miércoles, 29 de febrero de 2012

Teoría y práctica de la Autoficción


Personajes de novela

sobre campo de cuervos

y vidas en tinta.

Larvatus Prodeo III


-¡He encontrado un manuscrito de Larvatus Prodeo!

-¡Qué interesante!

-¿Sabe usted que jamás escribió ni una línea? ¡El manuscrito está en blanco!

-¿Y cómo piensa aproximarse a él? ¿Desde que enfoque, que presupuestos teóricos y metodológicos?

-Bufff... no sé, pero seguro que aplicaré teoría de Bajtín, siempre Bajtín.

-Sí, para un manuscrito en blanco de ese tal Larvatus, será lo más indicado: Bajtín, seguro.

-Pues eso: ¡seguro!

Larvatus Prodeo II


-Voy a escribir una tesis doctoral sobre un autor muy interesante, Larvatus Prodeo, ¿lo conoce usted?

-Jamás lo escuché, caballero...

-Que raro que no lo haya leído, si nunca publicó nada...

-¡Entonces tiene usted un extraordinario material de estudio para su tesis!

-¿Ya lo creo!

Larvatus Prodeo I


-¿Conoce usted a un autor que se llama Larvatus Prodeo?

-No señor, que no caigo...

-Pues debería... debría conocerlo... es tan magnífico por que todavía no ha escrito ni una línea, pero nada de nada.

-Tomo nota, caballero: ¡ese es un género que me encanta!

Pseudo Haiku literato


Sobre papel en:
blanco, mi vida sangra:
todo mentira.

Historiectomía II

2.El caso Pinkerton:

El otro día intervenimos en el caso de Henry Pinkerton, un asunto de pura rutina: El señor Pinkerton vivía feliz y satisfecho con su familia en una zona residencial de Pittsburg. Su sueldo al frente del concesionario de automóviles le permitía un ritmo de vida desahogado y ahorraba en un fondo de pensiones para disfrutar la jubilación. Entonces, una mañana, mientras leía el Herald durante el desayuno, se topó con un titular que arruinó si vida. Su primera novia había sido brutalmente violada, estrangulada, en un crimen ritual que centró todos los focos de los medios. Aquella noticia le causó una impresión tal que empezó a plantearse si no debería haber continuado con ese primer amor, a todas luces, ahora que ya había muerto, un amor verdadero, su amor verdadero… y todo su mundo empezó a derrumbarse sin sentido. Vino a vernos muy angustiado porque el matrimonio se iba al garete, el negocio próspero hacía aguas y todo parecía importarle muy poco al haber descubierto cómo había desperdiciado su vida al no continuar con su primera novia, a la que amaba, y formar una familia con una mujer que de la noche a la mañana le resultaba odiosa: todo era una impostura, un engaño, se estaba engañando desde que tenía 19 años…

¿Y qué creen que hizo? ¿Nos pidió que volviéramos en el tiempo para salvar la vida a su antigua novia? En absoluto. Simplemente, no deseaba tener esa revelación: esa completa seguridad de que su vida estaba vacía y era mentira. Como el detonante era el titular del Herald, nos pidió que ese día el repartidor no lanzara el ejemplar a su porche. Fue una intervención sencilla. Eso era fácil de evitar. Pero no tuvo éxito: en efecto, no se enteró por la prensa, pero el caso era tan notorio que en seguida lo descubrió por la televisión y, de forma implacable, su mundo se vino igualmente abajo. Entonces, nos vimos obligados a una segunda intervención. Y se dirán ustedes: ahora sí, ahora tocaba salvar a la chica. Tampoco. El señor Pinkerton eligió no haberla conocido nunca. Hacerlo llegar tarde a la fiesta en donde coincidieron por vez primera fue suficiente para que él entrara por una puerta de la casa con todo su futuro de piezas de motor, últimos modelos y complejo residencial con piscina a salvo, y que ella saliera por la puerta de atrás camino de una violación y un estrangulamiento ritual que aguardaban una veintena de años más adelante. El cliente manda, y elije, y el señor Pinkerton se marchó de nuestro centro muy satisfecho.


Historiectomía I



1.Consideraciones generales sobre la Historiectomía y formas de proceder:

¿Qué extracción histórica quiere que le hagamos? Esa es la pregunta que formulo a mis pacientes, arrellanado en mi enorme sillón de orejas, al otro extremo de una inmensa mesa de caoba, en mi consultorio de River Oaks. Sí, el negocio marcha bien, de una forma excelente, porque nunca falta trabajo. Las extracciones históricas, o usando el término técnico exacto, las historiectomías, están viviendo en esta época un éxito completo.

No se crean ustedes que viajamos atrás en el tiempo (porque únicamente podemos viajar hacia atrás, tal y como nos regula la Comisión del Espacio-Tiempo) para evitar que los padres de Hitler se conozcan y evitar así que ese monstruo hubiera nacido, o para impedir que Julio César cruzara el Rubicón, o alguna zarandaja de ese estilo, del tipo pseudo histórico de Ciencia-Ficción. Que va. La Comisión analiza al detalle cada una de nuestras peticiones y algunas las acaba rechazando. Desde luego, nada que tenga que ver con personajes históricos. A esos, ni tocarlos un solo pelo de la cabeza. Es más, por accidente, me parece que el personaje más famoso que se cruzó en una intervención (sin que hubiera ningún problema futuro, afortunadamente) fue el tipo ese de la cometa y la llave y el rayo, ya saben, ustedes me entienden… Edison, lo tenía en la punta de la lengua.

Nosotros prestamos otro tipo de servicio. Simplemente, extraemos del pasado sucesos nimios a los ojos de la Gran Historia de la humanidad, pero enormes en el devenir de los seres insignificantes. Les pondré algunos ejemplos: un tipo de Rochester, víctima de un divorcio terrible, quiso evitar el motivo del conflicto, un motivo de metro ochenta, laaargas piernas, caderas cimbreantes y pechos generosos. Simplemente, el Equipo de Extracción retrocedió hasta justo un instante anterior y evitó que el hombre (actualmente feliz y generoso padre de familia) arrojara por la borda y con una infidelidad todo su esperanzador futuro.

En eso hemos quedado con los saltos atrás, en intervenciones que evitan divorcios, la compra de negocios ruinosos, imprudencias temerarias… en fin, cosas de esas. Además, ya les digo, la Comisión analiza cuidadosamente el impacto de cada extracción y la línea temporal que se verá alterada (hay quién prefiere decir dañada, pero ese es un término que no me gusta nada). Por ejemplo, entre las intervenciones rechazadas por la Comisión: un chiflado quería que convenciéramos a Bob Marley de que se curara una herida en el dedo gordo del pie que se hizo jugando un partidillo de fútbol y, al parecer, eso lo acabó matando… La Comisión impidió esa actuación porque Bob Marley, consideraron acertadamente, debía parte de su mito e influencia a su muerte, y pensaban que un Bob Marley de 80 años arrastrándose por los escenarios perdería gran parte, o toda, de su importancia… Así que de resucitar a Elvis y cosas como esas, ni hablar.

Muchos clientes se sientan delante de mi enorme escritorio y mascullan la frase definitiva: Dios, dicen, si aquel día no hubiera tomado esas copas de vino de más… Si no lo hubiera conocido… Si no hubiera robado ese anillo… Si no hubiera contestado al teléfono… Si hubiera usado preservativo… ¡jajaja!, esta última frase la escucho más veces de las que ustedes pueden imaginar, y siempre me hace gracia.

En efecto, la gente prefiere una intervención temporal a un aborto, una historiectomía carísima antes que un par de años de cárcel por un atropello con lesiones bajo los efectos de la borrachera o que apechugar ante el negro machón en el expediente policial por el hurto, más o menos vehemente e irresponsable, de una baratija.

martes, 28 de febrero de 2012

Camino al Infierno 2


Son las nueve: te levantas para disfrutar del sábado. Él aún duerme plácidamente. Sí, está ahí. Es tuyo. Continúa atrapado bajo las sábanas. Bajo el peso de tu sexo.

Llamo por teléfono desde la carretera: no contestas. No eres capaz de escuchar un S.O.S matinal proveniente de un desahuciado. De un desahuciado por ti que pide, clama e implora, ayuda. Socorro. He colgado tras oír tu voz en el mensaje del contestador.

Ni un automóvil camino de Madrid. Camino al infierno. El desayuno es mermelada en su boca y mantequilla en tus caderas. Es goma y llanta. Frío y barro para mí. Café y azúcar, sus músculos en una luminosa matinal. Pasas el día de compras, del brazo por el Retiro. Besos con calma. Das de comer a los patos y alimentas el olvido de mi recuerdo. Restaurante y carcajadas. Sonrisa contra sonrisa. Rosas, carreras bajo el gélido cielo de la capital, sesiones de cine y copas al atardecer.

La tarde se acogota en el crepúsculo: por encima de los tejados berrea en un vano intento de no extinguirse. Te preparas para disfrutar de esta noche de sábado. El telón nocturno cae como capa que cubre, vela, mi propio dolor. Tus labios brillan e introduces un preservativo en el bolso. La luna vuelve a ser una mierda esta noche... tan fría para mí...

El mensaje en el contestador: escucho tu voz y cuelgo. Comprendo la inutilidad del buscarte por donde da la vuelta el aire, por donde da la vuelta tu nombre. Has regresado pronto a casa. Ardías bajo la minifalda. Se incendiaban sus vaqueros. Os habéis devorado el uno a otro. Has gozado de esos momentos en los que tu pelvis ha ignorado el recuerdo del empuje de otras caderas. El pecho sube y baja excitado al compás de los latidos de mi corazón y del tono del teléfono que comunica. Lo has descolgado.

Un nuevo amanecer: la madrugada de un domingo siempre resulta tranquila. Una paz que inquieta a los corazones acurrucados bajo las sábanas, que ya no encuentran nada en absoluto que compartir. Un amanecer de tristeza, de penuria y miedo, de dolor... el viento sopla en las esquinas. La lluvia se clava en las costillas y en el alma. Desayuno a primera hora de la mañana con el ritmo del televisor como única compañía: cursos de inglés o la Santa Misa.

Caricias en la ducha. Tú ducha. Felicidad removida en la negra taza de café. Sexo pegajoso como la mermelada de melocotón sobre el croissant a la plancha. La gente acude a la iglesia o al parque. La amargura acude a mi cabeza.

