lunes, 2 de julio de 2018

El Mundial Literario y las literaturas… ¿minoritarias?



*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/el-mundial-literario-y-las-literaturas-minoritarias/

El Mundial de Fútbol de Rusia acaba de cumplir su primera semana, inundándolo todo, capitalizando horas y horas de emisiones televisivas y radiofónicas, teniendo una presencia abrumadora en nuestras vidas, queramos o no. Pero dentro de este Mundial pueden existir otros, como el que estoy desarrollando en mi cuenta de @literatura_instantanea en Instagram. Ya os he hablado en varias ocasiones desde esta columna de El Odradek de esa fervorosa comunidad literaria que se ha formado en Instagram. En efecto, el sitio, en principio pensado para subir fotos de ególatras descerebrados y poco más, se ha revelado como un lugar muy interesante que alberga cuentas sobre literatura, música, artes, etcétera, tanto, que parece estar apuntillando al sempiterno Facebook. En el seno de esa comunidad literaria de Instagram estoy jugando mi propio Mundial: un Mundial literario.


Lo cierto es que hace cuatro años, con motivo del Mundial de Brasil, ya llevé a cabo esta idea pero de otra manera. Lo hice en Facebook, con bastante poco éxito: lo de los seguidores no parece ser mi fuerte. O al menos, no con el seguimiento que estoy consiguiendo ahora en Instagram. Quizás el vídeo, y la posibilidad de que se puedan ver mis barbas valleinclanescas, sean motivos que contribuyan al éxito…

Dejando mis tonterías aparte, la idea que movilicé entonces y he perfeccionado ahora consiste en la simpleza de recomendar libros de las literaturas correspondientes a los países que juegan. Así, un Argentina-Rusia me llevaría a recomendar y hablar un poco de Borges y de Tolstoi, por ejemplo, y de sus libros Ficciones y La muerte de Ivan Ilich.
Cada jornada hago eso con todos los partidos. Como son tres por día hablo de seis países, recomiendo seis libros de seis escritores que intento no volver a repetir en las jornadas posteriores. Además, si es posible, ofrezco un once, una alineación completa de un país: once libros de once escritores.
De esta forma, al final del Mundial se habrán disputado 64 partidos y habré recomendado alrededor de 350 libros y más de 200 autores (96 en la primera fase, más 32 pertenecientes a los cruces de las eliminatorias directas, a lo que hay que añadir los textos recomendados en casi una veintena de “onces” nacionales).
Además, atendiendo a algunas sugerencias, porque quienes siguen la cuenta me apoyan con ideas y mucho cariño, esa es la verdad, he pensado utilizar las jornadas de descanso para dar un once literario ideal de aquellos países que no se han conseguido clasificar en esta ocasión, pero que suelen hacerlo: Hungría, República Checa, Estados Unidos… y tal vez de algunos otros como Rumania o Albania.
Lógicamente, esta tarea presenta algunas dificultades: en primer lugar, el tiempo que me lleva, que no es poco, desde luego, y después, el intento de cumplir ciertos criterios, siempre que eso me sea posible. Los libros recomendados deben ser míos, haberlos leído, y estar publicados en editoriales españolas. Obviamente, semejantes restricciones indican unas cuantas cosas: que necesito poseer una biblioteca enorme para poder disponer de tantos libros, tan variados, que he tenido que dedicarme media vida a la lectura, que me he dejado una fortuna en libros y que soy un friki o un tsundokiano peligroso. Sí a todo.
No nos asustemos, no siempre he podido cumplir con la máxima de tener el libro o de haberlo leído, circunstancias que advierto claramente a mis seguidores. Si no lo he leído, lo ofrezco de forma meramente informativa, no recomendando su lectura. Esto me sucede con algunas literaturas complejísimas por distancia idiomática, fundamentalmente, aunque creo que, realmente, todo se reduce a un asunto comercial o editorial (que son sinónimos, ¿lo sabíais?).
Me explicaré: la literatura australiana no es tan desconocida en España como pueda parecer. Esta bastante editada porque, a pesar de pillarnos tan lejos, pertenece al ámbito de la literatura en inglés, de la Commonwealth, de la bolsa de intereses culturales y comerciales (que últimamente significan lo mismo, ¿lo sabíais?) anglófilos, algo que gusta mucho a la industria editorial (porque es una industria, ¿lo sabíais?). Así que los australianos, en las antípodas nuestras, tienen su buena presencia en las librerías españolas, pero los tunecinos…, ¡ay, los tunecinos!
Sí, Túnez está aquí cerca, al menos un poquito más próxima que Australia…, pero no he podido conseguir encontrar casi nada de ellos. Lo mismo me ha ocurrido con Croacia —poquísimos libros—, mientras que de Japón disfruta de numerosos escritores vertidos al español, afortunadamente.
De esta manera, gracias a mi Mundial Literario Instantáneo, podemos tomarle el pulso a la industria editorial. Pocos croatas, pero bastantes serbios publicados. Muchos japoneses y australianos, pero casi nada de Túnez o, poco y minoritario, de nuestros vecinos marroquíes (algo realmente curioso). Bastantes nigerianos y senegaleses pero escasez de daneses o costarricenses. Y un páramo literario al respecto de países como Corea del Sur, Islandia, Dinamarca (obviando el boom tan agotador como escaso de calidad de la literatura negra escandinava), Suiza, Egipto… y no digamos ya de Arabia Saudita, Irán o Panamá (y estos últimos, hablan español, como nosotros… ¿De verdad que no merece la pena publicarlos?).
Se pueden extraer bastantes conclusiones de todo esto: una, que la gran industria editorial española se mueve por criterios meramente de capitalismo cultural, de “si vende lo edito y si no vende, no lo edito”, y que estamos inmersos en un absurdo y estúpido colonialismo cultural.
La primera afirmación, aunque cierta, presenta una pequeña luz de esperanza: las pequeñas editoriales independientes se preocupan de editar a esos autores de otros países: sobra decir a que países dedica sus intereses Nórdica (pero no solo a ellos), mientras que Sial atiende a los autores africanos oEdiciones del Oriente y del Mediterráneo al Magreb, Ediciones del Bronce (que ya no sé si existe) atiende a diferentes países africanos, también a escritores húngaros, o Baile del Sol se dedica a croatas, búlgaros… Pero no nos frotemos las manos. Estas editoriales, y otras muchas que no cito, aplastadas por el rodillo de la industria cultural, o han desaparecido o han descatalogado sus libros, de forma que, a pesar de haber editado a escritores de estos países, ahora es casi imposible encontrarlos.



