sábado, 21 de enero de 2012

De gigantes o de hombres


El gigante Fillipot llora amargamente sobre un plato de sopa: la sopa se convertirá en un agüilla incolora y salada a causa de sus lágrimas que, poco a poco, caen sobre el recipiente y lo colman: lo anegan de tristeza: lo inundan de tristeza.

El gigante Fillipot permanece sentado sobre su silla construida con huesos y calaveras de niños pequeños: con tibias y fémures: con gritos de dolor y llantos: con suplicios y ruegos: con cuerpos despellejados y apaleados: con rescoldos de corazones quemados y restos de existencias torturadas. Erigida con el sentimiento de la dureza: con el corazón de piedra. Sí, el gigante Fillipot llora por tener un corazón de piedra -y descubrirlo ahora-.

El gigante Fillipot es el mayor gigante que existe. Se podría decir que es el rey de los Gigantes. Y el rey de los solitarios: de los tristes: de los descastados: de los desencantados: de los afligidos. El gigante Fillipot tiene, por tanto, más de dos millones de motivos por los que llorar: más de dos millones de cosas por las que gimotear. Pero sólo se lamenta (realmente) de una: de su soledad. Permanece solo a causa de sus crudos actos. Actos insensibles: crueles: insoportables... actos repudiables e incapaces de enamorar a una dama. Actos salvajes que lo han conducido a la situación actual: Fillipot, rey de Gigantes, no tiene a quien amar. Y tampoco tiene quién lo ame. Llora con magníficas lágrimas de gigante: con goterones dignos del rey de los Gigantes. Del rey de los solos: de los abandonados.

Fillipot, en un tiempo, fue el efímero ídolo de la juventud. Su mala vida y sus pésimas costumbres lo convirtieron en un ser admirado por otros adolescentes. Lo expulsaron del colegio, se escapó de casa, más tarde terminó encarcelado, y, finalmente, de tanta fama como cosechó, logró presentar un programa de televisión. Aprovechó para grabar un disco y alcanzó el estrellato del rock. Al poco tiempo, sus caprichosos fans lo repudiaron. Cayó en el descrédito y su programa perdió audiencia, su disco no vendió más copias y fracasó. Contemplado por la sociedad como un desecho y un perdedor, un derrotado y un vándalo, fue desterrado. Se recluyó en el Reino de los Gigantes, donde gracias a su brutalidad y a su salvajismo -siempre imperantes-, obtuvo la corona. Rechazó a sus padres (a los que desheredó y desterró) para aislarse definitivamente en el castillo de la Cota del Abandonado, donde han transcurrido los últimos catorce siglos de vida del gigante. Esta es la historia de Fillipot, ¿quieres que te la cuente otra vez?

Ahora llora. Ni con el suave olorcillo del segundo plato (relleno de niño con peras en almíbar) cesa su llanto. Nadie osa arrimarse a él ni a su gran castillo. Lo temen. Un ataque de ira, una borrachera, una palabra mal entendida, mal escuchada, podría dar con el presunto amigo en la olla o en el horno... o ser devorado crudo. Todos lo saben. Incluso Fillipot lo sabe. No, nadie llama a la puerta del castillo de la cota del Abandonado.

En su desesperación, Fillipot decidió sumergirse en la cocina, entre fogones y cuchillos carniceros -tan afines, estos, a su carácter-. La elaboración de deliciosos platillos de alta complicación culinaria era la única manera de abstraerse al duro paso del tiempo, tan estridente si transcurre en mitad de la soledad. Incluso llegó a pensar en publicar un libro con parte de sus mejores y más perfeccionadas recetas. El recuerdo de sus fracasos televisivos y discográficos alejó la idea de su descomunal cabeza. Una pena, pues creía dignas de ser conocidas por el público sus cocochas de neonato en salsa de pimienta, las deliciosas morcillas de sangre dulce y las no menos suculentas patatas ahumadas en guarnición de lenguas y dermis. Aunque la verdad, la palma de su cocina se la llevaban los jamoncitos de nonato al buen gigante, en cuyo demi glacé mezclaba criadillas y dientecillos de leche...

Llevaba Fillipot veintitrés años de lloros continuos y de incansable cocina como terapia nerviosa, cuando resonaron los picaportes de Palacio.

-¿Quién osa interrumpirme mientras lloro y cocino?

Rápidamente: se levantó: dispuesto a triturar al intruso que no respetaba su dolor: que irrumpía en su soledad: que demostraba no temer al gigante. Abrió los portones y su sorpresa fue mayúscula -como de otra manera no podría ser, tratándose de un gigante-. Allí, abajo, muy abajo, casi invisible, diminuto como una pulga, se encontraba su hermano Fillipou. Era el rey de los Enanos, chiquitísimo, microscópico. De un ágil brinco se subió a su pulgar y le dijo con una vocecilla chillona:

-¡Hola hermano Fillipot! Vengo para ayudarte a encontrar esposa y así mantener la estirpe.

La alegría de Fillipot fue enorme: por fin alguien se acercaba a él y se preocupaba por sus problemas: le demostraban, por una vez, afecto. Era su hermano: ¿quién sino podría comportarse así con él? Lloró de alegría: tanto: que casi se ahoga Fillipou entre los gotillones: fue sólo un susto provocado por el agradecimiento desproporcionado, tan peligroso y dañino como la más reconcomida ignorancia: tan doloroso y asfixiante como el más espinoso de los desprecios.

El plan de Fillipou consistía en organizar una grandiosa recepción para elegir así a las candidatas para la boda de ambos hermanos, ya que el enano también deseaba perpetuar la especie de los hombres microscópicos.

El castillo de la Cota del Abandonado se llenó de bellas mujeres, de risas, de alegría y cánticos, comida y adornos, todas estas eran expresiones nunca hasta la fecha conocidas por aquellos lares. Por una vez, Fillipot se sacrificó y no comió niños envueltos en coliflores para no espantar a tan altas damas. Fillipou también se sacrificó sin comer jilgueros, que tal era su costumbre.

