Mostrando entradas con la etiqueta Noches del Botánico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Noches del Botánico. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de septiembre de 2017

UB40: la fiesta del Jardín Botánico o al fin hay playa (del caribe) en Madrid



*Esta cónica apareció, originalmente, en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/ub40-la-fiesta-el-jardin-botanico-o-al-fin-hay-playa-del-caribe-en-madrid/


UB40 tiñeron de arco iris la noche de julio de Madrid. Su música, esparcida por el recinto del Real Jardín Botánico, fue un fresco rocío con el que poder sobrellevar la angustia del verano. Su optimismo, las notas de un pentagrama de alegría que brillaba sobre el escenario. La banda de nueve, la banda de Birmingham, un grupo de amigos que bromeaban con el reggae de sus canciones y que disfrutaban, enormemente, haciendo feliz a su público.

UB40 siempre han sido un misterio para mí. La ciudad de Birmingham es una localidad con pátina cenicienta, oscura, pintada por el óxido y el carbón de sus fábricas a pesar del moderno barniz turístico. Una ciudad construida a golpe de Revolución Industrial, una ciudad de chimeneas y hornos con cierta hostilidad, más proclive a una música dura que a algo tan inimaginable en ese ambiente como una banda de reggae. No en vano, es la ciudad del heavy metal: Black Sabbath y Judas Priest son de Birmingham. En la furia de sus canciones parece que podría albergarse mejor la protesta del rebelde.

Imagino a los chicos de UB40 en aquellos primeros días del grupo, en los principios de los años 80. En un pub, jugando lánguidamente al billar entre pinta y pinta de cerveza mientras afuera llovizna sin cesar. Son jóvenes sin empleo, en los albores de la era de Margaret Thatcher. Y lejos de abrazar la depresión, deciden bautizarse con el nombre del impreso que debían rellenar para obtener un subsidio en la oficina del paro: Unemployement Benefit, Form 40. Y abrazan el reggae como forma de alzar la voz. Será una voz diferente a las guitarras eléctricas y al doble bombo. La respuesta jamaicana al Acero Británico de Judas. El reverso colorista al Oscuro Sábado.

Los nueve músicos aparecen sobre el escenario y, en otro de los fascinantes misterios de UB40, al minuto de comenzar el concierto con Food For Tought, el público ya está entregado, bailando, puesto del revés. La noche de julio en Madrid, el verano en la capital, es triste. Siempre lo ha sido. De camino al Botánico las chicharras se esforzaban con tenacidad para que su presencia formara parte de la ciudad. Nada presagiaba la tormenta de sonidos caribeños que estaba a punto de desencadenarse. Un extraño huracán que te absorbe y, cuando lo hace, cualquier cosa puede ocurrirte.

Porque en un concierto de UB40 se crea un ambiente de aquelarre del baile, un tornado que arrastra a todo el mundo. Apenas interpretan la segunda canción, Maybe Tomorrow, y un espectador que está a mi lado, solo, cimbreándose al ritmo y sin mediar una palabra, me ofrece un afable trago de su cerveza. No me está ofreciendo un simple sorbo, me está haciendo partícipe de aquello que nos atraviesa de parte a parte como un rayo.

Después, al compás de Come Back Darling, una mujer vestida de un rojo musical me saluda creyendo que soy un amigo suyo, chef de un restaurante, especialista en cocinar el rabo de toro. Evidentemente, yo poco se de cocina…, al percatarse de su error me insiste en que tengo un twin, es decir, un gemelo barbudo como yo.

Un gemelo… Eso me hace pensar a la vez que suena la emocionante Cherry, Oh Baby, en cierto modo una canción espejo de aquella versión del disco Black and Blue de los Stones, que a su vez es una versión de la original de Eric Donaldson, en un juego infinito de cajas de música que se contienen unas a otras. Gemelos, eso es lo que son UB40: los gemelos buenos de aquellos desalmados de principios del siglo XX, los Peaky Blinders, más allá del respeto histórico, o no, de la excelente serie de televisión. Existe ese concepto literario, acuñado por el novelista alemán Jean Paul en 1796, el de Doppelgänger, doble andante o gemelo maligno, que aparece en su novela Siebenkäs.

En efecto, es muy posible que yo sea el gemelo maligno del chef, al menos a la hora de preparar el rabo de toro, pero los UB40 son la inversa, un negativo —en este caso positivo— de los Peaky Blinders. Sobre el escenario, un baúl del grupo en el que puede leerse: UB40. Birmingham.

Los Peaky Blinders eran una banda de matones (creo que el término gánsteres les queda algo grande), y en la serie de la BBC muchos de ellos son hermanos, todos familia de una u otra forma. Algo tiene Birmingham que alimenta ese espíritu de asociación, reunirse alrededor de algo se convierte en una razón de vida. Algunos de los mejores grupos de Birmingham son tropel: Dexys Midnight Runners, The Beat o la ELO.

UB40 son como los Peaky Blinders, ya lo he dicho, pero en bueno: Sus puñetazos son golpetazos de sonido que prorrumpen del portentoso grupo de metales —Brian Travers, Martin Meredith y Laurence Parry, para dos saxos y una trompeta—. Las arengas raperas corren por parte del bajista Earl Falconer, fraseados con los que somete a la gente, rendida gozosamente a la dictadura de la calypso party.  Y al frente del grupo el cantante Duncan Campbell y el guitarra, Robin Campbell, que no ejecuta un punteo en todo el concierto, pero su guitarra reggae se encarga de rellenar los espacios de las composiciones, proporcionando el auténtico sonido UB40, como un muelle, como una cama elástica en donde nos apetece saltar, brincar.