Que estamos inmersos en una literatura de colonialismo cultural es tan obvio como sangrante, e imposible de solucionar. En primer lugar, el papanatismo anglófilo, especialmente de todo aquello que viene bendecido desde Estados Unidos (me puedo acordar aquí de Jonathan Franzen), y después del Reino Unido; y desde los tiempos de Napoleón, España está sometida a una hipnosis francófila (que me lleva a recordar Las benévolas de Jonathan Little). Otras influencias, como la alemana, son menores, a pesar de su poderío de mercado.
Me pregunto cómo es posible que en un país de lectores como los españoles, sólidamente pro-palestinos, se desprecie de esa manera a la literatura en árabe (donde no se publica nada que no haya obtenido el visto bueno —es decir, el éxito de ventas— en el mercado americano o británico). Esto me lleva a formular algunas reflexiones a cerca de la forma en que unas literaturas entran a formar parte del canon literario, y por tanto son leídas y difundidas con autores mundialmente conocidos, y otras no.
La literatura croata, o la de Túnez, o la de Arabia Saudita, Irán o Corea del Sur, casi como cualquier asunto relacionado con el conocimiento general de estos países, tradicionalmente, resultan lejanas, cuando no totalmente ajenas, a una gran parte de la cultura europea, situación que se magnifica en el caso de la recepción de esta misma literatura en España. De tal manera, cabría afirmarse, que la fortuna y recepción de estas literaturas en España vienen de la mano, exclusivamente, de algún autor de forma individual, cuando el público es capaz de identificarlo como tal, es decir, como un autor coreano, árabe, etcétera…, algo que no siempre ocurre.
Un lector medio puede citarnos los nombres de algún escritor húngaro, con mayor seguridad ahora, después del boom que este tipo de literatura ha experimentado en España de la mano de Sándor Máraiy la extraordinaria popularidad de sus obras. Márai es uno de los novelistas húngaros de mayor éxito, curiosamente redescubierto de manera póstuma y que ha experimentado un enorme triunfo comercial desde finales de los años noventa y hasta principios del siglo XXI. Sus novelas, que viven numerosísimas reediciones, reflejan el decadente mundo del Imperio Austrohúngaro. Sus descripciones detalladas, pero repletas de ritmo, junto con una especial sensibilidad para recrear ambientes y comportamientos humanos, lo hacen uno de los autores favoritos del público, colocándose a la cabeza de las listas de los más leídos en competencia con los best sellers.
Sandor Márai

Lo mismo sucede con la literatura japonesa (gracias a ese éxito fabricado por las editoriales, un éxito cifrado más en las ventas, en la publicidad y en la oportunidad de los modismos), y también con algunos autores polacos, checos… Sin embargo, las dificultades para recordar a escritores de otros países por parte del gran público son evidentes ya que, incluso aunque se hayan leído alguna obra, al lector que no esté muy informado le costará identificarlo o lo segmentará en la definición de novelista asiático o árabe o balcánico, sin una aproximación determinada a su nacionalidad.
Además, en este conocimiento de otras literaturas minoritarias (si se me permite calificarlas así para los no estudiosos), hace mucho que autores emblemáticos, como Kundera para la checa, por ejemplo, han abandonado su lengua original para escribir en idiomas mayoritarios: además de Milan Kundera(checo, que escribe en francés), tenemos a Arthur Koestler (húngaro, que lo hacía en inglés y francés), Elías Canetti (búlgaro, que utilizaba el francés), Vladimir Nabókov (ruso que lo hizo en inglés) y Joseph Brodsky (también ruso que escribía en inglés).  El éxito para muchos de ellos, al escribir en lenguas mayoritarias, fue jugoso: el Premio Nobel.
Nabókov

Kundera

Canetti

Koestler

Brodsky
Estos extraños productos policulturales, no exentos por ello de calidad, han visto favorecida su fortuna al expresarse en idiomas mayoritarios. Actualmente, el lenguaje y la literatura han sido instrumentalizados por los Estados modernos y el mercado para crear un soporte que instaure un proyecto de comunicación masivo y así realizar un control cultural de las masas, es decir, la elección de los elementos que entrarán en el canon se toma de forma un tanto dictatorial, elegidos por ese “grupo social dominante” del que nos habla Harold Bloom en su obra El canon occidental (Anagrama).