Fillipot y Fillipou presidían un descomunal salón donde, tras la fiesta y el baile, se procedió a la elección de las novias. Poco a poco pasaron las candidatas en solemne desfile ante los ojos de los hermanos. Fillipou encontró, rápidamente, esposa. Era una princesa del Reino de lo Elíptico que lo encandiló con su mirada vaporosa y fatua. Fillipot, decepcionado, tras un siglo de examen de doncellas destinadas al tálamo real, abandonó. Su hermano, tan feliz, bebió y celebró su boda. Se emborrachó. Fillipot estaba muy furioso. Discutieron. Con el exceso de alcohol (el Diminuto se bebió una gotita de absenta en un dedal) llegó el exceso de las palabras. Fillipou dijo a su ingrato y envidioso hermano que siempre permanecería solo por ser terrible, grotesco y enorme... por devorar niños... por ser deforme, con granos en la cara y con los dientes podridos. Fillipou reconoció, entonces y en arrebato de microscópica crueldad, que acudió hasta allí para aprovecharse de que su hermano era el rey de los Gigantes y obtener así una esposa. Esto era demasiado duro de admitir para la decepcionada mole de carne de Fillipot.

Fillipot, en un ataque de ira, pisó y aplastó a su hermano y a la desposada. Bajo las suelas del gigante flotaron unas plumillas de jilguero como todo recuerdo del enano. Parece ser que, a escondidas, Fillipou transportaba en sus bolsillos un pajarillo que devoraba con deleite cuando nadie lo miraba. Eso indignó aún más a Fillipot, que se contuvo de engullir niños durante los siglos que duró la elección de las novias y en el transcurso de la boda del hermano. Se sacrificó por él, por su Fillipou, y así se lo pagó... con insultos y vejaciones. Incluso comiendo jilgueros a escondidas. Esta es la historia de la búsqueda de novia del gigante Fillipot… ¿quieres que te la cuente otra vez?

Fillipou fracasó en su intento de asegurar la especie de los Micro-Enanos. Él era el último ejemplar y falleció bajo las grasientas y húmedas suelas de Fillipot, que en su cólera, además, arrasó pueblos y valles. Este fue un tremendo ataque de ira: en consonancia con sus dimensiones mastodónticas: miles y miles de personas fallecieron: miles y miles de personas fueron enterradas en fosas comunes, para vergüenza de la historia. Lugares de tan increíble belleza, como el Coloso de Rodas, los jardines colgantes de Babilonia, el complejo de los mercados de Mileto, el zigurat de Babel, los palacios de Nabucodonosor, las murallas de Persépolis, las columnatas de Hércules, el templo de Atlas, la biblioteca de Alejandría, el portón de Ishtar y el palacio de Ratisbona, desaparecieron bajo la ira del gigante. Lugares demolidos para siempre. Las ruinas de una humanidad en crisis, en retroceso. El horror y el espanto se apoderaron de los hombres: por siglos y siglos.

Fillipot perfeccionó un nuevo plato que consistía en calcinar a los cadáveres en su propio ataúd donde deberían yacer, al menos, por espacio de un mes. El sabor de la madera mohosa se unía a la putrefacción, complementándose maravillosamente bien. Después, enterraba las cenizas en montones de arena. El gigante bautizó el plato como pequeñas fosas comunes de cadáveres quemados en su propio jugo. Excelente: exquisito: un clásico.

Ahora, mientras se hurga una caries pestilente con la tibia de un niño que acaba de devorar, Fillipot ya no llora. Asume, resignado, su soledad y su falta de amor: todo su horror. La ingente dimensión de su tragedia.

Esta es la historia del gigante Fillipot... ¿quieres que te la cuente otra vez? Aunque no quieras: siempre te la contaré otra vez.

viernes, 20 de enero de 2012

delete


porque
un insomnio fuerte
es como
un borrado
del
disco duro
del
corazón

format ce dos puntos


porque
una borrachera fuerte
es como un format ce dos puntos
del cerebro

desea cargar windows?
cancelar
y andar por ahí
sin el sistema operativo
para ignorar
el dolor