Acostumbrado como estoy a presenciar actuaciones de gran complejidad técnica y virtuosismo, casi agradezco con una sonrisilla de niño malo que aquí los músicos tengan que preocuparse de mostrar su maestría de otra forma: con un buen sonido, lanzando sus instrumentos contra la avanzadilla de escépticos o rancios que, sentados en la grada, parecen resistirse a celebrar la fiesta a la que acaba de invitarlos el grupo. Y Homely Girl termina por derrotarlos. Agitan sus manos rendidos.

Otro de los misterios de UB40 es su capacidad de realizar una versión de cualquier canción. Son un grupo que posee una enorme batería de magníficos temas propios, pero fueron las versiones de una canción de Neil Diamond, una de Sonny Bono, y otra de Elvis, las que los auparon al éxito de las listas de ventas y otorgaron el reconocimiento mundial. Por eso, su último disco Getting Over The Storm, de 2013, repleto de versiones del country, es tan brillante. De lo mejor que han grabado en los últimos tiempos. Así, suenan las preciosas Midnight Ranger y Blue Eyes Crying In The Rain, cuya paternidad pertenece a los Allman Brothers y a Fred Rose, aunque la última canción es mundialmente conocida por la interpretación de Willie Nelson.

Please Don´t Make Me Cry, Sing Our Own Song y Johnny To Bad redefinen el concepto de sing-alongs, ese tipo de canciones que permiten que el público coree a viva voz los estribillos, como si fuera un extraño asunto de honor el alcanzar un determinado número de decibelios arrancados a llaga viva de sus gargantas. UB40, en esos instantes, no son los nueve de Birmingham, sino los dos mil de Madrid.

Con Reggae Music y Baby se produce la comunión completa. El bajista abandona su instrumento futurista sin trastes y cambia su aspecto de Matrix por el de un rapero, para cantar como poseído por un espíritu caribeño que lo sube en una ola en donde surfea con el recuerdo de Bob Marley y su cabaña playera, junto al mismísimo Negus y las llanuras de Abisinia. Miramos al suelo y descubrimos nuestros pies calzados con chanclas, miramos alrededor y todos, absolutamente todos, vestimos camisas rastafaris de vivos colores y atrevidos estampados. Bom Shaka Laka es la rúbrica al manifiesto de ron y leche de coco que ha redactado el grupo. Y todos hemos firmado, también, a pie del documento. Somos los revolucionarios del Caribe. ¡Larga vida a Desmond Decker, The Wailers y Peter Tosh!

Red Red Wine en el país del vino. ¿Qué más se puede decir? Somos soldaditos ebrios que celebran el dia de paga, somos un equipo que acaba de ganar un título, somos gente sencilla que sólo busca divertirse. El aroma de esos pubs británicos ya no es a salmuera y cerveza pisoteada entre el serrín: los locales de Birmingham huelen ahora a Rioja y a Ribera del Duero; se prodigan los abrazos, las cadenciosas fases de la borrachera, la exaltación de la amistad, mientras el grupo regresa para los bises. Viva la cultura del vino. Y viva Neil Diamond que, en una caliente noche de agosto, descorchó esta canción y nos la sirvió en generosas copas que apuramos una y otra vez hasta el final. Y repetimos y repetimos y repetimos.

Más enigmas de UB40: pese a lo luminoso de su música, son un grupo con abundantes canciones de amor, de corazones quebrados, de eso que se denomina como lovers rock, cierto tipo de reggae romántico. La primera pieza del bis así lo demuestra: es la obsesiva Don´t Break My Heart, que suena profunda y desgarrada. Una especie de terciopelo de hierro, un flan con relleno de piedras. Gelatina de almas rotas.

Otra forma de amor es la añoranza de un lugar en la distancia, esa morriña, que se pone de manifiesto en Kingston Town, interpretada hasta poner el vello de punta a los asistentes. Todos anhelamos estar en Kingston Town. La saudade de Jamaica: el fado, por qué no, hermanado con el reggae. El viño verde con el ron. Las tascas de Alfama con los pubs de Broad Street. Y el bacalao toma de la mano el Balti, la salsa de curry y chocolate.

Así, exactamente así, es la última canción del concierto, que resume toda la filosofía del grupo: (I Can´t Help) Falling In Love. Es una versión de Elvis Presley, es un tema arreglado con un poderosísimo line up de metales desbocados, es una composición interpretada como un lovers rock que mezcla su parte de sing-along con la saudade de su canto melancólico, y que pone al público al borde de la epilepsia. Y además, es suave como la espuma de una pinta de cerveza y dulce como un chocolate Cadbury, y raspa en el corazón como el picante del chile.

La gente se desperdiga a la salida del concierto por ese Madrid triste de sus noches de verano. Sin embargo, hoy, todos creemos que caminamos por la arena de una de esas playas jamaicanas, aunque nos suban por el cuerpo los vapores desde el asfalto recalentado por la monotonía de la jornada vencida. En unas horas, la ciudad despertará de nuevo, con el yunque de la rutina, pero en los corazones nos rebrincará la guitarra reggae de UB40, y el contundente latido de sus saxofones nos hará mucho más agradable el futuro del día.


sábado, 2 de septiembre de 2017

Bryan Ferry en Madrid: el aroma de la flor azul de la poesía

 

*Esta crónica se publicó, originalmente, en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/bryan-ferry-madrid-aroma-la-flor-azul-la-poesia/


Bryan Ferry en Madrid: el aroma de la flor azul de la poesía

Y la música de Bryan Ferry se desbordó por Madrid con su oleaje de tafetán y terciopelo. El cantante británico ofreció, dentro de la serie de conciertos de Las Noches del Botánico, una actuación cargada con esos besos de algodón que son las canciones de Roxy Music, con las caricias a contraluz de sus propios éxitos, y con una repertorio de versiones interpretadas bajo los brillos optimistas de una enorme bola de discoteca: todo ello, para firmar una hora y media herida con el dulce decadentismo del dandy; 90 minutos enfermos de belleza.