El canon es, por tanto, modificado por los intereses del poder, que decide quién pertenece a él a través del control de los grandes medios de masas sin los cuales un autor nunca podrá ser conocido y, por tanto, no podrá ser incluido en el canon, lo que generará una lucha de “textos que compiten para sobrevivir”, tal y como lo define Bloom.

Sin embargo, opino que los textos no compiten entre ellos por establecer una supervivencia, una supremacía, algo así como un origen de las especies literario en donde sólo triunfará el más fuerte. De hecho, no creo en ningún caso que Tirano Banderas de Valle Inclán entre en ninguna pugna con Abel Sánchez de Unamuno, por ejemplo, o que La transformación de Kafka batalle por imponerse a codazos, buscando su hueco en el nicho cultural, con cualquier otra obra maestra de la literatura mundial.
Esta competencia tiene mucho de carácter editorial y comercial, una mera confrontación mercadotécnica con libros y autores en la actualidad, en la que el espacio que ocupa una publicación elimina la competición de mercado de la derrotada, pero en ningún caso esa batalla se produce con obras y textos que pertenecen a la que se podría denominar Gran Literatura.
Aunque las comparaciones puede que sean odiosas, sí son pertinentes. En ningún caso, La transformación de Franz Kafka le roba un lugar en la estantería a Yo, el Supremo de Roa Bastos, pero actualmente sí que libran entre ellos una enconada batalla por ocupar su lugar en la llamada mesa de novedades los últimos productos de gestores culturales como Arturo Pérez Reverte y Almudena Grandes, por ejemplo.
En asuntos canónicos, los autores de literaturas minoritarias bien poco pueden argumentar en su favor si —desde una perspectiva de mercado editorial— el apoyo de millones de lectores pueden hacer escandalosamente canónicos a Stieg Larsson, Ken Follet o Stephen King, todos ellos autores muy válidos en sus respectivas literaturas, si entendemos sus elaboraciones culturales como literatura y no como un producto susceptible de ser vendido, susceptible de alcanzar millones de ejemplares de venta, como podría ser el caso de un perfume o determinado modelo de teléfono.
En el caso de Stieg Larsson, por ejemplo, el éxito le vino con la trilogía de novelas llamada Millenium, todo un fenómeno de bestsellerización mundial que se produjo de forma póstuma. Este éxito ha rehabilitado todo un género, el de la novela negra nórdica, con numerosos epígonos que producen una gran cantidad de textos-cliché y copan las listas de ventas.
Quizás, otros críticos y otras perspectivas distantes en el tiempo, podrán ser capaces de catalogar o denominar algunos de los artefactos culturales que acaparan las ventas y las lecturas de la masa, y que aunque coinciden con Kafka, James Joyce o Marcel Proust en lo externo, es decir, en que se encierran entre una cubierta y sus guardas, decididamente pertenecen a ámbitos completamente diferentes.
En este sentido, en definir los productos actuales que comparten nicho literario con William Faulkner, Miguel de Cervantes o Víctor Hugo, y con autores de lenguas y países minoritarios, debo traer aquí el ensayo del crítico Germán Gullón, Los mercaderes en el templo de la literatura (Caballo de Troya). De entrada, el texto se inicia con un capítulo titulado El libro, prisionero tras el código de barras, una advertencia de que el material de análisis literario actual poco tiene que ver con esas novelas de Benito Pérez Galdós o Thomas Mann, en tanto en cuanto aquellos libros jamás nacieron con la marca cainita del mercado, es decir, de la codificación que los convierte en objetos de consumo masivo desde el mismo instante de su creación.
Germán Gullón

Para esta nueva concepción de la novela, Gullón establece su origen en una mutación comercial elegida por los autores:
“Los autores, por su lado, aceptaron convertirse en marcas comerciales. Es la llamada profesionalización del autor, desde las bienvenidas escuelas literarias, donde los alevines de escritor aprenden de gentes experimentadas los usos y costumbres del trato editorial, desde la nota del contrato hasta el tipo de texto a presentar”.
El autor literario se ha convertido, así, en marca comercial. Y lo que escribe, desde este momento, no son novelas, son productos o libros-espectáculo. De esta forma, Gullón ya puede calificar el producto comercial otrora conocido como novela y que se realiza actualmente bajo el efecto Dan Brown-Ruíz Zafón, como thriller cultural, bibliothriller o ficción de entretenimiento, algo que hace en su ensayo Una venus mutilada (Biblioteca Nueva). Cabe preguntarse, ahora, el papel que juega la producción literaria de los autores de lenguas subjetivamente minoritarias (evidentemente el árabe, por ejemplo, es de todo menos una lengua minoritaria…, y qué decir del chino) inmersos en este panorama editorial de mercadeo.