Escampa y el sol se desprende de entre las nubes. Vuelvo a llamarte. Contesta una voz de hombre. Me habré equivocado. Marco de nuevo mientras te marchas con él a explotar de alegría, a insultar con tu alegría.

Ahora: me responde el contestador con su voz, la voz de un hombre que dice que NO ESTÁIS en casa. Cuelgo. Estaba dispuesto a dejar mensaje. Ahora estoy dispuesto a degollarme con mi afilada desgracia, borracha, extraviada en las Siete Calles de mi desesperación.

Camino al Infierno 1

Los automóviles cruzan como puntos luminosos procedentes de otra galaxia. Había reunido el valor para llamarte. Dentro del coche -con la radio y la calefacción a tope- no se está mal del todo. Llamé y respondió tu contestador. No me atreví a dejar mensaje. Ya has vuelto a destruirme. Soy más valiente para huir que para acudir a buscarte a casa. Para llamarte de nuevo. Ahora lucho por atesorar valor otra vez. Una vez más. Otra vez más. El compás que marcan los limpiaparabrisas ayuda a concentrarse en la soledad.

Mientras conduzco, te despiertas sobre tu sudario de semen. Te revuelves, buscas y -tristemente para mí- encuentras su cuerpo a tu lado: a ese lado que me aniquila. Yo: continúo por la autovía, me alejo de esos pedazos de corazón esparcidos a lo largo de mi rastro. Mil esquirlas de te quiero clavadas en no sé muy bien que recuerdos... Tras de mí quedan los desvíos como tras de ti las palabras, las palabras que se ha llevado el viento de unos amores furiosos. Reflejos en el retrovisor como los de tu pelo a la luz de la luna. Esta noche la luna es una mierda.

Si la noche es un momento tan frío para ti como lo es para mí...

Él, profundamente dormido, se revuelve. Lo abrazas. Posas la cabeza sobre su pecho y cierras los ojos plácidamente. Rebosas tranquilidad. La luz de la luna ilumina tenuemente la habitación que huele, agria, a sudor. Afuera, la noche es tan fría...

Si la noche es un momento tan frío para ti como lo es para mí...

Te sumes en un reposado y satisfecho sueño. Sientes su cuerpo caliente, lo sientes latiendo al lado. Apresado por tus brazos.

Sigilosamente penetro en Bilbao. Ciudad desierta. Muerta en la dolorosa y fría madrugada del norte. Me detengo en un solitario semáforo en rojo que a gritos clama atención. Bajo la ventanilla y un gélido aire me azota, reforzado con cierta pestilencia: la ría está cerca. Sobre mi cabeza la luna parece advertirme de tu existencia colgada, aferrada a mi alma. Tu recuerdo es la luna.

Esta noche la luna es una mierda.

Una ciudad llamada Malicia (abridged)


"El fantasma de un tren de vapor

despierta ecos en mi camino.

Por el momento no va a ninguna parte

-sólo da vueltas y vueltas-.

Niños en el patio y columpios que crujen.

Risa perdida en la brisa."

(Paul Weller -The Jam-, "A Town Called Malice").

Náufrago entre la agonía, floto a la deriva de las lágrimas, acunado por la lástima, mecido en los brazos del odio. Zozobro hacia el ayer y me ahogo en el adiós. Soy expedicionario sin retorno del mañana, perdido en el futuro, anclado en los recuerdos, atrapado por los sueños, enredado entre los deseos... varado en el asco.

Camino por la ciudad. De acera en acera. De calle en calle. De portal en portal y de rabia en rabia. Rabia, sí, rabia. Rabia, por dejar resbalar mi vida ínfima entre las basuras y el pavimento, acodada entre el abandono y el olvido. Intento no recordar el pasado, así no descubriré que soy un fracasado. Una estela amarga, como una larga flema, se me escurre entre la existencia. Hundo las manos en los bolsillos repletos de desesperación y extraigo lodo. Una masa negra y marrón, achocolatada, arenosa, que lentamente rezuma del cerebro y del corazón.

Taxis. Pasos de cebra. Semáforos. Obras públicas. Inmensas avenidas de luz. Señales de tráfico. Soy un automóvil que se estrella contra los atascos, que se golpea contra las colas de los cines. Reviento en pedazos.

Soy un fantasma abandonado en los raíles del metro. Apoyado contra la pared intento dar el salto a las vías. Carezco de tanto arrojo. Siempre me faltó decisión para terminar. El suicidio es una mera cuestión de decisión. Ya lo sé.

EL FANTASMA DE UN TREN DE VAPOR borra el archivo de la mente. De mí mente. Esa mente nunca ordenada por tomos y anaqueles. Esa mente que se aferra, se empeña en olvidar lo que pretendo recordar. El borrado automático sentencia mis posteriores actos. Me arrastro desencantado. Una insidiosa voz repite mi dolor y DESPIERTA ECOS EN MI CAMINO.

El borrado automático provocado por el dolor.

Los caballitos estériles de un tío-vivo giran y giran en el interior de la pupila. Busco en el diccionario del holocausto sentimental una definición que no encuentro. Mientras el dolor se quema y nos asfixian los tentáculos de la ciudad, mientras silban en la neblina del deseo los autobuses fantasmas, mientras escucho gritos en la claridad de las luces de neón, mientras todo sucede a la vez, deseo que dejes caer -una última vez- tu pelo sobre mí. Para poder sentir la seda alrededor de la cara. Tu seda. Sentir tu seda instantes antes de que me cieguen a dentelladas las bocas del metro.

Una lágrima cae de mis ojos. POR EL MOMENTO NO VA A NINGUNA PARTE ya que teme explotar sobre el asfalto duro y resquebrajado por la acción de los hombres. Cuarteado por la acción de tanto castigo, de tanto cansancio diario reiterativo. Reiterativo.

Da igual en que azotea me encuentre. Intento un salto a la liberación desde sus terrazas. El lastre del peso del tiempo me impide emerger al vacío. Me imposibilita para una autodestrucción que colme de felicidad los últimos minutos de la vida. Miro al cielo. La cabeza -como siempre y eternamente- SOLO DA VUELTAS Y VUELTAS. Me emborracho de azul.

Susurro una oración destinada a perdonar mis errores. La penitencia resulta excesiva. Soy incapaz de autoabsolverme. Pálido y tembloroso, descubro que para lo único que tengo soberanía es para la autodestrucción. Y ni a eso me atrevo.

Sentado en un parque contemplo el atardecer. Las sombras se apoderan de las aristas, de los picos, de los pináculos, de las antenas parabólicas de televisión, de los tejados, de los congelados áticos. Las sombras caen sobre las arcadas y los patios interiores. Las sombras lo invaden todo y yo floto entre ellas. Las sombras condenan mi existencia.

Los perros corretean y se rebozan entre la arena. No hay chicos en el parque. Antes me gustaba ver jugar a los NIÑOS EN EL PATIO del colegio. Ahora me asusta. Son un escaso bagaje que nunca podrá sustituirme.

Aterrado, me levanto del banco de piedra. En el parque existe demasiada soledad y COLUMPIOS QUE CRUJEN como para que me sienta un extraño. Sé que estás cerca y hasta puedo escuchar tu RISA PERDIDA EN LA BRISA. Una canción se repite

una estrofa me lastima

late con furia

y un final

que

nunca

llega

lunes, 27 de febrero de 2012

Girondesca


"En poesía, la métrica es un adminículo de tendero y la rima como un tambor indígena".

Oliverio Girondo.

Pseudo Haiku-Metahaiku


Libro de haikus

colgado de la luna

sangra el corazón.

Pseudo Haiku agostí


Mi corazón

campo de amapolas

agostado por tu amor.

Pseudo Haiku Chulapo


La Cibeles

tan borracha de luna:

cielo de Madrid.

Anuncio Sol


Anuncio una casa donde ya no quiero vivir,

como dijo Hrabal,

un sol de náusea como un tiro al plato,

un sol de vanguardia y Lugones y

un sol de Lunario Sentimental:

un sol de luna.

Anuncio un cuerpo en el que nunca

me reconozco,

lustrado y curtido

a ese sol bomba de cobalto

que amojama.

Anuncio el odio

y anuncio la injusticia,

el malogrado celeste,

el estúpido Faetón,

el dolor que se oculta

y se pone tras las montañas

y sobre los tejadillos y

eclipsa

mi corazón

y se posa con su sombra

negra,

mancha solar e infecta

sobre la vida.

El lector de Dickens (parte 10 y última)


En el cementerio de Strasnice, Praga: tarde del 11 de junio de 1924.

La mañana fue radiante. La tarde muy desapacible para el mes de junio. Lo era, tal vez, porque el soplo helado de sus corazones se extendía con viento gélido por las callejas de Praga. Un hálito congelado que emanaba del cementerio de Strasnice, planeaba, atravesaba en vuelo rasante el Puente de Carlos, se deslizaba, alcanzaba la catedral de San Vito, enganchado en sus capiteles, colgado de las gárgolas para retornar, desolado, y mezclarse con las brumas de las orillas del Moldava.

Dora Diamant, en estado de choque, repetía maquinalmente “mi querido, mi querido, mi querido”. Klopstock le administró antes del entierro unos calmantes pero no resultaron muy eficaces. En una esquina, a cierta distancia prudencial, Hermann, el padre de Franz, meneaba la cabeza resignado, sumido en un silencio culpable. Parecía decirse, no sin cierto tono acusatorio por engendrar a su hijo: La enésima decepción que me ha dado Franz y la peor de todas, al final se ha rendido demasiado pronto, antes de tiempo. A Hermann le quedaban, aún, siete años de amargura.

Era curioso, era triste. Los amigos se encontraban más próximos al féretro que los familiares. Brod no pudo evitar reflexionar: Perteneciste más a tus amigos que a tu familia, y sintió una imperiosa necesidad de escupir tras decirse la frase, porque la boca le supo a cenizas. Se contuvo con grandes esfuerzos, ahora empezaba a sentir náuseas.

Un pequeño revuelo se organizó en el lugar en donde se encontraba Dora. No pudo aguantar más y se desplomó. Sujetada por los brazos, varios hombres lograron abrirse paso con ella entre la multitud –más de cien personas asistían al entierro- y se la llevaron al interior del edificio del cementerio. Era suficiente para Dora. Eso todos podían comprenderlo.