Esa bola de discoteca que pendía en lo alto era un mensaje: la música de Bryan Ferry, ya fueran los temas de Roxy Music o sus canciones en solitario, es una perfecta construcción para el baile. Para un baile contenido, que por momentos se vuelve rabioso y fulgurante. Que de repente vuelve a reposarse. Si la música de Bryan Ferry fuera una bebida, sin duda, sería una copa de Goldwasser, el licor con partículas de oro de Danzig: con todo el mordisco anisado, con toda la suavidad de las láminas doradas que flotan y se desprenden a su alrededor.

"Blanqueaban las frágiles tazas de china sobre el terciopelo color de sangre de la carpeta y en el fondo del frasco de cristal tallado, entre la transparencia del aguardiente de Dantzig, los átomos de oro se agitaban luminosos, bailando una ronda fantástica como un cuento de hadas".

Con The Main Thing empezó el poema del músico, que encadenó a un Slave To Love que actuó con el hechizo de los ojos de una cobra sobre los asistentes. El escenario era hipnótico, ya no se podía apartar la vista de aquel jugoso dulce prohibido que rezumaba sensualidad. Porque si Bryan Ferry fuera poeta (¿acaso no lo es ya?) sería un modernista de esos que a principios del siglo XX luchaban contra el mal de la vida defendiéndose con la belleza. Ferry entiende la vida como una obra de arte, igual que Oscar Wilde o Ruben Darío.

Al lado del Hombre-Arte se desplegaba una banda de una solvencia y perfección deslumbrantes. Nueve músicos apoyaban las tesis modernistas de Ferry, empeñado en convertir el recinto del Jardín Botánico en un cuadro de Dante Gabriel Rosetti. Tal vez era Proserpina quien, a veces, se aproximaba hasta el mismo abismo del escenario para seducirnos con su mirada de pentagrama.

Junto a Proserpina, o Jora Chalmers —empeñada en conducirnos a los eclipses dorados de su saxofón—, toda la delicadeza de Marina Moore al violín, como una Euterpe en todo su esplendor. Y el grupo de centauros mantenía al atardecer un coloquio con la música, encabezados por Quirón a la guitarra: Chris Spedding; bien secundado por el otro guitarrista, Jacob Quistgaard, o tal vez Lícidas. Al bajo, el centauro Neso, Neil Jason, y Luke Bullen en la batería, el certero Astilo. En los coros, Fonzi Thornton y Bobbie Gordon, como si fueran Eurito e Hipea (¿o realmente lo eran?), y al teclado ese Odites que obedece con el nombre humano de Chirsitian Gulino.

Cuando el brillo de Slave To Love se extinguió, aparecieron esos aguafuertes que son Ladytron y Out Of The Blue, de la época en que Roxy Music querían asaltar el Olimpo del Glam-Rock, aunque sabían perfectamente que estaban condenados a una vida de Art-Rock sofisticado en la que, como el escultor Pigmalión que acabó enamorado de la belleza de su propia escultura, ellos se engarzarían para siempre al sonido diamantino de sus composiciones.

Después, la versión de Simple Twist of Fate, de Bob Dylan. Es en las reinterpretaciones de los clásicos en donde aparece un Bryan Ferry-Ovidio. En efecto, es como el poeta romano, porque consigue las metamorfosis de las canciones. Toma una pieza que es garganta y nariz, contenida como la fuerza de un buey, y la transforma en un río de guitarras eléctricas y cristalinas aguas de violines.

De una tacada, varias canciones de la etapa en solitario de Ferry, un par del disco Boys And Girls y otro par de Bête Noire, para desde aquí, destapar la cornucopia que derramó los grandes momentos del concierto, un elixir compuesto exclusivamente con canciones de Roxy Music y algunas versiones memorables. Primero, Stronger Through The Years, a continuación el tema de Neil Young, Like a Hurricane. De nuevo ese Ferry-Ovidio consiguiendo la metamorfosis: de una composición áspera como la piel escamosa de una serpiente, aparece el gran felino, la pantera negra apoyada en un saxofón nocturnal, con todo el escenario virado en azul.

Azul. Ese es el color de los poetas modernistas… Si Bryan Ferry fuera un color sería el color azul. Como esa flor azul del poeta romántico Novalis que, en su novela lírica Enrique de Ofterdingen, representa la armonía del hombre con la naturaleza. Los músicos, los centauros, son ahora sombras recortadas sobre el fondo azul del escenario, y parece que acaban de hallar el sentido de la poesía.

Las canciones que le hemos robado a Bryan Ferry para prenderlas de nuestras vidas —ya para siempre, sin remedio— se suceden en un vuelo de gaviota: More Than This, Avalon, Love Is The Drug. Una gaviota, en efecto, porque si Bryan Ferry fuera un pájaro sería gaviota, una gaviota chejoviana. Porque la gaviota de Chéjov significa el impulso creativo, la vida consagrada al arte.