Parece que, en cualquier caso, estos autores siempre tendrán las de perder. Afortunadamente, Bloomacude en su ayuda, puesto que para él un aspecto que hace a la obra canónica, es decir, que la sitúa por encima del todopoderoso bibliothriller definido por Gullón, es:
“la extrañeza, una forma de originalidad que o bien no puede ser asimilada o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña (…) Cuando se lee una obra canónica por primera vez se experimenta un extraño y misterioso asombro, y casi nunca es lo que esperamos”.
Existe un grupo de escritores que le exigen al lector una lectura con claves. Esto significa que, al leerlos, se va filtrando todo un complejo mundo de imaginarios, de formas y maneras de narrar los asuntos, de un estilo peculiar y extraño que al principio produce la extrañeza por la que aboga Bloom, y que sólo con el tiempo y el conocimiento de sus obras, acaban por susurrarle al lector al oído, y éste puede compartir sus claves, sus bromas, sus guiños entrelíneas, al leer en el mismo sistema en el que el autor se expresa.
Esta característica, tan alejada del bibliothriller, sustenta la obra literaria universal, esa que, de nuevo en palabras de Bloom,
“no nos hará mejores, tampoco peores, pero puede que nos enseñe a oírnos cuando hablamos con nosotros mismos”,
consiguiendo lo que Kafka definía con otras palabras:
“Si un libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? Un libro tiene que ser el hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro”,
y cuando rompemos ese mar de hielo nos duele, y vemos las estrellas: teniendo presente ese dolor que provoca la Gran Literatura —el supremo displacer, lo califica Bloom—, por eso Dante quizás, si se me permite la chanza, acabe las tres partes de su Divina Comedia con esa palabra, “estrellas”.
En efecto, estos autores minoritarios y casi desconocidos se mueven en ese sistema de codificaciones que el lector, exigido por el autor, debe ir comprendiendo, estudiando, asimilando, hasta alcanzar el punto en el cual, superada la “extrañeza” bloomsiana, puede entablar el diálogo repleto de confidencias y riquezas expresivas que casi parecen escritas en exclusiva para nosotros. Es necesaria una familiarización previa, al estilo de otros autores como lo pueden ser Grass o Bernhard.

Por tanto…, ¿es de vital importancia para un autor que escribe en una lengua minoritaria abandonarla, como hicieron Kundera o Canetti, o encontrarse con traductores solventes que lo viertan a lenguas de primeras literaturas, tipo la inglesa, la francesa, o el español? No cabe discusión: la importancia de las traducciones es mayúscula, ponen al autor en el mundo. Tal y como afirma a este respecto George Steiner:
“Los novelistas, los dramaturgos, incluso los poetas —esos guardianes escogidos de lo irreductiblemente autónomo— sienten dolorosamente esta realidad: deben ser traducidos si quieren que sus obras, sus vidas, tengan una oportunidad justa de salir a la luz”.
Y un claro ejemplo de ello es el boom de las letras japonesas, con Haruki Murakami a la cabeza. ¿Podríamos afirmar, entonces, que la traducción de una lengua minoritaria a una lengua, llamémosla, canónica —con el riesgo que eso representa—, hace al autor canónico aunque no escriba originalmente en esa lengua?
La conclusión que se extrae de un estudio atento del canon propuesto por Harold Bloom es la de que nos encontramos ante un canon evidentemente WASP, es decir, blanco, sajón y protestante, que en lo perverso de su sistema permite la entrada de ciertos textos, lo hace de una forma correctiva, pero torticera, abre la puerta trasera para que accedan algunos constructos culturales satélites al estilo del prototipo de novelista japonés o húngaro, que son más producto del colonialismo cultural o de los modismos.
Sin duda, los premios de cierto prestigio son la mejor forma de que este sistema cultural perversoconceda su mínima cuota a otras literaturas y permita una falsa sensación de permeabilidad dentro de su pernicioso inmovilismo.
Por ello, no es sorprendente ni extraño que autoproclamados defensores culturales que llevan más allá de lo excesivo sus labores de gatekeeper mediático como Fernando Sánchez Dragó, consideraron en su momento “una extravagancia” que el albanés Ismaíl Kadaré ganara el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009.
Lo peor de las declaraciones de este gestor cultural —por calificarlo de alguna forma— que se encontraba entre los miembros del jurado que otorgó el galardón aquel año y que se jactó de no conocer la obra del albanés y de haber votado en blanco, es que son un claro ejemplo de la perversidad de la maquinaria del canon de Bloom funcionando con todo el estruendo de sus chirridos: pone en duda a Kadaré y se declara admirador de Murakami. Creyendo que actúa a contracorriente es víctima del mercado, del modismo y del colonialismo cultural impuesto por el propio canon.