miércoles, 18 de enero de 2012

ARKÁNGEL


CAER CAER CAER
en picado: reventar contra las baldosas como un melón maduro como un vómito de sangre. Salpicar: manchar, pringar los azulejos de un quirófano, un cráneo puede estallar como una fruta.
CAER CAER
espiritualmente: un ángel caído y eterno eterno un ángel que cae y cae en un torbellino.
CAER
ARKÁNGEL
que se hunde en los infiernos con unos auriculares enganchados a sus oídos mientras escucha Just Like Heaven de The Cure…
Aleteos blancos y alas chamuscadas.
ARKÁNGEL encerrado en una jaula capturado como un pájaro mutilan sus alas quemadas. Diminutos grifos se ríen de él, deformes y enanos le arrojan frutas podridas. Los payasos del circo se fabrican sombreros, trajes, mallas, almohadas de plumas con sus plumas con las plumas de sus alas. La trapecista más bella engalana sus bonitas piernas, presas en medias de color carne, con un par de plumas las plumas más grandes y largas adornan sus tobillos y sus libidinosas caderas una diadema recoge su chorro de pelo.
Sí, le cortamos las alas, se le quemaron al capturarlo, además, con ellas huiría de aquí, es un poco cruel, pero como le dolían tanto... de todas maneras, aunque a veces tengan las alas sanas, siempre optamos por cortarlas… en la eternidad de tiempo que llevo como gerente del circo he visto de todo… eso es lo mejor, sí... cortar... además, el negocio es el negocio, ¿o no? De todas formas, casi siempre se les calcinan las alas en las caídas... es por el roce con la atmósfera y todo eso…
Otras jaulas con otros seres: otros desgraciados: un artista del hambre se desespera en su ayuno anónimo de siglos y siglos de abstinencia espiritual el artista del trapecio se pliega sobre su columpio allá en las alturas, tan cerca y tan lejos, a la par, de Dios, un grifo gigante, tonto y torpón, del que se burlan otros más pequeños, gimotea con una sola lágrima que CAE por su mejilla. Y se ríen al verlo, impotente, entre rejas. En otra jaula languidece el hombre-lagarto.
Sí, ya sé que el hombre-lagarto es un bichejo muy típico, manido, está muy visto... ¡y lo que gasta en comida! Voy a pensar en matarlo... el negocio es el negocio, ¿o no?.
Arrastran al ARKÁNGEL a la carpa. Debe ejecutar un repulsivo número circense de perversión sexual. Con una mujer: la mujer-pantera. Con un ser horrible llamado la Bestia. El número comienza, el locutor grita por megafonía:
Safo y Lesbos besaron su boca...
y al ritmo del poema los tres cuerpos se retuercen. Se convierten en montoneras de macerada carne, mutan en informes e inmensas montañas, en enfermas montañas de músculos retorcidos, expulsan sus fluidos: en surtidor. Él, sin sus alas y los muñones purulentos en el lugar de las remeras. Las coberteras cercenadas aún gotean sangre. Los canales desbordados de pus.
Hace su número uno y otro día: tres veces por jornada. Agotado. No puede más, ya no puede más. La Bestia es insaciable. La mujer-pantera murió por extenuación. Ahora, el ARKÁNGEL comparte función, desde hace seis meses, con una Venus acuática y venenosa llamada Safis. Safis de Styx terminará igual que la mujer-pantera: destrozada.
Nuevos seres y nuevas jaulas. La Bestia y él aún aguantan vivos. El espectáculo debe continuar.
El negocio es el negocio, ¿o no?.
Los atormentados seres se retuercen al compás de los versículos del Cantar de los Cantares que enrabieta, extasía, al publico. Les gritan blasfemias:
Tus dos pechos son dos mellizos de gacela que triscan entre azucenas. Miel virgen destilan tus labios, esposa, miel y leche hay bajo tu lengua; y el perfume de tus vestidos es cómo aroma de incienso.
Y retorcerse: buscar las posturas más humillantes a golpe de látigo.
Una mañana: abandona su jaula a deshora, sorprendido, pues hoy no le toca limpieza... hoy... lo jubilan. Lo matan. Ya está muy visto y avejentado.
El negocio es el negocio, ¿o no?
Lo queman en una pira. Ordalía de fuego que certifica su desgracia. Arde de dolor. Toda la carpa apesta a chamusquina. Enanos, grifos, gibosos, payasos, la trapecista adornada con las plumas del ARKÁNGEL -ya lánguidas y marchitas-, ríen entre los andamiajes. Ríen sí, pero conservan una mueca de mala gana. De una extraña mala sensación. Un mal augurio reconcentrado. Un mal sentido aterrador. Un avinagrado gesto de asco. Algo les dice en su interior que ellos podrían ser los siguientes en arder, en morir, en CAER. Moderan las carcajadas. Hay que ser productivos o si no...
El negocio es el negocio, ¿o no?
La Bestia practica su nuevo número con un sarnoso hombre-camaleón de lengua descomunal. El público es el mismo. Da igual quienes sean los artistas, lo que importa es el número en sí. La jaula del ARKÁNGEL la ocupa ahora la verdadera atracción del circo: el Endriago capturado en las costas de Sicilia. Aumentan los beneficios.
El negocio es el negocio, ¿o no?
El ARKÁNGEL ha consumado su caída.

Arltiana identitaria


“Él ya estaba vacío, era una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre".

Roberto Arlt. "Los Siete Locos".

Jaula en torno al horror


"Dibujo con mis palabras una jaula en torno al horror, hasta que llega el siguiente horror y quiere despedazarme. Antes de que pueda lanzarse a mi garganta para darme un mordisco mortal, le arrojo la red de mi lenguaje. Sin embargo, si el horror es más rápido que mi lenguaje, durante un tiempo estoy totalmente paralizado, hasta que me escapo y, escondiéndome de todo el mundo, tejo una nueva red de lenguaje, que echaré sobre la cabeza del horror en la próxima oportunidad".

Pegarse un tiro


"Si no escribo y no publico: me pego un tiro".

José María Arguedas: Diarios.

(Y, finalmente, se lo pegó un 2 de diciembre de 1969).

domingo, 15 de enero de 2012

Sellado


Josef Winkler: El cementerio de las naranjas amargas:

“Para sellar mi cuerpo, deja que las gotas de cera de una vela bendecida se derramen sobre mi ombligo”.

Clarividencia

“uno de los problemas es

que cuando la mayoría de la gente

se sienta a escribir un poema

piensa:

“ahora voy a escribir un

poema”

y entonces

se ponen a escribir un poema

que

suena como un poema

o la idea que tienen de

cómo debería sonar un poema.


ése es uno de sus

problemas.

como es natural, hay otros

problemas:

esos escritores de poemas

que suenan como poemas

se creen en la obligación

de ir por ahí

leyéndoselos

a otros.


(…)


los mejores poemas,

me parece a mí,

se escriben por

una necesidad

fundamental.

y una vez está escrito

el poema,

la única necesidad

después de eso

es escribir

otro.


y el silencio

de la página escrita

es la

mejor respuesta

a un trabajo

terminado.


(…)


-aíslate y

haz tu trabajo, y si

debes mezclarte, mézclate

con aquellos que

no tienen el menor interés

en lo que tú consideras

tan importante”.


Charles Bukowski.

Fragmento del poema: No es que sea clarividente pero…

Libro: ¡Adelante!

Editorial: Visor, Madrid: 2007.

Traducción: Eduardo Iriarte.

sábado, 14 de enero de 2012

One from the Jam (revisited)