Llega el final. Frenética se agita Let´s Stick Together, la versión del clásico demuestra que el gran guepardo sobre el escenario es capaz, todavía, de morder, de golpear con un zarpazo de sus garras y, cuando ya nos tiene rendidos, expuesta la yugular de nuestros cuellos a su mordisco, tan vulnerables, entonces, aparece Jealous Guy. La canción de John Lenon es una puñalada de hielo en la audiencia, congelada por el lamento de un cantante que se transfigura en el sofisticado José Asunción Silva, el escritor que inició y terminó su novela De sobremesa con unos párrafos en donde flotaban al trasluz las partículas del licor de oro. Porque todo en la música de Brian Ferry sucede al trasluz, en el juego de los claroscuros que envenenan de penumbra nuestros deseos de romanticismo.


Los silbidos de la parte final de Jealous Guy, interpretados por un Bryan Ferry colosal y a la par indefenso, prenden de las memorias esas anisadas láminas de oro. Al terminar el concierto abandonamos el recinto del Jardín Botánico con esa flor azul que nos acaba de brotar en el pecho. Respiramos su aroma dulce mientras, Bryan Ferry, el poeta, el músico, el orfebre, hunde las manos en los bolsillos de su chaqueta y, repitiendo los silbidos de Lenon, se encamina tranquilo por la oscuridad de los callejones. En lo alto, la luz de la luna guía a la figura del hombre que se aleja, que persigue a su vida, empeñado en tornearla como una obra de arte.

Roger Hodgson: The Adventures of the Super Tramp in the Botanical Garden



*Esta crónica del concierto de Roger Hodgson apareció, originalmente, en el sitio achtungmag.com. 

Después, y traducida al inglés por Ana López, fue publicada en inglés en la página oficial del artista:

http://www.rogerhodgson.com/documents/reviewachtungmadrid.html

Roger Hodgson, who was the leader of the band Supertramp in the seventies and in the early eighties, the Super tramp, successfully faced one of his musical missions in Spain. The chosen venue was the site of the Botanical Garden of Alfonso XIII in Madrid, within the Festival of Las Noches del Botánico. For a little more than two hours he made a nostalgic trip around Supertramp's greatest hits, not forgetting the best songs from his solo career. 

1. The adventure begins: Crisis, what crisis?

The Super Tramp demonstrated, with the opening of the show, that magnificent Take The Long Way Home (first of the songs that he interpreted of the masterful Breakfast In America) that the musical superpowers that he treasures continue at full power. A sharp voice with certain smooth tones, fast fingers and inspired on the keyboards and, above all, solid compositions such as rock stones. Songs that have stood the test of time like being inside an American cedar barrel. They have matured, gained in body and taste, and now they discover, in all their relief, a colorful symphony.

In his first speech to the audience he expressed his intentions, the object of his fight on the stage. We are immersed in a time of crisis and problems, he told us, but in the next two hours of the show he intended to make us separate those anxieties from our hearts and then defeat our personal crisis. He only needed to ask himself - as he did with Supertamp in 1975, with the album Crisis, What Crisis? - where the crisis was, because he thought to beat it after one allowed himself to be healed by spell of his music.
But there's no a superhero who stands proud presents himself in his battle against the forces of crisis and bad times without a team, a whole Fantastic League. So, the Fantastic Four who helped Roger Hodgson in the titanic task were: Kevin Adamson on keyboards, with the powers of his multiple arms dealing with the piano or synthesizers;Aaron MacDonald and his musical blow, developed in impeccable saxophone, clarinet or harmonic solos; David J. Carpenter and his percussive fingers on the bass and, finally, the defense of the squadron, at the drums, Bryan Head, raising a wall of sound with its drums executed with simplicity and style.

The Super Tramp launched his first demolishing attacks against the crisis using one of the heavyweights of the repertoire, the song School, from the 1974's Crime Of The Century. That piped, childish voice was the best remedy to fight all ills, and if it's joined the mythical harmonica, there was no doubt about the ravages he would make in the audience. From this second song the audience was already surrendered to Hodgson.
2. Episode two: love comes to the rescue and makes us wake up

But the weapons of the Super Tramp were many, a whole arsenal of delicate compositions, with their touches of complexity, very well wrapped by the band, always in a perfect tone, filling the gaps left by Roger Hodgson. Alternating with some songs of his solo career, the musician from Portsmouth attacked Breakfast In AmericaHide In Your Shell —it was especially nice to meet this song that embraced us as if an old friend came to meet us — andThe Logical Song. If the monster of the crisis and problems still stood, with this last song sank its knee down on the floor. The songs from Crime Of The Century and Breakfast In America were lethal, perfect to fight these bad times of tribulations.
After the high moment of The Logical Song, the Super Tramp started with an intimate and introspective approach to love, the other vehicle necessary to obtain a complete victory. He linked two very lyrical compositions, Teach Me To Love Again and Lord Is It Mine. The first song had a peculiarity: no one could have heard it before because it was not yet recorded. It was an absolute brand new track. The delicacy of the song was perfect for Lord Is It Mine, one of the most tender compositions of Supertramp, and also, in a way, a kind of prayer for the connection of all soulsLove, that universal language.

And that love, must manifest itself as well with the animals, in a certain way a metaphorwas put on our wild interior and now domesticated by the problems, the fears and the obligations. Roger Hodgson formulated the dilemma to the audience: If being all of us wild animals and caught prisoners ... Would we prefer death before ending up in a zoo? Then, no one could resist thinking if his life was developing in a zoo, trapped in a cell, condemned by routines and anguish, while the chords of the ballad Death And Zoo were growing up to overflow the stage with the elephants' trumpets and the sounds of the jungle.