Cien personas, reunidas para despedir a quién siempre dijo sentirse tan solo, recluido en una Praga hostil y sin gente. Cien personas acudían a despedir al personaje que, con su muerte, acababa de convertirse en criatura de novela. Brod volvía a reafirmarse en ello. La vida de Franz fue escrita por Kafka, esa era su obra maestra, su mejor libro; el entierro era el capítulo final de la primera parte porque, ahora, desde donde fuera, Kafka escribiría una segunda parte repleta de sucesos satisfactorios, seguro. Franz era un personaje de ficción, sólo así podría interpretarse toda su vida, una enorme impostura, una desbocada invención. Eso poseía un significado terrible: si él era un personaje de ficción todo lo que le rodeaba también. Ciudad, familia, amigos…, todos ficticios.

Esa idea entretuvo a Brod por unos instantes. De regreso a la realidad, tan dolorosa, tan terriblemente dañina, maldijo no ser un personaje de mentira, de opereta, de vodevil.

Fue ese tipo…, el que asesinó al Archiduque, le confesó un día Kafka a Brod. Al principio, el amigo ignoró a qué se refería, pero Franz continuó, empeñado:

-El hombre del atentado en Sarajevo. Yo lo vi poco antes en Praga, en el café, durante la lectura de tu Tycho Brahe. Se colocó a mi lado, me tocó…, me contagió el mal -en efecto, Gavrilo Princip, el magnicida de Francisco Fernando, padecía de tuberculosis, igual que Kafka. Eso ya lo sabía Brod. ¿De dónde sacaría su amigo una idea tan extravagante? Ahora, al rememorar la conversación, no pudo evitar esbozar una sonrisa dolida, a medio camino entre la compasión, la simpatía y la desesperación.

A las cuatro de la tarde los sepultureros descendieron a su tumba el ataúd que contenía los restos de Kafka. El escritor Rudolf Fuchs se acercó a un Brod circunspecto. No ignoraba que ese hombre apenado fue la gran amistad del finado. Para intentar animarlo, pronunció unas solemnes y fúnebres palabras, pero también cargadas de una premonición aplastante:

-Dios bien sabe que en ese cajón entierran a un poeta que, desde este instante, créame usted doctor Brod, no dejará de engrandecerse.

El cielo, en esos momentos, oscuro como la humareda de un cirio, sajó su vientre en sacrificio de fuerte lluvia. Era un chubasco primaveral, sus gotas marcaban el compás del kaddish, de la oración hebrea por los muertos, de las palabras pronunciadas por el Rabino que, desgranadas, se mezclaban con la arena y las piedrecillas del suelo. A Brod, una tormenta así le pareció simbólica. Motivos tenía para ello.

Empezaba a creer que existía una conexión sobrenatural. Únicamente podía ceñirse a los hechos conocidos, de por sí, inquietantes: durante el último viaje que realizó para ver a Kafka, quince días antes del deceso, los signos de la muerte le acecharon a cada paso. Antes de ponerse en trayecto se enteró de la repentina agonía de un joven vecino. Ya en el tren, coincidió con una mujer enlutada que resultó ser la viuda del recientemente fallecido ministro Tusar, cuyo final Brod ignoraba.

Para mayor desgracia, mientras confortaba a Kafka, llegó la respuesta del Gran Rabino Mordechai Alter oponiéndose con un seco e inhumano “no” a que Dora Diamant contrajera matrimonio con Franz. Esa noticia aceleró sin duda su final. El padre de Dora, incapaz de otorgar su consentimiento, como gran devoto que era, dejó el asunto en manos de un hombre tan religioso como insensible, de un hombre que ignoraba la dramática situación que se vivía en el sanatorio de Kierling. Sin duda, con su estúpida negativa, ese Gran Rabino esparció la primera paletada de tierra encima de la tumba de Franz.

Kafka encajó la mala noticia con una sonrisa forzada. Dora se llevó a Brod en un aparte y le confesó, aterrada, que cada noche se posaba en el alfeizar de la ventana una lechuza; el pájaro de la muerte, lo calificó. A Franz Kafka le restaban, apenas, dos semanas. Se quedaba sin su tiempo.

Y unos pocos días después de rendirle la última visita a Kafka, los ojos de Max se llenaron de lágrimas al recibir una carta de Milena Jesenska, desesperada, que lo llenó de angustia. No podría olvidar nunca unas frases que la mujer, presa del dolor, garabateó con prisas:

Señor Brod: Tengo la certeza de que ningún sanatorio podrá curar a Franz porque Franz no puede vivir. Ningún fortalecimiento psíquico ni físico podría derrotar su terror… porque el terror que experimenta Franz a vivir le impide fortalecerse. Su cuerpo está ahora ya demasiado expuesto, él no puede soportar verse así. Por eso, Franz no tiene la capacidad de vivir, ha perdido esa capacidad. No se engañe, yo ya no lo hago: Franz nunca mejorará. Franz morirá pronto.

¿Pero qué podía hacer él? No pudo hacer nada, Franz nunca se dejó ayudar, empeñado en morir…, en eso consistió su pequeño triunfo. Quizás el único, su único triunfo.

Sería muy complicado, Max Brod se encontraba seguro de ello, encontrar una existencia tan extraordinaria, tan repleta de talento, tan intensamente vivida, a la par que tan miserablemente desaprovechada.

***

Por si todos los augurios fueran pocos, como si su amada y odiada Praga no quisiera dejarlo marchar sin rendirle un homenaje, Brod cruzó a las seis y cuarto de la tarde la Plaza de la Ciudad Vieja, camino del domicilio familiar de los Kafka para asistir al duelo posterior al entierro, y se percató con estremecimiento de un suceso aterrador y singular: las manecillas del Reloj Astronómico permanecían detenidas a las cuatro en punto de la tarde, justo a la hora en que Franz Kafka abrazó el humedal del cementerio, preparado para fundirse con el barro y las hojas podridas, con los riachuelos subterráneos y, una vez reencarnado en agua fresca, hundirse en las aguas del Moldava.

-Ese reloj nunca se paró antes- le dijo un abuelo a su nieto que contemplaba, curioso, la esfera atascada-. Es una señal de inminentes y descomunales desgracias –añadió, con la malévola intención de atemorizar al díscolo muchacho.

Brod, tan cerca de ellos como el amargo final se encontraba del abuelo y la primera decepción adulta del nieto, no pudo evitar oírlo.

El anciano se equivocaba: la descomunal desgracia ya había sucedido.

El lector de Dickens (parte 9 de 10)


En Praga: Domicilio de Milena Jesenska, 5 de junio de 1924.

Se aproximó al balcón, contempló la calle, el empedrado, un solitario coche de caballos que golpeaba con la uña los timbales del suelo. Se notaba la ausencia, la Gran Ausencia que planeaba en la ciudad. La Gran Ausencia en Praga, en Viena, en Berlín, en el mundo.

Las estatuas de las fachadas de los edificios, las gárgolas de San Vito, los parques, los jardines, las colinas, esos elementos, los objetos que llevaban siglos detenidos allí, anclados, arrojados a Praga como los restos de un naufragio, esos objetos, sentían, sabían de la enorme orfandad en la que se sumían y emanaban una melancolía insoportable. Ellos, construcciones, bloques de cemento, muros, la última y más pequeña piedrecilla, el más insignificante guijarro, eran conscientes de la Pérdida.

No así los ciudadanos de Praga que, un día más, deambulaban fantasmales por los puentes, cruzaban el río y arrastraban su ignorancia con enorme desfachatez. Ignoraban que desde ese día Kafka ya no existía en Praga y que Praga, con su muerte, daba un paso más en dirección a la Intangibilidad de las Ciudades, ese fenómeno mediante el cual la urbe se torna más y más etérea con la desaparición de cada hombre importante que la encarna. Hoy sería una esquina desdibujada, una farola translúcida, mañana un café fantasma, un lugar borroso, desleído bajo la capa de niebla; pasado, una calleja entera que deja paso a un descampado. Así, llegará el día en que un viajero acuda de visita a Praga y se encuentre con un socavón enorme, que ya no exista la ciudad, transmutada e incorpórea, agotada y evaporada por la fuga mortal de los genios que vivieron en ella.

Se apartó del balcón y regresó a su lugar, a su triste puesto frente a la máquina de escribir. La hoja en blanco nunca fue más aterradora para ella: la hoja en blanco aguardaba letras de tinta negra, grajos posados en un campo de espigas que compondrían la necrológica de Franz.

Empezó a teclear con mayor inseguridad que nunca:

Kafka permitió que la enfermedad soportara todo el peso de su miedo a la vida, una enfermedad que alimentó cuidadosamente, que animó a que se manifestara y creciera en su interior, un mal que entendía como un castigo justo y divino, aceptado por esos motivos con resignación, casi con una alegría inconsciente.

Milena suspiró: recordó sus paseos junto a Franz por los bosques de Viena, su cita en Gmünd durante un mes de agosto agobiante y que resultó un auténtico martirio para ambos…, pero especialmente para él, enzarzado en los brazos de un amor tan turbulento, poco correspondido. Sin embargo, Milena era incapaz de rescatar la primera vez en que se vieron, esa primera vez en un café, esa primera vez que Kafka tantas veces le contaba con todo lujo de detalles porque, si bien ella no reparó en la ocasión, a él se le grabó a fuego el instante en que, ante su espectral existencia, se manifestó “su Milena”.

Su Milena, con lágrimas, empapaba el folio en el que redactaba la necrológica y las letras, esos grajos esparcidos en campo de espigas, que amenazaban con desplegar sus alas y volar, azorados, sin rumbo.

***

“Franz Kafka era un hombre tímido, amable y bueno, pero los libros que escribió eran crueles, dolorosos. Él veía un mundo repleto de demonios invisibles que hacían la guerra a los indefensos seres humanos y los destruían…”

Robert Musil no continuó con la lectura de la reseña de Milena Jesenska publicada en el periódico Naródní Listy. Arrojó, enfurecido, la publicación que se acababa de recibir en Viena y miró por la ventana del cafetín. De repente, le dio la sensación, podría jurarlo, de que un banco de sólida y rústica madera situado enfrente, al menos por un instante, amagó por volverse transparente y desaparecer en mitad de la nada.

