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jueves, 1 de marzo de 2012

7 Segundos de Condena (3)


3. Autopsia.
a) PROLOGO
Un hombre no se suicida por el amor de una mujer: dijo una vez el ilustre suicida: Cesare Pavese. Según él, un hombre se suicida por lo que conlleva ese amor por cualquier mujer: miedo, sentimientos de indefensión y debilidad.
Mi propia teoría -en el momento de saltar- era un poco diferente. Un hombre no se suicida por el amor de una mujer excepto si Ella es la única esperanza. Los hombres vulgares pasan toda su vida junto a una persona a la que no quieren, creen que aman a la que no desean mientras buscan a la que sería su mujer ideal, la de sus sueños. Es la esperanza que mueve el mundo: siempre hay un hombre tras una mujer, siempre existe una esperanza de que tras esa mujer exista la felicidad. Para esos hombres: las mujeres representan la felicidad, pero son la encarnación del desencanto. Porque siempre fallan.
Así, los hombres reanudan la búsqueda con el ánimo de que un día darán con la felicidad que ansían: se equivocan: nunca, nunca encontraran lo que anhelan, aunque en el empeño si se aproximen bastante a la felicidad plena. Por ello aguantan y aguantan. Nunca desesperan... Y un puñado de privilegiados consiguen encontrar su esperanza, y saben, que tras esa mujer, ya nunca existirán otras. Por eso se suicidan al perderla.
Esto era exactamente lo que a mi me ocurría.
Ella era la mujer de mi vida: las esperanzas de ser feliz pasaban por Ella. Y ÚNICAMENTE POR ELLA. Sin tenerla a mi lado, ninguna otra podría lograr que la olvidase. Podría estar junto a otras muchas, pero siempre la desearía a Ella. Este problema marcaba para siempre mi existencia. Destruía mi existencia -existencia, qué término tan manido, tan carente de significado, tan estúpidamente desgastado- antes de vivirla. Por eso me lancé al vacío.
Ser un privilegiado no conduce más que a morir... y ser una persona común desemboca en el fracaso continuo. Ya tengo bastante con mi único fracaso como para estrellarme en la desgracia y en la desesperación femenina una y otra vez. Mejor morir que soportar un eterno análisis de las razones, de los motivos, de las causas de mi comportamiento, de todo lo bien y lo mal realizado, de aquello que debí hacer y no hice, de eso que no debí de hacer e hice, esclavo de los malditos remordimientos y condenado a llamarme por toda la eternidad idiota. Prefería morir antes que soportar de por vida todos estos análisis infructuosos.
Lo bueno de estar desesperanzado es que siempre se busca la esperanza. Si se ha perdido esta -y se sabe, siempre se sabe, tristemente, se sabe- no se puede vivir a la búsqueda de lo que ya, jamás, se encontrará.
LA ESPERANZA ES LO ÚNICO QUE SE PIERDE, PERO TAMBIEN SE PIERDE.
Y me tuvo que suceder a mi. Tuve que ser yo quién extraviara su propia esperanza. También es mala suerte...
b) EL SALTO DEL TIGRE
Fueron menos de siete segundos de condena. Transcurrieron menos de esos siete repulsivos segundos de martirio.
Me empotré contra el asfalto en apenas unos dos segundos: 2 coma 434444 segundos, periódico, exactamente… ¿pueden ser los segundos, las milésimas, periódicas? Claro: en mi vida todo era periódico, se repetía de forma implacable, con el martillazo del martirio así que, los segundos, el tiempo, sus fracciones esquirladas en mi corazón: también esas eran periódicas.
Mientras caía, creí que realizaba un salto sexual al estilo del Kamasutra. Por ejemplo, el llamado salto del tigre, en el cual el macho se tira en plancha desde lo alto para caer sobre la hembra y penetrarla. Yo realizaba en esos instantes un coito mortal que me bañaba de placer. Llegué a pensar que experimentaría el orgasmo. Por contra, perdí el control sobre mis esfínteres. De modo que me oriné y defequé encima.