Diremos, sí, lo diremos: diremos que esto fue como en una novela de Nick Hornby, como en Alta Fidelidad, por ejemplo: una escena digna de esa novela, sacada de sus páginas… ¿por qué no? Y sin embargo, fue la realidad. Apareció: apareció 17 años después. Sí: 17 años sin vernos y apareció en el concierto de los Jam: delante de mis ojos: se pidieron un mini de cerveza: ella: y su marido.
En efecto: así fue.
Estuvimos los dos en el concierto de From the Jam… Ella, desde luego, siempre estaba presente en cada acorde, en cada rasgueo de guitarra. Presente en cada canción, en That´s Entertainment. Y en Strange Town. Y en la que decía que era nuestra canción: Thick as Thieves. Sí, unidos como ladrones; desde luego, así estuvimos. Y cuando, en el concierto, sonó When You´re Young.
Entonces, sobre todo.
Cuando, por unos minutos, hablamos, ella desplegó todo su odio por mí: un odio curioso: un aborrecimiento que se había perpetuado con el paso de los años: fijado: grasa fría en su corazón y en las –por qué no decirlo- arrugas de su rostro-. Entonces: ese despliegue de odio intenso y estéril me devolvió las canciones de los Jam: todas las canciones: también Smithers-Jones o Down at the Tube Station at Midnight.
Y me devolvió, su odio enlatado, a los propios Jam, de los que se había apoderado durante 17 años y ahora tocaban sobre el escenario, tan alejados del sudor, del calor y de los saltos de la gente, tan ajenos ya a nuestro sudor entre los asientos del coche, al calor que te regalé y tu congelaste con un “nada, nunca, ha merecido la pena” y los saltos de nuestros corazones: el tuyo con sus brincos egoístas, el mío malherido por décadas.
Y pese a todo: ahora habíamos coincidido: ahora estábamos allí.
Cuando en el concierto sonaban las canciones y el bajo de Foxton removía mi memoria, recordaba tus besos: y me repugnaron. Es cierto. Mientras el sonido se derramaba desde el escenario podía sentir cómo me estaba arrancando la piel, dejándola a un lado, mutando, y renaciendo con una piel nueva. Renovándome a base de dolorosos recuerdos. Era ella, en efecto, abrazada a su marido (que jamás podría compartirte con los Jam como te compartí yo: que te los descubrí para que los adorases por el resto de tu vida y ya: siempre: te recordaran inevitablemente: odiosamente: a mí), era ella la que con todo su dolor se abalanzaba en cada nota, en cada puente, en cada armónico.
Y se obró el milagro: entonces, al compás de A Town Called Malice.
Y me transmuté: arrojé mi piel a un lado y, con la piel, toda la dermis de mi pasado que me daba puñetazos en el hígado: y ahora: un nuevo dolor, dulce y renovado, tan delicioso: me punzaba a cada canción. Going Underground!
Sobre la marea de gente y ella, disolviéndose para siempre, y los tiempos de Periodismo, con el sabor dulce y amargo del alcohol en los labios, y puedo saber ya, después del concierto de los Jam: que ella, que ahora quizás acueste a sus hijos, ella: ha sido la píldora más amarga que he tenido que tragar (The bitterest pill i ever had to swallow) y en su momento: el definitivo TOQUE A RENDICIÓN
C´mon boy, c´mon girl, succumb to the Beat Surrender!!!
Y el nuevo inicio: Start!
Había recuperado a los Jam, y había recuperado Thick as Thieves, de nuevo, 17 años después, mi canción, ya nunca más nuestra canción.
Que las trompetas suenen, el metal estalle en mi cabeza (y en mi corazón) y mi vida y mi mundo sigan girando…
Ahora.

El contador de cuerpos (parte 8 y última)


A las doce me bajaron el cadáver del hijo de puta aquel: del hombre al que arrojé a la vía y por el que me habían desenmascarado: en cualquier caso, un cerdo como otro cualquiera. Bueno, no, como otro cualquiera no. Este se adornaba, además, con el pecho-quilla de los que han sufrido la autopsia. El metro le arrancó los brazos y las piernas: puaf, puaf: me sentó tan mal verlo en ese estado que se me revolvió el desayuno en el estómago y vomité ampliamente sobre sus párpados zurcidos y deformados: chof, chof: el chorro a presión del agua penetró por su culo con más furia que nunca: un líquido oscuro rezumaba por su boca, por su nariz y por sus oídos. ¡Eres un cabrón, eres un cabrón!, no dejaba de repetir a gritos: tris, tras: con un bisturí: le abrí las tripas y amorosamente enrosqué sus deleznables intestinos al cuello: chac, chac: le arranqué los testículos y se los introduje en la boca. De esta guisa, lo deposité en el interior del túmulo: ja, ja: me regocijaba pensar en las caras que pondrían sus familiares al verlo por última vez. Al verlo de esa guisa: ja, ja. Tanto me reí que aún tuve fuerzas para ciscarme sobre él: puf, puf. No eres más que un maldito hijo de perra. Como yo, pero sin la menor gracia. ¡Capullo!: toc, toc: con una ostensible cojera abandoné, para siempre, las dependencias del hospital. Nunca más conversaría con los mudos dueños de los pechos-quilla, nunca más disfrutaría con los entretenidos lavados rectales. Ni muertos: ni sangre: ni vísceras: se acabó: todo se acabó: chof, chof: la mierda se escurría: chorreaba: por la cara grotesca y deformada del cadáver: para su desgracia: ese día yo me sentía ligero de vientre.

Frente al andén sonaba mi hora: ese traqueteo lejano: ese chirrido cercano. Ya no más cantos del gallo al amanecer: ni más mascotas destripadas. La luz amarilla que deslumbra: el pitido y el asalto de las vías. El frío viento congelado del apeadero del pueblo parecía azotar mi cara. Se trataba, esta vez, por vez primera en mi vida, del gélido aliento del miedo. Recordé las palabras de mi padre sobre el respeto al pavor, sobre cómo era necesario aprender a tener pánico. Bobadas. ¿Me sirvieron de algo aquellas peroratas? Ahora no iba a tener tanta suerte -¿aquella fue mala suerte?- como en la afortunada madrugada en que ejecuté a mi familia. No existía ninguna montonera de cuerpos tras la que parapetarme.

Al fondo del andén me pareció ver a una moderna Santa Águeda metropolitana que me ofrecía sus pechos cortados en una bandeja de plata. Se asemejaban a un par de bamboleantes e inestables flanes temblorosos, coronados por sendas cerezas, rojas y verdes guindas anegadas en dulce almíbar y flamígero licor: flanes exuberantes que flotan y resbalan sobre una base de natillas: decoradas con un chorrito de sirope de granadina y con unas gotitas de jarabe de menta. Me ofrenda sus pechos con una expresión de infinita lástima, de incombustible dolor, de azorado pánico.