And as if it were a speech written in that way, after the reflection and awareness of theprison in which we were obliged to go, The Awakening sounded, another brand new one not yet recorded: It was time to wake up, take the reins, take action. 
3. Final Chapter: The Super Tramp's victory and his Fantastic Four
It was Had A Dream the most powerful moment of the show. The song, belonging to Hodgson's first solo album, In The Eye Of The Storm, 1984, sounded blunt on the band's instruments, and it was when they moved further away from the art-rock, trade mark of the musician, to simply approach to rock. A wave that would lead to the end of the show, which was closed with a trio of songs that struck directly into the heart of the monster of the crisis, made him stagger and eventually fall as King Kong does on the pavement in each of his films. The Super Tramp had won, along with his Fantastic Four, at the Botanical Garden.

And that exquisite batch of songs began with Breakfast In America's Child Of Vision, with its powerful set of voices and symphonic touches. It followed with Dreamer and the return to childhood of many of those there, at the time of illusions, which mixed with the memories of the adolescence, when this song tinged the lives of many of us: a blow of synthesizers.

And to finish: Fool's Overture. The audience surrendered to the performance of one of the songs that most approached Supertramp to the symphonic rock, from that very inspiredEven In The Quietest Moments of 1977. A long suite full of musical details, with which many returned to their happiest times, when it seemed that they were going to eat the world ... 

Roger Hodgson was still able to return to run the final encore: Give A Little Bit and It's Raining Again, under the delirium of everybody there. The singer's closeness had been total, surrendered to his Spanish audience from the beginning, being very close and always eager to please. After all, a Super Hero is due to his audience, I thought, but then I remembered something that warned me that this positive and optimistic mood has always been a style mark on Roger Hodgson. 

While delighting people with his performance of Give A Little Bit —also from Even In The Quietest Moments— came to my head a TV show. It was the year 1985 and Hodgson was doing the promotional television tour because his first solo album. In the almost always infamous Tocata TV show, he played Had A Dream and In Jeopardy, with the usual playback of that age, after answering some questions with great kindness,he did live and totally unexpected, guitar in hand and full of enthusiasm, a Give A Little Bit that should be history of the Archives of Spanish Public Television. It turns out that, by then, this Super Hero was already fighting against the ghosts. 

4. Epilogue: And happiness returns to rain on our heads

And then, it comes It's Raining Again. Actually, the Super Tramp and his team had long since defeated the crisis and its problems. They had kicked her butt, sending her far away. It may be that at that time it already flew over the Manzanares, (river of Madrid), or much beyond, while the audience, in chorus, sang so loud that spell that is the lyrics of It's Raining Again

And it was curious that a song from a twilight album, that Famous Last Words ... from 1982, which ended with Hodgson leaving the band, was one of the biggest hits in the history ofSupertramp. But it is that the masterpieces overlap all kinds of problems, whether they are disagreements, arguments or anger. As the music of Roger Hodgson, the Super Tramp, triumphantly fighted over a country under the dark due to the problems and was able to draw the coal of the anguish of the hearts, for two elegant hours, to pour upon us the notes of a prodigious healing.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Roger Hodgson: las aventuras del Super Vagabundo en el Jardín Botánico


*Esta reseña apareció en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/roger-hodgson-las-aventuras-del-super-vagabundo-jardin-botanico/


Roger Hodgson: las aventuras del Super Vagabundo en el Jardín Botánico

Roger Hodgson, el que fuera líder de la banda Supertramp en los años setenta y a principios de los ochenta, el Super Vagabundo, se enfrentó con éxito a una de sus misiones musicales en España. El lugar elegido fue el recinto del Jardín Botánico de Alfonso XIII en Madrid, dentro del Festival de Las Noches del Botánico. Durante algo más de dos horas realizó un nostálgico recorrido por los grandes éxitos de Supertramp, sin olvidarse de los mejores temas pertenecientes a su carrera en solitario.

1-Empieza la aventura: ¿Crisis, qué crisis?

El Super Vagabundo demostró, ya con la apertura del concierto, esa magnífica Take The Long Way Home (primera de las canciones que interpretó del magistral Breakfast In América) que los superpoderes musicales que atesora continúan a plena potencia. Una voz aguda con ciertos matices tersos, unos dedos rápidos e inspirados sobre los teclados y, por encima de todo, unas composiciones sólidas como la roca. Canciones que han soportado el paso del tiempo como en el interior de un barril de cedro americano. Que han madurado, ganado en cuerpo y sabor, y que ahora descubren, en todo su relieve, una colorida sinfonía.

En su primera alocución al público manifestó sus intenciones, el objeto de su lucha sobre el escenario. Estamos inmersos en un tiempo de crisis y problemas, nos dijo, pero en las siguientes dos horas de concierto pensaba hacernos apartar esas angustias de nuestros corazones y derrotar, así, a nuestras crisis personales. Solo le faltó preguntarse —como hacía con Supertamp en 1975, con el álbum Crises, What Crises?— dónde estaba la crisis, porque pensaba acabar con ella después de que uno se permitiera dejarse curar por el ensalmo de su música.

Pero ningún Super Héroe que se precie se presenta en su batalla contra las fuerzas de la crisis y de los malos tiempos sin un equipo, toda una Liga Fantástica. Así, los 4 Fantásticos que ayudaban a Roger Hodgson en la titánica tarea eran: Kevin Adamson en los teclados, con los poderes de sus múltiples brazos que se ocupaban del piano o de los sintetizadores; Aaron MacDonald y su soplido musical, desarrollado en impecables solos de saxofón, clarinete o harmónica; David J. Carmenter y sus dedos percusivos al bajo y, por último, la defensa del escuadrón, a la batería, Bryan Head, levantando un muro de sonido con sus tambores ejecutados con sencillez y estilo.