No era algo muy agradable eso de ensuciarse, pero, al menos, reventar resultó muy dulce. Se quebraron las vértebras de mi cuello y crujió la columna. Se partió en pedazos. Vértebras quebradas como esperanzas mutiladas por un monosílabo, un no, nacido de sus cálidos labios. Ella negó la vida, mi vida. Columna partida en pedazos como sensaciones acuchilladas en rodajas ante su frialdad. Un árbol de poderosas y profundas raíces que se desgaja del reseco terreno por culpa de un temporal de ira. Los huesos revientan, los pulmones se aplanan, el corazón grita y pide sobrevivir... pero ya no existe más espacio vital para él.
Dos coches que no pudieron evitar mi cuerpo acabaron de convertirme en un pelele. Marioneta goyesca sin cuerdas con todos los miembros rotos y la cabeza totalmente vuelta del revés. Ironías de la vida... fui muñequito manejado por Ella, soy posesión infernal de película de serie B sin Ella.
Debo confesar, ahora, que en cierto instante -cuando me encontraba debajo del cárter del primer automóvil- me sentí como un perro que el bus de mi colegio atropelló durante una excursión que hicimos a Toledo. Luego -al arrojarme el vehículo con fuerza, treinta metros más allá, y aplastarme un segundo auto contra el bordillo- me gustó. Me encantó. Hasta lamenté la circunstancia desagradable de que un tercer coche o un gran autobús no me pasaran por encima.
Quizás podría machacarme ese automóvil embalado que escapa del atasco, en busca del maridito angustiado que aguarda la llegada de su conductora. O tal vez un autobús en el que fuera Ella sentada. Viajera con la mirada perdida y el pensamiento apaciblemente colocado sobre un jersey que le iba a regalar a su hombre por su cumpleaños. Durante un segundo extrañada por el bache que acababan de coger y que no era otro que mi cuerpo -que jamás volvería a moverse por Ella- y mi corazón -que jamás volvería a latir ya por Ella-.
El bus, el jersey rosa y el anuncio de Aspirina escrito con chapa en sus laterales se perderían en dirección al Corte Inglés. Unos grandes almacenes que acechaban con un anuncio de las rebajas en su fachada.
También se alejó el automóvil con mi sangre entre las ruedas. CON MI SANGRE BAJO SUS ZAPATOS DE TACÓN Y SUS MEDIAS DE SEDA.
Ejecuté, me ejecuté, un perfecto salto del tigre. Una zambullida sin salpicar casi agua, aunque algún juez olímpico resentido me podría calificar con un cero -nota a la que por otra parte ya estoy acostumbrado- por dejar un reguero de sangre y todas mis vísceras desparramadas por los sucios adoquines.
Me sorprendió enormemente que llegara la policía antes que la ambulancia. ¿Era posible ese desprecio por mi vida? Reflexioné un momento. Ya me encontraba muerto. Así que me daba igual. Además, resultaba absurdo tanto interés por morir y ahora protestar por eso. Mejor: el retraso de la ambulancia me sentenciaba definitivamente en el caso de que existiera una mínima posibilidad de supervivencia. Como no era así, no sucedió nada. Llegaron, pero yo ya estaba muerto.
Un corro de curiosos... gente asustada... sangre, blandas vísceras... ni para morir tuve estilo... no se preocupen señores, no se asusten que no ocurre nada... no me duele... quise levantarme y, primero, abroncar a los de la ambulancia para, después, tranquilizar a la gente. No pude. Estaba muerto. No me detuve a pensarlo. Estaba muerto. Muerto, muerto, muerto.
La imagen de un hombre ensangrentado, con la cabeza vuelta del revés y puesto en pie, tratando de serenar a la gente, no resultaría agradable -creo que cundiría aún más el pánico-. Así que olvidé la opción de levantarme y arengar al personal. Descubrí, asombrado, que aunque lo intentara no podría ponerme en pie. Es que estaba muerto. Muertomuerto. Muertomuerto. Muertomuertomuertomuertomuerto muerto. Muertomuerto.
Muerto.
La cabeza retorcida apuntaba al charco de sangre, caliente y espeso, formado sobre el asfalto. Transcurrió un breve tiempo hasta que me trasladaron a la UVI móvil, donde se certificó mi muerte. Era donante de órganos y por ello no demoraron mucho la operación. El juez se personó rápido y en un instante ya estaba en una camilla y dispuesto (mientras el vehículo aullaba camino del depósito) a que me extrajeran todos los órganos aprovechables para un trasplante. El desguace de mi cuerpo fue como el desguace de mis sentimientos. Aquella desmembración que Ella efectuó con la cucharilla de café del rechazo. Su rechazo. Cucharilla con la que me vació, uno a uno, todos los poros rellenos de ilusión...
