Mostrando entradas con la etiqueta Ovidio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ovidio. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de junio de 2017

Una historia de policías (o no)


 *Este texto apareció originalmente en mi columna de opinión literaria El odradek, en el sitio Achtungmag.com
http://www.achtungmag.com/una-historia-policias-no/

Esteban Navarro es un excelente escritor de novela negra. Y también es policía. Con su novela La noche de los peones (en Ediciones B) consiguió ser finalista del Premio Nadal de 2013. Se ha convertido en uno de los principales integrantes de la llamada Generación Kindle, con una inteligente y abrumadora presencia en las redes sociales en donde ha sabido vender muy bien sus trabajos y se ha creado una cotizada marca personal. Y también es policía. Su último libro, Una historia de policías (editorial Playa de Ákaba) trata de una mafia policial en una comisaría de Huesca. Esteban Navarro lleva muchos años entregado a difundir la literatura y la lectura de una forma desinteresada. Hace unos días ha sido expedientado por el Ministerio del Interior que le ha abierto una comisión de Asuntos Internos —sí, como en las mejores novelas de detectives— por causa de unas denuncias anónimas que lo acusan de servirse de la policía, de su uniforme, para promocionarse como escritor. Porque Esteban Navarro es, por encima de todo, escritor. Y también es policía.

Esta es mi primera columna de opinión literaria de El Odradek, en este Achtung Magazine que me ha recibido con los brazos abiertos. La intención de El Odradek es tomarle el pulso a la actualidad literaria, unas pulsaciones más bien moribundas en este país de Ferias del Libro, mediocridades, epígonos y diletantes. Por eso, he querido comenzar con Esteban Navarro, y con un tema sangrante relacionado con él y con su literatura.

Habrá quien piense que este escritor no necesita defensores, incluso que lo último que requiere es mi defensa, pero me siento especialmente identificado con algunos aspectos que tienen relación con la situación que está viviendo actualmente: sus propios compañeros, de forma anónima y sibilina, lo han denunciado. Argumentan que se vale de su posición, del uniforme policial, para promocionarse, para intentar vender más libros. Entiendo que esto le sea especialmente doloroso al escritor, porque, precisamente, y reconocido incluso con placas de agradecimiento, su tarea ha sido la contraria: allí donde ha ido se ha mostrado orgulloso de dignificar su profesión gracias a la literatura.

En efecto, Esteban Navarro es muy querido, y no sólo por sus muchos lectores. Los comisarios de festivales de novela negra han salido en su defensa. Y son un montón de comisarios de un montón de prestigiosos festivales. Las bibliotecas a las que asiduamente acude a colaborar en clubes de lectura también lo apoyan. Realmente, todo el mundo está de acuerdo en que este escritor lleva años luchando por promocionar la literatura y la cultura. Entonces… ¿a qué se debe una denuncia tan injusta?

Dejando a un lado que su última novela ficcionaliza una mafia policial en una comisaría de Huesca, y que eso haya podido molestar a alguien, el problema de Esteban Navarro radica en la propia naturaleza de su trabajo: corre turnos, muchas veces se enfrenta al terrible trabajo nocturno, y yo, que he permanecido más de 11 años inmerso en ese tremendo mundo, sé muy bien lo que todo ello significa.

Es difícil resistirse al romanticismo literario que envuelve al vigilante del turno de noche: que sí, de acuerdo, Faulkner trabajó de noche en una central eléctrica de Misisipi… Hay muchas horas tranquilas para dedicarse a la escritura, a leer, en efecto. Yo, en todos esos años de nocturnidad pude escribir cuatro novelas, estudiar una carrera, redactar una tesis doctoral y hacer tres masters. Y también pude sufrir la insolidaridad (por llamarla de forma suave) de la mayoría de mis compañeros. El trabajo a turnos, en especial si lo haces de noche, es un vivero para alimentar el odio de tus compañeros, que dilatan hasta la extenuación los cambios, que no tienen el menor respeto por el que lleva toda la noche en vela, y se duermen o llegan tarde… Hay un rechazo casi patológico hacia quien se marcha a casa a descansar cuando los demás arrancan la sufrida jornada laboral, hasta el punto de considerar el relevo como un favor personal que te hacen. Y luego, si eres escritor, la cosa se pone mucho peor.

Una de las asignaturas que estudié en Teoría de la Literatura fue la de Tradición Clásica. Gracias a ella aprendí muchas cosas del legado griego y romano, y me topé con un personaje singular: Procusto. A grandes rasgos, tal y cómo lo encontré en las Metamorfosis de Ovidio: este bandido acostaba a sus víctimas en una cama, y si les sobresalían las extremidades se las cortaba para “ajustarlas”. Y de aquí algo muy interesante: el síndrome de Procusto, es decir, el empeño obsesivo por cercenar a todo aquél que destaca en algo.