No hay remedio, existe un canon paralelo al propio canon, un canon comercial donde influyen los premios, que llaman a otros premios, y la publicidad y el apoyo mediático que se obtiene de la concesión de dichos premios.
Pero yo estaba hablando, antes, de eso hace ya bastante rato, supongo que podréis disculpar mi digresión canónica, del Mundial Literario que he puesto en marcha en mi cuenta de @literatura_instantanea en Instagram. Un mundial en donde nadie pierde, en donde todos ganan, y en especial los lectores, que se alimentan de nuevos autores de esas literaturas minoritarias que el pérfido sistema se empeña en silenciarnos, con sus intentos de aplastarlos bajo el sello de lo no comercial.
En las editoriales independientes y en nuestra obstinación como lectores de una literatura de calidad se albergan las esperanzas de vida de todas estas literaturas; es decir, las esperanzas de que sean leídas.

martes, 19 de junio de 2018

Chaikovski: De Borodino al Mundial de Fútbol



Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/6/17/el-disco-del-mes-obertura-1812/

Intérprete: Daniel Barenboim y The Chicago Symphony Orchestra
Título: Tschaikowsky: Ouverture solennelle “1812”
Discográfica: Deutsche Grammophon
Género: Clásica
Duración: 42min; 12 seg.
Número de canciones: 13
Fecha de publicación: 1982

Chaikovski: De Borodino al Mundial de Fútbol

Con motivo de la llegada de ese Mundial de fútbol de Rusia que todo lo inunda, desde Mi Nueva Edad no hemos querido ser menos y también nos sumamos al evento planetario recomendando un disco de uno de los mayores talentos musicales que se hayan dado por aquellas tierras. Nos referimos a Piotr Ilich Chaikovski, compositor romántico universalmente conocido por sus ballets y, como no, por la Obertura 1812 que hoy traemos como disco del mes.
Porque la Obertura 1812 es una pieza heroica de componente militar y nacional capaz de subirle los ánimos a cualquiera. Una composición antidepresiva, muy útil si nuestra selección de fútbol no lo hace muy bien en tierras rusas, o si nos llega otra mañana de lunes sin ganas de madrugar para ir a trabajar o, simplemente, si andamos algo bajos de ánimos.
No estamos bromeando: la Obertura 1812 de Chaikovski es una bebida energética musical para el alma, inflama el espíritu de resistencia y consigue que las fuerzas internas se regeneren. ¿Por qué?
La respuesta se encuentra en el talante épico magistral con el que Chaikovski supo vestir a la composición. Una composición en donde narra una historia determinante para el pueblo ruso: la invasión de las tropas napoleónicas, la batalla de Borodino de septiembre de 1812 en donde los franceses obtuvieron una mínima victoria a un gran precio de bajas y desgaste, y el avance hasta Moscú, en donde la Grande Armeé, agotada, sucumbió ante el poderío militar del zar Alejandro I.
Toda esa historia de resistencia y heroísmo, de patriotismo y lucha ante el invasor, se encuentra narrada en la partitura de la Obertura 1812. Chaikovski cuida hasta el más mínimo detalle y así lo refleja en la composición, en donde se puede escuchar desde una melodía religiosa ortodoxa rusa hasta ciertos retales de la Marsellesa —para significar el desastre de los de Napoleón—, e incluso esos monumentales dieciséis disparos de cañón que son capaces de exacerbar el espíritu de cualquiera.
Pero, por encima de todo esto, el motivo principal de la pieza, ese leitmotiv, uno de los más célebres de la historia de la música, que se nos mete en la cabeza y nos anima, casi nos empuja, para afrontar con fuerzas renovadas cualquier desafío que se nos presente. Así es esta Obertura 1812, una descarga de adrenalina que se funde con los cañonazos de ese Allegro vivace final, mientras repican las campanas triunfantes, y nos parece que seremos capaces de afrontar de forma exitosa todas las adversidades que se nos presenten, como hizo aquel ejército ruso enfrentado a los todopoderosos franceses.
La edición de la Obertura 1812 que proponemos hoy en Mi Nueva Edad, además, se completa con el Capricho italiano y la Marcha eslava, dos bellísimas piezas inconfundibles en el repertorio de Chaikovski, y dirigidas por un astro de la batuta como Daniel Barenboim, al mando de la Orquesta Sinfónica de Chicago.
Toda una combinación de talentos para una pieza épica, la Obertura 1812, capaz de animar incluso a quienes parece que no les corra la sangre por las venas, aquellos que han perdido toda esperanza o, simplemente, para los que necesitan algo más que el monótono sonido del despertador para afrontar la jornada de esos malditos lunes siberianos a las siete de la mañana.

sábado, 26 de mayo de 2018

Fernando Marañón, escritor: “Nunca estuvo la cultura más asequible en España y nunca interesó menos que ahora”


Esta entrevista apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/fernando-maranon-escritor-nunca-estuvo-la-cultura-mas-asequible-en-espana-y-nunca-intereso-menos-que-ahora/

Nuestra Galería de Cronopios recibe a su tercer invitado. En esta ocasión se trata del escritor Fernando Marañón que en 2017 publicó su primera novela, Gilda en los Andes (Berenice). Sin embargo, no significó su debut literario porque antes ya había editado Circo de Fieras (Aache ediciones), un compendio más que interesante de prosas breves cargadas de un humor negro y una ironía disolvente. Fernando Marañón une el cine a sus grandes pasiones, y es un reconocido crítico que, además, ha escrito el libro Tiene delito (Nowtilus), sobre personajes cinematográficos que acompaña con ilustraciones de su propia mano.