No me detuve a pensar -y aún no le he pensado del todo- que estaba muerto.
MUERTO.
c) DISECCIÓN
Mi corazón me desilusionó, era una porquería. Estaba avejentado y rajado. Raído. Se le notaba cansado. Ellos me lo sacaron, pero ignoraban que ANTES ME LO EXTRAJO ELLA. Y era, por otro lado, lógico que se viera así de estropeado. Estaba plagado de sufrimiento.
Con mucha cautela lo situaron en un contenedor con hielo. Rezumaba mi sangre roja y enfadada. Se mezclaba con los cristalitos congelados y me recordaba a las copas que -en interminables veladas- saboreábamos hasta el amanecer. Combinados, whiskys, alcoholes con mucho hielo. La granadina de la vida. Ella siempre bebió y comió de mi corazón. Pedacito a pedacito, con prudencia, para evitar emborracharse de él. Músculo que ahora representaba una copa difícil de beber, muy cargada de lástima y resentimiento. Un amargo trago que para Ella siempre resultó muy dulce.
Al extraer el corazón de mi pecho creí ver su nombre escrito a lo largo de los dos ventrículos. Pero el personal médico parecía no darse cuenta de esa circunstancia. Quise advertirles de que el corazón tenía un nombre grabado por acción de las lágrimas, pero no pude. Estaba muerto. Y, ahora, mi corazón congelado. Con su nombre congelado y gangrenado de ventrículo a ventrículo.
... Recordé que a menudo pintaba un corazón con su nombre y el mío sobre el polvo que cubría los muebles de mi habitación, sobre el cristal empañado del espejo del baño al salir de la ducha, sobre el parabrisas del coche al sorprenderme la helada en plena noche. Siempre grababa un corazón. Lo contemplaba y con movimientos automáticos y lágrimas en mis ojos lo borraba. SIEMPRE FALTABA ELLA PARA VERLO. Siempre faltaba, nunca estaba allí para que sus labios desempañaran el cristal y destruyeran el dibujo. NUNCA ESTUVO ALLÍ...
Me extrajeron otros órganos para diversos trasplantes, pero únicamente se utilizaron, al final, el corazón, los ojos y el hígado. Quedé con una completa pinta de estúpido, mayor aún, si cabe, al aspecto de idiota que poseía en vida. Con el cuerpo quebrado, el pecho abierto y perforado, los ojos vacíos y los párpados cosidos. El pecho abierto... con el pecho abierto, como siempre me mostré junto a ella. Con el pecho abierto y vulnerable. Ella nunca penetró en mi vulnerabilidad con suavidad. Fue taladro que cercena y muerde. QUE FINALMENTE MATA.
Apagaron la sirena. Ya no era necesario ir deprisa a ningún sitio. El conductor puso música. Alguien argumentó que deberían quitarla, en nombre de no se que sentido del respeto por los muertos. Quise decirle al conductor que no, que me gustaba, que se divirtiera, que a mí también me gustaban los RAMONES. No pude. Estaba muerto. La canción se titulaba CEMENTERIO DE ANIMALES. Decía así: "no quiero que me entierren en un cementerio para animales, no quiero vivir de nuevo mi vida..."
Yo sabía que no viviría de nuevo mi vida.
d) FRÍO, EN EL DEPOSITO DE CADÁVERES
EL DÍA EN QUE MI SANGRE MANCHÓ LAS ACERAS, el día en que mi cuerpo violó el asfalto, el día en que mis vísceras explotaron ante la contaminada bruma de la ciudad, el día en que mis venas se expandieron fuera, el día del BIG-BANG DE MIS ÓRGANOS, ese día supe que nunca volvería a vivir mi vida. Todos los fracasos, todos los errores, las desgracias, los fallos, quedaban archivados. A nadie interesaban ya.
Permanecí en el depósito de cadáveres, tumbado en una mesa de metal, hasta que el forense tuvo la feliz idea de realizar la autopsia, actividad que acometió empachado de aburrimiento y desgana por la maldita rutina. Quedé totalmente trepanado y cercenado, cosido y recosido, semivaciado y remendado, al compás de una salmodia de términos científico-biológicos que ilustraban mi estado de ánimo en ese momento y que podrían resumirse en unas palabras mucho más sencillas que flora post-mortem o rictus. Resumiendo: el cadáver mostraba un agudo estado de DESESPERACIÓN.