***

“Era lúcido. Demasiado sabio para vivir y demasiado débil para luchar…”

Una punzada dolorosa se apoderó del pecho de Max Brod. No era capaz de terminar las palabras de Milena, tan certeras. Apartó el periódico a un lado y se asomó a la balconada. Creyó reconocer a su amigo, tocado con un sombrerito, que arrastraba su delgadez a grandes zancadas, doblaba las esquinas de Praga. Una aparición, al estilo del Golem, de forma sorprendente y ficticia, acorde con el mito de la imaginación popular… En cierto modo Franz también era ahora así, una figura de la Praga popular. ¿Y si Franz Kafka no fuera sino un personaje de ficción que se inventaron entre todos los novelistas frustrados y los borrachos fracasados del foro, para que fuera más llevadera la penuria de sus vidas?

Kafka personaje de novela. Pensó en eso. Deseó verlo aparecer tras la esquina.

Nunca más surgió tras ninguna esquina.

***

“Como hombre y como artista, era tan infinitamente escrupuloso que permanecía alerta incluso cuando otros, los sordos, se sentían seguros”.

-Firmado por Milena Jesenska –añadió Robert Klopstock que, con gran presencia de ánimo, sin que su voz temblara nada más que un par de veces, lo suficiente, acababa de leer en alto la necrológica para los parroquianos del café Arco. Sentado en una silla más alejada se encontraba Leo Nemec, que no podía reprimir una incómoda humedad en sus ojos.

Transcurridos unos instantes, la clientela retornó a sus quehaceres habituales: encendieron las pipas, fumaron, bebieron sus aguardientes, charlaron de la situación política de la República Checoslovaca, tan rodeada de países que la codiciaban...

Nemec se levantó y cruzó con decisión el saloncito para detenerse frente a Robert Klopstock.

Los dos hombres se miraron en silencio, rostro contra rostro se aguantaron con dureza para girar a la par sus cabezas en dirección al rincón en donde Franz Kafka solía sentarse.

Allí no había nadie.

El lector de Dickens (parte 8 de 10)


En Kierling: sanatorio Hoffmann, mediodía del 3 de junio de 1924.

-¡Rápido, Robert! ¡Franz respira con mucha dificultad! –Klopstock se revolvió en la cama donde apenas llevaba colmadas un par de horas de descanso. Dora se apoyaba en las jambas de la puerta y su aspecto era más agotado que desesperado.

-Volveremos a probar con el alcanfor…, ayer dio excelentes resultados –musitó. Sabía que no funcionaría. Esa misma madrugada, alrededor de las cuatro, ya le administró una dosis, pero Franz apenas se calmó.

Al cruzar por la sala le deslumbró el sol del mediodía que entraba por la balconada. Era una sensación molestísima para unos ojos tan castigados, privados de sueño. Mientras preparaba un nuevo inyectable, pensó que en un día tan luminoso nadie debería de morir. Kafka, como si el sufrimiento le concediera poderes sobrenaturales y fuera capaz de leer la mente de su amigo, le aferró un lado de la bata y, atrayéndolo para sí , alcanzó a musitar:

-¡Qué difícil es morir! –Dora, al fondo de la habitación, rompió a llorar-. ¡Cuantas estaciones hay en el viaje a la muerte…, que lento es ese viaje!

-Por favor, señorita Diamant, ¿podría acudir usted a la oficina de correos para poner un telegrama?

-¿Un telegrama? ¿Ahora? –Dora Diamant quedó perpleja ante la petición de Klopstock.

-Sí, para el señor Brod. Infórmele de la situación de Franz, que venga lo antes posible.

-Pero yo no se sí… -Klopstock la interrumpió.

-Yo mismo lo haría, pero debo quedarme aquí por si Franz necesita más inyecciones.

Dora dudó por un instante. Kafka se revolvió en el lecho. Sus cabellos empapados por el sudor se apegotonaban en la almohada. Su mirada coincidió con la mujer y meneó la cabeza afirmativamente. Él mismo le rogaba que acudiera a la oficina postal.

-Bueno, está bien… -se doblegó.

Se trataba de una estratagema urdida a espaldas de Dora. Kafka le hizo prometer a Klopstock que se la quitaría de encima al poseer la certeza de que le restaban escasos momentos de vida. No deseaba que ella contemplara los últimos instantes, tan difíciles y tan duros. Tan eternos.

Dora se acerco a Franz y lo besó en la frente. Ardía, pasó su mano por encima con la intención de refrescarla un poco y murmuró:

-En seguida vuelvo, Amor, haz el favor de esperarme.

Kafka miró a Klopstock angustiado, la misma mirada que debían componer los condenados a muerte justo antes de que se abriera la trampilla, con la soga que ya ciñe sus cuellos, cumplido el horario de un posible indulto. Quedaba aguardar a que el verdugo tirarse de la palanca.

Las punzadas en la garganta se tornaron insoportables. Un enorme ahogo aprisionó sus pulmones y, seguro ya de que la mujer no podía presenciar su congoja, agarró a Klopstock de la manga y con el rostro totalmente desencajado acertó a farfullar:

-¡Morfina, dame morfina!

Klopstock se dio cuenta de que en esos instantes se encontraba desbordado por la situación. La conmoción de ver así al amigo le impedía reaccionar. Además, no sabía si una nueva dosis acabaría con una anatomía tan frágil. Pero, por otro lado ¿qué podía importar eso ya?

-¡Mátame! ¡De lo contrario sí que eres un asesino! –Kafka, ante la indecisión del médico, apelaba a la caridad. Era verdad, tenía razón. Klopstock reaccionó ante esa frase, prolongar el sufrimiento sin administrarle calmantes era un comportamiento digno de un carnicero.

Decidido, se volvió en busca de la inyección para cargarla con una ampolla de morfina; una proporción enorme que enviaría a su amigo al descanso eterno. En ese instante entró Leo Nemec, junto a la hermana Anna, avisados por Dora antes de emprender carrera en dirección a la estafeta. La hermana Anna era una enfermera con la que Kafka siempre se mostraba muy amable. La mujer le colocó una bolsa de hielo en su cabeza, vano intento de alivio. Él se la arrebato y la arrojó al suelo con una violencia inusitada, gesto que reunía todas las fuerzas, con una rabia incontenible.

-¡No me torturen más! ¿Para qué prolongar la agonía? –la voz del enfermo sonó fuerte y clara, hacía mucho tiempo que no sonaba así, como durante la lectura de su relato frente al auditorio de Múnich, un relato de dolor y sufrimiento, un sufrimiento idéntico al que experimentaba ahora. Agujas, agujas que se hincaban en la piel…

La hermana Anna pegó un respingo y, asustada, salió de la habitación. Klopstock se dispuso a ir tras ella para calmarla un poco, pero Kafka, ahora extraordinariamente sereno, le rogó:

-No me dejes –su voz retornaba al susurro, rota para siempre.

-No te dejo Franz, no te dejo –y Leo Nemec, empequeñecido hasta la burla, presenciaba la escena parapetado en una esquina.

En ese instante sucedió lo más sorprendente. Kafka aún fue capaz de formular un último sarcasmo:

-Tú no me dejas, Robert…, pero yo te estoy dejando a ti.

Klopstock se encontró perplejo. Las lágrimas caían lentamente de sus ojos, pero una incontrolable sonrisa de dolor se apoderó de su cara. Incluso en ese trance, Kafka le obligó a sonreír.

El enfermo se sumió en un silencio del que ya parecía incapaz de retornar, pero de repente, confundió al doctor con su hermana y le ordenó con balbuceos:

-Elli… Elli… aléjate, vete… Elli, vete… no… vaya… a contagiarte…

Klopstock se distanció un poco para aliviar la conciencia del amigo.

Dora apareció de nuevo por la puerta. El plan acababa de fallar: la mujer no sólo tuvo tiempo de cursar el cablegrama a Brod sino que le compró a su amado un ramillete de flores.

Kafka vio retirarse la figura de Klopstock, a quien tomaba por Elli. A esa distancia ya no podría contagiarla. Satisfecho, musitó sus últimas palabras:

-Sí, así, está bien así.

Dora se abalanzó sobre el lecho del escritor que aún abrió los ojos, se incorporó, olió las flores, y con una enorme sonrisa de plenitud, libre ya de dolores, de padecimientos, completamente emancipado de sí mismo, se recostó con placidez para no volver a levantarse nunca, ganado, al fin, el completo derecho a disfrutar de su eternidad sin soportar a Franz Kafka.

El lector de Dickens (parte 7 de 10)


En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, tarde del 2 de junio de 1924.

-Mi vida…, sí, mi vida: ha consistido, siempre, en intentos de escribir…, vanos intentos, fallidos…, pero si no lo hubiera intentado, sin escribir, yacería en el suelo, digno de ser barrido –quién así hablaba, superada la terrible crisis de la mañana, era Franz Kafka, recuperado gracias a una inyección en la laringe suministrada por Klopstock.

Se consumía el último hálito, la suprema mejoría previa a la caída en el abismo, los instantes de euforia que se regala el cuerpo para ceder a la enfermedad, satisfecho de sí mismo.

-Mis fuerzas, desde siempre, fueron miserablemente pequeñas. Por ello las ahorré y me he perdido un poco de todo para mantener la potencia suficiente para realizar mi principal objetivo- Franz se explayaba así delante de sus dos amigos y de la propia Dora.

Leo Nemec escuchaba ese tipo de declaraciones, las confrontaba con su propia vida, y se notaba desfallecer.

-Recuerdo –prosiguió Kafka enfebrecido por la medicación- que una vez incluso elaboré una lista de todo lo que sacrifiqué por la escritura, todo lo que no tenía, de lo que no disfrutaba y que sólo podía soportar su ausencia con esa explicación, arrebatado en aras de escribir. Si Balzac enarbolaba un asta con la divisa yo supero todo obstáculo, muy bien puedo yo componer mi leyenda: todo obstáculo me ha superado. Con el tiempo he llegado a una conclusión desoladora: existe un orden general que dispone que, en la vida, a nadie le resulte fácil conseguir las cosas, por sencillas que parezcan.

Nemec no pudo soportarlo, menos aún inmerso en el ambiente hostil que le dedicaba Klopstock, que no le hablaba desde la mañana. Se dispuso a salir de la habitación, acongojado.

Kafka elevó la voz y sentenció:

-Lo difícil para un hombre no es morir, lo realmente complicado para un hombre es soportar la vida que he tenido yo y enfrentarse a la muerte con ese bagaje. Todo es tan difícil, tan injusto… Y sin embargo tiene que ser así.

Nemec cerró la puerta de la habitación compungido y podría asegurar que escuchó murmurar a Klopstock:

-Huye, huye de nuevo.