Revista Achtung!: Literatura, dibujo y cine, son tus pasiones. ¿Puedes compaginarlas todas? Has escrito una novela sobre cine, eso ya aúna a dos de las tres. ¿Te ves obligado a dejar de lado alguna?
Fernando Marañón: Al cine es algo a lo que me aproximo más desde la afición. Aunque haya trabajado gracias a ello en radio, haya hecho crítica o cubierto festivales, siempre me he considerado más un espectador. Sin embargo, en el dibujo y en la literatura siempre he estado del lado de la creación activa; no obstante, ya hace tiempo que se me paso la necesidad de tener que elegir qué cosa. Ahora solo mandan los recibos. Si facturo más escribiendo que dibujando, pues me dedico a eso, y si es al revés, pues a dibujar. Va en función del beneficio. ¿Qué es lo que soy vocacionalmente? No lo sé. Las dos cosas me gustan y podría apostar por cualquiera de ellas.

Revista Achtung!: Trabajas en algo que nada tiene que ver con la literatura. ¿De qué manera lo compaginas con escribir y, sobre todo, con que plazos y de qué formas afrontas la creación de una novela?
Fernando Marañón: Pues lo hago durmiendo poco. Con cada libro que he escrito se ha dado una circunstancia diferente. Por ejemplo, el libro sobre cine lo generé, inicialmente, como el sustitutivo de un catálogo de los dibujos que contenía, lo escribí muy deprisa. Lo maduré mucho, pero no tuve que buscar demasiado. En el caso del libro de relatos Circo de fieras me marqué la exigencia de que fueran textos muy cortos; pensaba en el principio y en el desenlace, escribía una primera versión y como era un volumen pequeño lo podía repasar cuantas veces quisiera y tampoco noté la necesidad de buscar un momento o un tiempo especialmente adecuado para ello. Con la novela de Gilda en los Andes sí, claro; la novela es un bicho que necesita una continuidad, más menos intuyes el tamaño que va a tener, aunque nunca a ciencia cierta, así que alcanzas un momento en el que tienes un volumen de texto sobre el que tienes que moverte de un lado a otro estando muy pendiente y de forma muy continuada. Así que fue una BlackBerry con un tecladito como de máquina de escribir diminuta que me permitía mandarme el texto por correo electrónico y luego, por la noche, le dedicaba un par de horas. Pero era un texto sobre el que a lo largo del día ya había trabajado a ratos muertos; y así un día y otro hasta que generé todo el texto en bruto. Luego, para moverte dentro de esa selva ya no te vale un móvil, y necesitas el ordenador.

Revista Achtung!: ¿De dónde sacaste el tiempo para Gilda en los Andes?
Fernando Marañón: Entonces ya sí, le robas tiempo al sueño. Porque no tienes otra: trabajas, tienes a la familia que atender… Al final lo que haces es prolongar la jornada, o anticiparla. Yo prefiero prolongarla porque soy un ave nocturna. A las cinco de la mañana no me levanto ni por un libro ni por casi por nada… Por la noche sí puedo seguir, aunque lo hice ya en la última fase de la escritura, porque la gran parte de Gilda en los Andes la generé entre desplazamientos, entre reunión y reunión, en todos esos tiempos muertos… Una hora de transporte es una hora de escritura, y yo trabajo deprisa, la primera versión la suelo escribir rápido. Tardo luego en repasar, pero no en crear. Me cundía mucho porque cada día generaba cinco o seis páginas en bruto. Al final de un año a ese ritmo tienes un material enorme. Mucho más del que necesitas.
Revista Achtung!: ¿Por qué decidiste que tu primer libro largo, tu primera novela, iba a tener ese componente de novela negra?
Fernando Marañón: Yo quería que la novela fuese de género, protegerla dentro de un molde porque tenía el temor de querer incluir demasiadas cosas en el texto, hablar mucho de uno mismo y dispersarme. Todos esos defectos que las óperas primas, sea en el género que sea, pueden tener: que quieres decirlo de todo, meterlo todo. Al final, te preguntas: ¿de qué me está hablando esta persona? Pensé, desde el principio, en un molde de género porque eso te obliga a ser mucho más preciso, a ir por un camino, sin salirte, y así cuentas, de todo lo que querías contar, sólo aquellas cosas que funcionan dentro de ese camino. Y aún así, alguna cosilla está puesta por capricho, pero son las menos porque sabes que tienes un espacio muy pequeño para los caprichos. Por este motivo lo quería todo dentro de un género. Y la novela negra es un género que, además, engancha al lector de primeras. Después, en el personaje central vuelcas ya todas tus proyecciones y obsesiones, pero lo importante es la peripecia vital que vive. Hay un misterio a desentrañar en el género que lo hace interesante. Gilda en los Andes es como un embudo, a medida que se acerca a su final la estructura de novela negra va estrechándose, comiéndose al resto. Al principio quieres dar las referencias suficientes de los personajes, pero una vez resuelto eso, toca solventar el problema, y por eso la novela avanza desde esos planteamientos iniciales en donde caben más cosas hasta alcanzar un juego de novela negra. Y lo entiendes cuando acaba, porque conoces de donde vienen esos personajes y el qué los motiva, puedes definirlos en función de si han resuelto o no sus problemas, y ya sabes si se han transformado y en qué.