El Super Vagabundo lanzó sus primeros ataques demoledores contra la crisis utilizando uno de los pesos pesados del repertorio, la canción School, del disco Crime Of The Century, de 1974. Esa voz aflautada, aniñada, era el mejor remedio para combatir todos los males, y si se unía a los míticos toques de harmónica, no cabía duda de los estragos que haría en el público. Desde esta segunda canción la audiencia ya estaba rendida a Hodgson.

2. Episodio dos: el amor viene al rescate y nos hace despertar

Pero las armas del Super Vagabundo eran muchas, todo un arsenal de composiciones delicadas, con sus toques de complejidad, muy bien arropadas por la banda, siempre en un tono perfecto, rellenando los huecos que dejaba Roger Hodgson. Alternadas con algunas canciones de su carrera en solitario, el músico de Portsmouth atacó Breakfast In America, Hide In Your Shell —resultó especialmente agradable toparnos con esta canción que nos abrazó como si un viejo amigo viniera a nuestro encuentro— y The Logical Song. Si el monstruo de la crisis y los problemas aún se mantenía en pie, con este último tema hincó la rodilla en el suelo. Las canciones de los discos Crime Of The Century y Breakfast In America resultaban letales, perfectas para combatir estos malos tiempos de tribulaciones.

Tras el momento álgido de The Logical Song, el Super Vagabundo inició una aproximación intimista e introspectiva hacia el amor, el otro vehículo necesario para obtener una completa victoria. Concatenó dos composiciones muy líricas, Teach Me To Love Again y Lord Is It Mine. El primer tema presentaba una peculiaridad: nadie podía haberlo escuchado antes porque no estaba todavía grabado. Era una primicia absoluta. La delicadeza de la canción resultó perfecta para acometer Lord Is It Mine, una de las composiciones de Supertramp más tiernas, y también, en cierto modo, una especie de oración por la conexión de todas las almas. El amor, ese leguaje universal.

Y ese amor, también debe manifestarse con los animales, en cierto modo se planteaba una metáfora sobre nuestro interior salvaje y ahora domesticado por los problemas, los miedos y las obligaciones. Roger Hodgson formuló la disyuntiva al público: de ser todos nosotros animales salvajes y caer prisioneros… ¿Preferiríamos la muerte antes de acabar en un zoo? Entonces, nadie pudo resistirse a pensar si su vida se estaba desarrollando en un zoo, atrapados en una celda, condenados por rutinas y angustias, mientras los acordes de la balada Death And Zoo iban creciendo hasta desbordar el escenario con los barritos de los elefantes y los sonidos de la jungla.

Y como si fuera un discurso escrito a propósito de esa forma, tras la reflexión y toma de conciencia de la cárcel en la que nos hemos dejado internar, sonó The Awakening, otra primicia todavía sin grabar: era el momento de despertarnos, tomar las riendas, pasar a la acción.

3. Capítulo final: La victoria del Super Vagabundo y sus 4 Fantásticos

Fue Had A Dream el momento más poderoso de concierto. La canción, perteneciente al primer disco en solitario de Hodgson, In The Eye Of The Storm, de 1984, sonó contundente en los instrumentos de la banda, y fue cuando más se alejaron del art-rock que caracteriza al músico, para aproximarse simplemente al rock. Una oleada que conduciría hacia el final del espectáculo, que se cerró con un trío de canciones que golpearon directamente en el corazón del monstruo de la crisis, lo hicieron tambalearse y, finalmente, caer desplomado como lo hace King Kong sobre el pavimento en cada una de sus películas. El Super Vagabundo había vencido, junto a sus 4 Fantásticos, en el Jardín Botánico.

Y esa tanda primorosa de canciones comenzó con Child Of Vision, de Breakfast In America, con su poderoso juego de voces y sus toques sinfónicos. Siguió con Dreamer y el retorno a la infancia de muchos de los presentes, al tiempo de las ilusiones, que se mezclaba con los recuerdos de la adolescencia, cuando esta canción tiñó las vidas de muchos de nosotros: a golpe de sintetizadores.

Y para terminar: Fool´s Overture. El público entregado a la interpretación de uno de los temas que más acercó a Supertramp al rock sinfónico, de ese inspiradísimo Even In The Quietest Moments de 1977. Una larga suite repleta de detalles musicales, con la que muchos retornaron a sus tiempos más felices, cuando parecía que se iban a comer el mundo…

Roger Hodgson todavía pudo volver para ejecutar los dos bises finales: Give A Little Bit y It´s Raining Again, ante el delirio de los presentes. La cercanía del cantante había sido total, entregado a su audiencia española desde el inicio, mostrándose muy cercano y siempre con ganas de agradar. Al fin y al cabo, un Super Héroe se debe a su público, pensé, pero entonces recordé algo que me advirtió que este talante positivo y optimista siempre ha sido una marca de estilo en Roger Hodgson.

Mientras hacía las delicias de la gente con su interpretación de Give A Little Bit —también de Even In The Quietest Moments—, vino a mi cabeza un programa de televisión. Corría el año 1985 y Hodgson se encontraba realizando la gira promocional de televisiones con motivo de su primer disco en solitario. En el casi siempre infame programa Tocata, interpretó Had A Dream y In Jeopardi, en el consabido playback de la época, para después de contestar a unas preguntas con gran amabilidad, marcarse en directo y de forma totalmente inesperada, guitarra en mano y repleto de entusiasmo, un Give A Little Bit que debería ser historia de los Archivos de la televisión pública. Resulta que, por entonces, este Super Héroe ya estaba luchando contra los fantasmas.