Ahora comprendía el significado de aquella mugrienta y estúpida S que languidecía pintada en descolorido color negro a la salida de las vías: era la inicial de la palabra SENTENCIA: la primera letra de SER: o tal vez el inicio de SUICIDIO: no, no se trataba de nada de eso: no era más que la incompleta transcripción de la palabra SACRIFICIO.

Las ruedas como cuchillas: unos segundos: y: chof, chof: otro cerdo se encargaría de limpiarme el culo con el chorro del agua a presión.

El contador de cuerpos (parte 7 de 8)


Mi perdición se encontraba en la estación de metro de Pavones: allí me aguardaba el desastre cuando me abalancé sobre un hombre de unos treinta años. No calculé, no reparé en que su fortaleza era bastante superior a la mía. Al fin y al cabo, yo no era más que un pobre e inofensivo tullido, un encanijado de dieciocho años recién cumplidos. Al empujarlo, el hombre se sujetó a mi cintura en un gesto instintivo de postrera salvación. Resbalamos juntos hasta el borde del andén y allí me pude deshacer de su abrazo de tal manera que se quedó colgado con medio cuerpo fuera, sujeto de mi pierna postiza. Se aferraba nervioso a mi prótesis, mecanismo que nunca le proporcionaría la ayuda que demandaba. El metro se encontraba encima de nosotros, con esa luz y ese traqueteo tan familiar. Se me brindó la excitante posibilidad de contemplar hasta el blanco de los ojos del conductor -además de su expresión de pánico y desesperación-: clic, clac: con un rápido movimiento, quebré el cierre de mi prótesis y sumí al tipo en el oscuro interior del abismo de la cercenación, en el seno del torbellino de la muerte. Por un pelo, faltó un pelo para que me arrastrase. El convoy cruzó ante mis narices. Un brutal alarido: seguido de un chapoteo sangriento: chof, chof: chapoteo culminado por un chirriante frenazo. Escapé a la pata coja: tap, tap: me tambaleaba de un lado para otro mientras subía las escaleras mecánicas. Mucha gente me vio huir, pero asistieron paralizados a mi fuga ante el horror de la escena. Accedí a la calle: tomé un taxi y me perdí entre el caótico tráfico de la ciudad.

El palo de una escoba atado con unas cuerdas que rodeaban el muslo, e incrustado en el zapato, valía de improvisada prótesis para el día siguiente: esta maniobra de disimulo bajo el pantalón me serviría de bien poco. Tenía las horas contadas y lo sabía. Eficaz elaboración del retrato robot y minuciosa descripción de mi fisonomía por parte del taxista, difusión de un acertadísimo rostro mío por todos los sitios, también por la televisión, por supuesto. Mi vida y milagros volvían a aparecer en uno de esos reality-shows basura: era protagonista de uno de esos programuchos desesperados a los que en otro tiempo acudí como un ejemplo a seguir, como un corajudo superviviente, pero también como una desprotegida víctima social a la que se debía ayudar. Ahora se tornaban los papeles, aunque seguía figurando en ellos, y ocupaba el lado negativo. Una zona oscura del alma que atraía mucho más a las audiencias. Sin duda, vendía mejor como implacable ejecutor que en el papel de atemorizado corderillo. En la época en que se me entrevistó como supuesta víctima disfruté del diez por ciento del tiempo del programa. Ahora, que yo era el deleznable asesino, recibía un monográfico. El share televisivo, el rating, las cuotas de pantalla, las audiencias, todas esas memeces y zarandajas, prefieren al que inflinge dolor y sufrimiento que al que padece y sufre resignado el martirio. De víctima obtuve poca atención: pero de verdugo era la estrella, el rey de las cuotas de audiencias.

La policía científica estudió los restos de la prótesis: hecha añicos bajo las ruedas del metro, pringada de grasa y porquería, con restos de sangre y vísceras, y por ellos se dedujo el hospital y la fecha en que se construyó. Una cosa trajo a la otra y pronto establecieron contacto con el médico que elaboró mi pierna postiza. Así: en seguida conocieron el nombre exacto del paciente al que se colocó tal maravilla mecánica. El paciente: o sea, yo. El paciente: o sea, el asesino. El asesino: o sea, yo también. Yo era la Trinidad: Paciente, Tullido, Asesino. Aquello era la sentencia: mi sentencia: Ya me tenían.

El contador de cuerpos (parte 6 de 8)


Los suicidios se sucedían en el metro de Barcelona: eran obra mía. Actuaba impunemente, cobijado entre las sombras de las estaciones menos transitadas, arropado por las desesperadas horas de escaso gentío. La práctica mortal se incrementaba con una frecuencia insoportable. Se redoblaron las fuerzas de seguridad en los andenes y la vigilancia policial en las estaciones. Cundía la sospecha de que un loco andaba suelto. Opté por abandonar Barcelona. La progresión aritmética de mis asesinatos muy pronto los convertiría en diarios y mi captura sería segura si, al final, les daba tantas facilidades. Debía contenerme, aunque resultara difícil. Unos meses después del suicidio de mi novia, y aún afectado por el suceso -con todo el personal del hospital compungido, apiadado de mi, indignados por la malísima estrella que me perseguía y por la pléyade de desgracias que me acompañaba- solicité el traslado a Madrid. Siempre admiré su metro.

Durante un tiempo me dediqué exclusivamente a mi nuevo trabajo: contaba cuerpos en el hospital Doce de Octubre, además de proseguir escarbando en los residuos médicos, esos adorables trocitos de carne enferma que se me encomendaba destruir. Mi tarea como contador de cuerpos consistía en recibir en mi salita de limpieza a todos los fallecidos y colocarles una etiqueta que cuadrara con su nombre para evitar, así, desagradables errores y confusiones. Después, lavaba los cuerpos, adecentaba al finado y amortajaba sus restos para, finalmente, depositarlos bien aseaditos en el acogedor interior de las cámaras frigoríficas, donde permanecerían a la espera de ser conducidos a los túmulos donde recibirían el último adiós de sus familias. También controlaba el archivo de los desconocidos, las entradas y salidas de los vagabundos en dirección a las insensibles mesas de disección de los alumnos del Instituto Anatómico Forense y de los de la Facultad de Medicina -un muerto rezumando formol por cada cuatro estudiantes debía durar, al menos, nueve meses-, así como me preocupaba de los despojos que procedían del brutal e insensible zarandeo de las sórdidas autopsias, seres humanos convertidos en muñecos de resortes quebrados que reposaban bajo cero durante semanas enteras, sin que nadie se molestase en reclamarlos.