Revista Achtung!: ¿Tenías a algún escritor como modelo para este tipo de novela de género?
Fernando Marañón: Uno, no. Tenía muchos. Es la ventaja de poder escribir una novela así con un montón de años a cuestas. Has leído mucho y has visto muchas películas. Eso te permite dejarte llevar si necesidad de vigilar a quién estás siguiendo. Después, cuando te la lees con ojos muy finos detectas si te estás arrimando a este o a aquél… Muchas veces los referentes no son conscientes, después caes en la cuenta. Has leído a todos, a Le Carré, a Agatha Christie, y eso te ha dado un bagaje que te ayuda a escribir, pero no tenía el referente claro mientras lo hacía. Pensaba en algo con un aroma un poco inglés dado que en Gilda en los Andes hay un viaje, saco a un personaje de su hábitat o contexto natural, hay espías, y los espías son algo de mucha tradición en la literatura inglesa… También es una vuelta de tuerca a la novela nórdica de moda, como tú muy bien has dicho en alguna ocasión…
Revista Achtung!: En efecto, parte de la acción de la novela sucede en Tromso. ¿La novela nace de tu viaje a Tromso o ya la llevabas pensada cuando visitaste Noruega?
Fernando Marañón: La idea nace del viaje. Tenía varias novelas en la cabeza, pero Gilda en los Andesno estaba entre ellas, y se puso la primera con motivo de una reunión con otro escritor que conoces, que ha formado parte además ya de esta Galería de Cronopios, me refiero a Juan Laborda Barceló. Al regreso del viaje quedé con él y le conté mi experiencia. Laborda vio una novela en el acto. Pero no en mi peripecia, sino en Tromso, en la noche polar, en el lugar… Me di cuenta de que tenía razón, por lo que armé unas líneas básicas que dieron lugar al germen de Gilda en los Andes. Así que no, no fui a Tromso con la idea de la novela… Después sí que he visitado algunos otros lugares con la intención de corroborar o comprobar que mi memoria no me traicionaba. Y esos viajes ya eran con la novela en la cabeza.

Revista Achtung!: Dicen, aquellos críticos que entienden de Literatura, que un buen novelista posee una voz propia. ¿Ya la tienes? ¿O a cuanta distancia crees que te encuentras de ella? ¿Te vas a seguir caracterizando por la forma de narrar en Gilda en los Andes o piensas cambiar de registro?
Fernando Marañón: Sí, creo que tengo una voz propia que ya adquirí hace tiempo y que luego he ido modulando y que ha ganado a base de trabajo. Los personajes de Gilda en los Andes tienen más recorrido. Estoy escribiendo otra historia sobre ellos, aunque independientemente están en la cabeza otras dos novelas que no tienen nada que ver. Esta siguiente novela me resulta algo más fácil porque ya tenía los personajes construidos y porque los escenarios los conozco muy bien. La falta de tiempo hace que busques siempre atajos para que la producción no se demore demasiado.
Revista Achtung!: ¿Y qué es lo que buscas cuando escribes? ¿Cuál es el objetivo?
Fernando Marañón: Tengo dos objetivos. En primer lugar, pasármelo yo bien haciéndolo, porque esto no da para vivir, salvo que se alineen los planetas y se den una serie de circunstancias que van más allá del talento: la suerte, el negocio… Hay un montón de factores que influyen para que puedas vivir de esto, y en España…, en fin. Por lo tanto, no escribo libros para ganar dinero, al menos a priori, dado que eso nadie lo puede planificar, y por eso el primer objetivo es pasármelo bien. A mí, escribir me alimenta el espíritu. El otro objetivo es que aquellos que me lean pues se lo pasen bien también, que alimenten su espíritu leyéndome, pero no porque yo escriba cosas profundísimas que marquen una impronta… Me bastaría con que se leyeran Gilda en los Andes un verano y lo recordaran por habérselo pasado bomba con el libro… Digo que me bastaría, pero vamos, eso ya sería mucho, desde luego.
Revista Achtung!: ¿También lo pasas bien incluso con todo lo que tiene de duro, pesado o exigente este oficio de escribir?
Fernando Marañón: Por supuesto, lo pasas bien incluso cuando sufres en el proceso de creación porque es un sufrimiento que te impones a ti mismo. Te metes en un callejón sin salida con unos personajes o con una situación y luego tienes que resolverlo, y en ese proceso te lo pasas muy bien. Al final, el balance es que has disfrutado mucho construyendo tu universo. Si, además, ese universo empatiza con alguien, y ese alguien lo disfruta, pues la satisfacción es enorme.
Revista Achtung!: Hablando de sufrir: habías publicado sobre cine, el libro de relatos, pero esta ha sido tu primera novela, lo que podríamos denominar tu primera experiencia editorial grande… ¿Cómo la calificas?
Fernando Marañón: Es decepcionante. Pero no solo para mí, creo para la inmensa mayoría de los autores de lengua española y, si nos quedamos particularmente en España, aún es más. Es decepcionante desde hace mucho tiempo, ya lo dijo Larra, aquello de que escribir aquí es llorar. Siempre tienes un inconveniente para juzgar esto y es la inercia que tenemos los españoles a pensar que la culpa de todo lo que pasa es ajena a uno mismo. La editorial, los distribuidores… Todos son unos tuercebotas menos tú. Y claro, la novela también tiene algo que decir aquí. Puede ser más densa, menos densa, amena o no tanto, aunque por supuesto tú te pienses que está perfecta. No puedes saberlo, es imposible conocer qué porcentaje de decepción corre de tu cuenta, cual corre de cuenta del editor, del distribuidor, del librero, de todos los actores en juego. En efecto, es decepcionante, pero es que el mundo editorial español es decepcionante. Desde luego que tiene buena parte de responsabilidad en todo ello, pero no sabes hasta qué punto es toda la responsabilidad.