El lector de Dickens (parte 6 de 10)


En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, mañana del 2 de junio de 1924.

¿L.N?, escribió Kafka en la pizarra. Le preguntaba a Klopstock por Leo Nemec, con quién salió a desayunar y sin el cual acababa de regresar.

-Supongo que vendrá en breve –aclaró, no sin cierto tono de malicia-, porque seguro que se atreve –remachó para sí.

Dora Diamant, a la cabecera de la cama de Franz, trataba de mantener lúcido al enfermo en la estéril creencia de que así le ganaría minutos, quién sabe si no días, al final.

-Intentamos recordar… –informó la mujer a Klopstock que, inmediatamente, sintió deseos de rogarle un por favor no lo tortures más, aún a sabiendas de que eso heriría brutalmente a Dora porque, en su amor por Franz, no se daba cuenta del sufrimiento al que lo sometía, un sacrificio que él aceptaba de buen grado, con voluntad extrema-: Jugábamos a rememorar las chicas que pasaron por su vida –era esa forma de pronunciar, chicas, el recreo de dos adolescentes descerebrados que ignoran el verdadero final que aguarda tras el timbrazo: el regreso a las clases, a las tareas sin terminar, a las reprimendas; en el caso de Kafka, el retorno a la dura realidad de la extinción.

F y M, escribió Franz, las iniciales de las dos únicas mujeres que recordaba.

-¡Se refiere a Felice y Milena! –exclamó alborozada Dora-: ¡Dinos detalles de ellas, cariño! ¡Dinos algo de Felice, de Milena! –le ordenó como le pediría a un crío que enumerara una lista de cosas con el color del cielo.

El enfermo se amparó en un súbito esfuerzo:

-¿Felice? –susurró-, ¿Felice? –la memoria se le negaba, todo el cuerpo se concentraba en la única y suprema voluntad: morir.

-Sí, Felice Bauer, ¿no te acuerdas de ella? –en la voz de Dora se podía identificar con nitidez el pánico: si ese hombre dejaba de recordar estaría entregado. Los ojos de Kafka se abrieron, iluminados por un súbito fogonazo del pasado:

-Felice…, si, Felice…, no fue la mujer más hermosa que conocí…, con esos dientes tan feos, mal cuidados…, era tan golosa…, y esa piel que, a veces, me daba la impresión de estar tan cansada… -añadió para, a continuación, esbozar una sonrisa que era más bien un rictus de dolor. Dora, al escuchar la declaración, estalló en alegres carcajadas y contempló absolutamente satisfecha a Klopstock, que fruncía una especie de sonrisa aterrada, de incomprensión ante la escena que presenciaba.

-¿Y Milena? –insistió Dora con cierto candor repleto de imprudencia.

-A sí…, Milena…, me acuerdo bien de la dulcísima Milena… -era terrible, pero su cerebro ya no era capaz de encontrar mayor rastro de esas dos mujeres. Una era feúcha, la otra dulcísima, ambas fueron grandes amores que parecían no dejar en la corteza de Kafka ni tan siquiera una muesca.

En ese momento, la puerta se abrió y permitió el paso a Leo Nemec, con los ojos todavía enrojecidos por el llanto y la humillación balanceándosele en la cara. Klopstock lo miró con despreció para, a continuación, abandonar la estancia. Necesitaba un descanso.

viernes, 24 de febrero de 2012

El lector de Dickens (parte 5 de 10)


En Kierling: Taberna El Murciélago, mañana del 2 de junio de 1924.

El schwarzer, un café solo muy aromático y cargado, agradaba y despejaba a Leo Nemec, también los bollitos que el eficiente e impecable camarero acercó a la mesita de mármol entorno a la que compartía el desayuno con Robert Klopstock. Ambos colegas, camaradas hermanados en el dolor de Franz Kafka, intentaban reponerse de toda una noche en vela y ganar unos preciados ánimos, tan necesarios de cara a la batalla final que se avecinaba.

El colofón al desayuno fue la elección del licor por parte de Klopstock, todo un acierto. Pidió un par de copas de kirtsch de cerezas que aún acompañaron con pastelillos de crema y una última taza de brauner, una especie de café cortado. Terminaron los dulces, apuraron el café humeante, que les resultó especialmente reconfortante tras la vigilia que se les adhirió a los pliegues de su cuerpo con cada hora ganada a la noche, y Klopstock se aproximó a Nemec en ademán de realizar una confidencia aunque, para desgracia de su interlocutor, le espetó una grave acusación a media voz:

-Sé lo ocurrido con Pollak –Leo evitó mirar a los ojos de Robert para no verse delatado. La vista, en su huida, se fijó en la ventana que mostraba un inmaculado prado peinado por la brisa. Un escalofrío de malestar recorrió su cuerpo y palideció.

-Lo… sabe… -acertó a musitar.

-Sí, lo sé –sentenció Klopstock, para agregar con mayor severidad-: Yo también he leído Historia de Dos Ciudades, conozco muy bien su final.

-Conoce el final –repitió Nemec mecánicamente.

-El cambio de identidades entre Carlos Darnay y Sydney Carton. Uno muere en lugar del otro: usted y Oskar Pollak.

Era la sentencia. Robert Klopstock acababa de pronunciar acusación y veredicto juntos, sin dudar un instante. En efecto, en esa novela el gran parecido de uno de sus protagonistas llevaba al otro personaje a intercambiarse, nada menos, que ante el cadalso. En el caso de Leo con Pollak no necesitaron recurrir al parecido porque en la guerra, ante la muerte, todos eran iguales o igual daban unos que otros.

¿Qué podría decirle a ese hombre? ¿Que se aproximó a su amigo con el pánico en el rostro, que era incapaz de saltar la trinchera? ¿Que Pollak, en una tarea inherente al mando, en el caso de que Nemec no se lanzara talud arriba tras el toque de silbato, se vería obligado a volarle la cabeza allí mismo, por cobarde, a su propio amigo? ¿Que se miraron uno al otro como nunca un hombre ni unos ojos miraron a Nemec?

Uno carecía del valor para atacar, el otro era incapaz de asesinar al amigo…, también era incapaz de enviarlo con un silbido a la muerte. Por eso, con aquella mirada, Pollak le preguntó a Nemec: ¿Tú serás capaz de silbar aún a sabiendas de que yo voy a morir en tu lugar? ¿Serás capaz de volarme la cabeza por cobarde si no ataco? En el fondo de los ojos de Nemec encontró Pollak la respuesta: sí era capaz de cualquier cosa a cambio de salvar su vida.

Se intercambiaron el silbato. Lo demás era una historia ya dicha y sabida. Él existía, Pollak no. Era el peso de una existencia vivida en lugar de otra por vivir, de una vida malempleada, de un sacrificio dickensiano totalmente baldío porque, al final, la vida no acaba igual que en las novelas.

Minutos más tarde, Klopstock dejó el cafetín para reencontrarse cara a cara con la agonía de Franz Kafka. Atrás quedaba Leo Nemec, incapaz de explicarse mejor, de justificarse ante las acusaciones.

Sollozaba, buscaba reunir unos despojos de valor rescatados de los posos de su taza.

jueves, 23 de febrero de 2012

El lector de Dickens (parte 4 de 10)


En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, 1 de junio de 1924, aún más tarde.

Transcurridas un par de horas de reposo, Franz se acababa de despertar; llamó a Leo Nemec con la insistencia de sus susurros. Klopstock, que en esos instantes velaba al lado de la cama, de nuevo lo trajo a su presencia. Al colocarse frente a él, Nemec se sintió frente a un tribunal que fuera a interrogarlo acerca de sus peores crímenes y, en cierto modo, no se equivocaba.

El pecho de Franz subió y bajó con un esfuerzo supremo, pero rechazó de mala gana la pizarra en la que escribía si ya no era capaz de articular palabra. Atrajo a los dos amigos para sí, bien cerca las cabezas de sus labios, y formuló:

-Dime, Leo, tú que estabas allí…, dime que no sufrió. Tú debiste verlo, nunca quisiste contármelo y siempre evitaste decirme nada al respecto –los pulmones de Kafka se derrumbaron vencidos y emitieron un pequeño estertor que alarmó a Klopstock. Franz abrió los ojos para demostrar que era una falsa alarma, aún continuaba con ellos, cada vez con menor intensidad.

-¿A qué se refiere? –le preguntó Klopstock a Nemec.

-Bueno… -Leo fingió una pequeña duda, pero conocía muy bien lo que Kafka deseaba escuchar. Creyó que quizás podría ganar unos instantes y salvarse de confesar su infamia-: Quiere averiguar la realidad de la muerte de su amigo Oskar Pollak, en la Guerra… -al escuchar ese nombre los ojos de Kafka se abrieron sedientos de verdades.

-Sí, alguna vez me habló de Pollak –admitió Klopstock-. ¿Conoce lo que le ocurrió? –interrogó a Nemec sorprendido.

-En cierto modo así es –resolvió, ¿pero podría confesar la verdad tan dura y difícil? ¿Comprendería Kafka que el verdadero amigo no se encontraba allí, que el verdadero amigo murió en el lugar de Nemec, en un cambalache cobarde y traicionero? Era muy difícil sincerarse ante una persona sumida en un estado tan delicado: Pollak, quién sí sabría proporcionar el consuelo oportuno a Franz, llevaba años fallecido y Nemec, la persona a quién regaló su vida, nada de provecho sabía realizar con ella. Ni siquiera era capaz de otorgarle a Kafka un pellizco de paz al admitir la verdad y reconocer su vergüenza-. Fue parecido a un libro de Dickens… -confesó Leo Nemec tras tomar una pizquita de valor. El rostro del moribundo se iluminó al escuchar el nombre de uno de sus autores favoritos.

-¿La muerte de Pollak se relaciona con una novela de Dickens? –Klopstock no entendía la declaración. Azorado, sin posibilidad de ganar mayor tiempo a sus mentiras, Nemec decidió atacar la verdad de una vez por todas:

-La novela es Historia de Dos Ciudades. ¿Entiende lo que quiero decir? –la pregunta iba dirigida a Klopstock, porque Kafka era incapaz de asimilar el subterfugio.

-Creo que un poco… -Franz los miraba sin atisbar la forma en que la muerte de su amigo se encontraba cifrada en el interior de la trama de un libro del cual apenas recordaba nada.