Es el trabajo a turnos un monumental lecho de Procusto, donde los compañeros más mediocres, hirvientes de envidia, talan sin cesar a quién pretende sobresalir. El talento es mal compañero de trabajo. Te acaban odiando, incluso por un motivo que no tiene que ver directamente por las tareas que desempeñas. Si eres escritor, automáticamente, estás señalado por la envidia. Y este síndrome de Procusto ha mordido a Esteban Navarro.

La desagradable situación por la que atraviesa el autor es producto de la envidia desaforada de sus compañeros, y lo es por una cuestión meramente intelectual, porque un escritor en España se muere de hambre y necesita de un trabajo alimenticio que poder compaginar con la tarea de su escritura. Por eso, todavía resulta más miserable esta denuncia.

Prefiero quedarme con las novelas de Esteban Navarro, que os aconsejo, y con mi recomendación de realizar una lectura de las Metamorfosis de Ovidio (editorial Cátedra) para descubrir que en ellas se esconden todos los orígenes de la literatura moderna. Entonces, al conocer a Ovidio, podemos asegurarnos de que, aunque Esteban Navarro es policía, su historia no es una historia de policías, sino una historia de envidiosos. Y al final, los envidiosos, los Procustos, solamente nos sirven como material literario a la hora de mostrar las miserias de nuestra sociedad. Poco más.

miércoles, 5 de marzo de 2014

heroida



para Gema, en el día de su cumpleaños: felicidad


cuando lo vi allí plantado, en mitad de la sala de espera del aeropuerto, con toda esa barba blanquecina, y me acerqué hasta él, y ese aroma a pipa como de cerezas y el olor tan característico de su colonia, nervioso y temblando, supe que me había rendido, me había rendido al futuro, porque yo era su futuro que aparecía en la sala de espera, y el sería mi futuro, tan diferente a nuestros pasados envueltos en volutas oscuras y aromas de breas
todo el viaje con la firme propuesta de no besarlo así, y zas, nada más verlo, nada más vernos, pero esa barba y ese aroma de pipa que eliminaba mi recuerdo olfativo de brea y sus recuerdos olorosos de amoniaco, porque luego supe que para él las cosas le dolían como el amoniaco igual que a mí los malos tragos me traen un sabor de brea a la garganta y un fuerte olor que se me desliza garganta abajo
lo supe si que lo supe que mi vida sería la suya como la suya la mía y entonces pensé que si mi vida fuera como una helena de troya o una dido o una deyanira luego de estar con él si la cosa no funcionaba siempre podría escribirle una carta como aquellas heroidas hicieron con sus amores al estilo del libro de ovidio
como penélope a ulises
como hipsipíla a jasón
después, descubrí que te astillabas la salud en ese maldito trabajo de alcantarillado viendo a las ratas corretear, pensé que en troya habrías sido un héctor o un eneas que podría haber controlado los pasadizos y el subsuelo, evitando así la entrada de los griegos y, con ello, el desastre estrellado, encendido y centelleante
o tal vez un leandro, esta vez prudente, que sabría nadar y atravesar el canal sin ahogarse, empleando algún pasaje soterrado que vadeara la muralla de agua
como ariadna a teseo
como helena a paris
en ese lugar, la sala de espera del aeropuerto, parece mentira que un lugar de paso tan gélido pueda resultar un sitio tan cálido, allí empezamos a digerir nuestros pasados, el tuyo como un largo trago de amoniaco deslizado tráquea abajo por un embudo y el mío como un caldero espeso y burbujeante de pellas de brea, un caldero de brea hirviente como en el que sumergieron a un hereje los inquisidores en la plaza san marcos de venecia y tras el dolor todo fue dulzura y nubes de malvaviscos y palomitas y ositos haribo
en el avión pusieron una canción, la de leona lewis , la de i got you, y en un instante me imaginé como una de las heroínas de las cartas de ovidio desgranado los sentidos de la micro maquinaria de mi corazón, y poder decirte como filis a demofonte algo así como
que las olas me lleven y me arrojen a tus playas y aparezca yo ante tus ojos
ya sé que luego esta historia se torna en trágica y cruel, pero me gusta quedarme con los pasajes bonitos para ilustrar sentimientos de amor, de este amor desencadenado en una sala de espera de aeropuerto a la llegada de un vuelo de lisboa, seguro que george clooney o tom hanks harían alguna película buena con esto, acaso no la hayan hecho ya
durante mi vida he llorado en numerosas ocasiones, la mayoría de las veces porque el dolor enmudecía las palabras, pero ahora es otro tiempo, tiempo de lágrimas, también, pero de lágrimas de felicidad, y puedo decir como briseida a aquiles que
también las lágrimas tienen el valor de la palabra
mientras en este caso tú, que eres una serpiente de palabras, mi serpiente de palabras, y te alimentas de ellas para poetizar mi nombre, cada vez que lo pronuncias consigues aquello que le dijo dido a eneas y es que
en mi cuerpo se esconde encerrada una parte de ti