4. Epílogo: Y la felicidad vuelve a llover sobre nuestras cabezas

Y llegó, entonces, It´s Raining Again. Realmente, el Super Vagabundo y su equipo hacía rato que habían derrotado a la crisis y a sus problemas. Le habían pateado el trasero, mandándola muy lejos de allí. Puede que a esas horas ya volara sobre el Manzanares, o mucho más allá, mientras el público, a coro, vociferaba ese conjuro que es la letra de It´s Raining Again.


Y resultaba curioso que una canción de un disco crepuscular, ese Famous Last Words de 1982, que terminó con Hodgson abandonando el grupo, fuera uno de los mayores hits de la historia de Supertramp. Pero es que las obras maestras se sobreponen a todo tipo de problemas, ya sean desencuentros, discusiones o enfados. Igual que la música de Roger Hodgson, el Super Vagabundo, campeó triunfal sobre un país oscurecido por los problemas y fue capaz de arrancar el carbón de la angustia de los corazones para, durante dos horas elegantes, verter sobre nosotros las notas de una curación prodigiosa.

jueves, 24 de agosto de 2017

Steve Hackett en el Jardín Botánico y el talento de la guitarra cuántica


*Esta crónica apareció en el sitio achtungmag:

http://www.achtungmag.com/steve-hackett-jardin-botanico-talento-la-guitarra-cuantica/



Steve Hackett en el Jardín Botánico y el talento de la guitarra cuántica


La ciudad de Madrid despidió el mes de junio con el grandísimo concierto del guitarrista británico Steve Hackett, Un concierto tan perfecto como épico, parte del Festival de las Noches del Botánico. El despliegue de virtuosismo, maestría y saber hacer de Hackett y toda su banda, no merecía menos que el recinto del Real Jardín Botánico de Alfonso XIII: un lugar que parece concebido especialmente para que músicos con el marchamo de genios derramen las cataratas de su talento.

La música que brota de la guitarra de Steve Hackett es como una catedral gótica. Las notas ascienden puras y claras hasta los techos altos, se deslizan juguetonas por las arquivoltas y conforman una arquitectura sonora, luminosa y colorista como las vidrieras de la catedral de León. Durante casi dos horas y media —un ejercicio de generosidad porque ¿quién toca hoy en día dos horas y media en directo?— el guitarrista nos regaló un show perfectamente equilibrado en dos partes.

La primera parte del espectáculo, Hackett Old & New, reunía algunas de sus composiciones más emblemáticas en solitario, es decir, las acometidas tras abandonar la banda de rock progresivo Genesis, junto algunos temas de su último disco: The Night Siren.  Este nuevo trabajo es un álbum brillante y repleto de buena música, donde la hibridación de música e instrumentos conforman una coalición que cristaliza en una obra emocionante: sonidos de la India, Perú, Israel y Palestina, entre otros, en un esfuerzo para que el arte aúne aquello que política y gobiernos se obstinan en alejar.

Steve Hackett se complementa, se empasta como una de esas piezas de Tetris con los cinco miembros de la banda. A los teclados, un sobrio Roger King, un músico de estudio de dilatada carrera. En la batería, realmente notable, Gary O´Toole, impartiendo una clase de ritmos. En el saxo, la flauta, la percusión, y a los vientos en general, Rob Townsed, el fiel escudero de Hackett durante todo el concierto, un multi instrumentista que remataba con sus filigranas las piezas de orfebrería rock. Y al bajo, con un carisma hipnótico a medio camino entre un luchador de wrestling, Conan el Bárbaro y un chamán indio, Nick Beggs, poniendo el contrapunto espectacular ante la tranquilidad del resto de la banda. Mención aparte merece el vocalista encargado de interpretar las canciones de Genesis, el californiano Nad Sylvian, con una puesta en escena a lo Peter Gabriel, embutido en el carácter de baladista barroco y recargado, perfecto para mimetizarse con muchas de las historias que narran esas canciones.

Desde el inicio de la primera parte del concierto, Steve Hackett ya dejaba muy clara cuál sería su propuesta: música a raudales inmersa en unas composiciones para guitarra demoledoras. Buen ejemplo de ello fue el tema con el que se abría el show, Every Day, de su tercer álbum Spectral Mornings, publicado allá por el año 1979. Es una de sus composiciones en solitario que más recuerda a Genesis pero, sobre todo, destaca con un relieve especial en directo gracias al apoyo de los teclados que recibe la guitarra.

Muy pronto, ya en la segunda canción, apareció un tema del último disco, de ese The Night Siren prodigioso. Se trataba de El Niño, para, después, recordar The Steppes, una canción del año 1980 e incluida en Defector. La composición, repleta de arabescos, parece reivindicar el espíritu de pura sangre de la guitarra. Algo de vital importancia si tocas en España, país que el propio Hackett calificó como “Home of guitar”. Después, en una de las muchas charlas que intercambió con el público, intercalando palabras en español, recordó algunos de nuestros guitarristas más importantes: Andrés Segovia, Joaquín Rodrigo y Paco de Lucía. Siempre cercano a la audiencia, rendía así su reconocimiento a algunas de sus mayores influencias.

Dos nuevas canciones de su último disco llevarían el setlist a uno de los primeros momentos estelares de la noche. Después de In the Skeleton Gallery, interpretaron Behind the Smoke, uno de los mejores cortes de The Night Siren. La canción, inmersa en ese espíritu de maridaje con otras culturas, refiere una historia de emigración. Una canción sobre los emigrantes que el propio Hackett presentó como una historia también propia, en referencia a una parte de su familia que abandonó Polonia huyendo de los pogromos, pasó temporalmente por Portugal, y terminó recabando en Inglaterra, donde echó, finalmente, raíces.