De entre todo el galimatías médico extraje una deducción. Tanta palabrería latina, tanto subterfugio medicinal, tantas vueltas para decir que estaba muerto y bien muerto. Eso era todo. Conservado a una temperatura de bajo cero, a juego con mis congelados sentimientos. SIEMPRE CONGELADOS SENTIMIENTOS.
Flotaba en formol. Junto a otros cadáveres, desparramados en una especie de contenedor-piscina. Conservado, a la espera de ver que destino me aguardaba: la disección, el crematorio o la fosa común. Deseaba ser donado a los estudiantes de medicina. Los únicos que gozarían al tocar y palpar mi cuerpo. Los únicos que se excitarían al sobarme. Al manosearme a sus anchas. Al menos, ellos, si que pasarían un rato agradable conmigo y con mis orificios. A ellos no les repelerían mis orificios. Ni mucho menos.
Sin embargo, no fue así. Un amigo, herido en su insensible sentido de la responsabilidad -sentido que siempre le faltó al encontrarse a mi lado-, se interesó desquiciadamente por mi final. Nunca me ayudó en vida -nunca me prestó ni la más remota atención-, pero ahora un descafeinado remordimiento le condujo a gestionar el papeleo de mi muerte, tal vez para paliar así su aflicción ante las inevitables circunstancias. Se encargó de todo. Sería incinerado, que tan poco estaba mal, ¿no?
Mientras flotaba en el formol junto a otros desgraciados, avisté a un pobre que acostumbraba a deambular por el barrio en el que yo vivía. Por la mal cosida herida de su cabeza se le desparramaba lentamente la masa encefálica. Intenté avisarle de que perdía materia gris, pero no pude mover ni un músculo. Permanecía allí, flotaba sobre aquel pestilente líquido, con mis pulmones anegados, la cabeza del revés, los párpados cosidos, las cuencas rezumantes de suero como dos uvas maduras, los labios resquebrajados y el cuerpo suturado. No podía moverme ni un milímetro.
La idea de que me encontraba muerto cruzó con brevedad por mi pensamiento, pero la deseché con la misma rapidez con que la masa encefálica de mi vecino llegó hasta mí y se me adhirió a las sanguinolentas manos.
e) EPÍLOGO
Apestaba a descomposición, a estiércol y a furia, con todo el pelo grasiento por el formol.
A eso de las doce del mediodía me consumí -como si no me hubiese consumido ya lo suficiente en vida- en el interior de un fuego eléctrico, funerario, y que muy poco tuvo de redentor. Asistí a mi barbacoa recostado en un ataúd normalucho, de madera de mala calidad.
Fueron escasos los asistentes al acto. Ardía delante de las lágrimas de mi impenitente amigo y de unos poquitos familiares lejanísimos, amén de los tristes compadres de cañas y pinchos de tortilla, compañeros de vomitonas y borracheras, camaradas de canutos y excesos, conocidos de suspensos y deseos frustrados, e incluso guardianes de besos en el portal.
No, no estaba. COMO SIEMPRE, ELLA NUNCA ESTABA.
Achicharrado. Calcinado. Ataúd+cadáver= 1 kilo y pico de cenizas.
Una urna plateada, desafiante, parecía decir un: ¡atrévete a tocarme! Dentro de ella me encontraba yo. Bueno, mi esencia. En eso me convertí. En polvo. Cumplí los bíblicos pronósticos a la perfección. Completaba el ciclo de la vida. Polvo al polvo. Lógico, siempre viví hecho polvo. No podría terminar de otra manera. Mis ideas acerca de perpetuarme en otros cuerpos fracasaron. Mis cenizas eran las únicas que aún podían llevarme a alcanzar ese placer, esa obsesión.
Esparcido, después de la hora comer, en un campo de Castilla. Una bonita idea de mi amigo que ahora lloraba al verme volar sobre La Mancha (¿se le metieron mis cenizas en los ojos?) como una nube de oscura basura. Rachas de viento sobre pardos y grises campos.
El polvo aterrizó junto a una granja. Sobre un comedero de cerdos. La montaña de cenizas fue reclamo y golosina para los puercos. De entre ellos, Cuto me devoró con gula. Era el jefe de la piara, el más fuerte y orondo, el animal que apartó a los demás a mordiscos, gracias a sus coces y gruñidos pudo ingerirme por completo.
Nunca antes luchó nadie así por mí. Aquel guarro me honraba. Era el fin que todo romántico desea. En el interior de los larguísimos intestinos de un cerdo. ¿O era un nuevo principio?