-Pollak hizo honor a la historia…, quiero decir que al igual que sucede en esa novela yo… -Leo proseguía con su dificultoso inculpamiento.

La fortuna se alió con Nemec. En ese instante, el instante de arrojar la mascara y cambiarla por el velo de la infamia, apareció en la habitación Dora Diamant, la amante de Kafka que regresaba de realizar unos encargos, de comprar las flores que nunca faltaban alrededor de la cama del enfermo.

Dora no era capaz de controlarse. Veía el estado de postración de Franz y comenzaba a derramar lágrimas intentando disimularlas lo máximo posible. Llorando en silencio, se situó al lado de Kafka, tomó sus manos y él volvió la cabeza con un lento esfuerzo para dirigirse a ella con un exhausto hilo de voz:

-Manos tan delicadas que hacen un trabajo tan sangriento… -un escalofrío recorrió la columna vertebral de la mujer al escuchar la frase, tan dura, tan cruel en esos instantes. Esa misma frase, esa misma, era la primera que escuchó de boca de Kafka al conocerlo. Ella se dedicaba a limpiar pescado en un campamento de vacaciones en Müritz, localidad en la que Franz se encontraba descansando. Un día fue invitado a cenar y al cruzar por delante de las cocinas se topó con Dora Diamant, aplicada a su tarea. Arrebatado por un flechazo demoledor no tuvo otra ocurrencia para halagar a la mujer que pronunciar esa frase, la misma que ahora sonaba tan maldita: maldita porque ya no se refería a destripar a los pescados sino al empeño de la mujer por cuidar de Kafka, que él interpretaba como un trabajo mucho más sangriento que limpiar peces. Por eso le dolieron a Dora tanto esas palabras, pero desarmada ante el extraño piropo, fue incapaz de retirar sus manos de entre las de Kafka, huesudas y estiradas, blanquecinas; su anatomía decidía rendirse empezando por las zonas más extremas para acabar, sostenido un cerco inagotable, en el centro, en el centro de su corazón, no sin antes aplastar laringe y pulmones…, porque en el asedio a su cuerpo, la enfermedad no tomaría prisioneros y arrasaría con todo a su paso.

Dora buscó un remanso en los ojos de Franz Kafka y allí pareció encontrarse con la playa, con los rescoldos de la pasión por el idioma hebreo que ambos alimentaron, con las deliciosas lecturas compartidas que avivaron su amor: siete semanas después de conocerse se marcharon, juntos, para vivir en Berlín. Poco tiempo después, desahuciados por la enfermedad, se mudaron al sanatorio.

Kafka se durmió en Dora y olvidó por completo la muerte de Pollak.

Nemec, sibilino en su mentira, se creyó a salvo; una vez más escapaba indemne con su impostura.

El lector de Dickens (parte 3 de 10)

En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, 1 de junio de 1924, después.

La charla entre los tres amigos transcurría repleta de ironías, recuerdos, sucesos que eran saboreados como una cerveza añeja, con el regusto de un licor con posos de madera. De pronto, Franz quebró el embrujo de la memoria con una frase espeluznante, producto de ese cerebro ahora desbocado por las drogas que ya no obedecía más que a impulsos, a chispazos:

-He sido una paloma bíblica. Enviada, no encontré jamás el verdor y ahora vuelo de regreso a la oscuridad del Arca.

Nemec y Klopstock se miraron asombrados. Franz, inundado de una nueva vitalidad, siguió:

-Leí una frase en el Törless de Musil que me vuelve a la cabeza una y otra vez: la serena sabiduría de una enfermedad prolongada. Se trata de eso exactamente, de la manera en que interpreto las cosas, ese filtro con el que la enfermedad ha dotado a mi percepción, con el que contemplo a modo de Kaiserpanorama mi propia vida, bueno a modo de Kaiserama, tal y como una tarde, en la Plaza Vieja de Praga, me confesó su creador que acababa de rebautizarlo según las extrañas normas de la Publicidad americana. ¿Recuerdan ustedes esos montajes en tres dimensiones que tanto sorprendían a la gente? La salida de un Zeppelin del hangar, un mitin campestre, una carrera de bicicletas…, esos trucajes fotográficos ante cuyas máquinas de visionado se agolpaba la muchedumbre ansiosa de admirarse con el crucero central de la catedral de San Miguel de Viena, o con el bullicioso ambiente de una tarde en el hipódromo; pues bien, como si fueran esas figuritas en relieve, así, gracias a la nueva interpretación que obtengo a causa de mi enfermedad, me es comprensible la realidad. Diríase que todo lo veo virado, tamizado a través mi propio, seamos publicitarios, Kafkarama.

-Supongo que nosotros parecemos pasmarotes, monigotes sobredimensionados en ese Kafkarama –bromeó Leo Nemec.

-No estoy seguro –Kafka proseguía la conversación en un tono solemne, acorde con lo que a continuación pensaba declarar-: El peor favorecido en una composición de ese tipo sería yo. Tengo por bien seguro que una imagen que resume mi existencia es la de un poste inútil, cubierto de nieve y escarcha, levemente clavado en el suelo de la inmensidad de un campo profundamente roturado, al borde de una gran llanura, en una oscura noche de invierno. ¡Imagínenselo en tres dimensiones!

-¡Nosotros tampoco saldríamos muy bien parados! –añadió Klopstock con un nudo en la garganta, as de guía que solía enroscársele al escuchar esa típicas declaraciones del amigo.

Kafka meneó la cabeza. No se entendían. Se esforzó para montar un discurso coherente, explicarse mejor:

-Tú, Leo, has pasado una gran parte de tu vida tras la búsqueda de un imposible. Pero no desesperes, porque ese anhelo de obtener lo imposible es inherente a todas las naturalezas humanas…, bueno, no a todas, eso es lo que quiero decir: ese anhelo no es inherente a mi propia naturaleza; yo he pasado la vida constatando que lo posible me era imposible. Ese fue mi castigo y también mi sufrimiento. Me resulta asombrosa la forma en que me destruí sistemáticamente, con empeño. Con el correr de los años percutí una y otra vez contra mi persona. Lo que más me duele es que en toda mi vida sólo permití que atrajeran mi atención cosas absurdas. Por ejemplo, mis estudios de derecho, el trabajo en la oficina y otras actividades completamente insensatas; la jardinería, la carpintería, tonterías similares. ¡Si me hubiera dedicado con toda mi alma a escribir! ¡Empleada cada hora en ello! Pero no fui capaz de eso –movió la cabeza decepcionado y resignado-, sin duda a causa de mi debilidad general y, en particular, por la debilidad de mi voluntad.

El silencio pegajoso se escurría como una mortaja, lo cubría todo.

-Pero tu has escrito, Franz, has escrito mucho –intentó consolarlo Klopstock. El aludido suspiró profundamente. Con absoluta y total derrota en sus ojos sentenció:

-No quiero que perduren mis obras. Max ya está avisado de ello.

-¿Pero por qué cometer ese… crimen? –a Leo Nemec no le resultaba una palabra muy adecuada, pero en esos dramáticos instantes no encontraba otra.

-Los autores vivos tiene una relación viva con sus libros –aclaró Kafka con prestancia y seguridad-. Con su existencia luchan a favor o en contra de ellos. La verdadera vida independiente de los libros sólo comienza con la desaparición de los autores, transcurrido un tiempo después de su muerte, porque esos hombres son tan apasionados que aún prosiguen con la lucha después de fallecidos, batallan por sus obras más allá de su existencia. Yo nunca fui un autor vivo. He sido más bien un autor prematuramente muerto, o así me he sentido. Con mi exangüe existencia lo que hice por mis escritos, si algo pude realizar para influir en ellos, fue perjudicarlos, enfrentarme, diametralmente colocado en contra. ¿Puedo pretender que lo escasamente publicado por mí inicie esa vida independiente si soy consciente de que, incluso ya ido, me seguiré oponiendo a mi obra con las mismas fuerzas que los escritores apasionados a los que antes me refería extienden sus alas y su espíritu de ultratumba para preservar la suya? Yo no he luchado por mis trabajos en vida porque esa lucha significaba ser capaz de terminar, al menos, una novela. Por ello, si he sido incapaz de batallar en vida, ¿sería capaz de luchar más allá de mi muerte? No y no. Por ese motivo hay que eliminarlos, quemarlos, que desaparezcan. Quiero reposar tranquilo, no deseo abandonarme con esa responsabilidad sobre mi nombre y, además, no he escrito ni un renglón que me parezca válido: esa es la médula de la desgracia.

-La médula de la desgracia… -musitó Nemec, visiblemente afectado.

-Bueno –Klopstock quiso restarle trascendencia al asunto-, aún tendrás muchos años por delante para defenderte por ti mismo de tus escritos –sabía que mentía, en esa habitación todos sabían que mentía; el propio Kafka era conocedor de la inmensa falacia que su amigo acababa de pronunciar y se quedó mirándolo medio incorporado en el lecho, acusándolo en silencio, porque no era necesario, evidentemente, arrojarle a la cara un violento ¡mentiroso!, ¡mientes! No, eso no era necesario. Con leer en los ojos de Kafka era más que suficiente. Esos ojos, su profundidad, en esos instantes: la mejor y más desgarrada de sus novelas.

-Una vez escribí que a partir de cierto punto no hay retorno, ese es el punto que hay que alcanzar. Me refería a que es necesario llegar al momento en el cual lo que se decide acometer es ya irreversible; tomar decisiones, avanzar sin que importe ni dañe todo lo que venga, sin titubeos. Yo jamás he alcanzado un punto de no retorno, salvo quizás ahora. Ahora me encuentro en un punto de verdadero no retorno, no existe marcha atrás posible, he alcanzado el punto final –Kafka prosiguió con su discurso que sonaba a epitafio, a la peor oración de difuntos que podría rezar, el kaddish más cruel jamás pronunciado, destinado no para alcanzar el perdón sino para condenarlo-. Llegado al punto –se mostró seguro de sí mismo-, al momento supremo y final, tan sólo necesito encontrar respuesta a una pregunta, únicamente a una pregunta: ¿La causa de mi caída radica en un egoísmo demente, en esa mera ansiedad por mi propio yo? –en esos instantes la voz de Franz experimentó un súbito apagón y, convertida en un susurro, apenas sí pudo completar su decurso-: A menudo me dio la sensación de enviar a mi propio Vengador contra mí…, he vivido sobre una base tan frágil…, un escritor que no escribe…, amarrado a una oscuridad de donde emergía un opaco poder…, ignoré mis balbuceos y dudas para destruir mi vida –entonces, tomó un súbito y último aliento para declamar con voz rota-: He sido un escritor que no escribía…, toda una invitación a la locura. Trataba de emborronar cuadernos y cuadernos por las noches, devorado por el insomnio, me sentía capaz de escribir medianamente cuando el miedo me impedía dormir… ¿Miedo a qué? Tal vez el miedo primigenio, el miedo de ser hombre, el miedo a existir, el miedo a la muerte, esa que tan cercana parece. Ahora ese pavor se desata en mi interior de nuevo… Soy un escritor desamparado, un escritor que alimenta un terror demencial a morir porque aún no ha vivido. Tan sólo una cosa he comprendido en el camino recorrido hasta acá –sentenció, exhausto, con un hilillo de voz, la verdad más absoluta que podría descubrir en su vida, una verdad que acababa de revelársele-: Un escritor es el chivo expiatorio de la humanidad.