Disfrutaba con aquello, la verdad: se trataba de un empleo a mi medida. Parecía que el inventor de este puesto de trabajo pensara en mí a la hora de crearlo. Soporté un año y medio sin matar a nadie pues la actividad me llenaba plenamente, embebido como estaba en mi absorbente ocupación, refocilado entre los muertos. Con el paso del tiempo comencé a conocer con exactitud los dulces misterios del metro de Madrid y cuales eran las estaciones más apropiadas para continuar con mis aficiones. Y volví a las andadas en los andenes. A veces llegaban al depósito los cadáveres de las personas que yo mismo maté. Cadáveres que, ahora, su implacable ejecutor se veía obligado a limpiar. Qué agradable paradoja: chof, chof: les aplicaba el chorro del agua a presión por el trasero, con tal violencia que la mierda y el líquido ennegrecido de inmundicia les salía por la boca: chof, chof: me divertía mucho limpiando los culos de aquellos a quienes obligué a cagarse de miedo. Poco a poco, la progresión de muertes aumentó y aumentó.

viernes, 13 de enero de 2012

El contador de cuerpos (parte 5 de 8)


Me trataron bien en el hospital, esa es la verdad: la noticia de la muerte de mi familia se me comunicó de una forma paulatina, pues los psiquiatras deseaban evitar mayores males en mi cerebro, temerosos de mis reacciones postraumáticas. Incluso intentaron que un nutrido gabinete psicológico cuidara de mis posibles secuelas mentales. Durante un tiempo trabajaron conmigo, y a los pocos meses, asombrados, los psiquiatras dictaminaron mi absoluta curación, libre de cualquier traba, trauma u obsesión. En pocas palabras, para ellos yo estaba más sano que una lechuga. Más adelante, aparecí en la prensa en varias ocasiones y acudí a un par de programas de televisión. Incluso perdoné, públicamente, al asesino de mi familia, al culpable de mis desdichas. Se trataba de un ejercicio de autoindulgencia que me reportó el favor del gran público. Yo era un ejemplo de superación, de equilibrio mental, de aplomo y serenidad. Me llovieron un montón de ofertas, de trabajos solidarios. En realidad, no tenía más que lograr incorporarme a la pata coja y salir ahí afuera para elegir la pieza que deseaba cazar. Como cuando mi perrito acechaba a las ratas en la vereda de las vías del tren.

Me dieron de alta tras un trasladado al Clínico de Barcelona: donde elaboraron y ajustaron definitivamente la prótesis de mi amputada pierna. Obtuve sin problemas la confianza del personal del hospital que, muy afectado por la tragedia que me estigmatizaba, se molestó en conseguirme un puesto en las cocinas. Mi maldita estampa resultaba muy compadecible, esclavo de la prótesis y recién cumplidos los dieciséis, víctima de un sádico, de un sanguinario asesino. Asesino al que yo había perdonado pública y magnánimamente. Así que me encontré fregando cacerolas y, lo mejor, encargado de la destrucción de los residuos médicos, de esos adorables restos de operaciones.

Puñados de vísceras hediondas: enmarañados trozos de intestinos repletos de metástasis, calcáreos riñones purulentos, quistes infecciosos embolsados en pus, apéndices hinchados e inflamados, enrojecidos como monumentales guindillas calientes y picantes. Sanguinolentos amasijos de carne que me recordaban a los pedazos mutilados de mi familia, a esos trocitos que por obra mía reposaron durante unos minutos sobre las vías del apeadero. Hundía mis brazos hasta los codos en los despojos de las carnicerías permitidas y avaladas por la ciencia, porquerías de mesa de operación que evocaban a mi familia desde el fondo del cubo de basura de acero inoxidable. Mi situación no podía ser mejor.

Transcurrieron unos seis meses: todo marchó bien hasta aquella fatídica noche mediterránea, tórrida y húmeda noche mediterránea en el interior de la estación de metro de Paseo de Gracia. Desde unas semanas atrás tonteaba con una enfermera del hospital. Ella era mayor que yo, nos llevábamos unos diez años, pero me gustaba y lo pasábamos bien. El asunto de la edad no resultaba un problema entre nosotros. Mis taras físicas tampoco lo fueron: muac, muac. Ella sentía un increíble morbo cada vez que besaba al puñetero cojo: muac, muac. Salimos de un cine y nos dirigimos a tomar el metro para volver a casa. Permanecíamos detenidos al borde del andén, plácidamente abrazados: muac, muac. A la espera de que el tren hiciera su teatral y enfurecida aparición desde el interior del túnel: chucuchucuchú. De pronto pude escucharlo: chucuchucuchú. Un traqueteo lejano: unos chirridos: un ligero chisporreteo: una luz amarillenta y: patapaf: un empujón a las vías. Lo demás fue rápido: un alarido desgarrador y un frenazo brutal. Cuando quisieron darse cuenta del sangriento suceso yo paseaba muy lejos. El metro decapitó a la chica. La decapitó cómo el ferrocarril decapitó a nuestra Santa Águeda particular, a nuestra Santa Águeda del apeadero.

Nunca olvidaré su mirada de ¿por qué yo?: una mirada dirigida al fondo de mi corazón, justo en el mismo instante del empujón. Mirada canina de la enfermera, idéntica mirada que me recordó a la húmeda expresión de los ojillos de mi perro mientras agonizaba sobre las vías. Mirada cargada, repleta, de ese mismo sesgo de incredulidad, abarrotada de un sentimiento de decepción y fidelidad. La amistad con un ser no me exime, creo yo, de catapultarlo a la muerte. Mi mejor amigo fue mi perrillo y lo maté. Maté a la enfermera y no lo sentí en absoluto. Sentí el final del chucho, pero no el de la muchacha: ella se lo merecía. Por cierto, tal vez me molestó un poco la desagradable circunstancia de no poder contemplar bien la escena de la decapitación de la enfermera. Mientras escapaba: experimenté una erección: pese a las prisas por desaparecer de la escena del justo crimen. Una dulce erección. Sin duda: me encontraba en plena forma.