7 Segundos de Condena (2)


2. Arden los Puentes.

Su brazo agarró con fuerza el mío. Con fuerza (una excavadora que destroza piedras y terruños que se despedazan en mi pecho, arenas que se deslizan entre mi corazón, recuerdos aprisionados por el poderoso brazo hidráulico, por una incontenible pala que araña y destroza, que rasga y despelleja, que nunca pide perdón) me arrastró hasta una cafetería cercana. Conversamos, frente a un par de cervezas.

La conocí en el instituto... Mi cabeza se elevó por encima de los cogotes agachados y sumisos, humillados por el látigo del latín y chocó salvajemente con sus ojos que rastreaban con desesperación un SOS emergente de algún pupitre. Se encontró con mi desesperada llamada de socorro. Ya nunca más me humillé ante el latín, desde entonces me humillé ante Ella. Mucho mejor, ¿no?

Nuestras relaciones cuajaron en un instante y nos amamos como el latín vivía inseparable del suspenso. Por un tiempo creí que podría ser PRECAVIDAMENTE FELIZ. Pero ni tan siquiera me dejó llegar a ello. Al poco tiempo me abandonó. Alegó no se que excusas y me apuñaló sentimentalmente. Me fusiló, degolló y por la brecha de dolor provocada se me escapaba la confianza y la esperanza. Ella lo ignoraba, pero mataba la esperanza.

La mala suerte, solamente esa puede ser la causa, la mala suerte nos llevó a coincidir en la carrera de Historia. De nuevo volvimos a estar juntos. Aguanté una relación, un martirio, hasta el tercer curso. Entonces, decidí dejar los estudios y no la vi más. Ni tan siquiera me llamó por teléfono para interesarse por mí. Ni me mandó una postal desde sus lugares de vacaciones. Ni se molestó en recordar que existía un idiota al que destrozó una vez y que, si algún día se aburría, PODRÍA CONTINUAR ENTRETENIDA CON LA DESTRUCCIÓN DEL IDIOTA, mi propia destrucción. Pero por entonces yo ya no servía ni para ser aniquilado.

Esto es lo que ocurrió. Unos hechos que no se enseñan ni se aprenden en la carrera de Historia, estudios que terminé por la Universidad a Distancia. ¿De qué me valió comprender la Revolución Industrial si he sido incapaz de entender mi propia revolución, la que sublevó mi corazón y conquistó el territorio del desánimo con una política de tierra quemada, de sentimientos calcinados, sobre los que nunca podrá renacer carne sana?

Ella me marcó a fuego en el corazón y en la cabeza, en cada uno de mis actos. En cada movimiento.

¿De qué me vale ahora conocer los verdaderos motivos que llevaron a Colón a descubrir América cuando he sido incapaz de descubrir mi propio continente de la desgracia y plantar en él la bandera del optimismo?

No me vale de nada, NUNCA, NADA, VALIÓ LA PENA.

Entre sorbo y sorbo de cerveza me puso con rapidez al corriente de su vida. Presentaba unos parámetros claros, concisos y vulgares. Sobre todo vulgares. Particularmente vulgares. Excelentes notas-doctorado-boda-un niño-plaza de profesora no numeraria-tesis-plaza de profesora fija-mucho trabajo-muy importante-mucho amor-familia-éxitoéxitoéxito. Parámetros de una vida que emanaban de la vulgaridad y destilaban vulgaridad. Pautas de comportamiento nacidas de la monotonía y de todos esos valores tan comunes a los buenos ciudadanos. De eso que, por privárseme a mi, siempre he criticado con odio -un odio que en realidad no es sino ENVIDIA-. El éxito lo desconozco. Ella no. Triunfó socialmente y se casó con su novio de toda la vida. Que bien.

Sobre todos estos asuntos tan sangrantes para mi moral giró nuestra conversación. A Ella le importaba muy poco lo que pudiera haber sido de mi persona durante esos años. Lo mal que me podía sentir, incluso lo que aún sentía por Ella. Le daba lo mismo. Ignoraba que con tan sólo una frase suya -una miserable frase suya- lograría que cambiase de opinión respecto al suicidio.

Mi cerebro recordaba nuestro amor entre chispazos enloquecidos de mis neuronas y latidos comprimidos de mi corazón. Rememoraba el último día en que la vi. Mi despedida para siempre. Bajo un cielo increíblemente azul y despejado (tanto que dolía) me deslicé por las escaleras del metro y dejé detenida en mi memoria su larga cabellera, sus ojos que ya no telegrafiaban ningún SOS y su corazón que latía pausado y reposado. Corazón, su estúpido músculo, ese músculo suyo tan satisfecho, hastiado de triturarme. Un vagón me sumió en LA OSCURIDAD DE SU AUSENCIA.