Esas palabras le pesaron a Nemec -una lápida-. Esa frase dolió en su conciencia –el dolor de un desamor-.

Se sintió avergonzado.

jueves, 16 de febrero de 2012

El lector de Dickens (Parte 2 de 10)


En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, 1 de junio de 1924, más tarde.

-¿Recuerda usted cuando nos conocimos, doctor? –Klopstock meneó la cabeza afirmativamente. Rememoró ese instante y en su rostro se pintó una sonrisa que tiró de los goznes anclados por el dolor, un dolor generado por la agonía del amigo.

-Por supuesto que recuerdo ese día, fue en Matliare… –Kafka le impidió continuar. Era uno de esos días en los que, a veces, experimentaba momentos de mejoría, pequeñitas treguas que le permitían expresarse con un tono de voz cercano a la normalidad:

-En efecto, fue en Tatranske Matliare, en el sanatorio para tuberculosos de la señora Jolan Forberger, un lugar magnífico, ubicado entre las montañas de Eslovaquia. Ese día yo daba un paseo matutino y apareció usted por un recodo del camino. Mi primer impulso fue dar media vuelta y huir, pero me llamó poderosamente la atención que su caminata se desarrollaba de forma mecánica, enfrascada en la lectura; apenas despegaba usted la vista del libro en el que se encontraba embebido, incluso con grave riesgo de su integridad. Antes de alcanzar mi altura estuvo a punto de pegar un par de traspiés

-¡Así que fue el libro lo que le atrajo de mí! –en el tono de Klopstock se podía interpretar un diminuto rastro de broma mezclado con una pizca de desengaño.

-¡Desde luego que fue el libro! Me llamó, ferozmente, la concentración que dedicaba a la lectura y me devoraba la curiosidad por saber quién sería el afortunado autor que contaba con tan desmesurada atención por parte de uno de sus lectores. ¡Cuál fue mi sorpresa al atisbar el título del libro!

-Temor y Temblor, lo recuerdo bien –subrayó Klopstock.

-Sí, de mí admirado Kierkegaard. De inmediato, sentí la necesidad de entablar conversación con alguien capaz de pasearse así, hipnotizado por el magistral libro de un autor sensacional; más aún, al extraer yo de los bolsillos de mi chaqueta un volumen con el mismo título. La coincidencia estaba servida: también elegí a Kierkegaard para endulzar mi paseo.

-Yo aún estudiaba medicina, apenas contaba con veintiún años y cambié mi Hungría natal por unas prácticas en el sanatorio eslovaco de los montes Tatras –explicó Klopstock.

-Y llegó una nueva coincidencia: su gran amor por Dostoievski, al menos tan enorme como el mío.

-Y mi admiración por Max Brod, que resultó ser su mejor amigo.

-En efecto, fueron demasiadas concomitancias para que cada uno ignorase al otro y prosiguiéramos con nuestro anónimo camino.

-Así iniciamos la amistad –rememoró Klopstock

-¡Y conversaciones literarias! –sentenció Kafka.

-Hablando de amistades, ha venido una persona que desea verlo –así le anunció Robert Klopstock la presencia de Leo Nemec que, en ese instante, abría con discreción la puerta de la habitación, presa de la timidez que asalta al penetrar en un lugar en donde la enfermedad, el padecimiento y la muerte son invitadas a la tertulia.

Avanzó, para presentarse ante el escritor como si lo condujeran en angarillas, camino de alcanzar un altar sagrado.

El lector de Dickens (Parte 1 de 10)


En Kierling, cercanías de Viena: sanatorio Hoffmann, 1 de junio de 1924.

-Está muy mal…, nuestro amigo está muy mal… -era el rostro del doctor Robert Klopstock, más que las graves palabras pronunciadas, lo que inmediatamente hizo comprender a Leo Nemec que Franz Kafka se encontraba en la fase final de su enfermedad.

-¿Tan mal se encuentra? –con esa pregunta, Nemec no quería admitir la realidad que le aguardaba en ese sanatorio, destino final de su viaje desde Praga, tras decidir que compartiría y trataría de ayudar a Kafka en los peores instantes.

-Apenas pesa cuarenta y nueve kilos, casi no puede hablar, extrae fuerzas de flaqueza y susurra. Es la laringe, tuberculosis de laringe. Le impide comer y beber con libertad. Serán tres, a lo sumo cuatro días -los ojos de Klopstock se arrasaron de lágrimas al dar semejante noticia, pero con un resuelto esfuerzo por permanecer en calma se dirigió de nuevo a Leo Nemec-: Bueno, aséese un poco porque vendrá cansado del viaje; luego lo llevaré ante Franz. Seguro que usted querrá verlo cuanto antes y él se alegrará de poder compartir un rato con un amigo de los viejos tiempos de Praga.Los viejos tiempos de Praga. Esa afirmación le sonó a Leo como si el tiempo pasado fuera un tiempo remotísimo, o tal vez el título de una obra que abundara en la época de los alquimistas, del rey loco Rodolfo II, de los husitas, de Tycho Brahe y de Jan Huus, pero que, sin embargo, se refería a unos pocos años atrás de su vida.

-¿No obtiene alivio de los tratamientos? –Nemec buscaba agarrarse a una última esperanza.

-Apenas. Antes, le inyectaba alcohol en el nervio laríngeo superior para intentar desinflamar la laringe, pero ahora ya es inútil: la epiglotis se encuentra también afectada, la hinchazón no remite y he optado por calmar el sufrimiento, dentro de lo poco que puedo, con rociadas de mentol. ¡Eso es lo peor de ser médico, la impotencia a la que a veces nos enfrentamos con nuestros pacientes! –Klopstock, desolado, confesaba su desespero mientras sus manos se crispaban levemente. Él, al igual que Leo Nemec, lo dejó todo y corrió al lado del amigo para velar sus últimos días-: El Pyramidon en dosis de tres veces al día controla su fiebre; el Demopon, el Anastesin y la codeína ya no se muestran efectivos contra la tos que le mina poco a poco, por lo que me he decido a pasarme a la atropina –tras un suspiro derrotado sentenció-: Me temo que muy pronto deberemos aceptar la administración de morfina o Pantopon…, en fin, usted ya sabe lo que se oculta tras eso.

-Será un intento de que sus últimas horas sean más soportables, dentro de lo posible.

-Eso, y no otra cosa, aporta la morfina. Empezará a pedirla por su propia voluntad y sabremos que ha tirado la toalla, que ha comprendido a la muerte.

Muerte, palabra que flotó entre ambos, se expandió por la salita, salió por la ventana y pareció retrepar a los pisos superiores del sanatorio, esos en los que convalecían los enfermos, esos en los que yacía Kafka.


Ilustración: El lector, de Pelayo ortega.

domingo, 12 de febrero de 2012

Un enfermo de Pasewalk


En el atascado frente de trincheras de Ypres, en Bélgica, las nubes de gas mostaza eran de tal densidad que no le permitían ver nada al soldado de enlace Adolf Hitler, que no cejaba en su empeño de transportar ordenes y claves entre el Alto Mando y el frente avanzado, entre el frente avanzado y la retaguardia... Órdenes destinadas a desencadenar operaciones que deberían de alcanzar un punto determinado del mapa, órdenes para tomar una zona, órdenes para emplazar en un nuevo lugar un nido de ametralladoras estratégico; órdenes, siempre órdenes.

El soldado mensajero Hitler las transportaba, eficiente, de un lugar a otro, en bicicleta, a pie, corriendo e, incluso, en más de una ocasión, arrastrándose por el fango, serpenteando en el lodo.

Al regreso de la entrega de uno de estos mensajes Hitler retomó su posición en el interior de una de las trincheras del regimiento List. Sintió hambre, abrió una de las latas de comida preparada del ejército y con un gran cucharón que apenas sí penetraba por la embocadura del recipiente empezó a comer con ansia. Masticaba con la boca desmesuradamente abierta, junto a otros tres soldados que dormitaban, relajados, sobre el talud de la trinchera, ganándole un inesperado provecho a la inquietante pausa del combate.

En efecto, era uno de esos extraños momentos de relativa paz y el mensajero Adolf, repleto, emitió un brutal eructo de satisfacción al termino de su comida. El silencio se apoderó del instante y una voz en el interior de su cabeza le dijo:

¡Levántate y márchate de aquí, abandona la trinchera!

Al principio, no le prestó mayor importancia, pero transcurrido un rato, la vocecilla insistió en su aviso. Hitler, asustado, miró hacia a ambos lados y contempló a sus compañeros que reposaban exhaustos y confiados. La voz repitió la advertencia y, entonces, decidió obedecerla: se levantó y abandonó la zanja. Cuando se parapetaba en otro lugar, el silbido de un mortero rasgó el aire; el impacto, justo en el centro del sitio que ocupaba antes, aniquiló a sus tres camaradas.

Esa fue la primera vez en que el futuro Führer escuchó esa vocecita interior providencial, tal y como él mismo la calificaría desde entonces. No cabía duda, pudo oírla con claridad en el interior de su cabeza, la obedeció y salvó la vida por ello. Acató la orden ante lo insistente de la advertencia, de manera automática, como si se tratase de la mismísima ordenanza militar dictada por un superior. Ante la vocecita no cabía la posibilidad de rechistar.