El contador de cuerpos (parte 4 de 8)


Catorce días después, desperté en la cama de un hospital: nadie pensó que yo fuera capaz de superar el profundo coma que dejaba atrás. Me faltaba una pierna. ¡Eso era todo, un muñón a la altura del muslo! La teoría que acompañó a mi incólume inocencia durante la instrucción del caso fue la de un loco -jamás encontrado- que se introdujo en mi casa y asesinó a toda la familia. Por un motivo desconocido -¿tal vez pederastia?- me dejó vivo, apilado junto a los cadáveres en las vías. La policía especuló con que quizás se trató de un burdo intento del asesino por simular un atropello y maquillar el crimen. En cualquier caso, los cadáveres de mis padres y el de mi hermana frenaron el impacto del tren y me parapetaron de una muerte segura. Fue el mercancías de Valencia, lento pero seguro, el autor de la incompleta amputación. Demasiado lento y demasiado seguro, con su cargamento de cerdos camino del matadero, sus vagones repletos de grano y sus montañas de carbón. La escasa velocidad del convoy ayudó, involuntariamente, a mi resurrección. Me convertía en una versión moderna de Lázaro, un Lázaro letal, un Lázaro mortal.

Durante mi larga estancia en el hospital descubrí la no existencia de Dios: o al menos, descubrí la inexistencia, la falsedad de un Ente que, supuestamente, vela por nosotros, como todas las religiones pretenden que así sea. Un comentario del médico desencadenó tal conclusión en mi proceso racional de asesino resentido. El galeno, al verme despertar, afirmó complacido un: gracias a Dios que ha salido del coma, parece un milagro. No, no era gracias a Dios, desde luego. Si existía un Dios, este nunca permitiría que un asesino, un desalmado como yo, viviese. Ni en broma, ni por entretenerse, alentaría mi progreso en la rehabilitación y abogaría celestialmente para que lograse alcanzar una vida normal, reintegrado en el seno de la sociedad. Y mucho menos aún, me salvaría de morir en la vía del tren y me rescataría de un coma tan profundo. ¿Con qué sentido iba a hacerlo? ¿Para que yo continuara con la matanza? Porque eso estaba claro, a buen seguro, yo seguiría matando: seguiría matando sin remisión.

Desde el mismo lecho del hospital ya se desbocaban mis irrefrenables ganas de asesinar a cada una de las enfermeras que se acercaban hasta mi cama para celebrar mis dieciséis años recién cumplidos: se encariñaban conmigo y les agradaba mi compañía, supongo que era digno de compasión. A las mujeres siempre les gustan los hombres compadecibles. Descuidadas, se agachaban para tomarme la temperatura o la tensión y sus pechos aparecían por la abertura de la blusa. Con cada erección, con cada pesadilla, con cada pensamiento, sentía como me iba fortaleciendo poco a poco. Resurgía, renacía de las tinieblas para sumir a otros hombres en ellas. Mi muerte -tan merecida como la de todos los seres vivos a los que maté y tan justa como la que aguardaba a los que aún restaban por morir a mis manos- habría evitado un elevado saldo de víctimas. Sin embargo, lejos de ser exterminado por la justicia de Dios, apenas recibí un pequeño castigo por mis atroces actos en forma de aséptico muñón vendado a la altura del muslo junto a varias contusiones. Un escaso pago por mi crimen.

Ante tal castigo divino me preguntaba si mis acciones estaban tan mal vistas ante Dios como la sociedad pretendía o quería creer: su Dios, el que realmente lo enjuiciaba todo, no pensaba igual que ellos, en el hipotético caso de que su existencia fuera verdadera. Una vez más, la relación entre la maldad y la pena, entre el pecado y el castigo, quedaba reducida a un simple grado de apreciación humano. Lo que para los hombres resultaba aberrante, era una vulgar nimiedad a los ojos divinos. Lo que tan grave parecía a los hombres resultaba ínfimo para Dios. Una de dos, o yo tenía una suerte increíble que me eximía de la condenación o Dios no me castigaba por mera desgana y desinterés en el asunto. Incluso llegué a pensar que si Dios no resolvía aplicarme un correctivo ejemplar sería porque mis actos le parecían buenos. ¿Acaso no me castigaba para que yo pudiese ejecutar a un montón de gente que realmente lo merecía? ¿Me convertía Dios en su Ángel Exterminador, en lugar de precipitarme en una vertiginosa bajada a los infiernos que me correspondía por derecho y que, sin duda, me merecía instantáneamente? Ante la tolerancia divina de mis actos me situaba sentado a la derecha del Padre, me encontraba en un lugar de privilegio.

También cabía la posibilidad de que los humanos nos obcecásemos y malinterpretáramos la Biblia: era bien probable que la justicia como tal, según la entendemos, no existiera. A lo mejor, la justicia no sea exactamente así, tal y como la imaginamos. Tal vez lo malo no sea, realmente, tan malo, y el concepto de lo bueno se confunda indivisiblemente con los peores actos. Tal vez vivamos engañados, anclados en un enorme e irreparable error. Tal vez el Demonio derrotó a Dios en ese combate primigenio entre el Bien y el Mal y, ahora, la Maldad se haga pasar por Él. Tal vez la humanidad adore ciegamente a Satán creyendo que es un bondadoso Dios a quién sirve. O tal vez todo este asunto se reduzca a que tuve mucha suerte durante aquel amanecer sobre las vías. Ingentes toneladas de suerte. Tan sólo eso, una cuestión de suerte. Una fortuna, la mía, proporcionalmente inversa a la fortuna de todos los seres que aguardaban una futura muerte que les llegaría administrada por mi mano. Administrada por mi propia y sanguinaria mano. En fin, por matar a un perro, a dos gatos y a toda mi familia, entregué la pierna. Se trataba de una escasa contrapartida en pago a mis atrocidades. De haber conocido de antemano los términos del contrato habría aceptado la circunstancia sin rechistar.

