autor poseía una novela titulada Cefalú sentí el deseo desesperado de hacerme con ella de inmediato; a lo largo de mi vida había soñado recurrentemente con ese lugar, con Cefalú, y nunca había sabido el motivo de tal obsesión. Quizás, con la lectura de ese libro, empezaría a avistar una solución, una respuesta al enigma. Entonces ignoraba que, sorpresa, el libro de Lawrence Durrell ni tan siquiera trataba sobre Cefalú, era un disparate sobre un laberinto de Creta en donde una docena de turistas imbéciles acababan muriendo... Lawrence, hiciste bien aquello del Cuarteto… bueno, hiciste bien Justine, Clea un poquito peor, después Balthazar… pues eso... y de Mountolive ya ni hablamos. Lo que hiciste de verdad, bien, fue tener un hermano como Gerrald. Eso sí que te salió bien. Y pensé que, por qué no, un buen lugar por donde comenzar a pergeñar algo de esa novela, de Cefalú, sería en Internet, en Iberlibro me haría con un volumen de segunda mano. Busqué en varios foros de viajeros por Sicilia, tecleé en Google la palabra Cefalú y obtuve miles de enlaces. Tras mucho investigar: allí estaba. Un blog titulado Mi extraño viaje a Cefalú. Accedí a él, pero la página estaba en obras. Un sencillo mensaje me remitía a una dirección de correo con un aviso: si de verdad te interesa mi extraño viaje a Cefalú, escríbeme.

¡Pues claro que me interesaba! ¿De qué extraño viaje se trataba? ¿Qué le había sucedido a ese individuo para que lo calificara así? Le mandé un correo. Pasaron dos días y, cuando ya creí que no me respondería, ¡zas!, allí estaba la respuesta. Asunto: Palermo huele a sardinas, ese era el título de su correo. Estimado amigo, empezaba diciendo, y continuaba así:

Palermo huele terriblemente a sardinas. Pero no a pescado fresco, que va, eso sería soportable, huele a fritanga de sardinas. En cualquier portal, rellano, casa o patio interior, un palermitano sumerge sardinas en aceite hirviendo y genera una humareda maloliente… el pestazo a fritura me hartó tanto, me saturó, hasta no poder aguantarlo más. Necesitaba marcharme de allí, de la ciudad, aunque fuera por unas horas. Soy escritor… pero no un escritor de esos que te imaginarás, ahora, al leer mi correo, adornado con la erótica de la literatura, emborrachado de éxito y publicaciones… no, ni mucho menos, soy un escritor por encargo: lo peor del negocio. Igual redacto manuales industriales que reviso prospectos farmacéuticos o, ese era el asunto que me llevó a Palermo, escribía como negro la biografía de un personaje célebre. Sea como fuera, estaba encerrado en ese maldito hotel Termini que se caía de viejo (sí, la editorial no se caracterizaba por ser muy generosa) y aquel sábado por la mañana no aguanté más la reclusión y telefoneé a mi agente. Me prometió que, en media hora, una persona iría a buscarme para llevarme a un pequeño recorrido turístico. Era mi recompensa a una semana de trabajo escribiendo las memorias de un conocido industrial que tenía un oscuro pasado enlazado con la mafia; pasado que no debía mencionar, obviamente. Al poco rato me avisaron de la recepción. Un hombre venía a buscarme. Sí que se han dado prisa los de la editorial, pensé, señal de que les importa mucho esta biografía que estoy elaborando… Me encontré con un hombre alto, embutido en un traje algo pasado de moda, con cierto aire de gentleman británico, pero como de los años sesenta. Totalmente calvo, rubricaba su cara con unas enormes gafas negras de gruesos cristales, horribles, que lo convertían en el estereotipo más clásico de un completo miope. Me saludó cálidamente, me dijo que se llamaba Tiresias y añadió: el chofer nos espera. ¡Un chofer y todo! Vaya, la editorial había tirado la casa por la ventana, se ve que me tenían aprecio. Acomodados en el vehículo, le pregunté a Tiresias, mi cicerone, que a dónde nos dirigíamos. Ummm, pareció dudar un instante, iremos a Cefalú, resolvió, ¿entendido Tommaso?, le dijo al chofer que, tras asentir con la cabeza, arrancó en dirección a esa localidad, a unos 70 kilómetros de Palermo.

Así acababa el primer correo.

Espero con impaciencia que me sigas contando tu viaje, me apresuré a responderle. Y dime como te llamas, por favor.

jueves, 22 de agosto de 2013

Arte de la Memoria literario

“El canon, una vez lo consideremos como la relación de un lector y escritor individual con lo que se ha conservado de entre todo lo que se ha escrito, y nos olvidemos de él como lista de libros exigidos para un estudio determinado, será idéntico a un Arte de la Memoria literario”.

Harold Bloom
El canon occidental
Anagrama, Barcelona 2009
Traducción de Damián Alou.
5ª Edición, pp. 27.