domingo, 18 de noviembre de 2012
vacío
miércoles, 4 de abril de 2012
Diccionario de neolengua: Relojo

Relojo: Dícese de los ojos que, al estilo del benjaminiano Ángel de la Historia de Klee, miran hacia atrás para contemplar la devastación de una vida a sangre y fuego y, a la par, miran hacia delante para medir el tiempo con la sabiduría del advenimiento de una era de extremo dolor, de un futuro de suelos resquebrajados, de arideces y empeños agostados, la sequía contumaz refrescada por la esterilidad de la sal que se abisma desde de las mejillas. Dícese de mis propios ojos.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Bicho asqueroso

martes, 5 de julio de 2011
Lágrimas sobre el abismo (Ténev III)

Espigado de Casa del Partido, de Georgi Ténev:
De este sencillo descubrimiento hasta se paran las gotas en los ojos. Está tan vacío el interior que hasta llorar sobre tal abismo es superfluo: sencillamente las lágrimas no tienen ni donde caer. No hay fondo.
sábado, 24 de julio de 2010
Lloraba de los ojos (en San Mateo)
Cuando el Cid abandonó Castilla, camino del helado destierro, lloraba de los ojos. Cuando MacArthur perdió las Filipinas, henchido de impotencia, lloraba de los ojos. Cuando Napoleón capituló en Waterloo, el orgullo de rodillas en tierra, lloraba de los ojos.
Caminé como un autómata, bloqueada la capacidad de pensar, por la calle Hortaleza hasta abajo. Me detuve, como si me faltase la cuerda, con mis baterías agotadas, sin mirar atrás, frente a la calle San Mateo. Me fije detenidamente en la placa. “San Mateo”, me dije, “sí, San Mateo”, lo recordaré para siempre muy bien. Porque en San Mateo brotó mi tristeza, se atragantaron los pensamientos, se quebró la plétora del pecho y las oleadas desbordaron en gruesas lágrimas.
San Mateo sí, en San Mateo, en su esquina me apoyé y lloraba de los ojos, inconsolable, indefenso, como el Cid, porque “llorando de los ojos, con un dolor tan grande, así se separan como la uña de la carne”.
En San Mateo, lo recordaré bien. Si, allí fue. En San Mateo, nunca lo olvidaré.
Y por eso lo escribo ahora, he reunido un puñado de fuerzas, lo he rumiado como una bola amarga que me he tenido que tragar.
Ahora, que todavía no me fallan las lágrimas.
lunes, 10 de mayo de 2010
Alguien lloró por mi sangre derramada

Yo, que tantas veces he sido salvado por la literatura, al final he sido condenado por ella. Una vez me rescató de abismos de tejados y azoteas, otra de cuchillos y cortes... incluso me protegió de alguien que lloró por mi sangre derramada. Pero, de repente, esos cuchillos anidan ahora en mí, esos abismos enladrillados se perpetúan en mi cabeza y en mi ánimo, y la sangre derramada... la sangre derramada.
Yo, que fui salvado, lo admito, por lo mucho que tenía por escribir, ahora estoy condenado por lo mucho que tengo por escribir. Y sencillamente, no puedo. Ni quiero.
Guardaré un tintero con la sangre derramada para que alguien escriba, algún día, las más bellas palabras, esas que pudieron salvarme y no lo hicieron, las que pudieron redimirme y no quisieron. Palabras, palabras, palabras... palabras y frases estériles como losas de mármol de cementerios, sentencias inacabadas, sentencias de muerte.
Una vida en blanco y negro enrojecida por la sangre derramada. La condena está en la literatura, esa que en otra ocasión me salvó.
Ahora no podrá ser ya.