El contador de cuerpos (parte 3 de 8)


Una calurosa mañana de agosto decidí que llegaba mi oportunidad: se acercaba el momento de escapar, de quebrar toda aquella atmósfera insoportable que me asfixiaba. Durante todo el día rumié la forma de actuar. Taciturno y pensativo me perdí entre los campos resecos, todo un homenaje a la cerril obstinación del hombre por trabajar un puñado de tierra que produce dos duros mal contados; un monumento al esfuerzo ímprobo, al esfuerzo más estéril. Al llegar la tarde, la maldita tarde, mi plan de escapada se encontraba pergeñado hasta el más mínimo detalle.

Al caer la noche sacrifiqué al perro: salí a pasear con él, a lo largo de la linde de las vías. El animalito husmeaba inquieto por los alrededores. A un grito mío corría para situarse al lado de su amo. Se dejaba acariciar, ajeno a la traición, mí traición. La amarillenta luz de la locomotora iluminaba la lejanía, se acercaba el faro de la muerte. Agarré fuerte al can. Debió pensar que lo sujetaba para protegerlo del esperpento metálico y chirriante. Así de absurdo es el instinto, que siempre elige creer lo que más le conviene. En el instante en que el expreso procedente de Venta de Baños alcanzó nuestra altura, empujé al perro bajo las ruedas de uno de los vagones. Unos miserables chilliditos y se acabó. El animal yacía reventado, moribundo sobre la vía. Me agaché junto a él, a contemplar su misteriosa e intrincable agonía. Aún le dio tiempo, en un esfuerzo que se sobreponía a la misma muerte, a lamerme la mano un par de veces. Lam, lam. Un estúpido esfuerzo, una estúpida actitud humillante, servil. Una miserable fidelidad que lamía la mano ejecutora. Su húmeda mirada parecía preguntar por los motivos de la canallada, pero no alcanzaba a reprochar nada a su amo. Era ese tipo de mansedumbre el que me reconcomía. ¿Cómo, todavía, podía serme fiel? ¿O es que no entendía nada de lo que allí acababa de suceder? ¡Más le habría valido reunir todos sus esfuerzos para tratar de propiciarme un buen mordisco! Lam, lam. Un par de lametones más, la caricia de una esponjosa lengua carnosa y la mano pringosa de babas. Eso, tan sólo eso diferenciaba la vida de la muerte. Tan sólo esas acciones separaban en el tiempo a un ser vivo, que hacía unos segundos arrugaba el hociquillo, de un animal muerto para siempre. Muerto para siempre, con el rosado botón de su nariz frío y apagado. Mis manos chorreaban por la acción de sus babas.

La tarde siguiente maté a nuestros dos gatos en apenas tres cuartos de hora: utilicé la misma técnica que con el chucho. A uno lo arrastró un larguísimo mercancías con destino a Valencia. El otro fue volteado por el Regional de Ávila. Me vi en la obligación de rematar a este último de una pedrada en la cabeza. Pese a que le faltaban dos patas aún le tenía apego, estúpido apego, a la vida. Marramiau. Al contrario que el fiel perro, el gato intentó arañarme enfurecido. También me desagradaba ese imbécil espíritu de supervivencia, ese rebelde apego a la existencia. Actitud que me disgustaba tanto como la fidelidad perruna. ¿Acaso prefería el gato vivir sin patas, lisiado, inútil, a la espera de una penosa muerte?

Con estos últimos, ya eran centenares de animales los destripados por las ruedas del ferrocarril en el apeadero: además de Alicia, nuestra Santa Águeda particular. Ahora les tocaba el turno a mis padres y a mi hermana. Supuse que no querrían sentarse en las vías por las buenas, a esperar la muerte. Imaginé que sería absolutamente imposible convencer a mi padre para que transportase parte del salón y lo instalase sobre la vía del tren. No, no podía pretender que se arrellanase sobre su sillón favorito y abriera el periódico, que cruzase despreocupadamente sus piernas dejando suspendida en la punta del pie una de las babuchas y se entregara a la plácida lectura bajo la apacible lucecita de la lamparilla de sobremesa. No, no podía pretender que mi familia se entregase a tan dócil estampa mientras el lejano y mortífero ronroneo del convoy descontaba segundos a su existencia. Mi madre, por su parte, podría continuar con su incansable trabajo de punto hasta que la intensa vibración bajo sus pies se convirtiera en un impacto brutal que desintegrase su anatomía. No, por supuesto, no podía ser así. Las técnicas de engaño empleadas con los bichos no me serían tan útiles en esta ocasión, con mi familia.

A grandes males grandes remedios: chis, chas. Utilicé el hacha del cobertizo y despedacé a mis progenitores en su propio lecho. Mamá ni se enteró, de un golpe le arranqué la cabeza. Papá sufrió más, le pegué de refilón y sólo pude segarle la yugular. Me llamaba hijo de puta mientras se retorcía entre el surtidor de sangre. Eso tenía gracia: puesto que yo era su hijo. Ante esa declaración, se suponía que la puta permanecía a escasos metros de allí, desplomada sobre el suelo, decapitada. Los gritos alertaron a mi hermana, que acudió asustada al cuarto. El horror debió paralizarla. El chorro de sangre de la vena yugular de mi padre alcanzaba el techo, trazaba un precioso arco bermellón sobre el blanco fondo de las paredes encaladas. Un arco iris monocromático de hemoglobina que tal vez albergase una olla de monedas debajo. No, no lo creo. No me creo eso de las monedas bajo el arco iris. Chas, chas. De sendos golpes seccioné los brazos de mi hermana y me repantingué en un sillón a contemplar su agonía.

Arrastré los cadáveres hasta la vía: despacito, mientras experimentaba el placer del trabajo bien elaborado. Del deber cumplido. Una fresca brisa golpeó mi cara. Amanecía, esas horas resultaban las mejores en días tan calurosos como aquel. En unos minutos, se acercaría el mercancías de Valencia. Me senté a esperar junto al amontonado amasijo de carne sanguinolenta. Un chirrido lejano: un traqueteo cada vez más cercano: un semáforo en color rojo: un pitido penetrante: una luz amarilla: un foco cegador...