La primera parte del espectáculo se cerró con Rise Again —del disco de 1999, Darktown— y otro momento inolvidable: la interpretación de la emblemática Shadow of Hierophant, uno de los cortes más sobresalientes de esa obra de arte que es el primer disco en solitaro de Hackett, Voyage Of The Acolyte, alumbrado en 1975. De entre el ritmo nervioso, casi neurótico, emergía una interpretación cavernaria de Nick Beggs, sentado en el suelo y aporreando con los puños los pedales del bajo como esos simios golpeaban los huesos al principio de la película 2001: Una Odisea del Espacio. Como resultado, una ejecución contenida en un crescendo que al final se disparó en un estallido que dejó anonadado al público ante lo que acababa de escuchar y ver. Y sin un momento de resuello, Hackett atacó la segunda parte del concierto: Genesis Revisited.

La parte dedicada a Genesis bebe, fundamentalmente, del disco Wind & Wuthering de 1976. Hackett confesó, al presentarlo, que es uno de sus trabajos favoritos, en sintonía con la opinión de muchos de los fans del grupo y del propio Tony Banks, teclista de Genesis, aunque las discrepancias durante la grabación llevaron, poco después, a que Hackett abandonara el grupo definitivamente. El disco se divide en dos partes: Wind (tomado del título de una de las canciones del disco que se llamaría The House Of The Four Winds, luego renombrada como Eleventh Earl Of Mar) y Wuthering, en alusión a una de las fuentes de inspiración del trabajo: la novela Cumbres Borrascosas de Emily Brontë.

Así que el repertorio clásico se inició con Eleventh Earl Of Mar, primer corte del Wind & Wuthering. Aquí apareció Nad Sylvian, el vocalista, metido en su papel de Undécimo Conde de Mar, tal y como reza el título de la composición. Fumando de una larga pipa y con ademanes rococós, demostró que acometería con solvencia el difícil trabajo de suplantar la voz de Phill Collins, como después lo haría con las de Peter Gabriel.

La segunda canción de Wind & Wuthering también fue la segunda canción de esta parte: One From The Vine, la obra maestra del disco, que terminó con todo el público puesto en pie agradeciendo la interpretación de esta delicada suite. Otra canción de este disco vino a continuación, Blood On The Rooftops, con su introducción de guitarra clásica y el batería, Gary O´Toole, enfrascado en la dificultosa tarea de cantar mientras tocaba, misión resuelta con sobresaliente.

Después llegó el instrumental …In That Quiet Earth —cuyo título hace referencia directa a la última línea de la novela de Emiliy Brontë—, una pieza de ritmos muy distintos, con cambios y parones que demostraron la buena conjunción de la banda, para rematar el recorrido por Wind & Wuthering con el lirismo de la balada más grande de la era Genesis: Afterglow.

La combinación machacona de batería y teclados anunció la ejecución de Dance On A Volcano, del disco A Trick Of The Tail, de 1976. Después del abandono de Peter Gabriel aquella fue la primera grabación de Genesis como cuarteto. Collins, Banks, Rutherford y Hackett se encontraron ante el desafío de continuar con una banda que la crítica y los fans daban por muerta. Sin embargo, la respuesta fue un disco tan exitoso como apabullante. La interpretación de Dance On A Volcano por parte de Hackett y su banda fue de los mejores momentos de la noche, gracias, en parte, a un Nad Sylvian en un estado de gracia histriónica.

Hackett siguió desgranando grandes clásicos de la era Genesis, en una especie de retroceso cuántico en el tiempo que manaba de su guitarra heisenbergiana. Con cada acorde situaba a la audiencia en una década pasada. Cada nota era un escalón en el emocionante descenso al pasado. De esa forma, le llegó el turno a Inside And Out, una joya oculta de la discografía de la banda, un descarte de Wind & Wuthering y que apareció en un extraño EP del año 1977 bajo el curioso título de Spot The Pigeon. La canción, que narra en su primera parte (Inside) el lamento de un hombre tras ser puesto en libertad tras un largo periodo de encarcelamiento, culmina con una segunda parte instrumental (An Out) donde la guitarra y el sintetizador emprenden un diálogo emocionante.

La introducción de piano anunció Firth of Fifth, primera de las canciones de la época de Peter Gabriel, correspondiente a Selling England By The Pound, de 1973. Una introducción tan compleja que Tony Banks dejó de interpretarla en directo con Genesis después de cometer algunos errores. Un regalo más que Steve Hackett nos ofrendaba, y que el público supo agradecer, junto con el solo de guitarra de esta canción, uno de los mejores que haya interpretado.

Con ese cuento de hadas que es la pieza The Musical Box, llegó el final del concierto y se alcanzó el clímax del público, que coreó enfervorecido la sección de cierre de este corte del disco Nursery Crime, de 1971. Después, Hackett ofreció todavía un bis: Los Endos, el instrumental que culmina el disco A Trick of The Tail, y que mezcló con uno de sus temas en solitario, Slogans, del ya mencionado disco Defector.


El público abandonó sus asientos con la satisfacción pintada en sus rostros, y en muchos casos con amplias sonrisas de felicidad que reconocían lo valioso del enorme concierto que acababa de entregarnos Steve Hackett. El músico supo, desde el mástil de sus guitarras, detener el tiempo, moldearlo a su antojo, llevarlo de adelante hacia atrás, y enseñarnos el embrujo de una época en donde el rock era un jardín botánico repleto de flores líricas, de dragones épicos, de gigantes que tocaban el corazón de la gente con la delicadeza de sus canciones y la rapidez de sus dedos, volando sobre las cuerdas de los instrumentos como pájaros de fuego.