En ese instante, al abandonar la trinchera, se inició la relación entre Hitler y la voz interior que tan a menudo le hablaría. Desde entonces, siempre iba a saber cómo actuar al escucharla; la consideraba una inspiración divina, la Voz de la Providencia, tal ves lo que una vez leyó en algún lado: ese aliento pitagórico de Dios. Esa voz acababa de salvarle la vida en la guerra y se juró que, junto a ella, conduciría al pueblo alemán hasta la victoria. Esa voz era una demostración de la predestinación del caudillo, de su relación verdadera con la Providencia.

Y esto era algo indudable para él.

Más adelante, en pleno auge del Tercer Reich, Hitler achacaría a la voz el mérito de salir indemne de varios atentados, porque demostró una anticipación a los sucesos más propia de un demonio que de un ser humano. Sí, era la voz, que le avisaba del peligro como aquella vez, en las trincheras... Sin embargo, un tiempo después, lo que la voz no le advirtió, o tal vez no quiso hacerlo para, así, alejar a Hitler definitivamente de los peligros del frente, fue de la amenaza que representaba una densa nube de cloro gaseoso lanzada desde las posiciones británicas. Los alemanes contestaron con un contraataque de gas mostaza sobre las posiciones francesas que, producto del caprichoso viento, se les volvió en contra, quedando atrapados entre dos humaredas tóxicas.

El molesto e irritante humo golpeó en la cara del recién ascendido a cabo Adolf Hitler. Primero sintió un súbito escozor para, después, apoderarse de él la ceguera. Presa de los nervios desatados ante el pánico que le causaba la certeza de quedarse ciego, con la cara despellejada que le ardía, comenzó a proferir aullidos de pavor y a corretear, sin sentido ni dirección, de un lugar a otro del frente. Se caía a menudo por entre las trincheras, se enfangaba, provocaba el caos y la confusión entre los soldados, aunque también desataba la carcajada en unos pocos, que se reían y se burlaban de verlo así, con tan infinita torpeza. Tropiezo tras tropiezo, rodaba por los taludes embarrados, como un tonto.

Al final se dieron cuenta de que no era presa de un ataque de histeria provocado por el miedo al combate y que, de verdad, el cabo Hitler se encontraba cegado. Como se arriesgaba a que un tommy inglés le pegase un tiro, que con tanto ir y venir era un blanco perfecto en mitad del revuelo, unos sanitarios se lo llevaron cogido de ambos brazos. Allí se despedía Adolf Hitler del frente de la Gran Guerra. La próxima vez que Alemania, su Alemania, entrase en una contienda, sería él quien dirigiría a mariscales y lugartenientes, no como sucedió hasta entonces, que ese atajo de inútiles lo mandaron a él, un mísero cabo.

Pero eso ya sería otra historia: una historia que se empezó a rumiar en el sanatorio pomerano de Pasewalk, cercano a la localidad de Stettin.

Pomerania, noviembre de 1918:

El enfermo de Pasewalk llevaba internado casi un mes. El enfermo de Pasewalk hacía relativamente poco que se levantaba y comenzaba a dar algunos tranquilos paseos por los jardines del hospital. Se recostaba sobre las paredes de los pasillos para reposar su agotado cuerpo y comenzaba a ver algo más que la borrosa nube aguada que, desde la lesión, aparecía ante sus irritados ojos. Porque cuando los médicos le quitaron las vendas creyó desesperarse: tras varios días en la más absoluta de las oscuridades, días en los que soportó la administración de las pomadas oftálmicas para aliviar la quemazón de los párpados, sólo lograba atisbar delante de él una masa informe, decolorada, borrosa y caldosa, indefinible. El facultativo le recomendó paciencia y tranquilidad, que poco a poco recuperaría la vista. Era una suerte, no perdería visión y, además, para cuando viera por completo, la guerra estaría terminada, definitivamente perdida para Alemania, con lo que no se vería en la obligación de reincorporarse a filas. Las noticias que llegaban del frente eran preocupantes. Informaban de deserciones en masa, de batallones enteros pasados a las filas enemigas, de soldados que tiraban sus fusiles al suelo y salían despavoridos, de masacres, de divisiones aniquiladas por completo, de errores en el Alto Mando Estratégico, de una absoluta pérdida de la moral de combate, del extravío de la fe en la victoria.

¿Suerte? ¿Eso era tener suerte? ¡Él no era ningún cobarde! Deseaba recuperarse lo antes posible para volver a incorporarse a su regimiento List, para regresar al frente a batallar y a entregar, si eso era necesario y por el bien de la victoria, su vida por Alemania. No, él no era ningún cobarde, desde luego, de esos que buscan herirse por cualquier medio, autolesionarse, o que se fingen enfermos, empeñados en denodados esfuerzos por contraer alguna enfermedad contagiosa o infecciosa que los libre de acudir a las trincheras.

Escuchó multitud de historias diferentes al respecto. Un recluta de Praga se inyectó petróleo en las rodillas y en los tobillos para simular reuma edematoso, un soldado austriaco se dejó atropellar por un carromato en las calles de Viena para así quebrarse un miembro, unos amigos de Budapest se bañaron durante varios días de copiosas nevadas en el Danubio y pescaron unas tremendas pulmonías... Incluso, ya en el mismo frente, muchos se disparaban adrede, se clavaban astillas, púas y alambres.

Los desdichados que, ingeniosamente según ellos, se disparaban, bien pronto era descubiertos... Los restos de pólvora alrededor de la herida –en el pie o en una pierna- delataban a los médicos la existencia de una detonación a quemarropa imposible de ser efectuada por el enemigo atrincherado en lontananza. Se los condenaba a muerte y, en el caso de que tuvieran que amputar la zona afectada, aguardaban a que el paciente se hubiera recuperado por completo para ejecutarlo. Se suponía que, durante la convalecencia, el reo tendría tiempo de reflexionar sobre su cobardía; así servía de ejemplo a los demás soldados, siempre tentados de elegir las autolesiones como una manera de abandonar el frente por la vía rápida.

De hecho, en la caja de reclutamiento de Viena eran tropel los que se presentaban para alegar enfermedades, taras, lesiones congénitas y otro puñado de mentiras. Allí, el sistema para que los mentirosos reconocieran su culpa era bien sencillo: varios días a pan y agua, a dieta o en ayunas, continuas purgas, administración de vomitivos y lavados de estómago, mucha quinina amarga y, como último remedio, horas envueltos en sábanas y mantas empapadas en agua helada. Después del tratamiento ninguno se atrevía a mantener su enfermedad ficticia y todos deseaban acudir al frente aunque, a veces y durante la estancia, hubieran contraído verdaderos males que ahora sí que los incapacitaban de verdad; pero ya no querían ni oír hablar de escaparse.

Hitler reflexionaba sobre estos asuntos y se mordía los puños por la desesperación que le producían los últimos partes de guerra y el no poder acudir en ayuda de tantos y tantos compañeros que lo necesitaban en su regimiento. Todas las mañanas, a las doce, el cura del sanatorio leía copia de un informe que se colgaba en la puerta de ayuntamientos y parroquias. El doctor Wegmüller acompañaba al párroco y los enfermos capaces de trasladarse hasta el pabellón de ocio se les arremolinaban en derredor para escuchar las novedades. Otra vez, como en los últimos días, incluso se diría que en las últimas semanas, las noticias no eran buenas, aunque la Komandatur intentaba disimular un poco y no expresar los desastres y las retiradas con palabras y frases claras, pero Hitler, como casi todos a esas alturas, sabía leer entre líneas. Si decían rectificaron sus líneas hasta posiciones defensivas hablaban de una humillante retirada, del vergonzoso sálvese quien pueda.

La ineludible cita con el parte de las doce se repitió durante unos días llenos de incertidumbre. Una aciaga mañana, el párroco y el doctor Wegmüller se mostraban más apesadumbrados de lo que en ambos ya era habitual: informaron de la rendición de los Imperios Centrales. Con Alemania derrotada, tan solo quedaba por firmar el armisticio. Era el final de la monarquía por la que tanto lucharon, ahora se avecinaban turbulentos tiempos de república, a expensas de los caprichos de los vencedores. Alemania en manos de judíos, rusos, comunistas, republicanos... ¡Demasiado para el joven Hitler!

Hitler, recostado sobre la pared, desolado, se dejó escurrir de espaldas y quedó sentado en cuclillas. Las lágrimas brotaron a sus ojos, la rabia y la indignación se apoderaron de él. Un espeso y dramático silencio flotaba sobre el pabellón de ocio del sanatorio de Pasewalk, inusualmente abarrotado de médicos y enfermeras e, incluso, de los enfermos que apenas si podían tenerse en pie.

-Bueno, pues ya ocurrió... -murmuró alguien.

-Esto se ha terminado, era cuestión de tiempo -y la voz sonaba amarga, resignada. Poco a poco, todos retomaron sus ocupaciones y volvieron a sus habitaciones; todos, menos Hitler, que rumiaba su venganza, convencido de que a Alemania le acababan de asestar una puñalada por la espalda, la Dolchstob, una traición perpetrada por los políticos que la mandaban, por la casta endiosada de barones y condes, de la nobleza de monóculo que aglutinaba los altos mandos y, como máximos culpables, los soldados cobardes, judíos en su mayoría, así opinaba, que dejaron al país en la estacada con su vergonzosa huida del campo de batalla.

¡Qué diferentes eran sus lágrimas de ahora comparadas con las pretéritas lágrimas de alegría que vertió entre la multitud de la manifestación patriótica de Munich, en la Odeonsplatz! Cuando la muchedumbre, y él entre ella, inflamada por la proclama mediante la cual Alemania declaraba la guerra, comenzó a entonar el Deutschland über Alles y el Die Watch am Rhein. Entonces, se dejó llevar por un llanto de alegría, henchido de un espíritu popular de patriotismo y fe en la victoria. Parecían esos tiempos unos tiempos tan lejanos...

Sí, que diferentes eran ahora esas lágrimas.

Con gran dolor comenzó a llorar, a llorar como sólo lloró una vez antes, frente a la tumba de su madre.

Ocho días después de la firma del armisticio, el once de noviembre de 1918, Adolf Hitler, el enfermo de Pasewalk, recibió el alta médica. Ahora podría vengarse de quienes apuñalaron a Alemania por la espalda, de todo ese grupo de rufianes que se aprovechaban de la guerra para apoderarse del país, de los perpetradores de la mayor villanía del siglo.

Sí, pensaba vengarse.

Y vaya que se vengó.