Tan sólo unas pocas frases (despojos léxicos, recortes semánticos, casquería gramática) serían suficientes para salvar mi vida, pero Ella parecía no saberlo. QUERÍA NO SABERLO. Nunca las pronunció.

Mi tiempo se agotó como la cerveza dio paso a la espuma en el fondo de la copa. La vida abrió las puertas del bar y recibió con un abrazo a los triunfadores y, eso era lo peor, las cerró de golpe frente a mí. Su maridito aguardaba en casa, esperaba a su mujercita para comer.

Me despedí de Ella con un beso en la mejilla. Me parecía incomprensible, absurdo, que por no ser lo que siempre fui con Ella, por no significar algo (si es que llegue a significar algo para Ella alguna vez) me privara de besar su boca ahora. Además, yo me encontraba a punto de morir. Pero Ella no lo sabía. O tal vez lo intuía y PREFERÍA NO SABERLO.

Arrancó su coche y el atasco la recibió con los brazos abiertos. El atasco de los triunfadores, de los que sí tienen a donde ir, que saben que alguien los aguarda -sumidos en la desesperación de la anhelada espera nerviosa- al final de las colas de los coches. Tienen el dónde, un cuándo, un cómo, un porqué y un por quién atascarse. Poseen un motivo por el cual atascarse y desesperarse. Recuerdo que entonces pensé en cómo me hubiera gustado poseer a alguien que me hiciera esperar, aguardar histérico en una estación, AUNQUE NUNCA ACUDIESE A LA CITA CONMIGO.

Los brazos abiertos del atasco la recibieron en su seno de humo y contaminación sonora como los brazos abiertos de su marido la recibirían en su seno de envidias y celos, de posesión, de maldita pertenencia. Y el atasco la fagocitó en su estómago de aluminios y carburantes requemados con la misma furia que almacenaban sus piernas abiertas al anochecer. Aberturas por las que aún destilaba mi agonía sobrecogida.

Calle abajo la perdí. Esta vez para siempre. Un autobús rojo me hirió de muerte al cruzarse tras su coche y no dejarme verla más. ¿Qué le hice yo al transporte urbano que siempre se muestra tan cruel conmigo?

Pensamientos de muerte anidaban en mi cabeza, otra vez. Sí, muerte, y ahora tocaba ya la mía. Caminé con calma (¿qué posible prisa podría existir ya?). Me acerqué al puente. A la catapulta, al todo que para mi significaba la anhelada y apreciada nada. Significaba todo lo que deseaba: desaparecer de una vez por todas.

Llamé a la policía desde un teléfono público y les anuncié mi suicidio. Advertí bien claro el lugar, la situación y la inmediatez del mismo, ya que soy (¿o debo decir era?) donante de todos los órganos que pudieran servir para salvar vidas. La idea de perpetuarme en el futuro y llevar una existencia mejor me obsesionaba. Lo intentaría, aunque tan sólo pudiera consolarme por partes.

Me ilusionaba que mis ojos dieran a otro hombre la oportunidad de interceptar un SOS con mejor fortuna que yo. Pero lamentablemente no sucedió así. NUNCA SUCEDEN LAS COSAS A MI GUSTO. Una vez muerto, las cosas no tenían por que cambiar. Y no cambiaron. Mi ideal de ganar una segunda oportunidad fracasó. Claro, se trataban de los órganos de un fracasado. ¿Qué otra cosa podría haber sucedido? Fracasado por fuera, y por dentro. Incluso en la más recóndita esencia de mi ser anidaba el fracaso.

El rizoma del fracaso.

Me asomé al puente. Todo Madrid aparecía ahora en mi premortal imaginación surcado por deliciosos y salvadores pasos elevados. Se me apoderó un ansia de dolor y odio, indignado ante un día tan bello. Me rasgaba con violencia el sentimiento de la envidia. El mundo, la naturaleza, parecía alegrarse de mi extinción. Yo, una especie que desaparecía. Ella, una especie que se perpetuaría. No podía consentirlo. Y menos cuando pensaba que una miserable palabra de Ella habría evitado mi extinción. Juré que me vengaría.

Un cielo inmensamente claro y limpio parecía ser la declaración de alegría de toda la humanidad por mi aniquilación.

Una vez más, imaginé todos esos puentes extendidos, como los brazos de un pulpo seráfico, angelillo en pos de mi salvación, en dirección a mi alivio.

Al final de los puentes, abajo, debajo de los puentes, existía una dimensión de alivio al fracaso.

Un lugar para los fracasados, sitio exclusivo para los fracasados.

Debajo de todos esos puentes existía ese lugar.

TODOS ESOS PUENTES ARDÍAN AHORA EN MI CORAZÓN Y YO ERA UNO DE ELLOS.

Salté al vacío.

7 Segundos de Condena (1)


1. El Salto del Ángel.

Soy un idiota: durante toda mi vida he sido un idiota: desde siempre, desde siempre, me he comportado como un idiota: nunca he dejado de ser un idiota: de pequeño, pertenecía a esa babosa calaña de alumnos que se interesaban por las excursiones culturales a los museos ante la, primero atónita y después aburrida, mirada del resto de la clase.

Una mirada de indignación colectiva que terminaba convirtiéndose en un fugaz asaetamiento de odio.

Sí: he sido: y soy: un imbécil. SOY UN IMBÉCIL... aunque los conceptos del tiempo y del espacio carecen ya de todo interés para mí y debo olvidar las formulaciones de mi vida en un tiempo presente y futuro. Únicamente puedo vivir del pasado. El mañana no existe para mi. El ayer es un triste recuerdo que ahora voy a saborear con idéntica amargura, con el mismo acíbar que tragué mientras lo viví. Pero también con el delicioso sabor de aquello que jamás se podrá repetir ya.

El pasado... el pasado... podría situarlo en el día dos de febrero de mil novecientos noventa y dos. Todo lo que me haya podido suceder antes de esta fecha carece, automáticamente, de importancia. Todo, excepto los motivos -que son las raíces de toda mi historia- que me condujeron a los sucesos que ahora paso a relatar:

Caminaba lentamente y de forma pesada bajo un frío insoportable y en un día increíblemente claro. En mi mente se agolpaban sentimientos perdidos, dolores olvidados, odios y rencores que se dirigían al sumidero de la única solución admisible: el suicidio. EL SUICIDIO.

Seleccioné con rigor matemático los tres o cuatro pasos elevados más adecuados para ejecutarme.

Dudaba, al final, entre el puente del Viaducto o el paso elevado de la Ciudad Universitaria, allí donde se cruza con la autopista. Por dos motivos de peso elegí este último: en primer lugar, el Viaducto muestra un letrero luminoso al final de su trayecto en el que pueden leerse las palabras: BAR LA ESPERANZA. No me parecía un buen plan reventarme frente a semejante cartel. Además, en el interior del establecimiento nunca se me fiaría esperanza, tan preciada mercancía. La verdad, casi nunca, nadie, quiso fiarme un puñado de esperanza. El origen, el motivo fundamental de la existencia del bar y de su curioso nombre, radicaba en las veces que algún suicida, tras mucho pensarlo, decidió no lanzarse al vacío. Así que terminó celebrando su resurrección en la barra de ese local, el primer establecimiento que aparecía tras el Viaducto. Suicidas arrepentidos celebraban su nueva vida con un buen copazo de anís o un chispazo de coñac. Resurrecciones de alta graduación, Lazaros del Mono, resucitaciones de Las Cadenas o de Castellana con hielo. Renaceres de Domecq, Terry, Centenario o Soberano peleón. Incluso de tintazo de verano… La verdad, todo eso no iba conmigo. Nunca me agradaron los licores de sobremesa.

La otra causa, la otra que me inclinó por la elección del puente de Ciudad Universitaria, se encontraba en la añoranza. Estudié la carrera de Historia en la facultad construida a pocos metros de allí y el lugar me resultaba familiar y hasta, por ello, un poco acogedor. Durante años crucé hundido en mi frustración sobre ese paso elevado y soñaba ensimismado con que llegaría el día, la hora feliz en que me reventaría contra el suelo. Ahora, se presentaba ante mí el momento de cumplir, por lo menos, una de las quimeras que abundaron en mi desengañada vida. Una vida plagada de sueños incumplidos, de horas sin dormir, de días sin vivir, de finales de año sin celebrar y de frases sin decir por no existir casi nunca nadie que las escuchara al otro extremo del hilo telefónico o al otro lado de la conversación (aunque algunas veces, si ese alguien existía, solo esbozaba -sin mucho esfuerzo- una triste y disimulada, una cara mezquina de prestarme atención; gesto y ademanes forzados de figurante para SIMULAR QUE ME PRESTABA ATENCIÓN, pero que va, no me hacía ni caso).

Llegué frente a mi puentecito. Pondría el fin, el punto muerto, la coma agónica, el punto y final a los nerviosos trazos de mi absurda y maltrecha existencia. A menudo tan inconexos e intraducibles. Simples y a la vez indescifrables.

Contemplaba el asfalto gris, lejano, al fondo de un abismo de placer y libertad. Me esperaba, me prestaba toda su atención. TAN SOLO SIETE SEGUNDOS DE CONDENA, siete segundos de caída, siete segundos más de insoportable vida y podría espachurrarme libre y con potestad para reventar a mis anchas. Con la tranquilidad de saberme cualificado para esparcir todos mis órganos por donde quisiera.

Decidí pegar el salto. No necesitaba pensarlo más. Me agarré a las barras del puente. Conté hasta tres. En ese momento se cruzó por mi cabeza una tontería: MI ÚLTIMA TONTERÍA. Pensé que ejecutaba EL SALTO DEL ÁNGEL. El salto de un nadador, de un esforzado atleta que, a fuerza de esteroides y disciplina espartana, escapaba de las desgracias gracias al chapuzón contra el duro asfalto del suelo. Huida representada en el impacto revolucionario de mis arterias, el batacazo redentor de mis venas, el liberador destrozo de mi cuerpo.

Sí, era un deportista del alma, especializado en negras y sucias almas, que se olvidaba de las más fundamentales leyes del difícil arte de mantenerse a flote.

Esta idea del salto del ángel retrasó unos segundos el brinco, mi brinco a la felicidad de la desintegración. Los instantes justos para permitir que una voz de mujer susurrara en mi oído: ¿Es que ya no te acuerdas de mi?

Rebobinado del aborrecimiento. Atrás en la película de la vida. El salto anhelado quebrado por una presencia beatifica. El coitus interruptus de la muerte, un tal vez continuará mañana... no se pierdan el próximo capítulo, amigos.

Me detuve.

¡Claro que me acordaba de Ella! Es que... ¡ERA ELLA! En mi vida tan sólo existió una Ella. Y esta Ella era esa Ella.

Mi mente giraba con el mordisco del dolor en el corazón. Igual que si sufriera un ataque de alergia al polen, saturado, congestionado por cada uno de los poros de mi piel. Igual de vehementes eran mis sentimientos, en ese momento, como lo fueron mi amor por Ella y mi odio por mí mismo durante todo este tiempo.

Transcurrieron cinco años desde la última vez que la vi. Cinco años. Cinco años en los que la recordé en cada parque, en cada lugar en donde permanecimos juntos, en cada sombra entre las que la besé -sombra fría y negra de portal, sombra triste y huidiza de soportal con arcadas, sombra negra y pesadumbrosa de la humillación-, en cada segundo transcurrido entre la curva del dolor y del amor... entre cada preservativo usado que yacía sobre la hierba del campo o junto a las aceras de la ciudad... entre cada farmacia y cada caja de compresas, entre cada café y cada whisky, entre cada borrachera y cada mala resaca, entre cada butaca aterciopelada del cine y entre cada amanecer y cada anochecer.

Nunca pude olvidarla. NUNCA PUDE OLVIDARLA.

Me preguntó si ocurría algo. Llevaba unos segundos gritando mi nombre, pero yo no acertaba a contestar. Ausente, con los ojos clavados, fijos en el abismo, parecía aislado, por una vez, del dolor. Aislado del dolor a la espera de obtener un dolor mucho mayor. No el dolor del impacto, sino el dolor del ser que se sabe condenado a desaparecer.

Fue aquella voz de angostura la que se deslizó por entre mi ser y me recordó ese otro tiempo en que me susurraba exquisitos te quiero.

Mi cabeza creía reventar. Pero desgraciadamente no ocurrió así, no reventó mi cabeza. DESGRACIADAMENTE NO FUE ASÍ. NUNCA FUE ASÍ. NADA FUE ASÍ, a mi gusto.

A lo lejos, el conductor de un coche hacía sonar, frenético, el claxon. Pitaba para que lo dejaran escapar de la doble fila de vehículos en la que se encontraba atrapado. Mi corazón también gritaba por escapar. Pero las cadenas que lo atenazan siempre han sido muy fuertes. Inasequibles al óxido. Inabordables por el cortafríos. Inquebrantables. Indestructibles. Invulnerables, como la desgracia. Irrompibles. Como la desgracia.

Las cadenas que atenazan mi corazón tan sólo sucumbirían a su amor. Nacieron por ese motivo y exclusivamente por ese motivo desaparecerán. Pero eso si que era pedir un risible imposible.

Es pedir un imposible.

Cadenas inextinguibles...