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sábado, 16 de marzo de 2013

tachuelitas de palabras


tachuelitas de palabras
tachuelitas de palabritas
cuando abriste la boquita
y allí sobre la lengüecita
clavaditas todas
con los palitos de las emes
y las curvas de las eses
y las esquinitas de las zetas
hincaditas en la carne
a la espera de ser vertido
su plomo candente
desde tus labios
a mi corazón

lunes, 29 de octubre de 2012

caldo de letras



las letras de tu nombre
pronunciadas a medianoche
iluminan el techo
revolotean por la habitación
incineran mi cama

las letras de tu nombre
sumergidas en el caldo
del café caliente
de la mañana
llagan mi garganta
con cada trago

las letras de tu nombre
rompen mi carne
asoman con jirones de piel
ensangrentada en sus aristas
y las patitas de una
consonante
trepanan la tráquea
con dolor oxidado
cada vez que
te llamo

martes, 29 de noviembre de 2011

Una historia vocálica y alfabética


Había una vez un grupo de tres letras, tres aes, que aborrecían mucho, pero mucho, a un par de letras e: tanto las odiaban que con su furia eran capaces de hacer, cuando se enfadaban, que el día se volviera noche y, algo mucho más difícil, que la noche se hiciera día.

Como las letras, las tres aes, eran medio brujillas, decidieron lanzar un hechizo para alejar de allí, para siempre, a las poco amistosas es. Movieron la varita mágica por aquí y por allí y zas, las convirtieron en dos barcos, en dos bajeles que inflaban sus velas y flotaban sobre sus graciosos pies curvados. Incluso se adornaron de llamativos mascarones con una sirena y un tritón; en el puente de una de las es aparecía un capitán con loro y garfio que miraba por un largo catalejo.

Las letras a remataron la faena con un último movimiento de varita: desencadenaron un viento huracanado que se llevó volando por los mares, generalmente tranquilos en ese equinoccio, a las dos letras e: muy muy lejos de allí. Más allá de las Antillas, de Cayena, mucho más allá. Y así, un grupo de consonantes desanimadas que llevaban una existencia herrumbrosa, imantada por culpa de aquellas es impertinentes, pudo recuperar, poco a poco, su relumbrón.

Y las aes, satisfechas, empezaron a maquinar que podían hacer para acabar con los días festivos, que les caían tan gordos, o incluso más, que las propias letras e que ya bogaban más allá, mucho más allá, de las Columnatas de Hércules, de Zanzíbar o de Fernando Poo.

Quizás, sí, sería buena idea convertir las tiradas de días festivos en ristras de salchichas… y juntas, las tres letras a movieron a la vez su varita…

Pero eso ya es otra historia.

O, al menos, no es historia para que sea contada aquí.