Revista Achtung!: ¿Esta decepción se inscribe dentro de una crisis generalizada de las Humanidades, o las Humanidades están en crisis porque hay una quiebra general de valores?
Fernando Marañón: Yo creo que la crisis no es tanto de Humanidades como un problema del espacio y del tiempo de ocio de los que se ha apoderado el teléfono movil. Y ese tiempo de ocio va contra unos ocios anteriores que estaban más relacionados con las Humanidades. La lectura ha ido perdiendo terreno frente a las pantallas: la del ordenador, la del cine, la del televisor, la del teléfono. La lectura se ha ido quedando en un espacio que está al borde del frikismo. La lectura ya es muy poco usual, casi diría que elitista. Realmente, en España la lectura ha sido siempre algo elitista, tuvo su momento de expansión, pero es algo que pertenece a las élites. Y no se trata de que la gente no lea. La gente lee en el móvil, lee el periódico, lee el blog de alguien, una página web, mensajes, correo, el muro de Facebook… Están leyendo, pero en el teléfono movil, y en ese soporte no se puede leer una novela ni un clásico, ni ningún tipo de libro, porque es incomodísimo.
Revista Achtung!: Coincidirás en que un par de grupos editoriales lo capitalizan todo, de hecho editan un tipo de literatura de merchandising que podríamos denominar como de capitalismo cultural y a la que pertenecen los autores que más venden y que, generalmente y salvo excepciones, no poseen ni una gota de calidad literaria. ¿Crees que este capitalismo cultural está contribuyendo a arruinar el oficio de la literatura?, ¿será posible contrarrestarlo de alguna manera?
Fernando Marañón: Indudablemente, el capitalismo cultural existe. Es como un círculo vicioso: apoyan a escritores porque venden, pero entonces los demás no venden…, ¿pero esos no venden porque no los apoyan o porque realmente no venden? Esos escritores a los que se apoya comercialmente son mayores, cada vez más, y necesitan un relevo; tendrán que apoyar a una generación que sustituya a esa, incluso aunque sea dentro de ese capitalismo cultural. Pero esto no solo sucede con los libros y la literatura, ocurre con cualquier producto cultural. Los grupos grandísimos, estas editoriales que todo lo controlan, solo quieren que leas sus libros, que compres sus periódicos, escuches sus radios y veas su televisión. Ahora bien, creo que hay un montón de editoriales pequeñas donde la élite lectora que no se compra el último Best seller tiene ahora una grandísima oferta (lo que no significa que el autor que publica en ellas gane dinero, no gana un céntimo). Esas pequeñas editoriales hacen ediciones cortas de pocos ejemplares y apuestan por otras cosas. No redunda en ningún beneficio de los autores, pero de este tipo de editoriales hay muchas, más que nunca. Ofrecen un abanico, para aquellos a quienes verdaderamente les interesa, que es muy amplio.
Revista Achtung!: Y uno de los principales problemas a la hora de vender libros, o cualquier cosa relacionada con la cultura, es que a la gente le resulta muy cara…
Fernando Marañón: La gente se queja de que la cultura está carísima. En todas las ciudades hay librerías de viejo en donde puedes encontrar libros por precios irrisorios, exposiciones gratis, teatro subvencionado, descuentos de todo tipo… Lo que resulta caro de la cultura es el acceso a la cultura mercantil y, además, estrenarla; es decir, lo nuevo. Yo quiero ser el primero que compra el libro, que acude a la película o a la obra de teatro. Eso es caro, pero disfrutar de la cultura, si de verdad te interesa, es muy barato. Una película, si es buena, la puedes ver en cualquier momento de tu vida, no es necesario hacerlo en el día del estreno, y eso es cultura, lo otro es moverse al impulso de la moda. Moverse en ese impulso es muy caro, pero acceder a una cultura intemporal no lo es. La cultura es muy asequible. De hecho, nunca ha estado más asequible. Y lo triste es que nunca ha estado más asequible y que nunca ha interesado menos. Es un problema de nuestra sociedad mercantil en la que solo tiene valor aquello que posee un precio. No sabemos distinguir entre precio y valor; ahora impera la máxima de que cuanto más cuesta algo, mayor es su valor. Quizás, el que haya tantas posibilidades gratuitas o muy baratas de acceder a la cultura puede que haya conseguido que la gente le haya perdido el respeto, y ya no sepa valorarlo como se merece.
Puedes encontrar aquí la crítica que de su novela Gilda en los Andes hicimos en Achtung!:
Y esta fue mi recomendación de Gilda en los Andes como libro del mes de junio de 2017 para la página Mi Nueva Edad: